Hijo de Vecino

Las tumbas de Patañjali o la chatura del objetivismo

Este texto quería servir de promoción para el peregrinaje y curso de Yoga Sūtras que hacemos en la India, pero acabó convirtiéndose en una reflexión sobre mi relación (y la de todos) con lo sagrado y con lo que llamamos realidad.

Mis padres me criaron con historias de la India, muchas de ellas fabulosas y, por supuesto, llenas de enseñanza espiritual. Como a todo niño (y en realidad a todo adulto), los relatos extraordinarios de dioses y sabios me cautivaban y nunca dude de su autenticidad. Con el paso de los años mi educación espiritual fue, no sólo una visión de mundo o un estilo de vida, sino también una profesión, como escritor, formador y profesor de yoga. Así, los conocimientos que acumulé en mi juventud se transformaron en parte de mi trabajo, y para que el resultado fuera más “fiable” y “formal” estudié (y estudio) de manera académica diferentes aspectos de la tradición índica, los cuales enriquecieron sin duda mi bagaje intelectual.

 

Como contrapartida, este estudio de la tradición yóguica – muy basado en los hechos “objetivos” y en la historiografía – fue generando en mí una actitud de análisis crítico, escepticismo e incluso duda, uno de los peores obstáculos para el avance espiritual.

 

Uno de los grandes antídotos contra la duda es la experiencia directa y personal de las enseñanzas yóguicas. La certeza interior que genera una experiencia profunda destierra cualquier desconfianza y, en momentos oscuros, la evocación de esa experiencia vivida es de gran ayuda. En este sentido, el recuerdo de aquel niño y joven que escuchaba maravillado las historias sagradas, me traslada a un espacio de paz, de protección y de alegría que siento muy necesario para mi vida.

 

Por el mismo motivo, intento trasmitir esas historias a mis hijas, lo cual no es tan simple porque como parte de un sistema educativo moderno, progresista y laico (dentro del correspondiente sistema sociocultural) ellas están recibiendo explícita e implícitamente un paradigma diferente, basado en la materia y en aquello que solo es mensurable empíricamente.

 

Con frecuencia mi hija me pregunta: “¿Ganesha existe?”. Ella quiere creerlo, pero su entorno no le da ninguna pista a favor. ¿Acaso alguien habla, con respeto, de dioses, de poderes superiores, de fuerzas cósmicas, o de ángeles de la guarda? En mi infancia nunca dudé de la existencia de Ganesha… hasta que uno se hace adulto y empieza leer sobre psicoanálisis, comunismo, antropología, humanismo, lingüística comparada o neurociencias y, sin darse cuenta, toma un giro cientificista. Y allí es cuando conectar con la inocencia de tu niñez te puede salvar.

 

Obviamente (o no), la “niñez” de la que hablo no es solo cronológica, sino que está latente en todas las personas y es ese espacio en donde suspendemos el juicio para aceptar lo que la vida nos presenta. En mi caso, viajar a la India es una forma de conectar con ese espacio. Cuando uno tiene experiencias directas (ya sea en casa o en la India), las especulaciones intelectuales quedan en segundo plano. Pero cada vez que abro un libro de los Yoga Sūtras hay una introducción informando que no sabemos quién es Patañjali ni dónde ni cuándo vivió. De hecho, se llega a decir que no sabemos siquiera si realmente existió. ¿Con qué tranquilidad o confianza nos podemos leer el texto de alguien que ni siquiera sabemos si existió?

 

Para quien no lo sepa, Patañjali es el nombre del autor de los Yoga Sūtras, el texto fundacional de la escuela filosófica clásica que se denomina Yoga y que aquí refiere específicamente al “yoga de la meditación” o del aquietamiento mental. Esto es todo lo que sabemos de él a nivel histórico. Por supuesto que lo más importante son las enseñanzas atemporales que proporciona el texto, pero debido al paradigma materialista-cientificista imperante, siguen corriendo ríos de tinta para dilucidar si Patañjali nació en el este o en el norte; en la Era Común o antes de ella; si su madre se llama Anasūyā o Goṇikā…

 

La tradición hindú, según sus propios criterios que tienen que ver con la transmisión oral y con la experiencia interior de antiguos sabios y poetas, sostiene diversas versiones de los hechos, lo cual es un problema para la estrecha mentalidad racionalista actual. Según las premisas lógicas occidentales, si hay dos versiones de los hechos, una debe ser falsa. Para la tradición índica en general, mucho más amplia y receptiva, que dos conclusiones sean antagónicas no significa, necesariamente, que una deba ser falsa.

 

Por ello se dice que, si bien la teoría y la práctica del Yoga no debe ser irracional, su propósito es trans-racional, es decir conducir al practicante a un estado más allá de las limitaciones de la mente analítica e intelectual.

 

¿Cómo podría la mente analítica comprender lo infinito si ella misma es finita? ¿Cómo podría la mente racional alcanzar lo trascendente si ella misma acepta únicamente lo comprensible? ¿Cómo podría la mente especulativa acceder al misterio inefable si constantemente quiere resolver todos los acertijos?

 

Vivimos en una época en que algunos padres eligen decirles a sus hijos que los Reyes Magos no existen para no “engañarles” ni “mentirles”. El amor por la Verdad se está confundiendo con la chatura del objetivismo: solo es válido aquello que es visible y medible, sin tener en cuenta la vida interior del sujeto, o sea de cada persona.

 

Cuando hablamos de Patañjali, de lo Divino o de estados de consciencia superiores no hablamos de padres que se disfrazan de Reyes Magos o de placebos, sino de una tradición antiquísima que se ha visto corroborada y legitimada durante milenios por la experiencia directa de incontables sabios, yoguis, santos, grandes almas y buscadores sinceros. Poner en duda todos estos testimonios por cuatro siglos de racionalismo NO está aportando beneficios a la vida interior de las personas modernas.

 

Que los relatos tradicionales no se ajusten a lo que entendemos como realidad objetiva no significa que sean falsos, sino que operan en un plano de la realidad al que no tenemos acceso habitualmente, quizás porque no estamos cualificados para ello o quizás porque ni siquiera damos lugar a esa posibilidad.

 

La tradición hindú sostiene que, además de los Yoga Sūtras, el sabio Patañjali es el autor de otras dos obras: un reputado comentario sobre gramática sánscrita y un tratado sobre āyurveda, la ciencia de la vida y la salud. Las fechas en que fueron compuestos estos textos es debatida, pero los estudios académicos actuales los sitúan con una diferencia de, al menos, 500 años entre sí. Suponiendo que estas dataciones sean correctas, y bajo el supuesto de que ninguna persona puede vivir cinco siglos, reconocidos indólogos modernos (a quienes leo con respeto) no dudan en afirmar: “Los tres autores no pueden ser el mismo”.

 

Al mismo tiempo, la antigua ciencia del āyurveda dice que con ciertos tratamientos de tipo alquímico con hierbas o minerales una persona puede vivir varios siglos. Y si nos zambullimos especialmente en el tercer pāda (sección) de los Yoga Sūtras, veremos que el texto enumera una serie de vibhūtis o poderes sobrenaturales que incluyen conocer un objeto a la distancia, hacerse diminuto, levitar, entrar en otros cuerpos o crear a voluntad múltiples mentes.

 

Es curioso que los estudios académicos de este tipo de textos pongan en duda todos los contenidos que no pueden ser probados empíricamente, cuando justamente estos textos están plagados de referencias no probadas empíricamente. ¿Es lícito estudiar estos textos negando las partes consideradas inverosímiles y solo aceptando de antemano las partes que podemos asimilar con nuestro actual estado de entendimiento?

 

Por favor que nadie me malinterprete. Esto no es una defensa de la cultura New Age o de la fe ciega, sino un voto de confianza a la ancestral tradición índica y a su ininterrumpida cadena de transmisión de conocimiento. Mi confianza y mi predisposición no significan que yo me crea todo lo que me cuentan, pero si supone, al menos, una suspensión del juicio y una inclinación a la permeabilidad.

 

Como contraste, no podemos olvidar la tendencia india a la exageración, un rasgo cultural muy arraigado, que nos obliga a recalcular cada historia recibida. En realidad, la hipérbole es un recurso narrativo para atrapar la atención y crear un mayor impacto en el oyente, incluso cuando los hechos narrados no sean literales. Si leemos un manual medieval de haṭha yoga encontramos que la práctica de ciertos āsanas “cura todas las enfermedades” y quizás no sea idóneo tomar esto al pie de la letra. Pero muy distinto es rechazar los postulados de un texto por su inverosimilitud, es decir, porque “no parece verdadero”.

 

La forma que tienen los estudiosos modernos de conciliar estas contradicciones es encontrando significados y metáforas esotéricas – lo cual en ocasiones es el caso – y también especulando con errores de comprensión de los compositores o errores de copia entre los escribas. Además de sostener que, en algunos casos, se trata de invenciones absolutas del autor para justificar su punto de vista filosófico o teológico. Sin negar por completo las opciones apenas enumeradas, yo abogo por un posicionamiento menos cientificista y más inocente, no en el sentido de ingenuo sino de pureza, es decir tratando de descubrir el misterio no solo a través del análisis racional.

 

El enamoramiento puede exponerse desde una perspectiva psicológica o biológica o simplemente como un proceso de sinapsis electroquímica en el cerebro, pero las explicaciones materialista de ninguna manera alcanzan a comunicar nuestro estado interior cuando estamos enamorados.

 

Desde esta perspectiva, el control o el “querer comprenderlo todo” desde la mente son obstáculos en el camino del autoconocimiento que, bien entendido, es un camino de liberación y de expansión. Cuando cuento que en el sur de la India hay, al menos, dos tumbas (samādhis) del sabio Patañjali, y que las visitaremos en nuestro peregrinaje de febrero 2020, muchas personas reaccionan diciendo: “¡A ver si descubres cuál es la buena!”.

 

Para ponernos en contexto, cuando un yogui o una persona santa muere se dice que ha alcanzado el mahāsamādhio “gran samādhi”, lo cual es una forma de decir que su alma se funde con lo Divino de forma total y definitiva, ya no limitada por el cuerpo físico. Por esto mismo, samādhi o mahāsamādhi o jīva samādhi es el nombre que se da al sitio donde se entierra el cuerpo físico de una persona santa y se considera que tales lugares tienen una energía espiritual muy poderosa. En la India hay gran cantidad de samādhis sagrados, pues es natural que una tierra con numerosos santos y yoguis deje, a su debido tiempo y siguiendo el ciclo humano de la vida, numerosas tumbas de santos.

 

En el estado de Tamil Nadu, al extremo sureste de la India, todos los templos albergan el samādhi de un santo o sabio local, que en general es desconocido o poco estudiado en Occidente. Si bien la versión académica más difundida especula que Patañjali vivió en el norte de la India, para la tradición tamil, típica del sur de la India, Patañjali es uno los 18 siddhas o “sabios consumados”, un grupo de personas que alcanzaron la máxima iluminación espiritual y que conjugan conocimientos de medicina, alquimia y Yoga.

 

Existen diferentes versiones tamiles sobre el nacimiento, vida y muerte de Patañjali, aunque todas coinciden en que fue un gran devoto del Señor Śiva (Shiva), el dios considerado como el primer yogui, el encargado de la disolución universal, el bailarín cósmico y también un nombre para definir con palabras lo Absoluto inefable.

 

Justamente en dos templos de Śiva en Tamil Nadu se encuentran sendos samādhis de Patañjali. El más famoso está en el templo de Ramanathaswamy, en la pequeña ciudad de Rameswaram que, a su vez, está en una isla a 2km del continente índico. Rameswaram es un punto obligado para los devotos hindúes, ya que de las cuatro ciudades más sagradas para el hinduismo en toda la India – una en cada punto cardinal – es la que ostenta esa categoría en el sur. Además, su templo es probablemente el más espectacular del sur de la India. Allí hay una habitación separada, con la tumba de Patañjali, donde uno puede incluso sentarse a meditar.

 

A unos 300km al noroeste, se encuentra la nada turística aldea de Thirupattur, solo famosa localmente por su templo de Brahmapureeswarar, dedicado a Śiva, a la vez que asociado con el dios Brahmā, considerado el encargado de la creación y expansión material del mundo. Por motivos mitológicos, históricos y espirituales Brahmā, a pesar de ser el “creador”, no recibe casi culto entre los seguidores del hinduismo y solo existen unos pocos templos en su nombre en la India. En Brahmapureeswarar se da el caso, poco habitual, de albergar un altar con la imagen del propio Brahmā sentado en postura meditativa sobre una flor de loto. Esta imagen sagrada es adorada por los devotos porque se dice que su bendición, en la condición de Creador, puede cambiar aspectos negativos de nuestro destino.  Y justo a un lado también se encuentra el segundo samādhi de Patañjali, donde los devotos se pueden sentar en contemplación.

 

samadhi patanjali thirupattur

 

Cuando alguien incrédulo cuestiona la existencia de dos tumbas para un único personaje, la tradición hindú tiene muchas respuestas posibles, empezando con que, según la tradición yóguica, los seres humanos tenemos al menos tres cuerpos diferentes (físico, sutil y causal), siguiendo con los poderes extraordinarios de duplicación corporal (que Patañjali esboza en su propio texto), y acabando con la simple aceptación de que los caminos de lo Divino son insondables.

 

En el peregrinaje a Tamil Nadu que organizamos con Milindias, en febrero 2020, sin duda recibiremos información intelectual sobre Patañjali, su legado y sus historias tradicionales, pero la intención principal es vivir una experiencia directa que esté más allá del intelecto racional.

 

Para decirlo mejor recurro a las palabras de mi maestro Swami Premananda – cuyo áshram también visitaremos en el peregrinaje – y que son un excelente resumen de lo que he intentado expresar en este texto:

“En última instancia, lo Divino no puede verse con los ojos físicos, ni oírse con los oídos, ni olerse con la nariz, ni tampoco puede la boca hablar de él. No podemos conocer a lo Divino tocándolo. Está en todas partes y es la causa original de todas las cosas. Cuando se vive en un nivel mundano y se ven las cosas desde un punto de vista inferior, se ve terreno alto y terreno bajo. De la misma manera, se experimentan los altibajos de la vida. Cuando se sube a una montaña y se mira el entorno, dado que uno está a una gran altura, las diferencias de altitud parecen niveladas. Asimismo, cuando se conoce lo Divino, no hay opuestos, no hay conciencia individual. Todo es Dios. No existe nada más. Todo queda inmerso en la Realidad Única. Sin embargo, esa comprensión no puede describirse con palabras”.

Si quieres saber más sobre el peregrinaje y curso de Yoga Sūtras en Tamil Nadu para febrero 2020 clica aquí.

 

Para quienes estén por Cataluña, y siempre en relación a intuir el misterio de la vida, recomiendo grandemente asistir el 12 de diciembre a la performance-ritual que hace el misticólogo, narrador y artista Michael Gadish sobre el Mahābhārata. Info aquí.

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7 comentarios en “Las tumbas de Patañjali o la chatura del objetivismo”

  1. Buenos días Narem, leyendo tu texto se me ha encendido esa luz, años llevo queriendo saber y entender cómo trabajar mi niña interior y leyendo tu texto lo he entendido, se que no tiene nada que ver pero por lo que has explicado lo he entendido. Solo quería darte las Gracias 🙏

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    • Hola: muchas gracias por exponer un tema tan «escurridizo» (desde mi punto de vista) en términos tan claros y objetivos, nada mejor para un intelectual que se niega a darle un espacio en su vida a la espiritualidad por estar en el terreno de lo «no comprobable».
      Te mando este mensaje desde México y un abrazo fuerte. ¡Felicidades por tus valiosas aportaciones Naren!:
      Con gran respeto y amor: Harinam

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  2. Naren, gracias por el artículo, lo disfruté mucho y de alguna forma lograste, con las limitaciones propias de la lengua, abrir la cabeza y concebir una realidad más allá del abrumante raciocinio…! Gracias!

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  3. Leyendo este profundo artículo aparecieron en mi mente «La rosa de Paracelso» de Borges. Cuento que cada vez que lo leo me descubre algo nuevo.
    También recordé una frase que dijo mi Maestro » Si yo digo algo y las cosas suceden y tú me crees, qué hay de grandioso en eso? Si yo digo algo y las cosas no suceden, pero aún así me crees, entonces eres un devoto»
    Gracias Naren por este espacio que es un oasis en medio de un desierto.

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    • Gracias Norma. Sí, en algún otro texto escribí algo similar a lo que dice tu Maestro. Si el gurú confirma todo lo que piensas y crees, ¿qué sentido tiene? Un abrazo

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  4. Vuelvo a encontrarme con los escritos de Naren después de 4 años y leerte es estar cerca de India siempre que se lleve en el corazón.
    Gracias!
    Lola(Dmaria mar)

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