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El descenso de la montaña

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El descenso de la montaña

El descenso de la montaña

Me sorprende que de unos pocos siete días en Gangotri y sus alrededores, yo pueda haber estado escribiendo más un mes de crónicas.

¿Poder de inventiva forjado en los desordenados claustros de la Escuela de Comunicación Social?, ¿O inocultable energía de las aguas de Ganga fluyendo desde los Himalayas?

Supongo, un poco de ambos.

 

La cuestión es que llegó el final, la hora de bajar de la montaña y volver a la planicie.

 

Cocodrilo

Antes de eso, un último recorrido por el pueblo. Siempre a orillas de la Diosa Ganga, que fluye cadenciosa, sobre su cocodrilo, llamado Makara.

 

Alguna vez lo comenté: la mayoría de las deidades hindúes tienen un elemento que se denomina vehículo (Vahana, en sánscrito) . Este vehículo es, por un lado, el medio en que se trasladan las deidades, simplemente.

Así como yo me traslado en mi Suzuki AN 125 para llegar al trabajo, Ganga desciende a la llanura de la India montada en un cocodrilo.

 

Por otro lado, sin embargo, este Vahana tiene un simbolismo mitológico y espiritual.

 

Sobre el primer aspecto, Makara es una criatura híbrida que tiene cuerpo de cocodrilo y cola de pez. Makara es también el vehículo de Varuna, la deidad de las aguas en los libros védicos.

 

Según aprendo ahora, esta imagen se corresponde con el signo de Capricornio en la astrología occidental, que es una “cabra de mar”, cuerpo de cabra, cola de pez.

A este respecto, la verdad que yo había visto la parte caprina del signo, pero no tenía idea que fuera también una criatura acuática.

El único signo del zodiaco que me sonaba como híbrido era el de Sagitario, mitad hombre, mitad caballo, lo que se dice un Centauro, digamos.

 

Perdón, me estoy yendo del tema. En cuanto al simbolismo espiritual, la tradición identifica a Makara con el agua, fuente de toda existencia, y con la fertilidad.

capricornio

Ganga

 

Templo y vasija

En este último paseo por el pueblo recalo en el epicentro urbano: el Templo a la Diosa Ganga. Parada obligada de todo peregrino que llega a Gangotri, el templo es cerrado cada año en el día de Dipavali (la fiesta de las luces que se festeja entre octubre y noviembre, ver “Mi viaje hacia el norte”), para ser reabierto en el mes de Mayo, al inicio de la temporada de peregrinación.

Una vez más, teniendo en cuenta que mi visita era en época pre-peregrinaje, el templo estaba cerrado y por ende la imagen de la diosa Ganga todavía estaba en una aldea vecina.

 

Este detalle no me desalienta. Tengo algo todavía mejor que llevarme. Entonces, me acerco a la orilla del río y lleno una vasija de agua sagrada. Vasija que me acompañará de regreso a Barcelona como recordatorio de mi estadía con Ganga.

 

Además, me doy por última vez un baño con las sagradas aguas antes de regresar.

Swamiji, nuestro anfitrión, me reprocha sonriente: “¿Por qué dices último? Es sólo el primero, muchos más vendrán”.

 

Esas palabras me dan mucho gusto, me ilusionan a pensar que volveré, tarde o temprano, y quizás vea el templo abierto, quizás suba hasta el glaciar de Gaumakh si ya es temporada, pero sobre todo, vuelva para sencillamente “estar con Ganga”.

Ganga-temple

 

Back to reality

 

Después de la breve despedida, sin nada de melodramas, bajamos en el coche de unos visitantes indios que gentilmente se ofrecieron a llevarnos hasta algún pueblo comunicado.

Finalmente nos dejaron en Uttarkashi, ya la mitad del viaje hecha.

 

Allí, finalmente iba a saciar mi necesidad de llamar por teléfono, de comunicarme con el resto del mundo. Recuerdo que hice al menos tres llamadas diferentes, casi todas infructuosas; las líneas ni siquiera conectaban, o se cortaban, o tenían un ruido insoportable que apenas dejaba percibir la voz del otro lado.

 

Casi ningún indio hablaba inglés en ese pueblo, todos me parecían incompetentes, me semi-peleé con todo el mundo…

En tan sólo media hora en el mundo real (o irreal, según se mire) había perdido toda la paz que tanto me había costado ganar en aquella semana en los Himalayas.

 

Nuevamente vinieron a mi cabeza las palabras del muchacho escocés que conocí en Gangotri: “Aquí arriba es fácil hablar de paz, lo difícil es regresar abajo y mantenerla”.

01

 

Hilacha

 

Y bueno, ¿qué quieren que les diga? No todo es tan ideal. Mucha meditación, mucha filosofía, muchas crónicas himaláyicas, y al final uno termina mostrando la hilacha (en España, la expresión justa sería, “vérsele el plumero”).

 

No hay nada que hacer; es parte del aprendizaje, parece. Uno se cree que logró algo, y resulta que todavía falta mucho.

 

Por eso, uno se trae de la montaña una vasija llena de agua sagrada, por ejemplo, para tratar de no olvidarse lo que aprendió. Por lo mismo, uno escribe estas crónicas también.

 

De todos modos, y en mi defensa, puedo decir que quizás los Himalayas no me hicieron evolucionar tanto, que mis defectos persisten, que ya en la planicie todo se vuelve más patente, pero que lo vivido sí que me marcó profundamente en un nivel que se podría calificar como devocional.

 

Es decir, me quedó mucha devoción por la diosa Ganga y por los Himalayas, y mucho respeto y afecto por los buscadores espirituales que conocí allí arriba.

Espero, que como dijo Swamiji,  muchos otros baños estén por venir.

0 comentarios

  1. Me gusta la idea de: «siga participando». Nos pasa seguido de que creemos tener la cosas claras, las ideas correctas, pero enfrentarse a la realidad y actuar como creemos es correcto es difícil. Aún así, sos la persona mas coherente que conozco, y eso es un cumplido!

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