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El maestro, la saṅgha y los tiempos modernos

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En 1968, John Lennon compuso su conocida canción Across the universe, que algunos críticos musicales calificaron de “infantil y aburrida” y que, además de estar llena de referencias a sus viajes lisérgicos, incluye una frase sánscrita tomada de Maharishi Mahesh Yogi, el gurú indio difusor de la Meditación Transcendental que llevó a The Beatles a Rishikesh. La frase o mantra en cuestión es:

jai guru deva om

O sea:

“Viva el divino maestro om

Si bien el movimiento de Meditación Trascendental no puede ser considerado ortodoxo desde el punto de vista hindú, el mantra jai guru deva om hacía referencia al propio guru de Maharishi Mahesh, que sí era un shankaracharya ortodoxo, es decir la figura principal de los monasterios (math) tradicionales hindúes. En medio de la efervescencia ideológica y espiritual de los 1960’s, Lennon mezcla LSD con mantras al gurú, dejando así patente que el enfoque occidental sobre el rol del maestro espiritual traería variaciones respecto a la antigua tradición hindú.

Como sabemos, la relación guru-śiṣya, es decir “maestro-discípulo”, es básica en la visión hindú, en la que el conocimiento espiritual siempre se ha transmitido directamente, en una relación cara a cara, y en la que la enseñanza oral tiene gran importancia, pero todavía mucha más la enseñanza silenciosa que consiste en la transmisión psíquica o energética que un maestro puede otorgar solo con su presencia física (este documental en inglés es un gran ejemplo). En Occidente, con la popularización del Yoga y la filosofía hindú, esta relación personal, y sobre todo jerárquica, fue perdiendo vigencia.

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Mirando atrás vemos que este fenómeno ya comenzó en los años 1920’s, cuando los primeros gurús indios llegaron a Estados Unidos, y para difundir sus enseñanzas utilizaron el entonces popular método de “lecciones por correspondencia”. El mismo Paramahansa Yogananda, quizás el maestro indio más influyente en la difusión de la filosofía espiritual india en Occidente en la primera parte del siglo XX, y su organización (Self-Realization Fellowship) enseñaron e iniciaron por correo a miles de personas en todo el mundo y todavía lo hacen (aunque ahora la iniciación formal se hace de manera presencial).

Sobre estos cursos por carta, el estudioso Mark Singleton dice que podemos tomarlo como una “fase intermedia en el pasaje de un modelo exclusivamente basado en la relación guru-discípulo, hacia el modelo de autoayuda que predomina hoy”.

Modelo de autoayuda significaría que, por un lado, uno no requiere necesariamente de un maestro, ya que la información está más disponible que nunca y, por otro lado, que uno puede ir tomando lo mejor de cada método o maestro y así armarse su propio camino personal. Por tanto, en la actualidad pocas personas están interesadas en tener un compromiso formal con un “maestro”, aunque eso no niega que todos tengamos, de una u otra manera, personas que nos inspiran y de las que tomamos enseñanzas.

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La modernidad, que es el tiempo en el que los sociólogos dicen que vivimos, es una época paradójica porque, por un parte, se han derrumbado las grandes ideologías colectivas y todo parece haberse centrado en el individualismo y el hedonismo. Al mismo tiempo, esta importancia que ha cobrado el individuo tiene aspectos positivos en la supuesta igualdad de derechos universales que tenemos todas las personas. Las jerarquías tradicionales han perdido fuerza y hay una tendencia hacia la horizontalidad. Justamente, y en contra de este individualismo extremo, cada vez más se puede ver un fenómeno de unión social a diversos niveles, como son las cooperativas, las asambleas, los proyectos de financiación colectiva, las plataformas de intercambio de casas o de compartir coches.

El mensaje actual, tanto a nivel publicitario como a nivel espiritual, es que uno puede hacer “todo por sí mismo”, “puede construirse su futuro” y “alcanzar todos sus sueños”. Para mí está claro que ese mensaje es un arma de doble filo y, especialmente en el plano del autoconocimiento, hay que analizar bien si para uno es suficiente con ser su propio maestro o necesita de un tercero.

Esta tendencia a prescindir de un maestro externo se puede ver en muchos lados, pero me llamó especialmente la atención cuando escuché la “traducción” del mantra jai guru deva om por parte de un conocido devoto de Sri Sri Ravi Shankar, a su vez discípulo del ya citado Maharishi Mahesh. La traducción que hace es:

“Saludo a lo más hermoso que hay en ti”.

Yo soy tradicionalista y me gusta la idea de tener gurú, pero también he notado este fenómeno de horizontalidad y me pregunto si los tiempos están cambiando. Como ejemplo, me vienen al dedillo estas palabras del escritor y filósofo español Vicente Merlo, hablando de lo que él llama la “espiritualidad transreligiosa”:

“Cada vez me gusta menos emplear el término ‘maestro’ en el campo de la espiritualidad. Y no porque crea que no hay personas que merecen ese calificativo en su más alto sentido, sino porque genera casi inevitablemente una distancia y un sentimiento de minusvalía ante la persona a la que se tiende a idealizar y deshumanizar subiéndola al pedestal y lanzando multitud de proyecciones sobre ella. Creo que no es necesario recordar los muchos aspectos positivos de la relación maestro-discípulo, cuando esta es sana y fecunda, un impulso para el crecimiento auténtico, pero no quiero ignorar los aspectos menos positivos, que a menudo se activan ante el simple hecho de llamar a alguien ‘maestro’.
Prefiero, más bien el término ‘amigo espiritual’, que sin ser tan rimbombante y aunque sea más ambiguo, puede recoger perfectamente el valor de una relación que en la forma llama a la horizontalidad y la comunicación entre iguales, aunque en el fondo estimule sobre todo la profundidad y el ascenso vertical, propiciando una relación inter-personal que se convierte en transpersonal”.

Es un tema para reflexionar y que genera polémica entre la visión tradicional y la moderna. A veces el problema simplemente radica en la palabra que se usa, pues a muchas personas modernas no le gusta usar gurú o maestro, aunque la función de la relación sea similar.

Al mismo tiempo, de acuerdo con este paradigma de la horizontalidad, además del “amigo maestro” es muy importante la comunidad de practicantes como sostén para el propio camino individual. Sobre todo si el maestro está lejos, o también porque con los demás practicantes tenemos total simetría relacional, la comunidad puede convertirse en una inspiración, un refugio y un acicate.

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Esto, en realidad, no es moderno. Ya hace más de dos mil años el Buddha creó las órdenes monásticas, que se conocen como saṅgha, y que, junto al rol del maestro y su enseñanza (dharma) son las “tres joyas” en las que toman refugio los practicantes budistas.

La palabra sánscrita saṅgha significa “asamblea, grupo, asociación, compañía, comunidad” y actualmente muchos buscadores espirituales, que no son budistas ni se comprometerían abiertamente con una religión o camino espiritual específico, destacan la saṅgha como sostén de su práctica.

Por supuesto, para que haya saṅgha tiene que haber enseñanza y tiene que haber un maestro que la imparta o haya impartido. En ese sentido, el gurú externo sigue siendo inevitable. La cuestión parece residir, entonces, en la importancia que hoy se le otorga y, especialmente, en la posición que asume dentro del creciente paradigma moderno de horizontalidad.

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Similitudes y diferencias entre mokṣa, kaivalya, nirvāṇa o samādhi

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En el curso presencial de Filosofía & Yoga que imparto en Barcelona surgió la pregunta de la diferencia entre varios conceptos sánscritos referentes al estado espiritual más elevado que puede alcanzar una persona, y que a veces llamamos “iluminación”. Como seres comunicacionales inevitablemente debemos usar las palabras para entendernos, a la vez que las palabras justamente nos pueden jugar en contra con conceptos tan sublimes que están más allá de lo que nuestra limitada mente analítica puede aprehender.

A la limitación lingüística hay que sumarle que cada escuela filosófica agrega su cosmovisión particular a los conceptos tradicionales y que, según quién los diga, su sentido puede verse modificado. En cualquier caso, a continuación hacemos una breve exposición de la terminología y su uso más difundido:

Mokṣa: También conocido como mukti. En ambos casos, el término viene de la raíz verbal √muc, que es “soltar, liberar”, y se suele traducir como “liberación”. De todos los conceptos referidos a la “salvación” mokṣa es probablemente el más usado, ya que es el más importante de lo que, en la tradición hindú, se conoce como los puruṣārtha, los cuatro “fines de la vida”. Según el hinduismo toda persona puede disfrutar de los placeres sensoriales (kāma) y procurarse bienestar material (artha) si lo hace con rectitud, siguiendo el deber social y moral (dharma). Eso sí, el fin último siempre es mokṣa, la liberación del saṁsāra, es decir la rueda de muerte y renacimiento, donde hay altibajos constantes y cuyo balance final siempre es el sufrimiento.

¿Qué pasa cuando uno alcanza mokṣa? Pues la respuesta varía grandemente según la escuela filosófica que responda, pero la declaración unánime es que se trata de un estado de plenitud en el que no hay más sufrimiento ni condicionamientos.

moksha

Kaivalya: Es el término que usan las filosofías Sāṁkhya y Yoga, entendiendo esta última como la escuela basada en los Yogasūtras de Patañjali. Viene de la palabra kevala, que significa “solo, exclusivo, aislado, sin mezcla” y se traduce como “aislamiento”.

La idea puede sonar mal, pero hay que entender que se refiere a la desidentificación entre el espíritu (puruṣa) y la materia (prakṛti), de manera de separar o “aislar” aquello que realmente somos y nunca cambia – espíritu – de lo que está en cambio constante y, por tanto, nos hace sufrir. No se trata de un rechazo a la materia sino más bien de desidentificarse de sus modificaciones que, a la larga, siempre llevan a la enfermedad, la vejez y la muerte físicas. Esta diferenciación se logra mediante el aquietamiento de la mente (nirodha) y el conocimiento discernidor (viveka khyāti). Según se explica, en el estado de kaivalya no hay placer ni dolor sino una paz imperturbable.

Una de las posibles traducciones de la polisémica palabra yoga es “unión” y actualmente la definición más popular de Yoga como disciplina es “unión de mente, cuerpo y espíritu” o quizás “unión de lo individual con lo Supremo”. Es paradójico que la meta final de la filosofía Yoga de hace dos mil años haya sido, no tanto la “unión”, como la “separación” de la consciencia que siempre está observando respecto a la mente que, en realidad, es el objeto de observación.

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Nirvāṇa: Viene del sánscrito √ que es “soplar” y que con el prefijo privativo nir podría ser “sin soplido” o incluso “apagar soplando”, ya que refiere a un elemento – quizás una vela – que se “extingue”. Refiere a un estado de cesación y calma, donde incluso sin soplar el viento la llama de la vela es consumida, como símbolo de la extinción de todos los deseos que nos llevan a crear karma que es, su vez, lo que nos lleva a renacer.

Nirvāṇa (en lengua pali es nibbāna) es el término utilizado por excelencia en el budismo, sobre todo más antiguo, para referirse a la meta de la vida, que no es otra cosa que la liberación de la rueda del saṁsāra. Como en muchos otros casos, el cruce de influencias entre budismo e hinduismo es obvio. La misma palabra nirvāṇa aparece como el fin último en el Mahābhārata, la gran épica hindú. De todos modos, es un concepto preferentemente asociado al budismo.

vela

Samādhi: Su etimología es sam + ādhā, “poner en conjunto”, pero hacer una buena traducción a la altura de este difundido concepto es ardua tarea. Es en la filosofía del Yoga de Patañjali donde más se trata este concepto y allí se presenta tanto como parte del método de ocho elementos (aṣṭāṅga yoga) como su misma meta. Como técnica meditativa, samādhi refiere al estado más refinado de concentración mental en que, aquietando su actividad mental, el sujeto meditador se funde con el objeto de meditación y, en consecuencia, toma consciencia de ser algo separado de su propia mente. Para complicarlo más, Patañjali distingue diferentes tipos de samādhi según los procesos mentales que ocurren durante la meditación.

Entre las posibles traducciones tenemos: contemplación, interiorización completa, absorción, concentración, éxtasis o, como dice Mircea Eliade, énstasis, ya que la experiencia yóguica no va hacia afuera (ex) sino hacia dentro (ens). Para mí la mejor opción es no traducir la palabra, como hacemos con muchos otros términos sánscritos.

En cualquier caso, la naturaleza del samādhi final también es motivo de debate porque, siendo un tipo de concentración mental, algunos estudiosos limitan su experiencia al ámbito de la meditación. Otros, en cambio, consideran que, una vez alcanzado, ese estado se puede mantener en el día a día cotidiano.

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Como conclusión personal, creo que los diferentes términos son diferentes formas de expresar lo que, en esencia, es una misma experiencia. Por supuesto, los métodos para llegar a esa experiencia varían según cada escuela e incluso lo que sucede en ese estado de “liberación” es presentado de forma diversa según cada caso. Dependiendo de nuestra personalidad y tendencias un camino o un concepto pueden ajustarse mejor que otros.

Ojalá todos encontremos el que nos corresponde y ojalá, sobre todo, tengamos la determinación de seguirlo.


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La técnica de los 5’ de reflexión al final del día

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Entre la serie de encuentros que tuvimos para Pūraka Project, el proyecto de entrevistas audiovisuales a personas inspiradoras, tuvimos la fortuna de estar cara a cara con el Brahmacari Shubámrita Chaitanya, discípulo monástico de Amma, la maestra india famosa por dar abrazos a millones de personas. Shubámrita ha vivido con Amma durante décadas y, además de ser uno de sus traductores, es uno de los principales difusores de su enseñanza, viajando por el mundo, dando charlas y retiros.

brahmacari

En los valiosos minutos que nos dedicó le pedimos que compartiera una práctica que cualquier persona puede utilizar para estar más feliz o calmada, para sentirse más compasiva o centrada. El Brahmacari nos habló de una técnica que le ha enseñado su maestra y que consiste en pasar cinco minutos en reflexión al final del día y contemplar las acciones que uno ha realizado. Este autoanálisis cotidiano se basa en tres ejes: tiempo, emociones, actitud.

Para investigar lo primero uno puede preguntarse: “¿He utilizado hoy mi tiempo de manera fructífera? ¿Las acciones que he hecho hoy me acercan a mi meta? ¿O me alejan?”.

La segunda pregunta es: “¿Cuán maduro he sido hoy con mis emociones? ¿He herido a alguien con mis palabras y acciones? ¿Qué ha sido el detonante de esas cosas?”.

La tercera cuestión sería indagar sobre: “¿He pasado todo el día viviendo sólo para mí mismo? ¿O también he hecho algo por el bien de los demás? ¿He compartido cosas con otros?”.

Una vez hecho el análisis, justo antes de ir a dormir, el Brahamacari nos recomienda tomar ciertas resoluciones para el día siguiente. Por ejemplo, “si hoy he estado muy disperso y no me he concentrado en mi meta, mañana intentaré pasar más tiempo tratando de alcanzar lo que siento que es importante para mí en la vida”.

En cuanto a las emociones, si has estado enfadado o envidioso, entonces dices “mañana intentaré evitar estas emociones, intentaré estar consciente de ello todo lo posible”.

Y sobre mi actitud frente a los demás, comprometerme a, mañana, hacer algo de mi parte para ayudar a otros, por pequeño que sea mi acto.

Esta técnica nos ofrece una visión directa de cómo estamos viviendo y nos da la posibilidad de hacer sutiles modificaciones. Uno se pone un pequeño reto como no quejarse de nada por un día, no mirar demasiado el móvil o ayudar a alguien aunque sea sosteniéndole la puerta del ascensor y cumpliendo esos propósitos uno obtiene satisfacción interior y fuerza para ir a por más.

Esto es un resumen de la técnica completa explicada por el Brahmacari en el vídeo de Pūraka Project, que comparto a continuación para beneficio de todos.

 

Lanzamos Pūraka Project: Inspiración y práctica

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Hace unos dos años tuve el deseo de empezar a grabar largas entrevistas audiovisuales a personas que yo consideraba inspiradoras en el camino del autoconocimiento, con la pretenciosa intención de hacer preguntas más interesantes de las que se suelen hacer. Después de darle vueltas resolví, con más instinto que otra cosa, que las entrevistas debían ser breves, adaptadas a estos tiempos rápidos y que, en realidad, mis preguntas interesantes no eran tantas. La cantidad de información que tenemos a disposición es grandísima, incluso excesiva, por lo que consideré mejor priorizar el aspecto cualitativo. Por ello las preguntas serían solo dos. Siempre las mismas para todos.

La pregunta básica sería, ¿qué inspira o qué ha inspirado a esas personas en su camino? Si los entrevistados son personas inspiradoras para nosotros, conocer esto puede inspirarnos de alguna forma. La inspiración es fundamental pero también necesitamos ponerla en acción, y por ello la segunda pregunta estaría relacionada con compartir una técnica que cualquiera de nosotros pudiera aplicar para ser más compasivos, más felices o estar más calmos. Por tanto, nuestro cuestionario se limita a dos cuestiones: inspiración y práctica.

El proyecto no tiene fines de lucro y su intención es difundir estos mensajes inspiradores con la esperanza de que sean útiles para otras personas que, como nosotros, están buscando respuestas efectivas a los constantes desafíos de la vida. El nombre que le dimos es Pūraka Project, pues la palabra sánscrita pūraka significa “llenado” o “satisfacción” y como término técnico de haṭha yoga remite a la acción de “inhalar”. Es jugando con estas acepciones que pūraka nos pareció un nombre adecuado para un proyecto que desea generar “inspiración”, a la vez que ser “inspirado”.

logo_grande_largoEn agosto de 2016 grabamos la primera entrevista y, desde entonces, han pasado muchos meses de lento trabajo de equipo. Yo solo nunca hubiera podido con esto y tuve la fortuna de que, en el camino, se sumarán otras personas, que además son sensibles, dedicadas y yoguis. En la parte técnica de grabar y editar las entrevistas tenemos un siempre sonriente profesional como Ismael Joyera, y en la parte del diseño de la imagen, el logo y la web a la muy fiable Tere Castillo.

Hoy, después de un año y medio de preparación, podemos lanzar la web de Pūraka Project en español e inglés, con cuatro entrevistas que también están en los dos idiomas. Tenemos más entrevistas ya preparadas que iremos publicando en las próximas semanas y, a la vez, tenemos planes de hacer nuevas entrevistas. Nuestro ámbito de interés es el Yoga, la espiritualidad y el autoconocimiento y aunque tenemos cierta debilidad por la India, también estamos abiertos a ser inspirados por otros territorios y otras disciplinas. Se aceptan sugerencias.

Quiero dar profundas gracias a todos los entrevistados por su disponibilidad y también pedirles perdón por el tiempo que finalmente hemos tardado en lanzar este proyecto. Gracias a ellos, y a todos los intermediarios para lograr las entrevistas, por la confianza en un proyecto que, al inicio, no tenía ni nombre, ni web, ni futuro cierto. Gracias también a quienes participaron de alguna manera en gestar esta idea, especialmente a mi esposa Hansika y al fotógrafo y yogui Fabio Filippi.

Para conmemorar esta fecha quiero compartir con ustedes la primera entrevista que hicimos, al yogui y maestro Sri Andrei Ram, que fue la primera persona en confiar en este proyecto:

Todas las entrevistas se encuentran en la web de Pūraka Project y también en el canal de YouTube de Pūraka Project. Deseo que les gusten e inspiren y que las compartan con otras personas.

Mahāśivarātri 2018 y la energía de regresar

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Se acerca la luna nueva del mes hindú de Phālguna y otra vez llega “la gran noche del Śiva (Shiva)”; esa fecha señalada del año en febrero en que, dice la tradición hindú, la energía del Señor Śiva está más disponible que nunca. Tradicionalmente esta noche se celebra en ayunas y sin dormir, meditando, repitiendo el sagrado mantra Om namaḥ śivāya y realizando rituales de adoración al śivaliṅga, el símbolo sin forma de Śiva.

Si bien en la tradición popular basada en los Purāṇa – los textos histórico-mitológicos del hinduismo – Śiva es generalmente presentado como un yogui huraño que vive en los Himalaya, su manifestación más venerada es el śivaliṅga, que suele ser una piedra de forma oval o cilíndrica que representa lo eterno y absoluto sin forma.

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Si lo Absoluto es infinito, inefable e inmutable es, entonces, imposible de expresar con el lenguaje articulado humano. En su lucidez, los sabios de la antigüedad descubrieron que para hablar de ese Absoluto era más sensato quitar que poner, y vieron que, de manera imperfecta pero aproximada, el símbolo básico de un huevo (vida), o de un falo (creación), o de una columna (trascendencia) o de una elipse (expansión) representaba a Śiva.

Este símbolo minimalista, sin rasgos antropomórficos, sin siquiera referencias explícitas a una cultura particular, nos permite observarlo con cierta pureza y evocar tanto el punto mínimo de latente energía universal, como el vacío total o la chispa interna que brilla en el centro del pecho.

En la tradición puránica, que sustenta el hinduismo popular moderno, Śiva es presentado como la tercera parte de una triada divina, en que ejerce el rol de destructor del universo, mientras que Brahmā es el creador y Viṣṇu el preservador. Esta idea está en consonancia con la visión hindú de que todo fenómeno material es cíclico, ya sea la reencarnación de las almas, las periódicas disoluciones del cosmos o la salida y puesta del Sol cada día.

Si bien esta presentación es válida y tiene su mensaje, deja a Śiva un poco mal parado como si fuera el malo de la película y, como nadie quiere ser destruido, todos lo miran de reojo. En realidad, muchas corrientes shivaítas consideran a Śiva como el encargado de las tres etapas del ciclo completo y, asimismo, la palabra Śiva es usada por algunas importantes escuelas filosóficas hindúes como sinónimo del Absoluto.

En este último sentido, Śiva ya no hace referencia a un asceta aniquilador sino, como dice David Frawley, a “ese poder de regreso y transformación eternos”. Si todo es cíclico, el ātman puro que somos debe regresar a la fuente de quietud que ya éramos antes de que nos invadiera el olvido. En el medio hay una manifestación, hay altibajos, hay incluso placeres y hay muerte.

La energía de Śiva es la que cierra el ciclo material de un cuerpo físico o de una galaxia, pero sobre todo es la energía que, en todo momento, nos puede ayudar a “transformar” nuestros percepciones y hábitos automáticos para llevarnos de “regreso” a nuestra esencia. Ese espacio incondicionado de silencio y quietud, que para algunas personas puede sonar a muerte pero para los yoguis es una definición de plenitud.

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En la auspiciosa noche de Mahāśivarātri, que este año 2018 va del martes 13 al miércoles 14 de febrero, todos tenemos la oportunidad de experimentar la energía de Śiva. Quienes no se pueden quedar despiertos toda la noche, también pueden conectar con esa energía durante el día, especialmente al atardecer del 13 y amanecer del 14.

Para quienes lean este texto más tarde, no se preocupen, pues el poder de transformación y regreso, que algunas personas llamamos Śiva, siempre está disponible para quien lo busca. Todos los días.

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encuesta

Annapūrṇā y una oración para antes de comer

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Śiva, la pura Conciencia que todo lo ilumina, le dijo un día a Pārvatī, su consorte, que todo el universo fenoménico no es más que māyā, una “ilusión” cósmica, pues en realidad solo existe el Ser. Pārvatī, que es quien, con su śakti, su energía divina, manifiesta y mueve el mundo, se sintió ofendida, naturalmente. Como escarmiento para su marido dejó de actuar y desapareció voluntariamente. La consecuencia fue un mundo de cartón piedra, vacío, y sin la abundancia de la naturaleza. Los seres vivos sufrieron de diferentes formas la ausencia de la Madre cósmica, pero especialmente echaron de menos el alimento.

Entonces, Śiva se dio cuenta de su error, no hay Conciencia sin Energía, Śiva sin Śakti, y salió a buscar desesperadamente a su media naranja. Supo que se había manifestado en Kashi, la antigua ciudad de Varanasi, bajo la forma de Annapūrṇā, la diosa del alimento. Humildemente, Śiva se acercó a la Diosa con su bol de mendicante para pedirle un poco del arroz con leche que lleva en una de sus manos. La Diosa aceptó y su gesto de nutrir a Śiva se extendió a todos los seres, a quienes alimenta de forma permanente. De allí su nombre sánscrito: anna, “comida” o “grano”, y pūrṇā, “completa”, que se podría traducir literalmente como “llena de alimento” o quizás más bonito “la que nutre”.

Esta historia nos dice muchas cosas, entre ellas que lo Divino está en todo, incluyendo el alimento, pues, para empezar, nos mantiene vivos. Por ello, para la cosmovisión hindú “el alimento es Dios” (annam brahma) y, como en muchas otras tradiciones, no se debe tratar de forma irrespetuosa ni malgastar. Asimismo, al tratarse de un elemento que nos es proveído por la Madre no deberíamos darlo por descontado, sino más bien agradecerlo.

Para la tradición yóguica comer sin conciencia de esta relación de dependencia con la Naturaleza es una forma de “robar” pues, por más que hayamos pagado nuestra comida, estamos ignorando que el alimento llega a nosotros gracias al esfuerzo y la generosidad de la Tierra.

Todo esto es la simple introducción a una tradicional oración hindú que se recita antes de comer, como forma de bendecir los alimentos. Hay muchas oraciones hindúes para este propósito y hace años publiqué un post con una de las más difundidas, que se puede leer aquí. Recitar una no excluye recitar otra, aunque según la escuela que uno siga hay una tendencia definida. La oración de hoy tiene relación con las líneas que siguen a Śiva y a Śakti como aspectos supremos. La veamos:

annapūrṇe sadāpūrṇe śaṅkara prāṇa vallabhe /
jñāna vairāgya siddhyarthaṁ bhikṣāṁ dehi ca pārvatī //

La traducción literal posible sería:

“Oh querida Annapūrṇā, siempre completa, eres la vida de Śiva /
Oh Pārvatī, dame limosnas para obtener conocimiento y desapego.”

La palabra bhikṣā es la que se utiliza para referirse a las “limosnas” o dádivas que reciben los ascetas o monjes indios, que tradicionalmente son en forma de alimentos. De hecho, a los monjes budistas se los llama bhikkhus (en pali) o bhikṣus (en sánscrito) porque se caracterizaban, justamente, por ir con su cuenco por la mañana, de casa en casa, esperando recibir algo para comer. En el contexto de la oración que analizamos la palabra es adecuada porque Śiva mismo tuvo que “mendigar” su comida.

Lo más interesante de la oración es lo que se pide en ella. En lugar de alimentos que meramente nutran su cuerpo, el devoto pide que esa comida le otorgue dos de los grandes propósitos de la búsqueda espiritual: conocimiento y desapego. El conocimiento no refiere al saber intelectual sino al conocimiento de nuestra verdadera naturaleza. Para ello es imprescindible el desapego, es decir la indiferencia hacia todos los elementos o distracciones que nos alejen de ese camino de conocimiento interior.

Bendecir la mesa no es una actividad especialmente popular en la actualidad. En casa de mis padres no siempre lo hicimos, aunque ellos ya conocían un mantra pertinente del capítulo IV de la Bhagavad Gītā. En algunos ashrams indios, antes de comer, recitan por entero ese capítulo, lo cual puede llevar unos diez minutos. Por supuesto, no era el caso de mi familia.

Eso sí, en un momento dado empezamos a bendecir la mesa usando una larga oración traducida al español y originalmente creada por Paramahansa Yogananda. Yo llevé ese hábito cuando nos fuimos a vivir juntos con Hansika, pero con la llegada de nuestras hijas la simplificamos con la repetición tres veces del mantra hari om.

Hace poco yo he recuperado el verso de la Gītā y le hemos agregado la oración de hoy, que está teniendo éxito con las nenas y nos parece muy bonito.

Para escucharlo recitado:

Para quien tenga 10’ y quiera escuchar el capítulo IV de la Bhagavad Gītā:

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¿Para qué Dios creó este mundo?

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En todo curso de formación de profesores de yoga, taller de filosofía hindú o encuentro espiritual al que asisto alguien, inevitablemente, hace una pregunta existencial básica: “¿Para qué Dios creó el mundo?”. Si todos los seres somos chispas divinas y el objetivo de la vida es reconocer nuestra propia naturaleza esencial que hemos olvidado, ¿por qué Dios no nos lo hace recordar de un chasquido en lugar de hacernos pasar por todas estas vicisitudes? ¿Qué necesidad hay de experimentar los altibajos constantes de la vida, que para muchos es más sufrimiento que disfrute, si ya somos divinos? ¿Es acaso Dios perverso?

Por supuesto, todas las religiones y las filosofías han propuesto respuestas más o menos convincentes al respecto, desde la debilidad humana por una manzana, pasando por el capricho divino y llegando hasta la idea de un demiurgo ciego. En la tradición hindú, que es la que nos compete aquí, se dice que el universo nace debido al “deseo” de crear que surge en lo Divino. Ese podría ser el porqué, pero lo que nos interesa hoy es el para qué, el fin de esa creación. Los fatalistas dicen que solo es para sufrir, los optimistas dicen que es para disfrutar y los que estamos en el medio creemos que detrás de la constante oscilación entre placer/dolor hay algo más.

El gran santo y filósofo hindú Swami Vivekananda, en sus famosos discursos del Parlamento de las Religiones de Chicago en 1893, habla de esta paradoja de ser espíritu puro y libre, a la vez que un cuerpo limitado y atado por la materia. Y dice que en lugar de emplear “sonoros nombres científicos” el hindú es sincero y responde: “No lo sé”.

Para muchos esta respuesta es chocante, sobre todo en tiempos de materialismo y cientificismo donde lo que no es probado racional y empíricamente no puede ser aceptado. A mí, en cambio, me encanta la respuesta pues demuestra que el foco espiritual no está en “entender” sino en “experimentar”.

Por supuesto que el hinduismo tiene sus teorías, entre ellas que este universo es la “danza” de Śiva, bajo cuya música todos bailamos (muchas veces fuera de ritmo), o la līlā, el juego de Dios, en que todos somos personajes de un drama casi teatral.  Sin embargo, a diferencia de otras tradiciones, el hinduismo no hace hincapié en una filosofía especulativa sino en una filosofía práctica que, más que explicar las razones divinas para el origen de este mundo, nos ayude a salir de él o, mejor, a vivir en él sin sufrimiento.

La famosa parábola de la “flecha envenenada” que se atribuye al Buddha en el Cula-Malunkyovada Sutta del canon pali lo muestra muy claro. En ella se cuenta que un monje, como condición de seguir con su entrenamiento espiritual, le pide al Buddha que le confirme verdades del tipo: “El cosmos es eterno o no”, “El cosmos es infinito o no” o “Después de la muerte, el Buddha existe o no”. El Buddha le dice:

“Si un hombre dice, no viviré bajo las enseñanzas del Buda a menos que me declare estas verdades, ese hombre morirá y esas cosas seguirán sin ser declaradas por el Buddha”.

Y entonces explica que esta actitud es equivalente a la de una persona, que al ser herida por una flecha envenenada, se niega a sacársela hasta saber, por ejemplo, el nombre del hombre que le disparó, sus datos familiares, su estatura y color de pelo, su lugar de nacimiento, el tipo de arco que usó, de qué material estaba hecha la cuerda del arco y a qué animal pertenece la pluma que portaba la flecha.

En este sentido, la filosofía hindú prioriza siempre sacarse la flecha y luego, si corresponde a nuestro temperamento, hacernos preguntas especulativas que no hacen más que satisfacer la curiosidad intelectual hasta cierto grado. De todos modos, hacerse de forma honesta una pregunta tan esencial como “¿por qué y para qué existe el mundo?” es natural para quienes tenemos un interés, al menos incipiente, en la verdad de las cosas. Y es importante porque nos lleva a preguntas más importantes como “¿cuál es la razón de mi vida?”.

Volviendo al tema de hoy, y habiendo notado que la curiosidad especulativa está en muchos de nosotros, quería compartir la respuesta que da Swami Premananda cuando un devoto le pregunta la razón de toda esta creación. Su respuesta me parece reveladora. Dice Swamiji:

“Si Dios no hubiera creado el mundo no serías capaz de verlo, ¿verdad? Tienes suerte de que Dios lo haya creado porque ahora puedes verlo. Has venido a la India. Si Dios no hubiera creado todo, ¿por qué habrías venido a la India? ¿Por qué habrías nacido? Te sientes afortunado y disfrutas de todo; es la creación de Dios lo que estás disfrutando. Si Dios no hubiera creado todo, entonces no estarías haciendo esta pregunta. Debido a la creación divina estás haciendo esta pregunta. Dios creó el mundo, los seres humanos, los animales, las plantas y todo y entonces tú vienes a este mundo y le preguntas a Dios por qué te creó ¡Ese es el propósito de la creación divina! Así que la respuesta es: para que preguntes”.

Para mí, la conclusión de la respuesta de Swami es que la vida es una oportunidad para descubrir la razón de nuestra existencia y, por tanto, una oportunidad para conocer nuestra naturaleza real. Eso sí, es importante hacerse las preguntas correctas, esas que nos aportan soluciones y vías de acción y no mera especulación. “¿Para qué he nacido?” o “¿Quién soy yo?”, dicen los sabios, entran en la categoría buena.

Para despedirme, una viñeta del dibujante Grant Snider sobre esta “inusuales” preguntas que tanto sirven (traducción abajo):

AskingQuestions

“Pequeñas preguntas… llevan a pequeños descubrimientos” / “Preguntas más grandes… llevan a descubrimientos más grandes”

“Algunas preguntas… solo revelan misterios más profundos” / “Incluso si sabes qué pregunta hacer… la respuesta puede que te sorprenda”

“Hacer preguntas enormes… puede crear problemas enormes” / “Hacer demasiadas preguntas… puede hacer que te veas ridículo”

“Cuando te encuentras con una pregunta inusual… no hay mucho más que hacer… / …más que quedarte a su lado… y ver adonde te lleva”.

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