Hijo de Vecino

De fuera hacia dentro

La tradición espiritual habla del cambio interior como prerrequisito para el cambio exterior,  pero quizás el método no es tan simplista y por ello hoy revisamos la perspectiva inversa. 

Uno de los axiomas más escuchados en la filosofía espiritual, al menos a nivel popular, es el que dice que “para estar bien con el mundo, primero hay que estar bien con uno mismo”. O en otra variación: “¿Cómo podría uno ayudar a otros si primero no se ayuda a uno mismo?”. Y sin dudas cuando uno está con equilibrio y satisfacción interior se relaciona con el mundo de forma armoniosa, o como dice Sri Dharma Mittra, “ve todo con amor”.

 

Pero como todos sabemos, no es fácil tener esa armonía interior en el día a día, incluso cuando tenemos una práctica yóguica regular, porque a diferencia de nuestra práctica, la vida no es un espacio controlado y estamos a merced de muchos factores externos que nos pueden hacen pasar por altibajos.

 

Por supuesto, cuanto más práctica tenga uno en su espacio personal más entrenado estará para lidiar con el mundo. Y para ello las técnicas yóguicas de respiración consciente, observación de la mente, escucha del cuerpo físico, relajación, concentración, imaginación positiva, visualización interna o repetición de sonidos sagrados serán muy útiles. A la vez, como todos hemos experimentado, no es lo mismo sentarse con los ojos cerrados y encontrar algo de paz, que abrirlos, salir a la calle e ir a trabajar en un día lluvioso.

 

Este fuerte contraste es el que hace que muchas personas tengamos la (idealizada) tentación de irnos a vivir a un monasterio o, al menos, de quedarnos en casa encerrados hasta que tengamos la suficiente calma interior que nos permita enfrentar lo que sucede “allá fuera”. Pero tengo la certeza, basada en mi propio caso, de que esta técnica de introspección suele convertirse en un escapismo de la realidad cotidiana y, utilizando la metáfora zoológica, en un erizo que se enrosca sobre sí mismo y saca las puntas para no ser tocado.

 

Una vez un dedicado estudiante le dijo a Dharma Mittra que quería irse a la India para dar un gran paso hacia el autoconocimiento. Dhármaji, que nunca fue a la India y en cambio eligió el babilónico Manhattan como lugar de práctica, le dijo fiel a su estilo pragmático:

 

“Si vas a los Himalayas, en tres meses te iluminarás. En cuanto regreses a New York, tan pronto aterrices en el aeropuerto y veas a las guapas azafatas de KLM, se te irá toda la iluminación”.

En menor escala me pasó algo similar cuando, después de unos días en el despoblado y tranquilo Gangotri, el pueblo montañés donde nace el río Ganges, regresé a la civilización y en diez minutos perdí toda la calma que había ganado meditando y bañándome en el río durante mi estadía.

 

Por tanto, la moraleja es que la verdadera madurez espiritual no se mide tanto por el estado de meditación que uno pueda alcanzar en su práctica (y mucho menos por hacer la postura sobre las manos), sino por el nivel de calma, satisfacción y amor con el que uno afronta que su hija no quiera comer verdura, que los patinetes eléctricos corran intrépidamente por las aceras, o que su vecino adolescente y amante de los insultos juegue hasta medianoche a los videojuegos de guerra con la ventana abierta.

 

Existe otra frase muy famosa que todos conocen:

“Antes de cambiar el mundo, debes cambiarte a ti mismo”.

Yo suscribo totalmente esta idea, aunque le agregaría una coletilla diciendo “debes cambiarte a ti mismo… en permanente relación con los otros.

 

Es decir, si esperas a cambiarte por completo antes de salir a la calle, entonces no saldrás nunca y, no solo eso, sino que el hecho de relacionarte armónicamente con un mundo que te pone a prueba constantemente es el gran desafío del camino espiritual. El filósofo Juan Arnau publicaba hace poco que educarse a uno mismo “no es una pedagogía tan interior” ya que a través del contacto con los otros, que hacen de espejo, uno practica la transformación.

 

Y llevándolo directamente al terreno yóguico podemos ver que los ultrafamosos yamas o reglas éticas que Patañjali presenta en el Yogasūtra tienen la intención de armonizar la vida del individuo en relación a su entorno. Es decir, las primeras normas para un practicante son las de prestar mucha atención a su forma de relacionarse con el mundo y con los demás, son casi reglas de convivencia. Luego vienen los niyamas, que son esas normas más internas, para con uno mismo o incluso uno mismo en relación con algo superior.

 

Por ende, sin quitarle validez a la visión del cambio interior como base, también podríamos invertir el proverbio y decir que “para estar bien con uno mismo, primero hay que estar bien con el mundo”.

 

En el sentido más básico, estar bien con el mundo es tener comida y techo, tener las necesidades mínimas cubiertas. Si alguien tiene hambre o frío difícilmente pueda pensar en el conocimiento del ātman. Pero para quienes tenemos la gran fortuna de tener esas necesidades cubiertas, estar bien con el mundo no sería un mejor trabajo o un coche nuevo, sino aceptar y gestionar todas las situaciones que nos desagradan, respirando y con los ojos abiertos.

 

En uno de sus libros, el yogui y antropólogo Julián Peragón parafrasea a San Agustín diciendo que:

“Hemos ir de afuera hacia dentro, y de dentro hacia arriba”.

Si bien Julián aquí habla específicamente de la meditación, yo creo que es aplicable a la vida en general, que incluye pareja, familia, trabajo, tránsito vehicular, situación política y la ola polar. Antes de encontrar a Dios o buscar experiencias trascendentales veo mucha sensatez en poner orden al exterior, lo que lógicamente redundará en orden interior psicológico y emocional y, recién entonces, buscar la conexión con lo Supremo.

 

Si no saludo a mis vecinos, me dan rechazo los perros y no aguanto el calor parece complicado lograr la paz interior, ni qué decir la iluminación. El consiguiente camino interior es conocer nuestras tendencias, analizar nuestros patrones mentales, buscar la raíz de nuestros hábitos negativos y, a partir de ahí, empezar a vislumbrar lo superior, llámese Dios o el Yo esencial.

 

Como conclusión, y para unir estas dos visiones que no son contradictorias, hay que decir que la armonía exterior requiere de un gran trabajo interior. No son pasos consecutivos sino simultáneos, ya que no se puede practicar ahiṁsā, satya o asteya sin una autoobservación y autocontrol profundos, de la misma manera que no se puede practicar śauca, saṁtoṣa o svādhyāya sin ponernos en relación con un mundo más amplio que nuestra persona.

 

Por tanto, para un aspirante espiritual serio cultivar su vida interior es una condición sine qua non, pero sin olvidar que solo nuestra relación y reacción ante el mundo y los demás nos darán la medida justa de nuestro real progreso.

 

Lo dicho, para ponerme a prueba voy a bajar a hacerme unas fotos carnet para renovar el pasaporte, saludar al panadero que me hablara del clima y mirar las ruidosas grúas del parque de enfrente, que está en obras desde hace meses.

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9 comentarios en “De fuera hacia dentro

  1. excelente artículo! casualmente venia pensando en esto y ahora en total sintonía, siento que has ordenado las palabras de un modo claro y luminoso. Una vez mas… muchas gracias!

  2. Gracias por compartir esta reflexión! Me encantan estas pequeñas dosis de sabiduría que nos vas dando… Hoy mi viaje en tren de camino al trabajo ha sido provechoso!! 😊

  3. Hola Naren!
    Hace tiempo que no comento a tus posts, pero aprovecho para agradecerte tanto y tan continuo trabajo!
    Llevo unos años estudiando/practicando filosofía Phytagórica, que empalma totalmente con la filosofía Yóguica que tú nos ayudas digiriendo en Hijo de Vecino.
    Te comparto un modelo, que me gusta mucho, usado acá para visualizar esto que tu dices de manera gráfica. Imaginemos tres círculos concéntricos:
    En el de hasta adentro está nuestro Yo Superior, Alma, estoy centrada, conectada, en paz, etc.
    En el de hasta afuera está “el afuera”, la realidad tridimensional, los vecinos latosos, el tráfico e inclusive el dolor de cabeza o nuestros pensamientos repetitivos depresivos.
    En el círculo medio hay espacio y esto es lo importante. Nos permite poder ver la “realidad” con distancia crítica, en la perspectiva adecuada, y no dejarnos absorber por ella sin más. Esta zona de amortiguación o buffer puede crecer o disminuir, dependiendo del trabajo interior que haga. Su existencia misma es mantenida por nuestra sadhana, conectando con la Naturaleza, la Divinidad, mirando los ojos de los amados. Manteniéndonos conectados.
    Si no la mantenemos, esta zona se va haciendo más pequeña, hasta que colapsa y el círculo medio desaparece. Entonces nuestro Yo está directamente en contacto con el afuera, no hay filtro, todo entra sin control y reaccionamos automáticamente tanto a lo positivo como a lo negativo, fluctuando en nuestro humor sin ton ni son. Es una especie de contaminación de nuestra Isla Interior.
    ¿Qué hacer? Conectarnos otra vez y mantenernos ahí lo más que podamos.
    Y así hay días en que ni escuchamos al vecino de enfrente y otros en que lo queremos ahorcar desde que amanece. O que aceptamos nuestra imperfección humana con más o menos buen humor. Depende de haber mantenido el espacio que nos permite poder ver el afuera a cierta distancia y accionar, en vez de reaccionar.
    Perdón lo largo, pero espero que haya sido clara. Y te quería compartir esto porque me ha ayudado mucho a entenderme, a ver en qué punto estoy cada día y a observar el reflejo de mi sadhana (o falta de ella) en mi vida cotidiana.
    Abrazo desde México!

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