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La clave detrás de la práctica constante

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Para alcanzar el éxito en la práctica espiritual (sādhanā), todo aspirante y sin importar su escuela filosófica, debe cumplir con dos elementos imprescindibles y muy famosos: abhyāsa y vairāgya. La traducción más difundida de estos dos términos sánscritos sería “práctica” y “desapego”.

El mismo Śrī Kṛṣṇa (Krishna) en la Bhagavad Gītā (VI.35) dice que con esos dos medios se puede controlar la mente. Hoy me quiero centrar en el primer elemento que, en cierta forma, es fundamental para alcanzar el segundo y al cual el sabio Patañjali define en los Yoga sūtra como “el esfuerzo para lograr la estabilidad [mental]” (I.13).

La parte importante, para mí, es cómo debería ser ese abhyāsa y, siguiendo a Patañjali, esto es (I.14):

sa tu dīrghakāla-nairantarya-satkārāsevito dṛḍhabhūmiḥ

O sea:

“Esta [práctica] se torna firme cuando se practica durante largo tiempo, ininterrumpidamente y con consideración”

Evidentemente, si uno quiere volverse experto en algo, ya sea la mente, tocar la guitarra o hacer āsanas de haṭha yoga, debe practicar durante largo tiempo (dīrghakāla), pues no se puede esperar que el punteo de Stairway to Heaven nos salga el primer día.

Sri Swami Premananda siempre decía que todos estamos buscando “atajos” hacia la iluminación y que el primer paso en el camino espiritual es la paciencia. Por supuesto que hay personas que han tenido una “iluminación” espontánea, pero son excepciones, y conviene saber que la mayoría de santos, maestros y sabios han pasado largos periodos de intensa práctica antes de “conseguir” algo.

abhyasa1En su ameno y entretenido comentario a los sūtras, Sri Swami Satchidananda explica al respecto:

“Si te pido que repitas un mantra y te digo que por hacerlo te volverás más calmo y experimentarás hermosas cosas en tu interior, regresarás a casa, lo repetirás por tres días y luego me llamarás: ‘Lo he repetido por tres días pero no ha pasado nada. Quizás este mantra no sea el adecuado para mí. ¿Puede darme otro diferente?’ Por eso Patañjali dice ‘durante largo tiempo’, aunque no dice cuánto tiempo”.

La segunda condición es practicar de forma ininterrumpida (nairantarya), pues si uno lo hace de forma esporádica la fuerza de los arraigados (malos) hábitos antiguos supera los beneficios generados por la práctica y es muy difícil desarrollar un cambio. Tanto esta condición como la anterior son obvias y es en parte a ellas que abhyāsa se traduce muchas veces y directamente como “práctica constante”. Sobre esto el yogui Sri Andrei Ram dice:

“En el camino del yoga el secreto es la práctica constante, porque al final no hay nada nuevo. Los mismos principios y las mismas técnicas practicados una y otra vez, hasta ser totalmente dominados, y con ese dominio ocurre la auto-realización”.

La tercera condición, que es practicar “con consideración” (satkāra), es el tema que, en realidad, me interesaba tocar hoy. Cuando, siguiendo a Òscar Pujol, traduzco satkāra por “consideración” hago una elección de entre las múltiples traducciones posibles de la palabra original: “respeto”, “seriedad”, “veneración”, “atención”, “sinceridad”, “cuidado”, “presencia”, “con compromiso”… Literalmente satkāra se podría traducir también como “hecho (kāra) con verdad (sat)”.

Para empezar a entender este punto cito la explicación del mismo Pujol:

“Es importante que a la hora de practicar se haga con un cierto sentido de respeto y consideración por la tarea acometida: es decir, que no se practique rutinariamente o a disgusto, de un modo forzado ni aplicando de una forma demasiado violenta el poder de la voluntad”.

Teniendo en cuenta que la sādhanā, sea la de la escuela que sea, consiste en repetir una y otra vez lo mismo hasta dominarlo, es necesario que nos guste eso que hacemos. Conozco un par de casos de personas que fueron obligadas a aprender un instrumento musical de niños/adolescentes (piano, violín…) y que si bien ahora ya adultos pueden tocarlo no quieren ni verlo… Es decir que esas personas practicaron durante largo tiempo y de forma constante, pero sin “consideración” y, por tanto, el resultado fue ineficaz, por no decir negativo.

Swami Satyānanda Saraswatī dijo una vez que si uno está involucrado en una sādhanā que le cuesta mucho, quizás debe plantearse que esa no es su sādhanā. Obviamente puede haber un cierto esfuerzo (levantarse temprano, controlar ciertas tendencias, encontrar el tiempo en esta vida agitada…), pero la idea que proponen los maestros es que cuando uno hace su práctica tiene que ser el mejor momento del día.

Justamente apelando a la alegría en la práctica, el citado Andrei Ram dice que si un yogui es demasiado serio (en el sentido de estricto y forzado) la energía kuṇḍalinī nunca le subirá por el “canal central”.

Por ello, de todas las traducciones que he leído de la palabra satkāra me ha gustado mucho la, quizás no tan literal, pero sí muy expresiva de Swami Vivekananda, en su clásico libro Rāja Yoga:

“La práctica queda firmemente establecida a través de continuos y constantes esfuerzos hechos con gran amor”.

No puedo decir que yo siempre haga mi sādhanā con pura devoción o amor, pero cuando logro ponerme en ese estado, no dudo de que ese sea el camino. La verdadera clave para que, entonces, mi práctica se vuelva constante, regular y duradera.

El yogui y la copa de vino

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Yo hace muchos años que no bebo alcohol y no es ningún esfuerzo porque en general no me gusta su sabor, ya sea vino, cerveza, champagne u otras bebidas espiritosas. De hecho, el único interés que alguna vez – especialmente en la adolescencia – tuve en el alcohol era por su capacidad de alterar (alegrar, liberar) la mente y fue justamente ese factor alterador lo que me hizo dejarlo por completo: no quería condicionantes externos para encontrar mi felicidad interna.

En esta decisión seguramente influyó que mis padres no tomaran bebidas alcohólicas y quizás también el hecho de que para la tradición de la India la droga peor considerada sea el alcohol, pues se le supone una cualidad netamente tamásica, es decir de “inercia, torpeza, confusión”. De hecho, es conocido que muchos sādhus indios fuman cannabis y, aunque sea con fines espirituales un tanto debatidos, se lo acepta como una ayuda para liberar la mente. El alcohol como herramienta espiritual, en cambio, está reservado únicamente a algunos ascetas radicales que rompen todas los tabúes sociales como una forma de destruir y trascender el ego individual. De allí que para su whisky utilicen como copa, por ejemplo, un cráneo humano salvado del crematorio. En este contexto beber alcohol sería lo de menos, claro…

Volviendo a Occidente y a nuestras vidas encuadradas en reglas sociales y culturales, he notado que muchos yoguis beben alcohol, especialmente vino, y en copas de cristal. Este hábito que, según mi tradicional escala de valores, es impropio de un yogui, me generó sensaciones encontradas a medida que fui conociendo a personas que considero genuinos buscadores espirituales y que, con mayor o menor frecuencia, bebían su copita de vino. Cuando digo vino también podría decir cerveza o mojito, aunque supongo que por influencia cultural beber vino tiene un mayor pedigrí que otras bebidas y por ello es lo más difundido.

Entre los nuevos yogas (eso que Ramiro Calle gusta en llamar “pseudo-yogas”) hace tiempo que existe, especialmente en USA, un popular “estilo” llamado yoga & wine que conjuga los beneficios del yoga con el disfrute sensual de beber vino (en general después de la clase de yoga). El vino tiene buena prensa, es antiquísimo, es bastante natural (uva fermentada) y, en teoría, requiere cierto paladar para ser degustado. Quizás por ello son pocos los yoguis que se jactan por ahí de beber cerveza, que para muchos da la idea de estar tirado en el sofá mirando TV, aunque en Alemania ya hayan inventado el infame Bier Yoga.

wine

Para mí sería fácil ridiculizar o enjuiciar la ingesta de alcohol, así que después de investigar y conversar con diversas fuentes, he decidido ampliar un poco mi perspectiva en busca de respuestas para un fenómeno muy actual. En general todos los yoguis parecen estar de acuerdo en que el alcohol (o mejor dicho, el etanol) es una neurotoxina, es decir una sustancia que afecta adversamente al tejido nervioso, pero que bebido con moderación no es grave. Evidentemente, uno estaría mejor sin él porque “impiden el trabajo de purificación que se hace con la práctica de yoga” y también porque el alcohol “no te permite focalizarte bien en las sensaciones/emociones que en ese momento estás viviendo”, o sea es una “distracción”.

Si el yogui busca tener una mente y un cuerpo sanos el vino no ayuda, de acuerdo, pero claramente beber una copa a la semana no debería ser tan terrible para el sistema nervioso o, en realidad, es similarmente terrible que beber Coca-Cola o café. Incluso el té negro es considerado un estimulante no siempre bien visto por los yoguis, ni qué decir de los meditadores. De hecho, si el vino me relaja y aliviana la mente, el café/té me estimula, me despierta o me activa. ¿No es esa también una “distracción”? ¿Una forma de alterar la propia conciencia?

Obviamente hay yoguis estrictos que prescinden del café, alcohol y en general cualquier placer sensorial, fieles a la tradición más ascética del yoga. Si la idea es controlar los sentidos, mejor no darles cuerda con chocolate y otros manjares. En este punto entra el azúcar, el gran infiltrado de todas nuestras comidas (incluso las “saladas”), y al que muchos recurrimos periódicamente para “alterar” nuestras emociones, es decir, para sentirnos más satisfechos, más alegres y completos. Chocolate, galletas, helado, dátiles, yogures… cada uno sabe de lo que hablo. Si para sentirme bien cada noche yo tengo que comer “algo dulce” antes de ir a la cama, ¿qué diferencia esencial hay con beber una copa de vino?

Puede que el vino y hasta el café afecten más la mente, mientras el azúcar vaya más al cuerpo, pero al final sus razones de consumo son las mismas: placer del paladar; hábito psicofísico; intolerancia de las propias sensaciones…

coffe

Si empezamos a hilar fino en lo que uno ingiere, cada alimento tiene sus cualidades y ayuda a generar ciertos tipos de pensamientos. Cualquiera que haya hecho algún tipo de ayuno o dieta desintoxicante habrá notado que la parte psicológica y emocional es mucho más difícil que la parte física, pues el solo pensamiento de que uno no va a comer nada (o “eso” que le gusta) ponen a la mente en un estado de ansiedad desconocido. Solo haciendo ayuno uno se da cuenta de cuánto rato nos pasamos pensando en lo que comemos y bebemos.

Pero yendo más allá, la necesidad de mirar los mensajes del móvil cada diez minutos o una serie televisiva de moda por la noche, ¿no son también formas de escapar a nuestras sensaciones? ¿No son también parte de lo que los yoguis llaman “apegos”?

Ya ven que esto se está complicando, así que vuelvo al inicio, a la vida de los yoguis que beben vino sin cráneos y comen azúcar cada tanto. Si una posible definición de yoga es “aquietar la mente”, reprimirse de forma muy forzada va a llevarme, en general, a producir más actividad mental (vṛtti en la jerga yóguica). Es decir, si me niego a comerme el helado de chocolate porque tiene azúcar, pero toda mi meditación gira en torno a ese sabroso cacao tropical, su frescura y su crujiente cucurucho, quizás es mejor comerse el helado y meditar en paz. De la misma forma, con el vino.

A este respecto (no del vino, sino de los deseos reprimidos), habla la Bhagavad Gītā (3.6):

karmendriyāṇi saṁyamya ya āste manasā smaran /
indriyārthān vimūḍhātmā mithyācāraḥ sa ucyate //

O sea (en traducción de Fernando Tola):

“Aquel que permanece sentado controlando sus órganos de la acción, pero recordando con su mente los objetos de los sentidos /
con su ser sumido en el error, aquél es llamado un hipócrita”.

No hay que olvidar que el ser humano, por más yogui que sea, necesita disfrutar. Eso no es malo. El objeto de disfrute de un yogui puede ser, en algún momento, una copa de vino, aunque quizás con la práctica y los años ese mismo disfrute lo pueda encontrar en algo más sáttvico, es decir un objeto cuya cualidad principal sea la luminosidad, el balance y la pureza.

Con su particular humor, el gran maestro Sri Dharma Mittra dice que si uno toma heroína debe pasarse a la cocaína, si toma cocaína a la marihuana, si fuma marihuana al tabaco… gradualmente con la práctica los hábitos cambian. Asimismo, Dharmaji dice que practicar la respiración alternada (nadī śodhana) – un tipo de ejercicio respiratorio (prāṇāyāma) – durante media hora es como un “porro espiritual”. Y lo mejor, agrega, “es que estás a salvo de la policía”.

nadi

Buscando alguna conclusión, me gustaría agregar algo clave que, como explican algunos yoguis, tiene que ver con la actitud a la hora de reprimir o permitir esos deseos. Hace poco vi en Facebook a alguien que pensaba asistir a un curso de la Bhagavad Gita “aplicada a la vida” y que para hacérselo saber a sus contactos decía:

“¿Algún plan mejor para desconectar de toda la semana trabajando?
Luego, unas cañas (cervezas) juntos!”

Para algunos esta frase representa irreverencia, para otros ignorancia, para otros naturalidad. En general, después de escuchar la enseñanza espiritual de Kṛṣṇa, la sed que se despierta no se calma con cervezas. Quizás después de hacer el curso esa persona escriba cosas diferentes. Pero eso es algo que cada uno debe experimentar por sí solo.

Lo importante, parece ser, es que si al consumir ese producto (alcohol, café, azúcar, TV), sea el que sea, uno está establecido en o conectado con su “centro”, su conciencia plena o su “corazón espiritual”, entonces podrá saber por qué lo hace, para qué le sirve y, además, cuándo parar.

Para acabar, el ocurrente y difundido vídeo de Yoga para amantes del vino, que es una simple parodia y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

La devoción y las perlas de la sabiduría

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Desde el punto de vista histórico es imposible poner una fecha cierta para el surgimiento del bhakti mārga o “camino de la devoción”, que es uno de los pilares del hinduismo y del yoga, tanto en la antigüedad como en la actualidad. Para dar una posible definición, y siguiendo al indólogo Javier Ruiz Calderón, la bhakti se basa en “la fe en la bondad y la omnipotencia divinas, y consiste en una entrega absoluta en manos de la divinidad, dirigiendo hacia ella todos los pensamientos y emociones y ofreciéndole todas las acciones”. 

La adoración devota a un Dios o Ser Supremo, repito, se pierde en la noche de los tiempos, pero los estudiosos explican que esa vertiente espiritual se empieza a ver de forma explícita en las Escrituras sagradas hindúes con algunas Upaniṣad (como la Kaṭha o la Śvetāśvatara) que se supone se compusieron hace al menos 2500 años; luego con las grandes épicas (Rāmāyaṇa y Mahābhārata) y, por supuesto, con la Bhagavad Gītā, cuya composición quizás ronda los 2000 años de antigüedad y en la que las enseñanzas de Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) oficializan la bhakti como senda e incluso la equiparan al gran “camino del conocimiento” (jñāna mārga).

Más tarde, ya en el primer milenio de nuestra era, los Purāṇa, textos que mezclan lo histórico y lo mítico, y que Swami Satyānanda define como “la expresión popular de la tradición védica”, terminan por difundir, junto con la poesía devocional medieval, una expresión espiritual que ya había arraigado muy bien en suelo indio. Este arraigo, de todos modos, siempre ha tenido mayor recepción en los círculos vishnuítas, ya que la tradición presenta a Viṣṇu como un Dios suave, amoroso, encargado del mantenimiento del cosmos, esplendoroso y dador de gracia.

En contraste con Śiva (Shiva), que se muestra como un asceta austero y solitario (aunque no por ello menos compasivo) o las feroces Diosas Durga o Kālī, que pueden representar las difíciles pruebas del camino espiritual, Viṣṇu es Hari, el que “se lleva” las mentes de sus devotos y que, en su descenso (avatāra) a la Tierra como Kṛṣṇa, deleita a todos con su dulzura al punto de ser llamado cittacora (cittachora), “ladrón de corazones”.

Dentro del vaishnavismo hay muchas corrientes (sampradāya), todas teístas y devocionales, y que a pesar de sus distintos enfoques filosóficos y teológicos (dvaita o “dualista”; dvaitādvaita o “dualista y no dualista”; viśiṣṭādvaita o “no dualismo con distinciones”; śuddhādvaita o “no dualismo puro”) consideran a Viṣṇu como el “único Dios soberano”. En el año 1486 nace en Bengala un místico conocido como Śrī Caitanya Mahāprabhu, que daría un vuelco más al camino de la devoción hindú, posicionando a Kṛṣṇa (y no a Viṣṇu) como la “Suprema Personalidad de Dios”.

Lo explico con las palabras de Ruiz Calderón: “Kṛṣṇa, la realidad única, es ante todo el dios personal (bhagavant) pero también se manifiesta como el alma suprema que se halla en el interior de todos los seres (paramātman) y como lo Absoluto impersonal (brahman). Las almas y el mundo, también eternos, son idénticos a Kṛṣṇa y al mismo tiempo diferentes de él, de un modo que el intelecto no puede comprender”.

De ahí que la teología elaborada por Śrī Caitanya se llame acintyabhedābheda o “incomprensible identidad en la diferencia”. El devoto ideal quiere convertirse en un perpetuo servidor de lo divino, lo cual sería su “liberación” y la práctica consiste en adorar a Kṛṣṇa y a su amante Rādhā con himnos y cantos (e incluso bailes) que permitan la repetición del nombre divino.

Con el tiempo esta corriente se hizo conocida como Gauḍīya sampradāya y de ella surge, por ejemplo, el famoso movimiento Hare Krishna (o ISKCON), que es uno de los grandes artífices de que el canto devocional colectivo (kīrtan) esté tan difundido actualmente.

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Es en este contexto histórico y espiritual en que se enmarca el reciente libro Perlas de la sabiduría védica, del sacerdote vaishnava Juan Carlos Ramchandani (Krishna Kripa Dasa), que ofrece una recopilación de citas de las principales escrituras sagradas del hinduismo (Vedas, Upaniṣads, Purāṇas, Bhagavad Gītā…), con especial hincapié en los textos fundamentales de la tradición Gauḍīya, como el Śrīmad Bhāgavatam, y en muchos de los maestros de ese linaje, como el carismático y venerable Swami Prabhupāda.

Las citas del libro están agrupadas en torno a 17 temas como alma, reencarnación, yoga, santo nombre, vegetarianismo, lugares de peregrinaje, valores morales y otros, siempre desde una óptica vaishnava que, a diferencia de la filosofía Advaita (no-dual), considera generalmente que el alma (ātman) es parte (o chispa) de Dios (o Brahman) pero nunca que es lo mismo que Dios. En este sentido, por ejemplo, entre las páginas de la obra se cita al famoso filósofo dualista Madhva diciendo:

“Innumerables olas baten el gran océano, del mismo modo innumerables almas existen en el Brahman Supremo. Una sola ola nunca será el océano. Oh, alma individual, ¿cómo crees que puedes llegar a ser el Brahman Supremo?”

Ante la ubicua enseñanza de “todo está dentro de ti” (a la cual yo suscribo bastante), en un mundo donde la devoción a lo Supremo está desvalorizada, no me parece mal conocer también una tradición que fomenta, con sus métodos particulares, la tendencia natural del ser humano a usar las emociones y el amor como instrumento de trascendencia (un camino que también suscribo bastante). El hinduismo es muy amplio y hay sitio para todas las inclinaciones, por eso a veces se dice que en el hinduismo cada persona es un camino.

Perlas de la sabiduría védica tiene 224 páginas e incluye un glosario con los términos, nombres de las personalidades y textos a los que se hace referencia. Además cuenta con ilustraciones originales y diseño de portada del artista gráfico Hari Dasa, que es un experto en iconografía religiosa de la India. Para los interesados en pedir un ejemplar del libro, deben contactar directamente con el autor aquí.

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Dicho sea de paso, un libro en que la presencia de la enseñanza de Kṛṣṇa es tan importante viene justo a tiempo para la celebración anual del nacimiento del dios del color oscuro como una nube de tormenta. Este año 2016, el famoso Kṛṣṇa janmāṣṭamī (Krishna Janmáshtami) cae el jueves 25 de agosto y haciendo honor a la fecha y también a las citas de libro, acabamos este post con una enseñanza del Señor Kṛṣṇa sobre, justamente, la devoción (6.30):

“Para aquel que Me ve en todas partes y lo ve todo en Mí, nunca lo abandono y el nunca me abandona a Mí”

Sri Dharma Mittra habla sobre yoga y meditación

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Tengo un amigo que, por sugerencia de un gran discípulo de Sri Dharma Mittra, empezó a practicar haṭha yoga sin esterilla (llámese también mat, tapete o colchoneta…), con la intención de estar más en contacto con los elementos. Y todos sabemos que los yoguis antiguos iban con apenas un taparrabos y no necesitaban ni guantes antideslizantes, ni botellas de agua, ni aires acondicionados…

Hoy al subir un nuevo clip de la serie “Sri Dharma Mittra explica…” compruebo una vez más que Dharma tiene todavía ese espíritu de concentrarse en lo esencial.

Recapitulando por un momento, cuento que estos breves vídeos de Dharmaji son parte de una improvisada entrevista con el maestro, que tuvimos el placer de hacer con Hansika en 2011. Los detalles de esa entrevista poco profesional se pueden leer aquí, como así también otros clips antes publicados con enseñanzas de Dharmaji.

En el caso de hoy, el clip se titula “Cómo practicar yoga y meditación en tu vida diaria” y en él, Sri Dharma habla, por un lado, de que para hacer yoga, en el sentido de posturas físicas (āsana), no hacen falta tantos requisitos externos, sino que se puede practicar en cualquier lado, “si la policía no te molesta”… Un buen consejo, de hecho, para estas épocas de vacaciones boreales en que muchas personas dejan de practicar por sus viajes y sus cambios de rutina. Ahora ya no hay excusas.

Por otro lado, Dharma habla de la meditación más allá de estar sentado y hace hincapié en la “meditación caminando” que, en este caso, consiste en hacerse las preguntas correctas, entre ellas la indispensable “¿quién soy yo?”.

El clip dura menos de 2’ y, para nosotros, que también estamos de vacaciones y con las rutinas trastocadas, es una forma de seguir honrando a Dharma y sus enseñanzas. Ahí va:

Como la llama de una vela en un lugar sin viento

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En el haṭha yoga o “yoga físico” hay una postura muy importante llamada sarvāṅgāsana, cuya traducción literal podría ser “postura de todas las partes [del cuerpo]”, ya que, al decir de Sri Dharma Mittra, es “buena para todo”. Justamente por su beneficio integral se la considera como la “madre” o “reina” de todas las poses. Por hábito o búsqueda de simplicidad, muchas escuelas y profesores traducen (yo incluido) sarvāṅgāsana como “postura sobre los hombros”, pero también es muy difundida la traducción de “la vela”.

Durante varios años, escuchando esta definición mientras la practicaba, yo estaba convencido de que se refería a la vela de un barco, supongo que porque la postura completa con las piernas juntas hacia arriba, en una línea recta con el tronco, me hacía pensar de alguna forma en el mástil del barco y en sus lonas al viento… Finalmente, en una conversación hogareña fue mi esposa quien me habló del otro punto de vista, el de vela como “candela”, y entonces empecé a prestarle atención a ese aspecto aunque sin convencerme del todo.

sarvangasana

Hace poco, practicando sarvāṅgāsana con el yogui Sri Andrei Ram, él indicó que la postura, una vez lograda, debía mantenerse inmóvil “como la llama de una vela en una habitación sin viento”. Por primera vez el sentido de “vela” me tocó la fibra.

Supongo que por el hecho de que la forma de la pose deja las piernas libres es muy común ver que los practicantes mueven sus piernas y especialmente sus pies sin razón evidente. A la vez, al tratarse de una postura que incluso muchos principiantes pueden hacer (de forma aproximativa) en su primera clase, quizás no se valora demasiado su obtención (a diferencia de la “postura sobre la cabeza” por ejemplo). Esta aparente facilidad implica, en contraste con las posturas de equilibrio por ejemplo, que no haya especial concentración en las fases iniciales y que el estudiante con frecuencia mueva “la llama de la vela”.

Las enseñanzas del yoga clásico dejan muy claro que aquietar el cuerpo es fundamental para aquietar la mente. Por tanto, la razón última de cualquier movimiento dentro del āsana es inquietud mental y, por ello, los beneficios de la práctica de posturas van más allá del cuerpo físico. Todo esto (más la lista de la compra y el destino de las vacaciones…) lo pienso cada vez que estoy en esa postura, intentando no moverme, y entonces hoy abro la Bhagavad Gītā (VI.19) y encuentro un śloka que siempre estuvo ahí pero que ahora me llama:

yathā dīpo nivātastho neṅgate sopamā smṛtā
yogino yatacittasya yuñjato yogam ātmanaḥ

O sea (en traducción de Swami Nikhilananda):

Como una lámpara que en un lugar sin viento no tiembla”: esa es la imagen usada
por la mente disciplinada del yogui que practica concentración en el Ser.

En el estado ordinario los procesos o modificaciones mentales están siempre funcionando y, como todos experimentamos, cuesta mucho encontrar la unidireccionalidad de la mente, poner la atención fijamente en una única cosa por un periodo más o menos largo de tiempo. La concentración en el ātman, o más literalmente, el “yoga del ātman”, dice la Gītā, es el método para permanecer “al abrigo de las corrientes del aire”, al decir del filósofo Juan Arnau.

Para algunos esa esencia es un punto de luz en el centro del pecho, para otros el silencio interno, para otros el Absoluto, el universo, para otros una flor roja… pero siempre es un único objeto.

¿Y para qué quiere uno estar quieto y no ser movido por el viento?, puede esgrimir el estudiante que hace spinning en sarvāṅgāsana y, con razón, anhela la libertad. La respuesta, muy simple, la da Sri Dharma Mittra: en cuanto la mente deja de estar en un punto, “uno se vuelve consciente de sus problemas y entonces las emociones cambian” y, por ende, el estado mental se agita.

En este sentido, concentrarse en el entrecejo durante la “postura sobre los hombros” es mucho más importante que lograr la perfección técnica del āsana. Después de lo visto, otra posible forma de concentración durante la postura es visualizarse como una llama, imperturbable, en una habitación sin viento.

vela

Practicando esto, como dirían los Yogasūtras (I.14), durante “largo tiempo, sin interrupción y con seriedad”, sin dudas la llama de la mente vacilará cada vez menos y entonces puede que también se empiece a mantener inalterable en lugares con viento, como la calle, el trabajo y la familia, uno de los verdaderos objetivos de todo yoga.

Los Yogasūtra en traducción de Òscar Pujol

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“Si hay un texto de la literatura universal que ha sido tergiversado son los Yogasūtra” dijo el indólogo y sanscritista Òscar Pujol en la presentación en Barcelona de su traducción al español de la fundamental obra de Patañjali, que publica Editorial Kairós con el título Yogasūtra: los aforismos del Yoga.

Cualquier yogui medianamente serio sabe, aunque no lo haya leído, que los Yogasūtra son un texto ineludible para tratar de conocer el yoga clásico. De hecho, en toda formación moderna de profesores de yoga se recomienda y se estudia (de una u otra forma) este texto fundacional, aunque es curioso que en la realidad, dice Òscar, el entendimiento actual del yoga de Patañjali sea muchas veces diferente del sistema original, “más basado en la meditación y en la recitación de textos (svādhyāya) que en la ejecución de posturas”. El yoga actual, un fenómeno “transnacional”, explica el traductor, “es más bien un encuentro entre Occidente y Oriente que surge en el siglo XIX”, mientras que el yoga de Patañjali es básicamente “una forma de meditación”.

Esto no quiere decir que Òscar critique el yoga moderno, sino que considera un “gran milagro” que en el yoga de hoy en día se siga hablando de Patañjali como fundador cuando la práctica actual más difundida es muy diferente. Yo estoy bastante de acuerdo con esta visión porque muchas veces me he preguntado por qué en clase de yoga uno habla de “los ocho pasos” o “de que el yoga es mucho más que āsana” pero al final se la pasa haciendo posturas. Sin entrar a analizar las razones de esta aparente contradicción, sino que focalizándose en ofrecer una solución, Òscar nos ofrece una “traducción transparente”, basada en los principios de “fidelidad y simplicidad”.

Yogasutra

Explica Òscar que al preparar el texto abandonó la idea, muy de su gusto, de poner muchas notas y bibliografía justamente para favorecer la lectura incluso para un público no especializado. Al tratarse de un texto aforístico, muchas veces ambiguo y críptico, el hecho de reducir la información periférica es un gran desafío que requiere mucha claridad de ideas y precisión lingüística por parte del traductor/comentarista. Estas dos virtudes las hace evidentes Òscar en su brillante Introducción al libro, que resume su método de trabajo, el contexto histórico de la obra original, el contexto filosófico del sāṃkhya y la compleja psicología expuesta por Patañjali. Se agradece enormemente tener ese mapa tan claro al iniciar la lectura.

A la hora de presentar cada sūtra, Òscar optó por hacer una traducción lo más literal posible sin perder la coherencia. Eso a mí me gusta mucho porque, en lugar de aceptar ciegamente una versión, permite que también sea uno quien haga su parte de interpretación. Justamente para que el lector, si lo desea, pueda entender la lógica de la lengua sánscrita y el uso de cada palabra original, el traductor agrega (además del texto sánscrito en devanāgarī y en transliteración técnica) un trabajado desglose palabra por palabra de cada aforismo.

Como con toda traducción, hay elecciones del traductor con las que uno, como lector, puede estar más de acuerdo o menos, pero el intento de rigurosidad y fidelidad al espíritu original de Patañjali es muy loable. Cuando se entra en la parte más famosa de los Yogasūtra, en que Patañjali describe el aṣṭāṅga yoga, “los ocho elementos” de su método (a partir de 2.35), muchos yoguis encontrarán detalles interesantes como la definición menos convencional de satya, cuyo afianzamiento otorga “la fructificación de las acciones” (y no “el cumplimiento de todo lo que se dice”); la traducción de asteya como “honestidad” y de aparigraha como “no aceptación” en lugar de “abstención de riquezas” o “no codiciar”. También es interesante el análisis que hace Òscar, en distintas partes del libro, del concepto de īśvarapraṇidhāna y sus posibles significados.

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El otro gran aporte de Òscar Pujol está en los comentarios, concisos y otra vez muy clarificadores. Para hacer una traducción puede bastar con conocimientos filológicos, pero para hacer un buen comentario a un texto como los Yogasūtra se necesita también mucho bagaje cultural, filosófico y espiritual (no en vano Òscar lleva rumiando el texto desde hace más de 30 años). Con muy buen tino, Óscar basa su propio comentario en el análisis de siete comentarios antiguos y clásicos que han definido a lo largo de los siglos el entendimiento de los sūtra. Esta es una contribución importante para los estudiantes de yoga en lengua española, pues esos comentarios clásicos no están fácilmente disponibles en español (el libro de José Antonio Offroy Arranz con el comentario de Vyāsa es una destacada excepción).

Otro factor muy interesante de esta versión que nos ofrece Pujol es el análisis de las fuentes budistas tradicionales en pali (especialmente el abhidhamma piṭaka) para interpretar los sūtras. Según explica Òscar, “gran parte de su terminología procede directamente de esas fuentes”, como así también muchas de las categorías y explicaciones del funcionamiento de la mente. Estas fuentes budistas serían anteriores a Patañjali y aunque hay divergencias en cómo él aplica estas ideas en el sistema del yoga, es cierto que “estas fuentes pueden aclarar considerablemente el significado de ciertos aforismos” y ofrecer nuevos puntos de vista.

Asimismo, Òscar tiene en cuenta la supuestamente obsoleta filosofía sāṃkhya como contexto filosófico, lo cual sirve para explicar mejor muchas de las características del yoga como sistema filosófico. En ese sentido la definición de yoga de Patañjali cobra un renovado sentido, ya que no sería “unión”, como siempre decimos, sino más bien una “técnica” para el aislamiento (kaivalya) o la separación de la conciencia y la materia.

En este sentido, son muy bien recibidas las explicaciones que hay en el texto sobre la diferencia crucial entre mente y conciencia. Como explica Òscar: “para Occidente la conciencia es una propiedad de la mente, mientras que para Oriente la mente es un instrumento (material y transparente) de la conciencia, que es en realidad la luz interior que siempre está encendida”.

Para cerrar el círculo, al final del libro hay un glosario muy completo y útil con todos los términos sánscritos relevantes definidos de forma detallada, al estilo de un diccionario (no olvidemos que Òscar es el autor del primer y único diccionario sànscrit-català, y a la espera de la necesaria versión en español).

Concluyendo, el libro es una gran aportación al yoga y a la lengua española porque no existen casi traducciones directas del sánscrito al español de los Yogasūtra (en este sentido un gran acierto de Ed. Kairós). Al mismo tiempo, los comentarios son muy clarificadores y, a diferencia de la famosa versión de B.K.S. Iyengar por ejemplo, el texto es muy ameno de leer.

Personalmente, me ha gustado mucho y lo recomiendo vivamente a cualquier interesado en el yoga y también como manual de trabajo para las formaciones de profesores en español, ya que me consta que es un texto que pocas personas se leen con profundidad.

Luego que cada uno lo aplique según sus posibilidades que, al final, de eso se trata.

Guru Pūrṇimā 2016 y el sabio como objeto de meditación

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Hay una canción infantil que estamos cantando mucho en casa estos días, que empieza “ya está aquí, ya llegó…”, y que podría aplicarse a llegada del tan esperado día anual del guru o preceptor espiritual, conocido en sánscrito como Guru Pūrṇimā, ya que es la luna llena (pūrṇimā) del guía espiritual (guru). Cada año trato de hablar de esta celebración, aunque los posts sean breves o repetitivos, porque para un buscador espiritual la existencia del maestro es fundamental.

Por si hace falta recordarlo, aquí lo explica Swami Premananda:

“El gurú conoce el camino hacia el Ser y él o ella puede mostrarte el camino hacía allí. Él ya ha estado allí muchas veces, así que es como instintivo para él. A pesar de que la semilla de la energía divina está dentro de ti, puede suceder que no seas capaz de percibir su luz y que estés luchando en la oscuridad. La gran luz que es el maestro espiritual ciertamente te mostrará el sendero correcto. Esto es necesario porque te identificas grandemente con la mente y el cuerpo. Hasta que pierdas tu actitud de apego a la mente y al cuerpo, el maestro es muy necesario.”

Sobre esta idea y los conceptos de confianza, fe y obediencia al guru ya he hablado, como así también sobre como en la tradición india el guru es considerado la relación más importante para cualquier persona, o incluso como Dios mismo. Hoy, aprovechando que estoy leyendo la excelente versión de los Yogasūtra de Patañjali a cargo de Òscar Pujol (que, de hecho, presenta en Casa Asia de Barcelona este martes 19 de julio), quería compartir un sūtra pertinente al maestro espiritual.

Dice Patañjali (1.37), hablando de las formas de concentrar la mente en un objeto para calmar sus famosas fluctuaciones (vṛtti) y así eliminar los obstáculos mentales:

vītarāgaviṣayaṃ vā cittam

Es decir, en la traducción de Pujol:

“O bien mediante una mente que tiene por objeto a los que están libres de pasión”.

O sea, como comenta Pujol, que “es posible conseguir paz mental mediante la identificación empática con la mente de los que están libres de pasiones, como los sabios y los santos”. Es decir que la concentración, contemplación o meditación en personas santas es un aquietador de la mente.

Me acuerdo hace varios años, en mi primer viaje a la India, cuando todavía se usaban los tickets aéreos de papel en un talonario que te cortaban entrando al avión, perdimos el billete de una escala de vuelta y nos dimos cuenta ya en el pueblo de Puttaparthi, en el ashram de Sathya Sai Baba. Así que tuve que tomarme un bus hasta Bangalore para arreglar los papeles, con tal inquietud mental que no podía soportarme a mí mismo y hubiera saltado sin pausa durante el viaje. Lo que hice fue seguir el consejo de los maestros y puse la mente en el hermoso rostro de mi guru, una y otra vez, hasta que de forma sorprendente mi mente se calmó.

Por supuesto, también lo dice Patañjali, si uno logra poner la mente en un único objeto, cualquiera mientras sea agradable, entonces las fluctuaciones se aquietan. La ventaja de meditar en sabios y maestros es, por un lado, que este proceso puede ser más rápido por tratarse de seres plenamente conscientes que dirigen la atención hacia aquél que la dirige hacia ellos. Por otro lado, los sabios son inspiradores en sí mismos y también fuente de enseñanza continua, por lo que si uno medita en el sabio de forma constante terminará por tomar parte de su sabiduría, aunque solo sea por imitación.

guru

Sobre esto, Sri Dharma Mittra suele decir que uno de los grandes secretos para hacer “rápido progreso espiritual” es copiar al maestro física y mentalmente. Como comenta Òscar Pujol (siguiendo a Hariharānanda Āraṇayaka), la concentración en los sabios puede hacerse mediante la meditación o también “frecuentando la compañía de santos y observando sus reacciones y estados mentales”.

El maestro B.K.S. Iyengar dice, en su comentario al sūtra, que “si el sādhaka reflexiona en el estado puro y sereno de esas personas divinas y emula sus prácticas, obtiene confianza, logra estabilidad y desarrolla un estado mental carente de deseos”. De hecho, el sūtra hace hincapié en la cualidad desapasionada (vītarāga) del sabio, es decir en su ausencia de apego como aquello que queremos también adquirir.

visualización

La conclusión es que meditar o contemplar en los sabios, incluso más allá de sus enseñanzas, es una gran práctica. De allí el famoso mantra que sale en la Guru Gītā y afirma:

dhyānamūlaṁ gurumūrtiḥ 

O sea:

“La forma del maestro es la raíz de la meditación”

Este año 2016, Guru Pūrṇimā cae el martes 19 de julio. A celebrarlo entonces meditando en los sabios.

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