Hijo de Vecino

Viajar a la India con niñas

Resumen de nuestro viaje a la India en familia, con algunas experiencias y sugerencias personales acerca de qué tener en cuenta para planificar un peregrinaje con infantes

Hace poco regresamos del sur de la India después de un viaje de quince días con nuestras dos hijas, y todo el mundo nos pregunta acerca de la experiencia. He ido muchas veces a la India, pero esta fue la primera con niñas y – como todo lo que se hace con niños – las implicancias y las sensaciones fueron diferentes que estar solo. Por motivos como el clima, la pobreza, la suciedad o la comida – que tienen su parte de cliché y su parte de verdad – muchas personas tienen reparos para viajar a la India con infantes. Este post está escrito para compartir nuestra experiencia, que es extremadamente personal pero que también contiene elementos universales, con la idea de que sirva de guía para las personas que están pensando en llevar a sus hijos a la sagrada y también caótica tierra india.

 

Las motivaciones de nuestro viaje fueron variadas, pero sobre todo nos impulsó el anhelo por visitar la India, adonde yo no iba desde hacía cuatro años y Hánsika ¡ocho años! y también para mostrarles de forma empírica a las niñas una parte de nuestra vida que está presente en la cotidianeidad de casa. No fue un viaje turístico, sino más bien un peregrinaje, aunque con muchas adaptaciones. No fuimos a hacer cursos de haṭha yoga ni retiros de meditación, sino más bien bhakti yoga – en la forma de rituales, cantos, postraciones y darshan – con algo de karma yoga y jñāna yoga.

 

Como detalle relevante deben saber que también viajamos con mis padres, por lo que éramos cuatro adultos y, aunque ser más personas tiene sus complicaciones logísticas (estar todos listos a tiempo, decidir todos qué hacer, dónde comer…), a nivel práctico fue muy bueno para tener más ojos y manos disponibles para gestionar a las niñas.  

 

Nuestras hijas actualmente tienen 6 y 3 años. Cuando ellas eran bebés consideramos que era demasiado pronto para llevarlas a la India, aunque en perspectiva veo que cuando son tan pequeñas, en cierta forma, es más fácil tener “control” sobre lo que hacen y comen, ya que apenas se mueven y toman pecho o biberón. De todos modos, como vivencia para ellas, creo que es mucho mejor que tengan la edad suficiente para tener consciencia de donde están y así puedan asimilar mejor las experiencias. Seis años (y en adelante) es una muy buena edad para eso. Tres años todavía es un poco verde, y sobre todo es una edad que puede dar complicaciones a los padres porque no alcanza con la argumentación y las razones lógicas para evitar berrinches y desobediencias. De todos modos, aunque no sabemos cuántos recuerdos del viaje quedarán en su memoria consciente, nuestra hija menor lo disfrutó mucho.

 

De hecho, nuestras hijas (y los niños en general) se adaptan a los cambios mucho más fácilmente que los adultos y las preocupaciones como el calor, la suciedad, qué vamos a comer o ver mendigos en la calle fueron más bien un problema para nosotros, los padres, que para ellas. Justamente por previsión (y también por falta de vacaciones) la idea fue que el viaje no dure demasiado, en caso de que algún elemento no funcionara bien. Dos semanas en la India es poco tiempo para todo lo que uno puede ver, visitar y experimentar. Al mismo tiempo, la India es una tierra “exagerada” en la que todo es mayor que en Occidente: más calor, más personas, más olores, más sonidos, más especias… Por tanto, un día en la India vale por dos días de tu vida normal. Por eso cuando me preguntan qué tal fue la experiencia lo resumo con la palabra “intensa”.

 

Sabiendo esto, planificamos nuestro viaje con relativamente pocos desplazamientos y visitando lugares ya conocidos, para evitar cuestiones inesperadas. Lo cual es, en realidad, un absurdo en la India, que siempre te sorprende y te moviliza. Elegimos el extremo sur de la India porque es la zona que más conocemos y que más nos gusta.

 

Tiruvannamalai

Volamos a Chennai, la ciudad más grande del estado de Tamil Nadu y directamente de allí fuimos a Tiruvannamalai, una pequeña ciudad a unos 200km, lo cual implica un traslado en coche de unas 4h. En la India un cálculo aceptable es que el tránsito por carreteras es de 60km por hora, aunque donde hay autopistas llega a 80km. Justamente los traslados, ya sea en avión o en coche, fue el único aspecto del viaje acerca del que nuestras hijas se quejaron. Por eso procuramos no hacer traslados que superaran las cuatro horas, que sabíamos era un buen límite para ellas.

 

Tiruvannamalai es famosa por estar erigida alrededor de la montaña sagrada Arunachala y tiene una vibración especial. Allí siempre hay occidentales, ya sea por la montaña, para visitar el áshram del gran santo del siglo XX, Ramana Maharshi, o para estar cerca de otros mahātmas menos conocidos pero abundantes por la zona. Al haber occidentales con asiduidad hay más opciones de alojamientos, tiendas o restaurantes y eso nos parecía bien para adaptarnos gradualmente a la tierra india. Al mismo tiempo, Tiru no es muy grande y es tranquilo para los parámetros indios, por lo que nos sirvió para aterrizar.

 

Visitamos el famoso Ramasramam (donde se requiere cierto silencio), el áshram del menos conocido Yogi Ram Surat Kumar (más relajado porque hay menos visitantes) y el gran templo de Annamalaiyar, dedicado al dios Śiva. En todos los casos, pasearse descalzas fue muy bienvenido por las nenas. Para los interesados, en Tiru nos quedamos en un albergue muy limpio y adecuado que pueden ver aquí.

 

Vida de áshram

La siguiente escala fue el Sri Premananda Ashram, el áshram de nuestro maestro, que se encuentra a otros 200km hacia el sur de Tamil Nadu. Otra vez fuimos en taxi. El áshram de Swami Premananda es extenso pero muy tranquilo y es un lugar que conocíamos bien. En esta época (agosto-septiembre) no hay visitantes y solo unos pocos residentes occidentales que se suman a los mayoritarios residentes indios y a los alrededor de 300 niños y niñas de la escuela-hostal que fundó Premananda hace décadas y que se sostiene a base de donaciones.

 

Es un áshram muy austero, pero con las necesidades básicas cubiertas, incluso agua corriente, ducha y váteres/inodoros en algunas habitaciones. Las niñas disfrutaron especialmente bañarse con jarras y cubos en el patio-baño sin techo de nuestra habitación.

 

Tradicionalmente, el monzón llega a Tamil Nadu a partir de septiembre, aunque los últimos años todo el estado está sufriendo de sequía y de calor extremo. En nuestros pocos días allí vimos muchas nubes oscuras, pero por desgracia nunca llegó la lluvia. Había una media de 30℃, que no es tanto para esa zona. De todos modos, nuestra estadía fue muy dichosa, ya que los pocos residentes nos trataron muy bien y el áshram está bien organizado, con especial atención a los rituales tradicionales hindúes. El áshram cuenta con un salón de pūjā y también con un hermoso templo consagrado a Śiva en la forma de un śivaliṅgam, donde además se encuentra el samādhi (o tumba) de Swami Premananda, que dejó su cuerpo en 2011.

 

En total, en el áshram hay unos cinco abhiṣekam al día, que son rituales en que se baña una imagen de lo Divino, ya sea en la forma de Gaṇeśa, Krishna, Amman (la Madre Divina) o el śivaliṅgam, amén de pequeñas pūjās a otras imágenes que adornan el recinto del templo o también, cada mañana, a una vaca lechera que es parte del establo del áshram y a la que se adora pidiendo prosperidad y alimento.

 

Comida y turismo

Hablando de alimento, “¿qué comían las niñas?”es una de las grandes preguntas que todos nos hacen. La verdad es que no era una dieta muy variada, un poco porque ellas no comen picante (nosotros tampoco mucho) y porque una de las dos, ahora mismo, no es amante de las verduras (a pesar de ser vegetariana).  Por tanto, comieron bastante arroz blanco, chapati, paratha y dosa (que son tipos de pan o crepes), un poco de dal (guiso de lentejas), tomate, spaghetti cuando encontrábamos, cuajada de vaca y fruta (banana, manzana, piña, sandía, granada). Cuando fuimos al áshram de Amma el menú para occidentales era más amplio y probaron hamburguesas vegetarianas, pizza, patatas, tortilla de huevos, alguna sopa… Asimismo, compramos galletas industriales y frutos secos y también bastantes helados (a fin de cuentas, eran sus vacaciones).

 

Después de unos cuatro días en el áshram de Premananda, que se nos hicieron cortos a pesar del calor y la austeridad, tomamos un avión al vecino estado de Kerala, en la costa oeste. La opción en coche implicaba unas diez horas y un recorrido montañoso y de curvas que no parecía apropiado para las niñas. En Kerala sí que había monzón, por lo que teníamos dos o tres chaparrones tropicales al día y bastante humedad. No fue un gran inconveniente, excepto para secar la ropa que íbamos lavando.

 

Volamos a la populosa ciudad de Cochín, y de allí escapamos en taxi directamente a las afueras de Alleppey (o Alappuzha), una pequeña ciudad turística famosa porque desde allí se hacen visitas a las backwaters, que son un accidente geográfico particular de Kerala que consiste en lagos y lagunas de agua salobre que corren paralelos al Mar Arábigo formando una red de canales y brazos acuáticos. Como ciudad, realmente Alleppey no tiene nada destacable, pero fuimos a esa zona porque, en nuestra planificación, pensamos que estaría bien tener un par de días de descanso y confort por si los áshrams eran demasiado austeros.

 

De hecho, fuimos a un resort de cuatro estrellas por primera vez en la India (y quizás en nuestra vida). Lo pueden ver aquí, incluyendo mi reseña pública. El resort tenía piscina, lo cual fue un motivo de mucha alegría para las niñas y la comodidad del alojamiento (incluyendo desayuno con cereales para las niñas) nos sirvió para tomar fuerzas para lo que venía, que era visitar Amritapuri, el populoso áshram de Amma, famosa por abrazar a todas las personas que llegan a ella.

 

El plan era viajar en tren (una experiencia muy típica de la India que queríamos tener) pero el servicio se retrasó tanto que tuvimos que improvisar un taxi para llegar a tiempo al áshram, a unos 75km al sur.

 

Vida de áshram II

Amritapuri es un áshram muy grande, en el que conviven miles de personas (sobre todo cuando está presente Amma), y lo habíamos elegido justamente porque pensamos que al haber tanto público occidental sería un buen lugar para que las niñas se sintieran “adaptadas”. Además de ver a Amma, por supuesto. Mis padres y yo ya habíamos estado allí, así que sabíamos donde nos metíamos, aunque no habíamos previsto los “inconvenientes”.

 

Al tratarse de un lugar con tantas personas en circulación por momentos es como un hormiguero, y eso implicaba estar muy atentos a las niñas para no perderlas, aunque fuera momentáneamente. En el áshram los visitantes se alojan en unos edificios que tienen hasta quince plantas, por lo que hay que usar ascensor y eso limita la autonomía de las niñas que no podían ir solas a la habitación (en el octavo piso), o ni siquiera ir solas a la habitación de los abuelos, que estaba todavía más arriba.

 

Durante nuestra estancia en Amritapuri no vivimos muchos infantes y tampoco hay una zona específica del áshram para que los/las niños/as jueguen. Las habitaciones son muy austeras y hasta precarias en algunos ámbitos, con colchones en el suelo, sin mesas o con el agua corriente oscura a menos que se tenga un filtro. Esto no es un reproche, ya que se trata de un áshram, pero con niñas se valora diferente que estando solo.

 

Al mismo tiempo tenemos que decir que en Amritapuri, y a pesar de las muchas reglas que existen para mantener el orden, nadie nos reprochó el estar con niñas ni nos hicieron callar o sentir fuera de lugar. Al contrario, todos fueron amables y las niñas se comportaron de forma muy adecuada, incluso reprimiendo un poco sus ganas de saltar y gritar.

 

En Amritapuri estuvimos una semana y, en retrospectiva, podemos decir que fue demasiado con las niñas. O sea, no digo que fue demasiado para las niñas (que siempre se adaptan) sino más bien para los adultos. La austeridad y la simplicidad del áshram de Premananda resultó más adecuada que la multitud y el bullicio. De todos modos, tuvimos la gran bendición de ver a Amma cada día y de recibir su abrazo, lo cual es impagable.

 

A la vez, teniendo en cuenta que a Amma la vemos en Barcelona cada año, creo que para un próximo viaje no iríamos a Amritapuri.  

 

Animales y templos

Si les preguntan a las niñas, lo que más les gustó fue ver animales que no suelen ver en Barcelona, sobre todo porque aquí tratamos de no llevarlas al zoo o a lugares con animales encerrados. En India vieron, y de forma bastante natural, pavos reales (que abundan en el áshram Premananda), ardillas (que nos robaron galletas mientras estábamos fuera de la habitación, también de Premananda), monos (que hasta intentaron arrebatarnos bananas de las manos), vacas paseando por la calle (un clásico indio que fascinó a las nenas), cuervos (también ladrones de comida), un camaleón, y sobre todo, elefantes.

 

Vimos tres elefantes en el templo de Srirangam y un cuarto (mejor dicho, una cuarta) en el áshram de Amma durante las celebraciones del Vināyaka visarjan. Darle de comer directamente en la trompa fue uno de los puntos más destacados del viaje.

 

Justamente visitar templos hindúes, algo que hicimos en cuatro o cinco ocasiones, fue una muy buena experiencia para todos y creo que ese ambiente espiritual, de vibración positiva, pero al mismo tiempo relajado es muy recomendable para los críos.

 

Como es sabido, los indios son muy abiertos y sociables, especialmente si ven a personas occidentales. Pero si uno viaja con niños/as, entonces se vuelven más interesados y también más amables. Esto es un factor positivo que, según el caso, puede volverse en contra. Nuestra hija menor es rubia y los/las indios/as enloquecían al verla, pequeñita y blanquita, y además de las típicas fotos, la querían tocar a toda costa. Como es de esperar, a nuestra hija no le gusta ser tocada por extraños (tampoco le gusta en Barcelona). Entonces, en ocasiones, teníamos que poner algún tipo de límite, dulce pero firme, como se suele decir.

 

Como conclusión resumida del viaje puedo decir que el saldo es positivo y que hemos aprendido algunas lecciones para un futuro viaje en familia (aunque no tenemos fecha). Quizás la mayor conclusión es que la simplicidad es muy deseable y que la adaptación principal la debemos hacer los adultos, no los pequeños.

 

Vivir en familia es un constante desafío, fuente de aprendizaje, motivo de agobio y también de dicha. Viajar a la India en familia es igual, pero más intenso.

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4 comentarios en “Viajar a la India con niñas”

  1. ¡Hari Om!
    Muchas gracias por este post, que consigue trasladar la información tanto práctica como espiritual y personal de viajar a India en este caso con niñas y padres, un gran reto intenso y hermoso seguro que personalmente agradezco compartas.
    Gracias siempre por tu vendita aportación.
    Om Tat Sat
    Anjali

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