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Anonimato, originalidad y los nuevos yogas

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El yogi Andrei Ram dice que el yoga es un método artificial para llevar al ser humano de regreso a su estado natural, que por si no lo saben es la dicha y la paz incondicionadas. Efectivamente, hace miles de años (cuántos miles es siempre motivo de debate) unos sabios “descubrieron” diversas técnicas de auto-conocimiento que, con su correspondiente base filosófica y espiritual, podemos denominar Yoga en sentido amplio y que han demostrado ser válidas y útiles a lo largo de diferentes épocas, en variados lugares y para todo tipo de personas.

Decir “descubrieron” es quizás inapropiado, pues se supone que a este conocimiento los sabios más bien lo “visionaron” (por ello se les conoce como ṛṣi, videntes) o lo “escucharon” (de ahí que el corpus principal de las Escrituras sagradas hindúes se conozca como śruti, lo escuchado) en estados de conciencia trascendental. Es decir que lo recibieron como una revelación o como una intuición, pero de ninguna manera se trató de una “invención” o una creación humana y nada simboliza mejor esta carencia de copyright que el hecho de que los autores de las Escrituras hindúes sean, en su gran mayoría, anónimos (cuanto más antiguo el texto, más anónimos).

En los casos en que el texto sagrado se atribuye a algún autor específico se trata, en general, de un nombre envuelto por la neblina de la vaguedad, la leyenda y la ausencia de datos biográficos al punto de que uno sospecha que es intencional. Textos de épocas muy distantes (miles de años distantes incluso) y estilos literarios muy contrapuestos se atribuyen a veces al mismo autor, que se convierte más bien en un título o un cargo atemporal que en un individuo particular, entroncando así la enseñanza espiritual en una tradición que prioriza siempre ser fiel a su origen y que trasciende los personalismos.

El famoso filósofo e historiador del arte Ananda Coomaraswamy lo explica mejor:

“El anonimato está en conformidad con la verdad, y es una de las distinciones más honrosas de la cultura hindú. Los nombres de los ‘autores’ de las épicas son apenas sombras y en épocas antiguas era una práctica difundida de los escritores el suprimir sus propios nombres y atribuir sus trabajos a un poeta mítico o famoso, poniendo así mayor énfasis en la verdad que ellos afirmaban haber ‘escuchado’ más bien que ‘producido’.

Si la enseñanza revelada proviene de una fuente suprema, los ṛṣi que la recibieron fueron entonces meros instrumentos “abiertos espiritualmente a la sabiduría inherente del cosmos; seres que, por su propio estado de conciencia, estaban capacitados para escuchar aquella revelación”, al decir de Swami Satyānanda Saraswatī. Por tanto, se entiende, los sabios no añadieron nada de su cosecha a la enseñanza recibida, que se mantuvo así eterna y aplicable a todos.

Esta reproducción exacta de la enseñanza “escuchada” tiene su correlato práctico en el hecho de que la transmisión del śāstra (término genérico para la Escritura revelada) se haya realizado de forma oral durante varios milenios, siempre de maestro a discípulo, intentando mantener la pureza del mensaje y, no menos importante, su vibración sonora original. Un método de trasmisión que implica un gran trabajo de concentración y memorización y, quizás sobre todo, total ausencia de importancia personal para no cambiar siquiera una sílaba.

Si lo importante es lo que dicen los textos, qué sentido tendría agregar la firma personal a la enseñanza y, con más razón aún, qué relevancia puede tener el año de nacimiento del autor, qué oficio desempeñaba o cuántos hijos tuvo.

Este atávico desinterés indio por puntualizar fechas y datos biográficos de los textos y sus autores chocó frontalmente con la mentalidad occidental moderna que, una vez empezó a investigar la cultura india, quiso catalogar sus “hallazgos” dentro de sus propios términos. Las historias antiguas que carecían de fechas o datos claros pasaron a denominarse “mitología” o, con suerte, “símbolos” y la validez y coherencia de la revelación védica fue puesta en tela de juicio.

En el ámbito del śāstra, como dice el reconocido indólogo Patrick Olivelle:

“La fidelidad de la tradición originaria de escribas y comentadores presenta un rotundo contraste con la alteración de dichos textos por parte de los investigadores modernos… Sin duda, los antiguos comentadores conocían la gramática sánscrita mejor que la mayoría de los académicos modernos, y sin embargo no sintieron la necesidad de corregir formas o expresiones que algunos filólogos han calificado como ‘monstruosidades gramaticales’”.

La cosmovisión moderna presenta el individuo y su existencia personal como más importantes que cualquier tradición, linaje o siquiera comunidad, conceptos que ahora sirven para explicar el contexto socio-cultural de una persona y algunas de sus tendencias, pero que parece que deban ser trascendidos para que cada sujeto haga su propio camino. De ahí que, en la actualidad, etiquetar a una persona de “tradicional” o “tradicionalista” sea más una crítica que un elogio.

Esta tendencia moderna a desmarcarse de las ideas y normas del pasado, que comprende incluso – por influencia del psicoanálisis – renegar de la impronta de los propios padres, se materializa en la búsqueda constante de diferenciación y originalidad.

Yo admito no estar exento de estas tendencias pero a la vez siempre me he considerado un “tradicionalista” y supongo que por eso me gustan tanto las siguientes palabras, otra vez de Coomaraswamy:

“El hinduismo no justifica ningún culto por la expresión del ego, sino que aspira de forma consistente a la libertad espiritual. Aquellos que son conscientes de una satisfactoria vida interior se convierten en los más indiferentes hacia la expresión externa de cualquier personalidad cambiante, incluso la propia”.

Llegados a este punto de la reflexión, unos se lamentan por la supuesta pérdida de individualidad que implicaría la tradición y otros se preocupan, con cierta razón, por el estancamiento que podría producirse en la sociedad humana si no hubiera avances ni cambios. Es aquí donde creo que es adecuado tener en cuenta la necesidad de actualización. Es decir que mientras la esencia de la enseñanza espiritual se mantenga es válido, e incluso necesario, adaptarla al tiempo, al lugar y a las circunstancias.

La Bhagavad Gītā, compuesta quizás hace dos mil años, recomienda meditar sentados sobre una piel de ciervo, lo cual es poco admisible (y asequible) a día de hoy. Utilizar lana como asiento, por ejemplo, es una actualización y nadie le da más vueltas. En la Haṭha Yoga Pradīpikā (y otros textos clásicos de haṭha yoga) se ensalza khecarī mudrā, un gesto sagrado que implica cortarse de a poco el frenillo para que la lengua se estire y llegue a introducirse en la cavidad craneal de forma de poder saborear el néctar de la inmortalidad que allí supuestamente reside. Obviamente pocos o ningún maestro actual aconsejan ya esta técnica de auto-mutilación.

Y yendo aún más lejos, gran parte de la filosofía, la cosmogonía y la dieta hindú basada en la sacralidad de la vaca y su leche se ponen en entredicho ante los abusos y el maltrato animal de la moderna industria lechera, redirigiendo a muchos yoguis hacia el veganismo, justamente por un renovado entendimiento del antiguo precepto de ahiṁsā.

Por tanto, se puede decir que, en general, hay acuerdo en la necesidad de adaptar y actualizar la enseñanza tradicional a los tiempos presentes; la gran pregunta es “¿cómo hacerlo?” y el gran debate siempre radica en dónde está la línea que divide la actualización necesaria o útil de la innovación caprichosa. Como es de esperar, la línea la pone cada uno donde le parece… pero como en este blog somos tradicionales buscamos pistas para no perder la esencia.

Como anillo al dedo nos vienen entonces estas palabras de un texto inédito de Álvaro Enterría, que he recibido en comunicación personal:

“Las tradiciones empiezan en un momento dado con una ‘revelación’ fulgurante, que luego se expande y desarrolla. En este proceso, asimila unas cosas del exterior y otras no. Pero sólo asimila y se desarrolla en lo que está ya de alguna manera contenido potencialmente en elbindu, y no lo demás”.

Para entendernos, en la concepción hindú el bindu (“punto”) representa la totalidad de la energía cósmica en estado inmanifestado, es decir poder máximo, aún latente y concentrado. Probablemente en la antiquísima adoración ritual al Sol como representante de Dios en el cielo ya estaba la “potencialidad” de la supuestamente moderna secuencia física de calentamiento de haṭha yoga conocida como Sūrya Namaskāra o “salutación al Sol”. Asimismo, quizás en el bindu, la esencia o el corazón de un yoga milenario practicado en solitario y en cuevas estaba oculta la potencialidad de las clases de yoga online actuales… o no.

Cuando uno visita el museo de arte contemporáneo ve obras que podrían haber sido hechas por un “niño de cuatro años” y entonces alguien nos explica que “ese artista podía pintar lo que quisiera y solo después decidió dedicarse a hacer dos rayas o un cuadrado”. Perdón por lo simple de la analogía, pero lo que quiero decir es que cualquier innovación puede debatirse siempre y cuando sea fiel a la esencia de la tradición, o sea, no contradiga sus valores fundamentales que deben estar firmemente arraigados en el “innovador”.

A este respecto me ha interesado grandemente la explicación que, en el libro La música clásica de la India de Jaime R. Pombo, ofrece la cantante contemporánea Ashwini Bhide-Deshpande sobre el funcionamiento de los gharānā o estilos musicales clásicos indostaníes que han sido mantenidos durante largo tiempo por un mismo linaje. Ella dice:

“Este sistema pedagógico propio de nuestra cultura nació del hecho de que la transmisión del conocimiento musical se lleva a cabo, en un primer estadio, por imitación. El discípulo, inicialmente, ha de reproducir exactamente la música que su gurú produce. Es así como se aprende, por estricta imitación. De hecho, el discípulo, en esta primera fase, muy probablemente absorberá tanto las virtudes como los defectos de su maestro.

Una vez el discípulo ha absorbido el estilo propio de su maestro, se inicia una segunda fase [en que] el discípulo ya no se limita a repetir al maestro, sino que, habiendo ya absorbido su distintivo lenguaje musical, es capaz de crear música siguiendo esa misma lógica, ese mismo lenguaje y estética.

Una tercera y final etapa en el aprendizaje llega cuando el discípulo, basándose en todo lo asimilado, desarrolla un estilo musical propio que es, en mayor o menor medida, diferente del de su maestro”.

Esto me recuerda a un aforismo que alguien dijo hace, al menos, doscientos años:

“La imitación es el más sincero de los halagos”

Por el contrario, en el mundo moderno (y no hablo solo de música) el único anhelo parece ser diferenciarse. Los emergentes hijos de artistas consagrados consideran el propio legado paterno como una pesada losa que deben trascender y no como una influencia sana e inevitable. En el impostado mundo de las redes sociales nadie cita sus fuentes, pero no ya para reforzar el anonimato de una tradición sino justamente para borronear al autor original en pos del destaque individual y de la primicia. El éxito consiste más bien en producir algo que se convierta en “viral”, aunque sea efímero, que en prolongar un conocimiento construido, esencialmente, por otros.

Como es de esperar, la capacidad mimética no es vista por todos como una virtud, ni siquiera hablando de la tradición india. El escritor y político Pavan K. Varma hace un análisis de la idiosincrasia india en cuanto a la innovación científica y tecnológica y entre sus críticas figura también el ámbito académico, ya que al parecer los profesores plagian muchos de sus artículos publicados, basándose en el implícito lema de ‘la sabiduría reside en copiar’. A la vez, agrega el autor, la estructura social jerárquica y poco flexible de los indios valora la “obediencia sobre la creatividad” y, por tanto, “pensar por uno mismo es considerado un acto subversivo”.

Lo curioso, dice Varma, es que los indios que han emigrado a Occidente, especialmente a Estados Unidos, han demostrado que situados en una “nueva estructura de valores” poseen una gran capacidad de creatividad y talento. De allí que haya muchos indios destacados en el campo de la tecnología de última generación, tanto a nivel académico como empresarial.

No veo especialmente errada esta interpretación, pero hay que recordar que se habla del ámbito socio-económico de la cuestión y lo que más nos interesa hoy, en cambio, es la tradición espiritual en la que palabras como “obedecer” y “copiar” no están mal vistas. En una de sus charlas, y hablando de mantener la fidelidad a la tradición, recuerdo que Swami Satyānanda dijo que “los inventores están en California” y eso me causó mucha gracia. Efectivamente, los inventores están en Silicon Valley y también en los estudios de yoga californianos donde se gestó, por ejemplo, el conocido Bikram Yoga, un estilo de hot yoga en que posturas físicas son realizadas dentro de una sauna a 40°C.

Bikram Choudhury, el creador indio de este estilo, es conocido, entre otras cosas, por querer patentar la serie de posturas que él “inventó”, cuando en realidad se trata de āsanas con cientos de años de antigüedad. De hecho, a muchos les gusta decir que el haṭha yoga es una disciplina “milenaria” porque sirve como garantía de confianza, a la vez que también se afanan en agregar su propia marca registrada a la legitimidad que da la antigüedad. Aquí la crítica no iría tanto hacia la innovación en general sino hacia el afán por llevarse el mérito de algo que es de dominio y beneficio público; una actitud que va en contra de la posición de los maestros tradicionales que siempre aclaran no haber inventado nada.

En cualquier caso, las diatribas a Bikram son insignificantes si uno se detiene un momento a escuchar (mejor hacerlo sentado) el nuevo yoga que inventaron en Berlín: bier-yoga, es decir “cerveza-yoga”. Lo curioso es que dicen tomarse en serio la filosofía del yoga y “uniéndolo al placer de beber cerveza” esperan alcanzar el estado más elevado de conciencia. Justo al publicar este texto veo que el novedoso estilo ya sale en los medios y ahí nos informan que para acabar la sesión “en lugar de cantar ‘OM’ dicen ‘Prrrroooost’, que en alemán significa ‘¡salud!’”.

Si te has quedado con los ojos como platos, pues no los cierres, ya que para más datos la birra no se la beben después de practicar posturas (eso sería muy poco original) sino que se la zampan en pleno “Guerrero I”. Más allá de la opinión que uno (y la tradición) tenga del alcohol, le cuento a la inventora del mamarracho que la tradición del haṭha yoga no recomienda siquiera beber agua durante la práctica para no apagar el “calor interno” que se genera.

bieryoga

Evidentemente, si alguien tenía que inventar el “yoga de la cerveza” eran los alemanes y, en la misma línea, no me sorprendería saber del asado-yoga inventado por argentinos o del combat-yoga inventado por… Ey, ¡esperen! Este último ya existe y aunque no sé bien qué es, parece más bien un arte marcial con el sufijo “yoga” como adorno (este vídeo es revelador).

Y acabo de descubrir el rage yoga (“yoga de la rabia”) en que hay música heavy metal, y supuestamente gritos e insultos para descargarse. También se puede beber una cerveza en la clase, claro, porque, como dice la inventora, que es canadiense, el rage yoga “más que una simple práctica, es una actitud”.

Y ya puestos a enumerar les cuento (supongo que ya están sentados) que también existe flamenco-yogabunny-yoga (yoga con conejos); chocolate-yoga; twister-yoga (al parecer es un orgulloso invento de Barcelona); woga o yoga acuático;  yoga + vino; yoga ecuestre; yoga cristiano; SUP yoga; yoga desnudo; doga (yoga con perro)…

Aunque no parezca, yo también me cuestiono en qué lado de la línea estoy situado y con frecuencia me pregunto si el yoga dinámico moderno (que a veces practico y hasta enseño) es una actualización necesaria para estos tiempos “veloces” en que vivimos o es también una corrupción de la tradición. Y ya hilando más fino, ¿qué necesidad hay de cambiar cada semana la secuencia de posturas o el prāṇāyāma?  ¿Lo hago para no aburrir a los estudiantes, para demostrar originalidad o por qué sirve para trabajar diferentes aspectos psicofísicos o energéticos?

Mis comeduras de coco no siempre tienen una respuesta clara pero de todo esto si me queda una certeza: La originalidad está sobrevalorada. Especialmente en cuanto es una búsqueda desesperada del ego por destacar y ser diferente de los demás.

En cambio, la originalidad nacida de un auténtico contacto con la propia naturaleza esencial (“estar en el centro”, se dice ahora) o con una verdad superior es válida y seguramente estará ligada, de una forma u otra, a verdades atemporales que ya han sido percibidas, “descubiertas”, por otros seres igual de anónimos en otro tiempo-espacio-circunstancias…

Ante la duda sobre desde dónde llega el impulso innovador, solo queda aplicar la única solución segura: volver a la fuente e imitar su esencia.

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  1. Pingback: Ceremonial Religioso

  2. Todo por justificar su consumo ja!

    Responder
  3. me agrada mucho la manera en la que escribes y estoy aprendiendo mucho de ti. Gracias!
    Y si desafortunadamente no solo es cosa de quien quiere vanagloriarse con una nueva tendencia, sino de todos lo que los siguen (seguimos?). Nos dejamos apantallar por las tendencias y si es algo que sabemos es bueno como el yoga, anuado a algo que nos gusta (la cerveza, el baile, el tequila, los conejos, los perros…) vamos por ello. Si no muchos de ninguna otra manera se acercarían a practicar. Todo por mantenernos en zona de confort

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  4. Estudiar la tradición y ser consciente a la vez de la realidad que nos rodea, para adaptar la tradición al presente con sinceridad, despierta la capacidad de discernimiento. Coincido en que la originalidad está sobrevalorada. Muy buen escrito.

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  5. Te doy las gracias por el blog q. he leido hoy es genial me lo he pasado muy bien.Namasté

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  6. Bravo hijo

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