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El delfín mágico y cómo controlar la ira

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A nuestra hija mayor le regalaron un delfín “mágico” para la bañera, que cambia de color cuando toca el agua. Se llama Micky. Hasta aquí todo muy bien, si no fuera porque el delfín no flota (no me pregunten por qué…) y eso trajo una primera decepción para nuestra pequeña. Entonces decidimos enfocarnos en el cambio de color, pero resulta que el delfín solo cambia de azul a violeta con agua muy fría, que no suele ser la temperatura con que uno baña a los niños. Por tanto, para hacerlo cambiar de color tengo que montarme un sofisticado sistema de trasvases térmicos que me inunda todo el baño y casi me sería más práctico comprar un delfín de verdad.

No quiero criticar al inventor del juguete, pero sí que es entendible que nuestra hija, que tiene tres años, se haya enfadado mucho con el delfín y lo haya tirado al suelo llorando. Yo también lo hubiera hecho con gusto, pero como ahora debo asumir el rol de padre ejemplar le dije palabras muy sabias: “Te entiendo, pero enfadarse es inútil, no cambia nada y te hace perder la calma…”

Como es de esperar, mis exhortaciones no fueron exitosas hasta que puse a Micky debajo de un gélido chorro de agua del grifo, hasta convertirlo en violeta. Pero eso no quita que yo tuviera razón en mi argumento, totalmente basado en las enseñanzas espirituales y también un poco en la propia experiencia. Veamos…

El enojo, enfado o ira tiene dos momentos: antes y después, es decir, su causa y sus consecuencias. Quizás la forma más difundida de controlar la ira es centrarse en la consecuencia, casi siempre negativa. Tal como lo explica la filosofía hindú, cuando una persona está encolerizada se obnubila, pierde la capacidad de discernir, y realiza acciones de las que se arrepiente. Al saber esto, quizás por experiencia, uno muchas veces refrena un poco su furia, sabiendo que el resultado sería desastroso. Yo, por ejemplo, una vez estando enfadado pateé una pelota con rabia y rompí un paragüero de vidrio. Ahora, cuando me enfado, trato de no patear nada (al menos si hay algo de vidrio cerca).

El Dalai Lama cuenta una anécdota divertida en que un antiguo conductor a su servicio estaba debajo de su viejo coche arreglando una avería y, haciendo esto, se golpeó accidentalmente la cabeza contra la base del automóvil, lo cual le dio tanta rabia que, ofuscado, empezó a golpearse él solito una y otra vez la cabeza contra el coche. Todos hacemos esto, de una u otra forma, pero en cuanto vislumbramos lo negativo de las consecuencias, sobre todo para nosotros mismos, buscamos maneras más suaves de descargar el enojo, aunque solo sea por instinto de supervivencia.

Ahora, si uno quiere de verdad cortar de cuajo la ira tiene que mirar, como explican los maestros, el otro extremo: la raíz del enfado.

anger

Swami Premananda lo explica muy claro:

“La ira viene cuando eres un prisionero de los deseos… Cuando la ira surja, pregúntate: ‘¿Por qué  me estoy enfadando? ¿Cuál es la razón de mi enfado?’ Quizás es porque lo que querías que sucediera no sucedió. O quizás no te gustó lo que sucedió. Quizás te sentiste decepcionado y molesto porque lo que esperabas y querías no tuvo lugar. Entonces, por ende, te enfadaste porque tus expectativas y deseos no fueron cumplidos. O quizás no estás feliz con la situación en que te encuentras y esa es la razón por la que te sientes enfadado. Cuando sea que te sientas enfadado, hazte la pregunta: ‘¿Por qué estoy tan enfadado?’. Trata de encontrar la respuesta a esa pregunta.

Ya en la Bhagavad Gītā (3.37), cuando Arjuna le pregunta a Kṛṣṇa (Krishna) cuál es la fuerza que impele al hombre a cometer el mal incluso contra su voluntad, Kṛṣṇa va al grano: el deseo.

Swamiji ahonda en el tema:

“Te molestas y perturbas porque alguien o alguna situación te impide conseguir lo que quieres o alguna persona no hace las cosas de acuerdo con tu forma de pensar… La razón por la que te enojas tanto es porque deseas y esperas que la vida sea de acuerdo con tu manera de pensar. En lugar de tratar coléricamente de cambiar al mundo, un aspirante espiritual tiene que cambiarse a sí mismo”.

A esta altura, creo, ya todos sabemos que el secreto consiste en cambiarse a uno mismo antes que a los demás. La pregunta es ¿cómo? Swami nos da consejos prácticos:

“Cuando sientas que surge la ira, sugiero que vayas a un sitio tranquilo a solas, te aísles de los demás y te sientes en silencio. No hables. Respira profundamente y rastrea la causa de tu enojo”.

Continúa:

“Sé amo de la ira, no dejes que te domine. Oponte a ella y combátela en lugar de pelearte con los que te rodean. Destrúyela con la serenidad. Conquístala con opuestos pero nunca des lugar a la ira… Borra la ira abrumándola con tus otras cualidades innatas que parece que estuvieras resuelto a minimizar: saca a la luz tu verdadero amor, tu compasión y tu afecto en lugar de ocultarlos. Alentando estas cualidades y desarrollándolas a un nivel elevado, no encontrarás sitio en tu mente para la ira porque estará colmada de pensamientos amorosos”.

Más consejos:

“Como siempre, las prácticas devocionales y recurrir a la ayuda divina te darán la fe y la valentía necesarias para ser exitoso. El controlar la ira es otra gran sādhana (sádhana). El primer paso es controlar tus palabras. Detén las formas incorrectas de hablar. Cuando abras la boca, asegúrate de que de ella solo salgan palabras amables. Piensa cuidadosamente antes de responder a los demás”.

Swami Premananda

Para acabar, un punto interesante. Como quizás todos hemos experimentado, uno es capaz de enfadarse más (y de maltratar más) a un miembro de su propia familia antes que a un extraño. Esta extraña paradoja en que a mayor afecto (y confianza, claro) mayor enfado y palabras duras. El yogui Andrei Ram dijo una vez que para saber si una persona está iluminada de verdad, hay que preguntarle a su pareja. Todo lo demás es fachada.

Sobre este tema concluye Swami Premananda:

“Para las personas de familia aconsejo pensar en vuestros cónyuges e hijos como hijos de Dios… Espiritualmente la vida de familia es de gran importancia y significación. Es solo a través de vuestros seres queridos que realmente aprendéis a mostrar amor, compasión, afecto e interés. Es a través del sagrado sistema de familia que el hombre aprende y entiende los sentimientos de los demás. Los niños seguirán vuestro ejemplo. No os enojéis y les enseñéis vuestras malas cualidades. Mostradles vuestra bondad, amabilidad e inteligencia. Entonces ellos también pueden aprender estas cualidades útiles de vosotros”.

Mientras tanto, el delfín Micky sigue sin flotar. Ahora, durante el baño, jugamos a que le enseñamos a nadar y parece que progresa.

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  1. Una vez más, la solución al problema es dominar (o suprimir o….(?)) el deseo, los deseos, como una forma más de apego y supongo que de expresión del ego. Y me pregunto (admito que desde una forma de pensar plenamente occidental y no-espiritual, pero es la que me sale…) , ¿pero no todas las acciones, hasta las más sublimes están guiadas por deseos? Desde cuestiones altruistas y/o comunitarias, como los deseos y pasiones de las gestas independistas americanas (con los últimos feriados en Agentina, estuve escuchando muchas revisiones de nuestra historia) hasta sueños personales, como puede ser el dedicarse a escribir sobre la India y su espiritualidad en tu caso, Naren. En serio por más que lo intento, no logro concebirlo de otra manera, y tal vez sería un buen tema de futuros posts, el intentar dar alguna respuesta o buscar un camino hacia ella 🙂

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  2. Gracias especialmente también por este artículo porque en esta práctica andamos ahora aunque desde el punto de vista budista pero similar en muchos aspectos … cierto, preguntándose por el deseo, por el apego a esa idea, a ese “quiero” y tratando de ser consciente de cuánto apego, cuánto movimiento hacia adelante (apego) y hacia atrás (aversión), y de cómo empequeñecemos nuestras vidas, tan ricas en sí mismas con sólo mirarlas desde la serenidad. Gracias por ofrecer nuevas pistas y por mostrar que “no hay camino para la paz, la paz es el camino” (Mahatma Gandhi). Namasté Naren, gracias miles.

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