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La autobiografía de Krishna Das en español

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Cuando leí, en inglés, el libro de Krishna Das sobre su vida pensé que, si yo fuera editor, ése sería el próximo libro que yo publicaría en español. Me pareció una joya. Tuvieron que pasar unos años y ahora, finalmente, aquel deseo ha sido satisfecho por Ediciones La Llave (Barcelona) que publica Cantos de toda una vida, la autobiografía de Krishna Das, el cantante occidental de kīrtan más famoso del mundo, en una edición muy bonita, de tapa dura y con papel de calidad fotográfica, pues incluye variadas imágenes en blanco y negro y también a color.

Personalmente, me encantan las biografías espirituales y la de Krishna Das es muy atractiva porque, por un lado, posee los componentes clásicos y, por otro, un estilo muy divertido y cercano de contar sus experiencias. Cuando digo “componentes clásicos” me refiero a la historia de un joven (occidental en este caso) insatisfecho y perdido con el mundo moderno que siente el llamado de Oriente y se va a la India a buscar a su guru.

En este caso: el legendario Neem Karoli Baba, un santo que algunos consideraban encarnación del dios Hanumān, de quien no se sabía su edad y cuyo paradero cambiaba con frecuencia. Como pasaba gran parte del tiempo envuelto en una manta, también se lo conoce como “el santo de la manta”. Como todos los grandes santos indios, la vida de Maharaj-ji, como lo llaman sus devotos, está llena de hechos prodigiosos que muestran su poder y su conexión con lo Divino.

Neem Karoli Baba

Krishna Das fue a la India en 1970, en la época en que el misticismo indio era la gran atracción de los nacidos después de la segunda guerra mundial. Las experiencias que él vivió, que ahora no son tan fáciles de encontrar en una India tan visitada, son una muestra histórica fiable de todo un movimiento generacional que abrió el camino para muchos de los que, hoy en día, estamos tan interesados en el legado espiritual de la India.

Además de la sinceridad del relato, Krishna Das introduce muchas enseñanzas de su guru y de otros maestros que ha tenido en su largo camino, convirtiendo así el libro en una combinación muy efectiva de anécdotas, experiencias personales y citas profundas de diferentes tradiciones.

En el libro, Krishna Das cuenta descarnadamente el proceso que lo lleva a buscar un maestro, los altibajos emocionales de estar en su presencia física y, sobre todo, la desolación interior de afrontar su inesperada muerte.  El autor no intenta vender una imagen buena de él mismo, sino que con mucha sinceridad explica las crisis y monstruos interiores con los que tuvo (o tiene) que luchar. Estas revelaciones no son ni pesadas ni aburridas para el lector, pues Krishna Das tiene un estilo tan informal y directo que uno se siente totalmente identificado. Además, tiene muy buen sentido del humor y las páginas del libro son tan entretenidas que pasan muy rápido. De hecho, es de esos libros que da pena que acaben.

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La práctica de la que más se habla en el libro es el kīrtan, o “el canto de los Nombres Divinos”, es decir el canto devocional hindú que consiste en la repetición de mantras o invocaciones sagradas. Krishna Das habla mucho y muy claro de esta práctica, que es muy popular por el hecho de que cantar es una actividad que, en general, nos gusta a todos y, otra vez en general, es más fácil de hacer que meditar o hacer posturas físicas, por ejemplo.

Al cantar “nombres Divinos” uno usa la vibración sonora como un instrumento que gradualmente surte un efecto sobre la mente (que se calma) y sobre el corazón (que se abre). Para que esto suceda no hace falta, necesariamente, entender lo que uno canta e, incluso si uno no está bien predispuesto, los cantos llegan rápidamente a mover las emociones.

Uno de los grandes logros de este libro (tanto en inglés como en castellano) es que viene con un CD “para practicar con Krishna Das”. En él hay cinco largos y hermosos kīrtans, en los que Krishna Das canta la primera vuelta y en la segunda deja el vacío vocal para que nosotros lo llenemos con el canto. Si no lo hacemos, el CD queda incompleto y por más que haya miles de discos dando vueltas por el mundo, la sensación es que ese canto que estás escuchando está esperando que lo completes. Es una hermosa práctica y gracias a ella varios viajes en coche se me han hecho muy placenteros (incluso con niñas gritando en la parte de atrás…).

Para los interesados en la música, el libro también trae las notas y partituras de las canciones y, también, las letras de los mantras.

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Obviamente, si uno puede leer el libro original en inglés siempre es mejor porque entonces sentirá mucho más el estilo de Krishna Das, que es difícil de mantener en la traducción. En todo caso, la esencia del libro se mantiene, pues la historia es atrapante y entrañable y las enseñanzas recopiladas son una fuente de inspiración para cualquier buscador de la felicidad y del amor, temas muy recurrentes en la obra. El precio es 28€, que suena algo caro, aunque insisto en que la edición es muy buena e incluye CD.

Para quienes estén en Barcelona, les cuento que este viernes 21 de julio (2017) Krishna Das estará presentando y firmando su libro en la Barcelona Yoga Conference. El día después, sábado 22, hará un multitudinario kīrtan en el mismo sitio.

Recomiendo mucho esta lectura (y estos cantos) y espero que guste e inspire a otras personas tanto como a mí.

El guru es inevitable

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El sábado 8 de julio se celebra Guru Pūrṇimā (guru púrnima), el día anual en honor al maestro espiritual, que suele caer en la luna llena del mes de julio. Para cualquier persona que tenga un maestro espiritual este día es de gran importancia pues el guru es quien nos muestra el camino para conocernos a nosotros mismos. No podemos esperar que el guru haga todo el trabajo ni que recorra el camino por nosotros pero sí podemos depender de su guía, al menos hasta que tengamos la madurez suficiente para ir solos.

Un fragmento de la antigua Chāndogya Upaniṣad (VI.14.1-2) nos habla de esto:

“Si de la región de los Gandhāras (un pueblo de la antigua India) un hombre fuese llevado con los ojos vendados y luego abandonado en un lugar desierto, ese hombre clamaría a las cuatro direcciones que ha sido llevado con los ojos vendados, abandonado con los ojos vendados.

Pero si alguien le aflojara las vendas y le dijera: ‘La tierra de los Gandhāras está en esa dirección. Vete a buscarlos en esa dirección’, entonces él, estando bien informado y siendo inteligente, llegaría a los Gandhāras indagando de aldea en aldea. De la misma manera, también en este mundo quien tiene maestro sabe que permanecerá aquí solamente mientras no se libere y que después llegará”.

Es decir que el maestro nos abre los ojos, nos muestra el camino correcto, y luego depende de cada uno seguirlo o no. Una persona, aunque tenga un maestro, si no hace esfuerzo alguno (“indagar de aldea en aldea”) difícilmente podrá avanzar en el sendero del auto-conocimiento. De forma similar, una persona con mucho anhelo y práctica puede sentirse a veces perdida sin una guía adecuada, pues podría ir en la dirección incorrecta.

Vivimos en un tiempo en que el rol del guru está en debate, ya que la tendencia del mundo moderno parece ir hacia la horizontalidad, es decir que las jerarquías se difuminan y todos, al menos teóricamente, valemos lo mismo y tenemos los mismos derechos y oportunidades. Hablamos de democracia asamblearia, de DIY, de tener tu propio blog independiente, de eliminar intermediarios, de proyectos de financiación colectiva, de economía basada en el intercambio de servicios… En este contexto, y bajo el lema de “todo está en uno mismo”, es normal que las personas renieguen de tener un guru.

Yo soy bastante tradicionalista y me encanta tener guru (de hecho, tengo al menos dos), pero entiendo que haya reticencia a aceptar que otra persona nos diga cómo vivir para conocer la realidad última. Curiosamente, que nos digan cómo vestir, cuán larga debe ser la barba, qué comer, qué leer, cómo amar, cómo criar hijos e incluso cómo solucionar nuestros traumas de infancia nos parece aceptable, pero cómo conocer nuestra esencia es algo demasiado íntimo para aceptar la opinión de terceros.

Mi ligero tono irónico se basa en que cuando aceptamos la verdad de que “todo está dentro nuestro” es porque la estamos escuchando de alguien y, por tanto, ese alguien se convierte, de una u otra forma, en nuestro guru. Si la frase la has visto en una publicación de Facebook y la tomas solo porque te legitima para hacer siempre lo que quieres, entonces no cuenta. “Todo está dentro” no significa que eres el emperador del universo sino que si ahora mismo se cortara la conexión de wi-fi, tuvieras la nevera vacía y estuvieras solo, podrías sentarte en quietud diez minutos y todo estaría bien.

Puede ser que parte del problema esté en la misma palabra guru, cuyo significado en la modernidad se ha desvirtuado un poco y también, hay que decirlo, porque siempre ha habido gurus falsos o engañadores. Si decimos maestro, guía o referente quizás suena mejor. Si decimos “inspiración” todos contentos. Yo, un poco por la celebración que nos atañe y otro para meter el dedo en la llaga, prefiero continuar, en este texto, hablando de guru.

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Hay muchas personas que se sienten grandemente atraídas por las enseñanzas del filósofo Jiddu Krishnamurti, cuya proposición básica es la de “hacer una revolución en la propia mente” ya que “el ser humano no puede ser iluminado por ninguna organización, credo, dogma, sacerdote, ritual, conocimiento filosófico ni técnica psicológica… y solo por observación de los contenidos de su mente”. Por supuesto, Krishnamurti reniega totalmente del papel del guru, habiendo él mismo renunciado a ese rol (en su caso, lo habían presentado casi como un Mesías). La paradoja está, sin embargo, en que quienes siguen las enseñanzas de Krishnamurti lo adoptan, explícitamente o no, como guru, como guía espiritual.

A este respecto me gusta una anécdota que cuenta Radhanath Swami en su hermosa autobiografía, The Journey Home, en donde relata su asistencia a varias charlas de J. Krishnamurti en 1970, en Delhi. Radhanath Swami, que todavía no era swami, estaba acompañado de un monje budista tailandés que tenía a su cargo a otros miles de monjes en un monasterio institucionalizado donde enseñaba meditación y ritual, justo todo lo contrario de lo que proponía Krishnamurti.

Al acabar la primera charla el monje admitió que lo que decía Krishnamurti era verdad, que tenía mucha lógica, y que tendría que “pensar seriamente sobre el tema” para saber cómo proseguir su camino religioso. Después de varios días de charlas, Radhanath le preguntó al monje si ya había tomado una decisión, y éste respondió:

  • “Regresaré a mi monasterio… Voy a seguir las enseñanzas del señor Jiddu Krishnamurti”.
  • “¿Cómo harás eso?”, dijo Radhanath.
  • “Voy a rechazar las enseñanzas del maestro que nos enseña a rechazar los maestros y las enseñanzas”, dijo con una pícara sonrisa.

Por supuesto que uno debe asumir la “responsabilidad personal y no apegarse excesivamente al aspecto externo del maestro”, como dice Radhanath Swami, pero tener un guía no solo es necesario, es inescapable. Para algunas personas serán los padres, o cierta ideología, o ciertos libros. Quienes tienen hijos siempre dicen que “son los más grandes gurus”, quizás porque te aniquilan el ego al obligarte a poner tus intereses siempre en segundo plano. Para otros, como Ramiro Calle, el maestro puede ser su gato o para muchas personas es simplemente “la vida”. De hecho, como ya sabemos, la vida es una gran escuela y está llena de maestros.

gato

Como buen ejemplo, en el Śrīmad Bhāgavatam (11.7.33-35), un sabio identificado como avadhūta, enumera los 24 gurus de los que ha aprendido la ciencia del Ser y ellos son:

“La tierra, el viento, el cielo, el agua, el fuego, la luna, el sol, la paloma y la serpiente pitón; el mar, la polilla, la abeja, el elefante y el ladrón de miel; el ciervo, el pez, una prostituta, un ave y un niño; una joven casadera, un fabricante de flechas, una serpiente, una araña y una avispa”.

De la tierra serenidad y dedicación, del viento desapego, del agua su pureza innata, del mar su capacidad de asimilación, de la abeja la cualidad de tomar solo lo bueno de cada cosa, del fabricante de flechas su concentración mental y así.

Personalmente, considero que tener un guru humano genuino que te guíe de forma personalizada, integral y directa en el camino espiritual es una gran fortuna y el método más seguro. Si alguien prefiere decirle maestro, hermano o amigo me parece bien. Si a alguien le alcanza con verlo en la naturaleza, lo celebro. Si alguien cree que únicamente “está dentro de uno mismo”, le doy la razón (aunque lo invito a estar vigilante). Si alguien cree que no existe, que se vuelva a leer este texto y, sobre todo, mire mucho a su alrededor.

La forma y el nombre pueden cambiar pero hay un principio universal, que en el hinduismo se denomina guru tattva, y que nos va guiando a todos y cada uno hacia el conocimiento de nuestra real esencia. Quien no quiera verlo solo demora un proceso que ya está en marcha. El guru es inevitable. Y por eso lo celebramos.

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El Yoga y la temperatura ideal

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Cuando Bikram Choudhury, el inventor del famoso estilo hot yoga, quiso justificar la aberración de practicar posturas en una sauna a 40 °C dijo que lo que él había buscado era emular, de forma artificial, el clima tropical indio en que tradicionalmente practicaban los yoguis. Por supuesto, siempre ha habido una rama muy ascética de yoguis que realizaban sus austeridades a pleno sol e incluso cerca del fuego, como así también los hay que, semidesnudos, hacen sus prácticas en las nieves del Himalaya.

De hecho, si la mayoría de yoguis residen tradicionalmente en las montañas no es solo buscando la soledad sino también quizás algo de fresco, pues la práctica del yoga genera un potente fuego interno. Evidentemente, el clima de la India a menudo puede recordarnos a una sauna o incluso peor, y por ello – entre otras cosas – muchos yoguis eligen las horas del amanecer y del atardecer como las más propicias para sus prácticas.

Este tema viene a cuento porque está semana en el hemisferio norte se celebra el solsticio de verano y, también, el Día Internacional del Yoga. La cuestión es que con la llegada del solsticio de verano a Barcelona, aparte de pasarnos el día hablando del calor, se ha desatado lo que una amiga llama “la guerra de los aires acondicionados”, que consiste en luchar por poner el aire a la temperatura deseada; una guerra que generalmente ganan los que, al parecer, no pueden soportar ni un ápice de calor.

Por tanto, aunque por la calle uno vaya con pantalones cortos/falda o chanclas, al entrar a la oficina, una tienda o el autobús se debe abrigar para no congelarse. Así uno entra en la extraña paradoja que quejarse del calor fuera y del frío dentro… y luego dicen que fue Dios quien hizo este mundo imperfecto.

Barcelona en verano puede ser calurosa pero tampoco estamos hablando de Mysore ni de Varanasi. Sin embargo, muchos practicantes de yoga tienen una fuerte necesidad de encender el aire acondicionado durante las clases (el ventilador no alcanza…). Justamente lo opuesto del Bikram Yoga, que a su vez es popular porque da la sensación de trabajar más el cuerpo, porque uno siente que con tanto sudor quema más toxinas y, sobre todo, porque muchas personas lo hacen con el afán de perder peso. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Calor o frío?

Como ya he escrito una vez, los textos clásicos dicen que los extremos no son recomendables, y de hecho la Gheraṇḍa Saṃhitā, un reconocido manual medieval de haṭha yoga, dice que comenzar la práctica de yoga en verano o en invierno “solo trae enfermedad”. Por tanto, se aconseja comenzar “en primavera o en otoño” (V.8-9).

Mi maestro Sri Dharma Mittra, más que temperatura, dice que lo importante es que el espacio de práctica esté ventilado, ya que aunque uno sude el aire en circulación seca ese sudor y eso es mejor que sudar con aire acondicionado (y tener que taparse con una manta para śavāsana). Por ello Dharmaji, en el sexto piso de su escuela-templo en Manhattan muchas veces deja las ventanas abiertas, a pesar de que cada tanto lleguen sirenas de bombero, bocinas y otros ruidos callejeros.

En una ciudad con menos rascacielos como Barcelona y con los estudios muy cerca de la calle, abrir las ventanas implicaría un ruido tan infernal que, en general, hay que usar ventilador o alguna opción de aire acondicionado.

Una de las contras de usar aire acondicionando para practicar yoga es que los sistemas de climatización suelen usar elementos químicos (al menos para su desinfección) y en una práctica donde la respiración es tan importante y, a veces, profunda, no es ideal respirar un aire no puro. Obviamente en la ciudad ningún aire es puro, pero si puedo prefiero que se apague el aire acondicionado, al menos en la parte del prāṇāyāma formal.

Otra de las contras de usar aire acondicionado es que uno reduce su “umbral de temple”. Cada persona es diferente, pero si ante el primer golpe de calor todos nos refugiamos en el frescor de la climatización artificial, después el caminar por la calle a temperatura ambiente se convierte en una tortura y todos queremos llegar rápido a nuestro destino bien refrigerado (lo mismo podría pasar con el invierno y la calefacción). Este síndrome de escapar hacia “lo placentero” tiene al ser humano en una perenne insatisfacción. Siempre esperando que llegue el viernes, las vacaciones, la jubilación…

Los textos yóguicos repiten por doquier que la ecuanimidad es una virtud fundamental para encontrar la paz. La Bhagavad Gītā (VI.7) dice:

“Para aquel que a sí mismo se ha vencido y la serenidad ha conquistado,
para aquél el Espíritu Supremo siempre está presente
en el calor y en el frío,
en el placer y en el dolor,
en el honor y en la deshonra”.

Y hablando de las cualidades del yogui redunda (XII.18-19):

“Aquel que es igual frente al amigo y al enemigo (…)
igual en el calor y en el frío,
en la felicidad y en la desgracia,
despojado de todo apego (…),
satisfecho con lo que le azar le aporte…”.

Esta capacidad de mantener el equilibrio frente a los extremos es uno de los grandes objetivos yóguicos, y por ello uno de los elementos del camino clásico del Yoga es pratyāhāra, la “retirada de los sentidos” o “abstracción sensorial”. Hablando de este control de los sentidos y de la mente dice la Gheraṇḍa Saṃhitā (IV.5):

“Cuando la mente entra en contacto con algo caliente o frío, retírala de allí y ponla bajo control en el Ser”.

Obviamente, este mismo principio de control de los sentidos podría aplicarse al hot yoga, por lo que es importante tener en cuenta el equilibrio entre extremos, en este caso, el equilibrio entre desarrollar la templanza y el sobre-esfuerzo o cualquier acción dañina para el cuerpo.

Por último, si es verano y hace calor es normal que uno sude un poco haciendo yoga, al menos en condiciones normales. Si hace Bikram sudará todos los zumos verdes que se haya bebido en la semana y si usa demasiado aire acondicionado sudará menos de lo que debería. A fin de cuentas, el sudor es un parámetro muy útil para el yogui ya que (más allá de las condiciones climáticas) nos habla de nuestro estado durante la práctica.

Yo soy de sudar, pero hace algunos años sudaba mucho más y entonces le pregunté a Dharma Mittra si eso era normal. Él simplemente me dijo que el sudor era “tensión innecesaria” y que con el tiempo se iría reduciendo si uno aprendía a “relajarse en la postura”; efectivamente así sucedió a medida que fui profundizando en mi práctica. Eso sí, siempre y cuando no me metan en una sauna a 40 °C a celebrar el solsticio de verano.

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Anāhata, el espacio sin fricción

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Siempre que escucho la traducción de la palabra sánscrita anāhata (anáhata) me quedo con cara de nada. De hecho, la traducción que más me encuentro suele ser en inglés – “unstruck” -, que es bastante literal del sánscrito, y que podría traducirse como “no (an) golpeado (āhata)” o “no tocado”.

El interés que despierta esta palabra en mí es que, en la anatomía sutil yóguica, es el nombre del centro energético o cakra (chakra) ubicado en el centro del pecho, en el espacio del corazón. Este espacio es especialmente relevante en la tradición yóguica pues ya los textos antiguos – especialmente las Upaniṣads – indican que allí reside el ser (a veces llamado ātman, a veces prāṇa, a veces puruṣa, a veces brahman…).

Por ejemplo, la Taittirīya Upaniṣad (II.1.1):

“El ser (brahman) es la verdad, el conocimiento y la infinitud.
Aquel que sepa que reside en la caverna [del corazón],
en el espacio supremo,
ése alcanza todos sus deseos
y a la vez brahman, el omnisciente”.

Según se explica, esta “cueva del corazón” donde se esconde lo más sutil de lo sutil, es decir nuestra esencia, trasciende al anāhata cakra, pero concentrarse en el centro energético o cakra (utilizando diversas técnicas) es una buena manera para contactar aquello que está más allá. Los sabios explican que “eso que está más allá” es un espacio de gozo, de permanente quietud y de silencio, en el sentido de que nada “es golpeado” o, quizás mucho mejor, como dice el yogui Sri Andrei Ram, donde “no hay fricción”.

En general, todo sonido (externo o interno) que conocemos o experimentamos está compuesto, al menos, por dos partes que se tocan, golpean o “friccionan”: la mano que percute el tambor, el pie que pisa la tierra, la lengua en contacto con diferentes partes de la boca a la hora de hablar, el viento chocando contra las piedras o el mar, los astros y sus atmosferas…

Entrando en un plano más sutil la regla es la misma: las diversas formas del mundo en contacto con la facultad de la vista, el sentido de la vista en relación con el cerebro, mis pensamientos en interacción con mi fuerte sentido del yo, mi sentido del yo analizado por mi intelecto, yo y mi meditación, mi concentración en el objeto de meditación, yo y mi samādhi

Sin embargo, dicen los yoguis, hay un espacio profundo y pequeño (“del tamaño del dedo pulgar”) donde se puede percibir un “sonido sin fricción”, o anāhata nāda, que los filósofos definen como “la divina melodía interior” o la “resonancia interna continua” y que es el sonido sutil escuchado en meditación profunda, también llamado OM o Aum. Este sonido se considera primordial, inefable y en cierta forma inaudible, pues no se escucha con los oídos físicos.

Para la tradición tántrica (y el haṭha yoga es una ramificación de esta tradición), es en el cakra del corazón donde se revela ese sonido cósmico. De ahí que la palabra anāhata, para tratar de hacerla entendible, se traduzca a veces como “so­nido hecho sin que dos cosas se choquen”.

Por lo que explican los yoguis, no tiene sentido intentar escuchar ese sonido, pues en ese caso uno ya estaría poniendo elementos en juego (expectativa, “yo escucho”/”yo no escucho”, activación del sentido del oído…) que generarían fricción. El sonido sin fricción, al parecer, surge espontáneamente cuando uno entra en el espacio sin fricción. Por tanto, la práctica está más bien en purificar la mente con diferentes ejercicios (físicos, mentales, energéticos…) para poder, al menos, vislumbrar ese espacio no-dual, en que sólo está uno mismo, sin interferencias.

Como todos los yoguis o meditadores, he tenido (o creído tener) algún fugaz vislumbre de ese espacio, pero de ninguna manera puedo hablar con autoridad de este tema desde la propia experiencia directa. Lo que sí tengo es mucha confianza en la palabra de maestros genuinos y textos sagrados y también un buen grado de certeza nacido de las breves e internas experiencias personales.

Curiosamente, el hecho de analizar y entender intelectualmente el profundo sentido filosófico del nombre anāhata me ha dado mucha inspiración y me ha ayudado a tener más claro lo que hay en ese pequeño pero inmenso espacio en el centro del pecho.

Qué mejor que cerrar, entonces, con una cita de la Chāndogya Upaniṣad (VIII.1.1-3):

“OM. En el centro de esta ciudad de brahman (es decir, el cuerpo) hay un pequeño santuario en forma de flor de loto.
En su interior hay un espacio diminuto. Hay que buscar, hay que desear conocer lo que hay dentro (…)

El espacio en el interior del corazón es tan vasto como todo el universo. En su interior caben el cielo y la tierra, el fuego y el viento, el Sol y la Luna, el relámpago y las estrellas. Todo está contenido en su interior, lo que pertenece a uno en este mundo y también lo que no le pertenece”.

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La pesada carga de poseer la verdad

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Cuando paso frente a un McDonald’s. Cuando en la verdulería veo a alguien poner cada fruta por separado en bolsas de plástico. Cuando le dan paracetamol a sus hijos apenas tiene 38 °C de fiebre. Cuando escucho al vecino sintonizar Masterchef. Cuando salgo de hacer yoga y veo a todo el mundo abarrotando las tiendas de ropa… En estas ocasiones, y en muchas más, claro, me siento superior, conocedor de una verdad que la mayoría ignora. Y no puedo negar que, para el ego, la sensación es agradable, al menos por un rato… hasta que estar siempre en posesión de la verdad se convierte en una especie de carga.

El lugar, la época y las circunstancias cambian pero, como dice el yogui Sri Dharma Mittra, “al final todos pasamos por las mismas cosas”, sobre todo si hablamos de las emociones, sensaciones y pensamientos básicos. Evidentemente estar en “posesión de la verdad” no es exclusividad mía, pues muchas (o quizás todas las) personas sienten lo mismo en su contexto. Quienes creen en la homeopatía sentirán superioridad ideológica sobre quienes descreen y viceversa; quienes escuchan Iron Maiden sentirán superioridad estética sobre los oyentes de David Bisbal y viceversa; quienes saben disfrutar del buen vino sentirán superioridad dietaria sobre los abstemios y viceversa…

Sin decretar cuál de todas las verdades es la fuente de sabiduría última, sí creo que las “verdades espirituales” muchas veces son un caldo de cultivo más propicio para sentirse superior a los demás. De hecho, las “verdades religiosas”, muchas veces dogmáticas, han creado a menudo en la historia ese fenómeno de superioridad y separación que, además de generar problemas y enfrentamientos, es la gran crítica que los laicos o ateos suelen hacerle a las religiones. El hecho de estar fundadas, muchas veces, en libros sagrados, en sabios iluminados, en santos o en enseñanzas milenarias es un elemento de pedigrí que puede ser usado para colocar la propia visión en una posición superior.

Las “verdades espirituales”, aunque cambien de etiqueta, están influidas principalmente por aquellas mismas “verdades religiosas”, algunas manteniéndose fieles, otras adaptándose y otras, ya lo sabemos, distorsionándolas. Sin entrar a juzgar esto, lo cierto es que el resultado es similar: si soy una persona “espiritual” puedo caer en la tentación de sentirme superior a quienes no lo son.

Creo que todos podríamos estar de acuerdo en que la visión que subyace a los – llamémoslos así – “valores espirituales” es la unidad, o sea, la idea de que todos los seres compartimos una misma esencia que va más allá de lo físico-material o, al menos, que todos tenemos (o podemos tener) una relación directa y especial con el cosmos. Con estos presupuestos, cualquier idea de superioridad es contradictoria, pues nos remite a la clásica dicotomía nosotros vs. ellos, los poseedores de la verdad y los errados. Esto no quiere decir que uno no pueda tener la visión correcta, solo quiere decir que el sentimiento de superioridad, especialmente en espiritualidad, no es justamente un signo de evolución espiritual.

En un texto del maestro jamaiquino Mooji la idea queda claramente expresada:

“Si crees que es más ‘espiritual’ andar en bicicleta o utilizar el transporte público para moverse, eso está bien, pero si te encuentras juzgando a alguien que conduce un coche, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ no ver la televisión porque te arruina el cerebro, eso está bien, pero si te encuentras juzgando a quienes todavía la ven, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ evitar leer cotilleos, periódicos o noticias, pero te encuentras juzgando a aquellos que leen estas cosas, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ escuchar música clásica o relajantes sonidos naturales, pero te encuentras juzgando a aquellos que escuchan música comercial, estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ practicar yoga, hacerse vegano, comprar todo orgánico, comprar cristales sanadores, hacer reiki, meditar, usar ropa hippie o de segunda mano, visitar ashrams y leer libros sobre iluminación espiritual, pero luego enjuicias a quien no hace esto, entonces estás atrapado en una trampa del ego.

Estate siempre atento al sentimiento de superioridad. La idea de que tú eres superior es la indicación más grande de que estás en una trampa del ego. Al ego le encanta escabullirse sin que te des cuenta. Tomará una idea noble, como empezar a practicar yoga, y luego la distorsionará para su propósito de hacerte sentir superior a otros. Empezarás a menospreciar a aquellos que no están siguiendo tu recto camino “espiritual”. Superioridad, juicio y condena. Estas son las trampas del ego”

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En su clásico libro Be here now, el exprofesor de Harvard y desde hace años guía espiritual, Ram Dass, habla de los choques entre hippies y policías en los años 1970 y dice en relación a las polaridades:

“Solo puedes protestar de manera efectiva cuando amas a la persona, de cuyas ideas estás manifestándote en contra, tanto como te amas a ti mismo”.

Por tanto, en el plano espiritual, tener la razón (o al menos creer tenerla) no implica odio ni menosprecio hacia las demás personas. Hace poco escribí sobre la paz emocional desde la perspectiva de los Yoga Sūtras, donde se recomienda “ecuanimidad ante los no virtuosos”, en lugar de irritación. Cuando, por ejemplo, Donald Trump autoriza las perforaciones petrolíferas en el Ártico, a uno le genera mucho enfado o tristeza y la solución, dice Patañjali, es cultivar la indiferencia.

En el caso del sentimiento de superioridad, yo creo que no alcanza con la indiferencia (que ya es un paso), sino que veo necesario cultivar un sentimiento de aceptación y quizás de respeto. No lo digo como una forma de mantener la armonía social ni porque sea moralmente correcto, sino porque eso demostraría un entendimiento del funcionamiento del mundo en que cada ser sigue su propio curso. Para profundizar en el tema qué mejor que citar las palabras de Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) en la Bhagavad Gītā (III.29):

“El hombre de conocimiento perfecto no debe perturbar al necio que tiene un conocimiento imperfecto”

O esta otra forma de decirlo:

“¡Que quien sabe el todo no perturbe a aquellos insensatos que saben solo una parte!”

Sobre esto explica Swami Vijoyananda:

“El proceso de la evolución mental debe ser continuo, pero jamás debe ser forzado e ir contra la tendencia natural de cada aspirante espiritual. No todos tienen el mismo grado de comprensión, ni la misma capacidad de transformación; por ello, las instrucciones espirituales deben ser aplicadas, con mucho cariño y paciencia, individualmente para cada caso. Cada hombre ve, interpreta y comprende la Verdad, según su ambiente y su prejuicio”.

Al respecto, el indólogo Fernando Tola agrega:

“Consciente de la imposibilidad de modificar la conducta de los otros, el sabio debe aprobar esa conducta, aunque él mismo se comporte en forma diversa”.

Es decir que la persona sabia (o que al menos quiere llegar a serlo) no debería juzgar ni subvalorar a los “ignorantes”, ya que están en el punto del camino donde deben estar e intentar modificarlo es, en cierta forma, actuar en contra el plan cósmico. Por ello Tola también dice:

“Una doctrina, excelente en sí, impartida a personas cuya mente no esté preparada para recibirla, al ser malinterpretada, puede serles perjudicial”.

¿Se imaginan a un fanático del heavy metal subiendo al escenario en el estadio donde David Bisbal da su concierto, agarrar el micrófono, distorsionar su guitarra y predicar: “¡niñas, dejad de escuchar estas ñoñerías y aprended lo que es bueno!”? La evangelización no es fácil y probablemente no muy eficiente. Como dijo el Dalai Lama: “Pienso que en estos tiempos la conversión está pasada de moda”.

Por ende, aceptar que cada uno está donde tiene que estar es, por un lado, fluir con el plan universal y, por otro lado, entender que cada uno de nosotros ha estado (o estará) en esa misma etapa y que situarse en la posición de superioridad es, simplemente, falta de visión global.

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Todo esto lo escribo para decírmelo a mí mismo porque tengo tendencia a caer en la arrogancia y, aunque al ego eso le genere cierta satisfacción temporal (“yo soy mejor”; “yo sé la verdad”), he descubierto que creerse en posesión de la verdad y juzgar desde ese punto de superioridad es una pesada carga. Por un lado, no otorga nada de paz mental porque uno se la pasa criticando a la mayoría del resto del mundo y, por otro, intensifica la sensación de separación con los demás generando así un sentimiento de diferenciación que no me parece puro ni pleno.

Esto no significa que yo ya no considere tener la verdad en muchos aspectos (sobre todo en las enseñanzas espirituales recibidas), sino más bien un cambio de actitud para intentar aceptar el mundo como es y, sobre todo, a los otros seres como son. Esto es: como yo.

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Viajar con Karma

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Desde que The Beatles visitaron Rishikesh en 1968, el Yoga y la filosofía india se popularizaron a pasos agigantados en el mundo occidental, introduciendo en él, entre otras muchas cosas, una nueva terminología hecha de palabras sánscritas que, actualmente, son chapati de cada día, especialmente en los medios de comunicación y, por tanto, en el habla cotidiana. Como es natural, cuando un término cambia de contexto socio-geográfico-cultural pierde parte de su sentido original o incluso gana nuevos y diferentes matices, y con más razón si se trata de conceptos filosóficos, como es el caso.

Una de esas palabras es karma, que aparece tanto en la sección deportiva de los periódicos, como en famosas canciones de rock & pop o en los nombres de discotecas. La palabra sánscrita karma significa literalmente “acción” y puede significar diversas cosas: cualquier acto que uno realiza en su vida; un acto específicamente ritual; la ley de causa y efecto; la acumulación de las acciones pasadas…

En Occidente predomina la acepción de karma como “destino” (muchas veces un tanto ciego), en el sentido de que es algo que toca vivir y aceptar, en general como una carga. Por ello se escucha, “esta enfermedad es un karma que tengo que limpiar” o “yo nunca gano nada, es mi karma” o “¡qué karma tiene el Aleti con las finales!”. De hecho, si uno agrega el adjetivo “mal” antes de karma, en general siempre cuadra.

Un derivado de esta idea es la que hace que muchos visitantes a la India (y también personas que no la han visitado) digan que una de las razones de que el pueblo indio sea pobre es su “pasiva aceptación” de la ley del karma, o sea su resignación a aceptar ese destino ya escrito, aunque haya sido escrito por ellos mismos.

Lo que falta generalmente en las interpretaciones occidentales es el componente “activo” del karma, pues si bien uno debe recibir los efectos de sus actos previos, tiene al mismo tiempo la capacidad de crear su propio destino mediante cada acción que está realizando. Sumando el hecho de que para la filosofía yóguica el karma puede ser malo, bueno, mezclado o incluso neutro.

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Esta resumida explicación sirve para presentar una nueva variación del concepto indio de karma en el contexto occidental, especialmente el catalán, donde la empresa Transportes Metropolitanos de Barcelona (TMB) lanzó una novedosa campaña de comunicación titulada Viatjar amb Karma (“Viajar con Karma”). La campaña pretende fomentar “el respeto y la convivencia entre los usuarios del transporte público barcelonés” y para ello han creado un personaje femenino llamado “la Karma”, que cumple el rol de “prescriptora del comportamiento en el transporte público señalando las infracciones y las actitudes incorrectas”, a la vez que también destaca los comportamientos cívicos (como escuchar música con auriculares sin molestar a los demás pasajeros).

El recordatorio en la máquina de validar billetes del autobús

TMB explica que “el nombre del personaje juega con el concepto filosófico de karma, entendido como el conjunto de acciones que realiza cada individuo y que marcan su conciencia y condicionan su futuro”. Dentro de la peculiaridad de la campaña, la definición que han elegido me gusta porque se focaliza en la importancia de los propios actos como creadores del destino individual.

En el contexto del transporte público de Barcelona, la Karma se encarga, más que de castigar, de dar mensajes de advertencia sobre el fraude de viajar sin pagar; usar sin criterio los asientos reservados para personas ancianas/embarazadas/con muletas, etc.; mal usar el mobiliario (como poner los pies en los asientos o tirar basura); o acercarse demasiado al borde de los andenes del metro.

La forma en que se espera que estas advertencias hagan mella en el público es con un axioma bien indio: Tot torna (“Todo vuelve”). Yo soy un total suscriptor de este axioma, pero no sé cuántos occidentales están igual de convencidos de su verdad. Cierto es que, en Occidente, tenemos el bíblico dicho de “se cosecha lo que se siembra” y, en ese sentido, puede que el inconsciente colectivo esté inclinado a aceptar la ley energética de causa-efecto.

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Una mujer ocupa el asiento reservado para embarazadas y la Karma se lo recuerda con una especie de corneta

Evidentemente, si uno entra al metro sin pagar se arriesga a una multa y, si ésta le cae, entonces verá las consecuencias de sus actos de forma muy nítida y lineal. Ahora, no cederle el asiento a una señora mayor o abandonar una lata de refresco por el suelo puede pasar desapercibido (sobre todo si nadie lo ve o lo juzga directamente) y, por tanto, no hay castigo aparente, con lo cual la Karma lo tiene más difícil a la hora de disuadir a estos “incívicos” con la abstracta teoría del “todo vuelve”.

Los recursos que utiliza la Karma son ingeniosos: por ejemplo, carteles cerca de los asientos reservados que dicen Ei, et veig (“Ey, te veo”) o Ei, seient reservat (“Ey, asiento reservado”). En estos casos me parece que se apela más al “control social” que a una aceptación de la ley kármica. De todos modos, en la mayoría de casos presentados no hay una consecuencia muy tangible más allá de “mejorar la convivencia”, que me parece obvio y no requiere de profundos conceptos filosóficos para ser justificada.

“Ey, asiento reservado”

Como no todos somos incívicos, la Karma también da mensajes positivos para “reforzar las conductas cívicas, las cuales proporcionan más karma a sus autores”. Aquí ha fallado TMB, al menos en la teoría, pues como bien deberían saber, tener más karma no es algo especialmente positivo para la visión yóguica, en que la idea es ir reduciendo el karma, ¡incluso el buen karma!

Para que cada uno saque sus conclusiones dejo unas imágenes y vídeos de la campaña publicitaria, que no deja de ser ingeniosa (aunque no sé si efectiva), y que nos muestra hasta donde la filosofía india se está metiendo en nuestras vidas:

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“Todo vuelve. Evita una multa de hasta 600€”

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Si pones los pies en el asiento como si fuera el sofá de tu casa, todo vuelve. No se sabe cómo, pero vuelve…

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No todo es negativo. Si te portas bien y escuchas música con auriculares, lo que vuelve es “más karma”, pero bueno.

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El sūtra para la paz emocional (y mental)

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Hay muchos motivos para practicar yoga o meditación: desde tener glúteos firmes, pasando por mejorar el sueño o tener más productividad en el trabajo, hasta la iluminación espiritual. Más allá de las grandes diferencias aparentes de todos estos objetivos, todas las personas que hacemos Yoga en sentido amplio estamos buscando lo mismo: paz mental. En realidad, todas las personas, hagamos yoga o no, seamos religiosas o ateas, pecadoras o virtuosas, estamos buscando paz mental. Por eso los bancos y las compañías de seguro tienen tanto éxito, porque nos venden “tranquilidad”, “un futuro asegurado”, “dormir tranquilos”…

Incluso quienes hacen “yoga glúteos” (no pongo un enlace de esta curiosa disciplina porque se rumorea que trae mal karma), lo que buscan es la paz mental que te da el saber que tienes unos glúteos bien firmes.

Es cierto que muchas veces oímos que lo que todos buscamos es la felicidad, y sin negar esto, la filosofía del Yoga dice que poniendo la mente en calma se produce de forma natural una sensación de bienestar y de balance que ya es una manifestación de gozo interior.

Los famosos Yoga sūtras de Patañjali es el texto yóguico por excelencia que habla de cómo y porqué aquietar la mente, y entre toda esa enseñanza destaca un sūtra (o aforismo) por su aplicación práctica inmediata. Para aplicar y beneficiarse de este consejo, no hace falta – necesariamente – ser practicante de yoga, creer en Dios, ser buena persona ni tener los glúteos firmes.

Conozcámoslo:

maitrīkaruṇāmuditopekṣāṇāṃ sukhaduḥkhapuṇyāpuṇya viṣayāṇāṃ bhāvanātaś cittaprasādanam (I.33)

Es decir (en traducción de Òscar Pujol):

“La paz mental se obtiene cultivando la amistad con los que son felices, la compasión por los que sufren, la alegría con los virtuosos y la indiferencia hacia los malvados”.

Como explican Tola y Dragonetti, la estabilidad mental que tanto buscan los yoguis tiene dos partes: el plano emocional y el plano intelectual. Este sūtra se ocupa del primer plano y postula que fomentando sentimientos positivos se encuentra serenidad mental. Para encontrar la estabilidad en el plano intelectual, lo cual es fundamental para la meditación, se debe practicar, además, “la concentración intensa y prolongada de la mente en un punto”.

La actividad mental está compuesta de pensamientos y también de sentimientos y emociones, por los que es importante usarlos a nuestro favor. En cierta forma, el consejo de cultivar sentimientos positivos o elevados no tiene ningún tinte moralista sino que al principio se propone, podríamos decir, por puro utilitarismo, o sea para beneficio personal, pues todos sabemos que estar colmados de sentimientos positivos genera más bienestar que estarlo de sentimientos negativos.

El comentario clásico del erudito rey Bhoja (siglo XI) sobre este sūtra dice (en traducción de José Antonio Offroy Arranz):

“Tal como sumar es útil en la aritmética para el cálculo, así también, estos sentimientos de felicidad, etc., al producir un estado de beatitud, preparan a la mente para lograr el samādhi, en tanto que contrarrestan la envidia y la pasión”.

También es verdad que estar llenos de sentimientos positivos es una forma – más pura que otras – de actividad mental y que alguien en un estado de euforia, por ejemplo, puede tener bienestar emocional pero no necesariamente quietud mental.

En cualquier caso, el cultivo de las cuatro actitudes citadas en el sūtra, también llamadas en sánscrito brahmavihāra, es un pre-requisito purificatorio para la meditación y, lo que nos interesa hoy, un método infalible para serenar la mente en la vida diaria, especialmente en lo que se refiere a los sentimientos que nos genera la interacción con otras personas.

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Veamos en detalle esas actitudes sublimes:

  1. Amistad (y no envidia) con aquellos que son felices

Como bien dice Óscar Pujol en su comentario:

“Cuando vemos que una persona tiene éxito y es feliz (sukha), sentimos una tendencia natural a la envidia y los celos… si, por el contrario, adoptamos una actitud amistosa (maitrī), podremos ser partícipes de su éxito y sentirlo como propio”.

Me gusta el ejemplo que da el yogui Sri Dharma Mittra cuando dice que si él ve a una persona conduciendo un coche descapotable (símbolo de estatus y de disfrute), en lugar de envidia (que es lo que sentiríamos algunos), él siente que es él mismo quien va al volante, con la brisa acariciando sus cabellos, con el sol en el rostro, etc. De eso se trata sentir simpatía o tener buena disposición hacia la felicidad ajena.

  1. Compasión (y no desprecio) por aquellos que sufren

Dice Pujol:

“Si vemos una persona infeliz (duḥkha) podemos sentir la tendencia a despreciarla, a sentirnos superiores a ella, a hacerla responsable de su desgracia”.

Pensemos en el caso de un adicto, al que muchas veces culparíamos por no haber sabido gestionar sus hábitos de vida. O el caso de un mendigo, que más que compasión nos genera el pensamiento, “¿por qué no busca trabajo como todo el mundo?”. Puede que esa persona esté en esa situación por su propia culpa pero eso no nos exime de intentar ser misericordiosos. Como dice Bhoja en su comentario:

“Hacia las personas en desgracia se debe mostrar compasión y deseo de liberarlos de su pesar, sin quedar indiferente ante su sufrimiento”.

Y agrega Swami Satchidananda:

“Más allá de si ese sentimiento de compasión va ayudar o no a la persona sufriente, por solo generar el sentimiento, al menos nosotros nos ayudamos manteniendo nuestra calma mental”.

  1. Alegría (y no burla o irritación) con los virtuosos

Dice Pujol:

“La virtud (puṇya) de los demás a veces nos molesta porque nos recuerda nuestras propias carencias, y entonces adoptamos fácilmente una actitud burlesca o satírica ante los méritos ajenos”.

Especialmente si uno no está satisfecho con su propia vida y logros, ver los logros o capacidades ajenas nos suele irritar. Es frecuente que al ver a alguien que tiene reconocimiento o éxito, en lugar de generarnos alegría (mudita) o satisfacción, nos venga la tendencia a menospreciar sus méritos. Esto pasa con los jugadores de fútbol – “a los que solo pagan por patear una pelota” -; con artistas – “esto lo puede hacer mi hijo de tres años” -; con compañeros de trabajo – “éste porque es un servil adulador del jefe” –; en la educación formal – “ésta porque es una nerd” -; y en la vida misma – “a éste le vino todo dado por los padres…”.

Es interesante que los comentaristas digan que, ante los virtuosos, “hay que estimular su virtud”, ya que “el sentido común nos dice que el hombre virtuoso no puede ser nunca peligroso, sino al contrario, su proximidad es siempre beneficiosa”. ¿Qué mejor para nosotros entonces que todos nuestros amigos, colegas, parientes y vecinos sean virtuosos?

  1. Indiferencia (y no enfado) con los no virtuosos

El mundo está lleno de personas (nosotros incluidos) que actúan, al menos en ocasiones, de forma incorrecta. A veces se habla de personas “malvadas” o “viciosas” aunque podría ser cualquier persona que actúa con demérito (apuṇya) de forma puntual. Ante esos errores o agravios los yoguis propugnan la indiferencia (upekṣā), que como es una palabra que suele ser mal entendida se puede traducir también como “ecuanimidad” o “neutralidad”. Dice Pujol:

“Se trata de una indiferencia benévola y activa, que nos protege del odio, al tiempo que deseamos el bien para el agresor”.

Es una combinación de la imperturbabilidad yóguica con la compasión y empatía de quien entiende que uno también ha estado (o estará) en ese rol y, como dice Dharma Mittra, actúa así “por condicionamiento previo”. Por ende, hay que dejar ir el agravio, soltar la necesidad de que las cosas se hagan “como es correcto”, y seguir en paz.

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Swami Satchidananda compara estas cuatro actitudes con “cuatro llaves” que sirven para abrir los “candados” de los diferentes tipos de personas: felices, infelices, virtuosas y carentes de virtud. Obviamente una misma persona puede aplicarse todas estas etiquetas en diferentes momentos de su vida o ¡de su día! El Swami agrega: “si usas la llave adecuada con la persona adecuada mantendrás tu paz”.

En conclusión, cada vez que generamos un sentimiento negativo se desencadena una serie de ideas y emociones que perturban nuestra calma mental. Por tanto, aunque al principio sea de forma artificial, uno debe cultivar los sentimientos positivos opuestos, si lo que quiere es paz emocional y mental (cittaprasādanam). Y, como ya dijimos, eso sin duda es lo uno quiere. Además de glúteos firmes, claro.

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