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Backwaters, naturaleza divina

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Después del post de la semana pasada, en el que puse al descubierto todos mis prejuicios y manías respecto a hacer mero turismo en la India, he recibido varias críticas. Es el precio, me digo, que debo pagar por escribir un diario que sea fiel a mí mismo y que, por ende, no siempre exponga lo que a los demás les gustaría leer.

¡Qué esto no se malinterprete! No me quiero hacer el mártir. De hecho, estoy en total acuerdo con todas las críticas recibidas (el disfrute también puede fortalecer la espiritualidad; concentrarse en el lado positivo de las cosas; no sentir culpa; relajarse; no prejuzgar; disfrutar de la Naturaleza; no caer en extremismos…). El camino espiritual, sin duda incluye todas las buenas cualidades arriba descritas, y para llegar a obtenerlas es, justamente, que uno debe pasar también por el lado oscuro de sí mismo.

¡Qué esto tampoco se malinterprete! No me quiero hacer el Darth Vader. Soy simplemente un muchacho común que en su búsqueda (interna y externa) saca a relucir tanto lo positivo como lo negativo, como cualquier hijo de vecino.

En este caso, las críticas son útiles para el auto-análisis, y también como disparadores de nuevos temas para estas crónicas.

Natura

Siguiendo entonces con la visita a Kerala, y a riesgo de cosechar más críticas, decido continuar con mi etapa turística. Como sabiamente dijo una amiga, gozar de la Naturaleza no puede ser un error, aún cuando mis radicalismos me lleven, en ocasiones, a pensar así.

Para empezar, y esto me lo digo a mí mismo, la Naturaleza es la muestra más patente de la creación de Dios, y por lo tanto, disfrutar de la Naturaleza es también saber reconocer un aspecto de la Divinidad. Por algo los romanos tenían a la diosa Natura.

Ahora, si uno no cree en Dios, entonces también en ese caso la Naturaleza es motivo de admiración, quizás con más razón, ya que se trataría de la única entidad que es superior al ser humano, siendo capaz de darle y quitarle con igual ímpetu.

Así, en mi caso adorando la Naturaleza como muestra de la Divinidad, fue que suscribí, junto a Nuria, a la contratación de un “tour por las backwaters”. Se trataba de un tour breve, de unas tres horas, aunque el proceso completo llevaría bastante más.

Para empezar, debíamos tomar un tren desde Varkala hasta la ciudad de Kollam (también llamada Quilón), que demora unos cuarenta minutos. Una vez en Kollam nos dirigimos a un sitio acordado de antemano, donde nos esperaba ansioso (el tren llegó atrasado) nuestro hombre de contacto. Desde allí, él nos subió a un nuevo auto-rickshaw que se encargó de llevarnos al punto donde nos esperaba la barca.

Lo malo de este agregado no esperado era que el trayecto fue de unos cuarenta y cinco minutos por la periferia de Kollam, y nos tocó la peor bocina jamás vista en un rickshaw, que en lugar de ser una típica corneta de goma (estilo bicicleta de payaso), era un artilugio electrónico que producía un chirrido muy propenso al taladramiento de sesos. Para los desprevenidos, aclaro que el uso de la bocina en el tránsito indio es signo de civismo, y como tal se lo pregona y estimula. En este sentido, nuestro chofer era muy cívico.

Como es lógico, el regreso también implicaba el mismo tiempo de rickshaw y luego de tren, por lo que al menos tres horas más de traslado debían ser sumadas a las tres horas del tour; de manera que entre una cosa y otra se convertía en medio día de excursión.

Nada grave, en realidad, simplemente un dato para los que se interesan en los detalles logísticos.

Definición

A esta altura, puede que, con bastante razón, más de uno se esté preguntando qué es un “backwater”. Por un lado, el diccionario da una definición triste de “agua muerta” o “agua estancada”; uno, con su fragmentario inglés, tendería a traducirlo como “las aguas traseras”, pero parece que no es muy académico.

Por otro lado, hay también una definición secundaria como “brazo de mar”, y esta opción se acerca más a lo que tengo que describir.

En el contexto específico del estado de Kerala, se llama backwaters a una serie de canales y lagunas que corren de manera paralela al Mar Arábigo; el agua de estos cursos hídricos es generalmente salada, y según explica Wikipedia, las (o los, según plazca a cada uno) backwaters “fueron formados por las acción de las olas y las corrientes de la costa, creando islas bajas sobre las bocas de los muchos ríos” que desembocan en el mar.

De esta manera, el mar entra en la tierra y viceversa; no es exactamente un delta, o un estuario, ni tampoco un archipiélago por el hecho de ser muchas islas. Se trata de un accidente geográfico en sí mismo, y no hay otro nombre que backwaters para definirlo.

La ciudad de Kollam es el punto de partida de los canales de las backwaters; desde allí hacia el norte se encuentran sin pausa, y por más de doscientos kilómetros, diversas muestras de este fenómeno natural.

Teniendo en cuenta nuestra posición espacial y nuestro ajustado cronograma, decidimos empezar por el principio y tener, al menos, una muestra de las backwaters.

Regañadientes

Para darles la razón a quienes critican mi falta de relajación y mi exceso de tontos prejuicios contra el turismo en la India, tengo que confesar que el emprendimiento de esta excursión lo hice un poco a regañadientes.

Un poco, claro, por todas las razones expuestas en la crónica de la semana pasada; otro poco, creo, por una máxima que se puede circunscribir, en mayor o menor medida, a todos los turistas: el rechazo a los turistas.

Esta paradoja tiene que ver, creo, con la veleidad de cada persona de sentirse única o especial. Siendo así, cuando uno va a cierto lugar y para hacerse una foto debe esperar veinte minutos de cola, mientras otros tantos turistas se hacen la misma foto, uno muchas veces se decae. Este decaimiento también puede ser porque uno no quiere hacer cola en sus vacaciones o porque no le gusta salir en fotos; aunque muchas veces es debido a este hecho de sentirse uno más del montón.

Sobre esto no voy a hacer un análisis sociológico profundo, donde además tendría que considerar la teoría de que las personas en general tendemos a hacer lo que hacen los demás, y por ende hacemos la cola aunque la foto no siempre valga la pena.

En este respecto, ir a la India no es subir a la torre Eiffel, y por lo tanto me gustaría creer que los que vamos a la India no lo hacemos porque lo hacen los demás. Justamente esta vana intención de ser exclusivo, que veo en mí mismo, es lo que, entre otras cosas, me genera el rechazo a los turistas. Otro motivo posible es que estando, por lo general, de visita en el Sri Premananda Ashram, donde me siento como en casa y hay pocas personas, el salir a la esfera pública produzca como un choque. Es decir, mi mundo privado en India, en el que en cierta forma soy exclusivo, se ve truncado cuando salgo a recorrer el país con mi mochila, como todos.

De todos modos, en la India los turistas son pocos comparados con otras partes, y a mi favor tengo que decir que, en el caso de las backwaters, le puse toda la buena onda que pude, lo cual no quita un dejo de ironía en algunos de mis comentarios, lo cual admito y lamento. Espero cambiarlo algún día (por si acaso, esto último no es ironía…).

Munroe Island

Cuando finalmente llegamos a nuestra barca, nos esperaba Kuntan, nuestro barquero. Para satisfacer la necesidad de exclusividad, la barca era sólo para nosotros dos, aparte del barquero. Para recordarnos lo necia de nuestra frivolidad, detrás nuestro zarpaba una barca con cuatro turistas y su guía, iniciando el mismo camino.

La barca era grande, de más de dos metros de largo, y más que suficiente para nosotros. Yo no entiendo de navegación, pero la embarcación se notaba fuerte y segura, para nada inestable. El barquero nos guiaba principalmente con una larga caña de bambú, que usaba para impulsar contra el fondo del agua. Como ayuda extra, tenía un remo muy corto, que se utilizaba para dar mayor velocidad o dirección, según el caso.

El destino de nuestra excursión era Munroe Island, un grupo de ocho pequeñas islas, relacionadas entre sí por numerosos canales, tanto naturales como artificiales. El inicio de la excursión se daba en un gran brazo de mar, para luego irse adentrando en canales cada vez más estrechos y cubiertos de vegetación, principalmente palmeras.

Las islas entre sí están unidas, en muchas partes, por puentes de mayor o menor elaboración: de cemento con escalones; de hierro; pasarelas de madera; meros troncos que cruzan de un extremo a otro… Ante cada uno de estos puentes, era necesario agachar la cabeza, o incluso hacerse un bollito cerca del suelo del bote, de manera de evitar una contusión. Hay que decir que la velocidad nunca era mucha y, por ende, estos movimientos no eran acreedores de gran destreza. En todo caso, era nuestro barquero el que, de pie sobre las tablas de la barca en que nosotros nos sentábamos, hacía unas buenas contorsiones para esquivar los puentes.

Cómodamente desde la barca, uno puede ver diversos aspectos de las islas y sus habitantes. En algunas zonas hay calles asfaltadas y vehículos; otras zonas son terrenos de agricultura o piscicultura; en ciertas partes bastaría con estirar la mano para tocar la orilla, y el barquero conversa con los paseantes como si estuvieran sentados en la plaza.

En este punto debo decir que al principio de la excursión, pasada la excitación inicial de subir a la barca, parecía que el paseo sería muy monótono, un desfile incesante de palmeras y canales de agua salobre. Ni siquiera las promesas de conocer “el verdadero estilo de vida de las aldeas” me hacían ilusionar.

Antropología

En relación a esto, vuelvo, con perdón, al discurso sobre el turismo.

Simplificando, se podría decir que desde que al comienzo del siglo XX, el explorador Hiran Bingham encontró el Machu Picchu y el antropólogo Claude Lévi-Strauss pasó años con los indígenas amazónicos, no quedan muchas chances para uno de revelar grandes novedades arqueológicas o etnográficas.

Con esto en mente, la idea de ver “el estilo de vida de los aldeanos” me parecía más bien una trampa para turistas, que una visión real. Además, no podía evitar analizar la frase de moda que dicen tantos turistas, que es algo como: “A mí no me gusta ser simplemente un turista, sino que cuando viajo me gusta conocer la verdadera vida del lugar, me gusta hablar con la gente, interactuar…”.

Desde mi punto de vista, en la mayoría de casos, esta intención no es llevada a la práctica porque requiere un esfuerzo extra, que implica salir del circuito turístico justamente. Aunque, como me dijo un amigo hace poco, es verdad que si uno viaja a algún sitio a visitar amigos que residen allí, entonces puede que se acerque a esa versión original que uno busca.

Volviendo a la barca, nuestro recorrido era estándar, no era exclusivo, había un barca delante y otra detrás, con personas occidentales en la misma situación que nosotros. Sin embargo, y a pesar de mi acostumbrada visión negativa, los backwaters me dieron una grata sorpresa. ¿Cómo puede ser?

Coco

Una de las claves estuvo en todas las paradas estratégicas que Kuntan tenía planeadas para nosotros. Con el objeto de no aburrirnos, el barquero se detenía con frecuencia para mostrarnos algo nuevo. No es que esto no lo hicieran todos los otros guías, pero en cierto punto, nosotros jugamos a creer que éramos los únicos, y esa fue otra clave.

La primer parada fue para ver cómo se hacían de manera tradicional y artesanal los barcos de madera, iguales a los que estábamos usando. Sin que me interese la náutica, me pareció sorprendente, una vez más, cómo con tan pocos recursos técnicos, los indios se las ingenian para construir de todo. No sólo barcos, que puede parecer algo básico y antiguo, sino también edificios, con sus andamios enclenques, o como una vez vi en New Delhi, con mulas sacando los escombros en lugar de usar grúas o tractores.

Unas pocas casas más allá, fuimos llevados a ver cómo se fabrica la fibra de coco, que luego vine a saber es una de las principales industrias caseras de estas islas. Al parecer, la pelusa de la cáscara del coco se pone a remojar en agua y luego que toma consistencia se la hila con unas ruedas de tejido, a modo de trenza. Es verdad que leerlo es aburrido, pero verlo tenía más gracia.

En teoría, estábamos viendo el modo de vida normal de estas personas, que la verdad se veían muy naturales y acostumbrados a las visitas. De hecho, pude ver cómo nuestro guía daba algunas rupias en cada casa, como gastos de gestión, imagino.

Por un lado, ver esto del pago le quitaba cierto encanto a observar a los aldeanos en su entorno; a la vez, desde mi óptica, era un signo de que en realidad ellos se comportaban como siempre, pero simplemente exigían un retribución por la exposición pública. No sé muy bien qué pensar, yo me sentía un poco como un intruso, aunque lo positivo podría ser que el turismo les da a los aldeanos algo de ingresos fáciles.

Paradas

Siguiendo con el ritmo de estímulos, nuestro barquero se detuvo muchas otras veces. No me acuerdo el orden exacto pero siempre había alguna novedad para mantenernos entretenidos: En un momento me dio el remo corto para que yo también participara del impulso de la barca; después del ímpetu inicial, el sol del mediodía me recordó dónde estábamos, y aflojé las brazadas, que a fin de cuentas no eran necesarias, sino un pasatiempo para mí. También Nuria tuvo su chance con el remo, y como yo, se comprometió con la causa hasta el sudor.

El siguiente paso era, indudablemente, el de tomar el mando. Fue así que Kuntan me dio sin ceremonias el largo palo de bambú, y así yo jugué a ser un gondolero de Kerala. El empujar la canoa no era un problema; lo que me costaba era mantener la dirección, ya que el palo sólo se usa del lado derecho (estribor) de la barca, y en mi inexperiencia, esto hacía que la barca se desviara siempre hacia nuestra izquierda (babor). En un momento me puse serio y quise cumplir un papel digno. No lo logré. La barca siempre se desviaba y el pobre Kuntan tenía que ir desde atrás (la popa, le dicen) enderezando el rumbo con el pequeño remo, que movía con la velocidad de un ventilador.

Más relajada fue la parada en la laguna de los lotos, de donde el barquero sacó dos nenúfares y le enseñó a Nuria a hacer un collar con el tallo de la flor, de manera que la misma queda colgando en el pecho como adorno. Para que lo sepan, no creo haber visto ningún otro turista con ese collar natural, ¡en eso éramos exclusivos!

Más adelante, llegamos a una especie de laguna llena de garzas blancas, y lo que más sorprendió, águilas pescadoras. Para mí es muy extraño esto de ver águilas fuera de la montaña. Obviamente que no soy versado en ornitología, pero no sé, me parecía muy raro ver a las águilas (si bien no eran tan grandes) volando entre las garzas, y sobre todo, posarse sobre las palmeras.

En ese mismo lugar, nos ofrecieron un refrescante coco recién cortado del árbol, cortesía de la excursión. El hombre de los cocos salió de una casa cercana y con su machete hizo todo el servicio, ¡otra vez sólo para nosotros!

En la que fue la última parada fuimos a una casa común y corriente, con un propósito no muy claro, aparte de que nuestro barquero quería tomar un té, y además vimos muchas plantas típicas de la zona, que luego supe son difíciles de ver en otros lados. Vimos granos de pimienta negra brotando de la planta misma, raíz de gengibre, árbol de papaya, hoja de curry, y más…

Paquete

Por un lado, cada dato o parada parecía espontánea, como hecha sólo para uno. De todos modos, y volviendo al tema de la exclusividad, cuando uno ve de cerca algunas (pocas) barcas con turistas, entonces se da cuenta de que la excursión es un “paquete armado”.

De hecho, en un momento teníamos una canoa delante y el guía señaló algo en un árbol; cuando dos minutos más tarde nosotros pasamos bajo el mismo árbol, Kuntan nos señaló vehementemente el mismo objeto, que a la sazón era un hermoso pájaro martín pescador (“kingfisher”, en inglés). El ave estaba viva y muy a la mano, y entonces pensé que quizás estaba entrenada para posarse en esa rama cuando pasaran los turistas.

A este respecto, el colmo del pensamiento malicioso lo tuve cuando, ya al final, pasamos frente a una casa donde había una señora en el patio, y señalándola nuestro barquero dijo “Mi hermana”, mientras la saludábamos. Apenas más atrás venía otra barca con dos turistas, y me hizo gracia pensar que aquel barquero también diría, “My sister”, y la señora saludaría, quizás ingenua de todo, o quizás una extra contratada.

Contacto

A pesar de estos pensamientos inofensivos, la principal sensación que me quedó de este paseo turístico por los backwaters fue muy buena. En casi todo momento me dejé llevar por la idea de que era una excursión única para nosotros. Y más allá de eso, el paisaje es tan hermoso que de todos modos me parece que uno se implica con el entorno, aunque no quiera.

A diferencia de mi ambigua posición con la playa, en este caso recomiendo totalmente visitar las backwaters de Kerala, que además de su belleza, o justamente por eso, se pueden considerar una forma alternativa de contacto espiritual.

Imágenes (casi todas propias):

1percent.wordpress.com

wired.com

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Un comentario »

  1. Pero es cierto, o no, que te caíste al agua…?

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