Las cuatro patas del Dharma (parte 2)
Este artículo se publicó originalmente en la revista digital Gaṇapati, publicación bimestral de hinduismo, yoga y filosofía védica, elaborada por la asociación
KrishnaKali Yoga Ashram. Para leer la primera parte del artículo clica aquí.
A continuación vamos a describir las cuatro patas del toro del Dharma que es necesario cultivar en nuestras vidas si deseamos vivir en armonía con las leyes universales y divinas.
Tapas
La palabra tapas significa literalmente «ardor» y se suele traducir como «austeridad», en el sentido de acciones que requieren esfuerzo, voluntad y autodisciplina. Asimismo, ese ardor refiere al fuego del compromiso, la constancia de la práctica, y el autocontrol de los instintos bajos.
En el ámbito de las personas renunciantes, tapas incluye prácticas ascéticas como el ayuno, dormir poco o soportar temperaturas extremas. Como dice la Shandilya Upanishad (1.2.1), una de las llamadas upanishads del Hatha Yoga:
«Destruir el apego al cuerpo por medio de prácticas ascéticas es tapas»
Este tipo de prácticas purifican el cuerpo y los sentidos, y de esta manera los perfeccionan, tal como afirma famosamente Patañjali en su Yogasutra (2.43).
De todos modos, tapas no se limita al cuerpo y, como explica Sri Krishna en Bhagavad Gita, la «austeridad pura» o sáttvica se divide en tres partes: del cuerpo, del habla y de la mente.
De esta forma, la veneración (pujana) a los sabios, el celibato (brahmacarya) y el no dañar (ahimsa) son austeridades del cuerpo. Emitir palabras veraces, suaves y benéficas, incluyendo la recitación de los textos, son austeridades del habla. Y la serenidad, la bondad y el autocontrol son tapas de la mente.
En una época donde prevalece el hedonismo, el consumismo y el individualismo, y donde se esperan resultados rápidos sin esfuerzo, se hace evidente que tapas es una de las patas que más está faltando del Dharma.
Shaucha
La segunda pata del toro se denomina shaucha, que se traduce como «pureza», lo cual incluye también la «limpieza». Esto se explica claramente por diversos sabios, por ejemplo, en el comentario a Bhagavad Gita de Sri Adi Shankaracharya, que dice:
«La pureza es de dos clases: externa, con la ayuda de tierra y agua, e interna, que es la limpieza de la mente y el intelecto».
Sobre esta distinción, Amma explica:
«Hoy somos conscientes de la necesidad de proteger nuestro medio ambiente, y esto, por supuesto, es fundamental. Sin embargo, rara vez nos preocupamos por la contaminación que los pensamientos y acciones negativas generan en la atmósfera y en la conciencia de la humanidad. La contaminación interna de la mente es, en muchos sentidos, más letal que la contaminación química, pues tiene el poder de destruir a la humanidad en cualquier momento. Por lo tanto, necesitamos purificar nuestro entorno mental».
En el Yogasutra, Patañjali afirma que cuando la pureza interna limpia la mente, en ella surge alegría, atención, dominio de los sentidos y capacidad para la auto observación. Estos frutos de la pureza son también sus detonantes, por lo que cultivar las apenas citadas actitudes y hábitos trae garantía de éxito.
Otra vez, vivimos en un mundo híper-estimulante donde la capacidad de atención y de autodominio es cada vez más rara; ni qué decir de la contemplación, que parece ser un lujo bucólico. Sabiendo que una pata del Dharma reside en estas cuestiones, podemos darles un mayor espacio en nuestras vidas.
Dayá
La tercera pata del Dharma es dayá, un término que deriva del verbo «compartir» y que traducimos como «compasión». Aunque nos parezca que ya sabemos lo que es, leamos la definición que nos ofrece la Yoga Darshana Upanishad:
«La compasión que se muestra por medio del cuerpo, la mente y el habla a todos los seres como si fueran nuestro propio ser se denomina dayá, según los conocedores del Vedanta».
En este caso, los «conocedores del Vedanta» son aquellas personas que, justamente, reconocen que hay una unidad que subyace a toda multiplicidad. Verse a uno mismo en el prójimo es la máxima expresión de no-dualidad, a la vez que es síntoma irrefutable de Amor incondicionado.
En palabras de Sri Jñaneshwar, mahatma maratha del siglo 13:
«Dayá es como la luz de la luna llena, que no hace distinción entre una persona o cosa ya sea insignificante o grande, y a todos dispensa una frescura reconfortante».
Esta capacidad de «ponerse en los zapatos del otro» es una de las enseñanzas más universales que podemos encontrar en las diferentes tradiciones espirituales de la historia. Sea en la Regla de Oro cristiana («Haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti»), en las cuatro «virtudes inconmensurables» (appamaññā) budistas o en la regla jainista de ahimsa.
Como es lógico, en el hinduismo la compasión es también un pilar de la armonía cósmica que se aplica a nivel moral para el funcionamiento de la sociedad, a nivel mental para la paz interior y a nivel práctico para aliviar el sufrimiento ajeno.
Tal como enseña famosamente la Maha Upanishad (6.71):
«La mente estrecha dice: ‘este es un pariente, aquel es un extraño’. El proceder de los nobles es ‘el mundo entero es una familia’ (vasudhaiva kutumbakam)»
En estos tiempos de polarización y confrontación identitarias, exacerbadas por el aislamiento del individuo moderno, no cabe duda de que la pata de dayá brilla por su ausencia. Quizás a la hora de hablar, muchas personas podemos sonar compasivas, pero dayá no puede quedarse solo en buenas intenciones.
La genuina compasión tiene su fuente en la empatía, la generosidad y la bondad del corazón, al tiempo que se ve explicitada en el servicio a los demás y en acciones materiales que alivian el sufrimiento de otros seres.
Satya
La cuarta y última pata del toro es satya, la «veracidad», que como deberían saber los aspirantes espirituales es una cualidad fundamental de cualquier camino de crecimiento interior. Satya no se limita a «no mentir» sino que, como explica Veda Vyasa en su Yogabhashya:
«El discurso emitido para transmitir a otros no debe ser engañoso, inexacto o sin sentido. Se articula para beneficio de todos los seres y no para dañarlos… Por tanto, se debe decir la verdad más beneficiosa para todos los seres».
Esta idea de que lo Verdadero es Bueno y Bello se encapsula en la idea védica de Satyam Shivam Sundaram que nos reafirmaque solo aquelloque es positivo para el ser humano puede ser «verdad».
A nivel filosófico, lo «verdadero» es aquello que permanece y no está sujeto a los vaivenes de las circunstancias, del tiempo o de las opiniones. Reconocerlo requiere discernimiento, honestidad, y también humildad, porque está claro que con nuestra mente limitada no podemos saberlo todo.
La compañía de maestros espirituales, la lectura de textos sagrados y la reunión con otras personas con aspiraciones elevadas es una forma segura de acercarse a la Verdad.
En la actual época que algunos denominan de posverdad, donde además pululan las fake news, y las fuentes periodísticas, políticas o públicas son cada vez menos fiables es evidente que la cuarta pata del Dharma también está en peligro. De nosotros depende recobrarla.
En la Taittiriya Upanishad conocemos la historia de un guru que, después de un entrenamiento de varios años, despide a su discípulo con unos consejos finales, que resumen la esencia de la enseñanza. Entre otras perlas le dice:
satyam-vada
dharmam-chara.
O sea:
«Di la verdad,
recorre el camino de la rectitud».
Por tanto, para la tradición védica satya y dharma se consideran sinónimos y, por ello, según la imagen tradicional, el toro del Dharma se está sosteniendo aún en esa pata. Con nuestro esfuerzo personal, y siempre bajo la Gracia de Dios, debemos hacer nuestra parte para mantener satya en vigencia.
Ya sea que pensemos en nuestro bien personal o en el bien común; ya sea que persigamos logros materiales o el crecimiento espiritual; ya sea que busquemos disfrutar de los sentidos o cultivar el autocontrol, solo viviendo de acuerdo al Dharma tendremos éxito en nuestras empresas.
Como afirma el Mahabhárata o el Manavadharmashastra:
dharmo rakshati rakshitah
Es decir,
«Si protegemos el Dharma, el Dharma nos protegerá».
Que así sea.



