Hijo de Vecino

El ego, un compañero de vida incomprendido

Análisis basado en maestros y textos tradicionales hindúes de uno de los conceptos más frecuentes – y menos comprendidos – del Yoga. La borrosa línea entre consciencia de existir, autoafirmación psicológica y egocentrismo. 

Una alumna que hace años practica haṭha yoga en una escuela donde doy clases me manda un mensaje para consultar una duda:

“En clase los profesores siempre hablan de ego y desapego, pero ¿qué significa eso exactamente?”

La pregunta me deja reflexionando porque, efectivamente, los profesores de yoga hablamos de ego y desapego con demasiada naturalidad, como si fueran ideas muy comprendidas por todo el mundo y, además, comunicando la noción de que el ego es un enemigo.

 

De los dos conceptos, ego es el más intuitivo porque cualquier hijo de vecino lo utiliza regularmente (“fulano tiene mucho ego”; “mengano es un egoísta”; “lo que dijo sultano me ha tocado el ego”… ) y también lo podemos ver en los medios de comunicación (“el entrenador tiene que gestionar los egos de sus estrellas”; “la banda de rock se separó por una lucha de egos entre sus miembros”; “el presidente de los E.E.U.U. hace un culto a su propio ego”… ). 

 

Hace un tiempo yo estaba dando una charla en un congreso de Yoga y surgió el tema del ego. Sabiendo lo peliagudo del caso, preferí pasar la pelota y preguntar al público “¿Qué es el ego?”. Entonces recibí dos respuestas, de dos personas diferentes. Una dio una definición bastante clásica: “Es un obstáculo que nos limita”. La otra persona dijo lo opuesto: “El ego es algo necesario”. Y lo que nos interesa es que las dos respuestas son correctas.

 

Acostumbrados a la lógica binaria y racionalista de verdadero/falso, nos cuesta aceptar que dos premisas contrarias puedan ser igual de válidas. Pero justamente de eso trata el proceso transformativo del Yoga, de integrar los opuestos en una realidad que los engloba o trasciende. Por ello el método yóguico está lleno de lo que podemos llamar “paradojas aparentes”, como usar la mente para calmar la actividad mental; recurrir a la acción externa para encontrar la no acción interna; o ayudar a los demás para ayudarse a uno mismo.

 

En el caso del ego, la paradoja está hermosamente explicada en las siguientes palabras de Swami Muktananda, famoso maestro hindú del siglo XX:

“¿Qué es el ego? Todos tenemos conciencia de ‘yo’. Existe naturalmente dentro de nosotros, y es puro. Si dejamos ese ‘yo’ tal cual es, ese ‘yo’ es Dios. Pero siempre añadimos algo a ese ‘yo’, y en cuanto hacemos eso, se convierte en ego y causa todos nuestros problemas”.

Por tanto, el ego es bueno y malo a la vez. O mejor dicho, es puro, natural, hasta que lo recubrimos de nuestra personalidad, que es siempre una versión limitada y parcial de lo que somos en esencia. Pensemos en un bebé recién nacido. Puede que no analice el mundo racionalmente, que no maneje lenguaje articulado, que no sepa quién es, pero sin duda tiene la experiencia de “yo existo”. Es muy probable que, para ese bebé, que aún no tiene una estructura racional desarrollada, ese yo sea mucho más amplio que su individualidad objetiva y también incluya a su madre, su entorno, los sonidos, los colores… Solo cuando va creciendo le informan que él/ella es eso que, con un nombre y un estatus, se limita a su cuerpo físico y su mente.

 

Otra forma de explicarlo es desde la filosofía que subyace a los Yoga Sūtras de Patañjali, en la que se distingue entre dos términos sánscritos: ahaṁkāra y asmitā. Dentro de la estructura mental de todo ser humano, además de la mente sensorial-automática, la memoria o el intelecto, tenemos ahaṁkāra (“el que hace el yo”), que podemos traducir como el “ego psicológico”, una función totalmente necesaria para definir nuestra individualidad en un mundo material que es dual y que implica distinciones. Sin esta sensación de individualidad el bebé no llegaría a saber que ahora es diferente de la madre, ni tampoco como adulto podría cruzar la calle a salvo si considerara que él y el automóvil que se acerca raudo “son uno”.  

 

La palabra asmitā (“yo soy-idad”), en cambio, refiere al fuerte sentimiento de “uno mismo” que deriva en egocentrismo. Para Patañjali, este egoísmo es una de las cinco causas de sufrimiento (kleśa) de todo ser humano y, por descontado, todos estamos afectados por él. No se trata tanto del egoísmo de no querer prestar un juguete o de mirar los mensajes de whatsapp cuando alguien nos habla en la cara, sino más bien de la convicción – muchas veces subconsciente- de que el mundo y los demás deben ajustarse a nuestro punto de vista. La mayoría de las personas vivimos considerando nuestros intereses, gustos y opiniones como los válidos y, de una u otra forma, buscamos que el mundo se adecúe a ellos. Como eso rara vez sucede, sufrimos.

 

Recapitulando, podemos ver que tener un ego es inevitable y, a la vez, necesario para sobrevivir en el mundo. Como en las clases de yoga (y en otros ámbitos) se hablan pestes del ego, me parece pertinente parafrasear al maestro Sri Dharma Mittra cuando dice que Dios es muy compasivo, ya que nos dio este yo, este ego, para poder experimentar toda esta creación, practicar yoga, comer helado, etc.

 

De hecho, si analizamos los Yoga Sūtras – basados en la clásica filosofía Sāṁkhya – vemos que el planteamiento es el mismo (YS, II.18):

“Lo observado (dṛśyam, es decir ‘la materia’)… tiene como razón de ser la liberación [a través de] la experiencia (bhoga)”

Aunque seamos espíritu o consciencia pura, para (re)conocerlo debemos pasar por la experiencia material y dual. Si no fuera por esa individualidad no podríamos llevar a reconocer que, en esencia, somosuniversalidad”.

 

Otra forma de expresarlo es, otra vez con las simples palabras de Dharmaji, diciendo que Dios estaba solo y aburrido, así que entró en cada uno de nosotros para poder experimentar el mundo. Dicho así puede sonar simplista, pero esta idea ya está en la Chāndogya Upaniṣad (VI.2.1-3) de hace unos 3000 años:

“Al principio, hijo mío, este mundo era puro ser (sat), uno solo, uno sin segundo… Este ser pensó para sí: ‘Ojalá fuera yo muchos. Procréeme yo a mí mismo’…

Por tanto, detrás del personaje individual que creemos ser (basado en educación, crianza, ideologías, modas, raza, estatus…) hay un ‘yo’ que es pura consciencia, que incluso algunos denominan Divino. El ego del que se habla popularmente tiene que ver con hacer siempre lo que “uno” quiere; con tener siempre la razón; con priorizar el pensamiento desde ‘yo’, ‘mí’, ‘mío’; con sentirme el centro del mundo. Y lo que dicen los maestros y los textos es que efectivamente eres el centro del mundo… al igual que todos los demás seres que existen.

 

El ‘yo’ individual es, a fin de cuentas, un aspecto ineludible y útil del ‘yo’ universal. Todo el problema yace en confundirlos.

 

PS: Del desapego hablaré próximamente.

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5 comentarios en “El ego, un compañero de vida incomprendido”

  1. Maravillosa exposición, cercana, perfectamente descrito, a partir de ahora integraré esta preciosa y tierna descripción de nuestr amigo para tratar de acercarme más a los demás y al Gran Amigo del que todos y todo formamos parte. Hoy además, me has ayudado otra gran vez, necesitaba de esa explicación o mi amigo pensaba que le vendría muy bien. Mil gracias querido Naren

  2. Ya que sale el tema (desconociendo si ya lo as tocado…..)

    Podrías hablar sobre la dualidad y/o No-Dualidad?

    Algo impreso en «todo» y en «todos»

    Algo qué, con solo pronunciar, ya te situa situación dual…

    Tengo curiosidad e saber que opinas al respecto y dado tu amplio conocimiento en todo lo que rodea a este ARTE yoguico cual es tu criterio al respecto…..

  3. Está interesante todo este tema de las contradicciones del ego. A mí me ayuda verlo desde una perspectiva más occidental: el yo (ego) es necesario para tener una conciencia propia, de nosotros mismos… pero se convierte en algo destructivo cuando alimentamos el ego con cosas materiales o negativas (como el orgullo), convirtiéndose en egocentrismo.

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