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Anécdotas de Calcuta

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Las dos últimas entregas de esta bitácora digital fueron bastante serias, versando sobre cuestiones litúrgicas, simbología, y reglas de comportamiento en cuanto a rituales milenarios. Antes de eso había hablado de la meditación, otro tema “serio”, se podría decir.

En todos los casos se trata de tópicos que me atraen, pero que también tienen un cierto estilo “pedagógico” en el que no me interesa mucho entrar, pues no pretendo enseñar nada, sino más bien compartir mis ideas y sensaciones, a la vez que poner en palabras las reflexiones que pasan por mi cabeza en cuanto a la espiritualidad y su práctica.

Consciente de que los lectores también necesitan un respiro, esta semana he decidido cambiar el foco de la información para dirigirlo a cuestiones más banales, de índole puramente personal. De esta forma, hurgando en el anecdotario de mis viajes a la India, encontré unos pocos detalles olvidados de mi visita a la ciudad de Calcuta, en el año 2003. Una visita que ya relaté en un antiguo post, y de la que ahora quiero rescatar estas pocas anécdotas inéditas, que aunque sean prescindibles y pequeñas, creo que pueden servir como ejemplos puntuales de la idiosincrasia india, y de mi dificultad para asimilarla.

Proxemia

El párrafo debería comenzar con una frase del tipo, “No sé si les conté alguna vez acerca de…”, lo cual es síntoma de que estoy repitiendo alguna historia, o al menos reciclándola. Puede que este sea el caso en cuanto a los criterios de socialización de los indios, tema que ya toqué en el pasado.

Supongo que ya conté que las reglas de comportamiento social que rigen en Occidente son muy diferentes de las de la India, como es natural de esperar. Dejando de lado las cuestiones de casta, educación formal, o religión, que nos pueden servir a nivel teórico pero que son algo abstractas para alguien que pisa por primera vez la India, una de las grandes comprobaciones empíricas que hace el visitante de esta tierra es que los indios son muy sociales.

Ya lo sé, algún (sino todos) profesor de los que tuve en la Universidad me dirá que todos los seres son sociales. Sin entrar en debates de claustro, lo que quiero decir es, básicamente, lo que todos entendemos: los indios gustan de estar en grupo, hablar, compartir espacios con otras personas, aunque éstas sean desconocidos.

Evidentemente, estas características pueden ser aplicables a muchas otras culturas o países. Puede que una de las diferencias que hay en la India es que al ser un país tan poblado, las personas no tienen otro remedio que aceptar tener siempre a un prójimo cerca físicamente. Esa podría ser la explicación de que siempre quepa un pasajero más en el autobús, de que los moto-rickshaws vayan cargados de seis personas, de que la fricción corporal no sea vista como un ultraje personal… Sin embargo, tengo la creencia de que esta actitud de “sociabilidad” no es debido a escasez de espacio físico sino a una idiosincrasia propia. Como prueba, si hiciera falta, podemos citar al Japón que siendo mucho más pequeño físicamente mantiene unas reglas proxémicas de menor cercanía entre los individuos.

Sin la intención de profundizar en argumentos antropo-sociológicos, mi punto es el discurso. Es decir, la forma en que los indios interaccionan a través del habla. En el caso de este análisis informal, la cobaya, a falta de una mejor, soy yo.

COBAYA

Bengalíes

Hace relativamente poco leí en un libro sobre la ciudad de Calcuta, capital del estado de Bengala Occidental, que los bengalíes son más adeptos que cualquier otra raza de la India a hablar, a debatir oralmente, a reunirse para discutir sobre las grandes cuestiones de la vida. Al parecer, históricamente, esto se debe a que Calcuta fue durante años la gran capital cultural de la India, además de su capital gubernamental hasta 1911, en que los ingleses las trasladaron a New Delhi (que hasta entonces era Delhi a secas)

De hecho, la Corona británica decidió el cambio de capital por el carácter revolucionario de los bengalíes, siempre en la vanguardia del pensamiento artístico, cultural, científico y también espiritual de la India.

Los ejemplos más famosos de este linaje quizás sean Rabindranath Tagore, el primer (y durante muchos años el único) escritor asiático en ganar el Nobel de Literatura, y también el Swami Vivekananda, un santo que deslumbró al mundo occidental con su clara explicación de la filosofía Vedanta, la esencia del Hinduismo.

Rabindranath Tagore

A este respecto, mi experiencia personal es que los indios, de cualquier parte, tienden a socializar, bien con el habla si su inglés se los permite, o bien con gestos, miradas, sonrisas. Es decir, los indios son buscadores de conversación, sobre todo si uno es un turista, occidental, un “hombre blanco”, con la gracia que me hace esa definición cuando yo considero mi piel bastante morena. Una vez más, todo es relativo.

Lo que no es tan relativo es esa afición de los indios por buscar conversación, con el consiguiente efecto de que uno termina repitiendo la historia de su vida a una infinidad de desconocidos. Es probable que si estas conversaciones se dan en el fragor callejero de un taxi, en la protocolar recepción de un hotel, en la amable tienda de souvenirs, pues sólo se limiten a frases hechas, a preguntas de rigor como Which country are you from? o What’s your name?

Sin embargo, si uno de estos esbozos conversatorios se da en el populoso camarote de un tren, por lo general con varias horas de viaje por delante (No sé si les conté alguna vez que la India es muy extensa…), entonces es impepinable entablarse en uno de esos interrogatorios (al menos es la dinámica inicial) en los que hemos de responder a interpelaciones que, para nosotros occidentales, serán indiscretas, íntimas, privadas, entrometidas – elija Usted mismo el adjetivo pertinente – cuando no un absoluto tabú.

Por ejemplo:

Pregunta – “¿Está casado?”

Respuesta – “No”

P – “¿Cuántos años tiene?”

R – “25”

P – “Pues no deje pasar los 27, es la mejor edad para tener hijos”.

Otro ejemplo:

Pregunta – “¿Qué hace en la India?”

Respuesta – “Estoy viajando”.

P – “Entonces, su padre debe ser un hombre rico”

R – “No… Tiene un restaurante”

P – “Aah, es un hombre negocios”.

Pues bien, después de recopilar charlas, preguntas y respuestas a lo largo y ancho de la India, vengo a leer que los bengalíes, una raza de artistas e intelectuales tendiente a la reflexión, son amantes de la conversación profunda. Y entonces me acuerdo de la charla de aquella tarde, a fines de octubre 2003, en que me senté en los Eden Gardens, unos jardines justo al lado del homónimo estadio de cricket.

Aim

En realidad yo buscaba la entrada al estadio, pero al no encontrarla terminé sentado bajo un árbol en ese parque bastante arreglado, con lagos artificiales y con personas pescando en ellos. Entonces unos bengalíes me llamaron, querían hablar conmigo, y yo fui de mala gana, pues sabía lo que se avecinaba, es decir las mismas preguntas de siempre. Sin embargo, la conversación no fue ni tan monótona ni tan aburrida; un poco porque puse voluntad inicial y otro poco porque los temas tocados fueron diversos.

Viendo que se armaba el coloquio, se acercaron otras personas, así que ahora tenía a dos jóvenes y a dos ancianos como contertulios, y quizás eso dio variedad a la agenda temática. Hablamos de fútbol y de cricket, por supuesto, también hablamos de música, y me sorprendí de que les gustara Ricky Martin. Aún era ingenuo para darme cuenta que la atracción de los indios por lo occidental generalmente se limita a estereotipos norteamericanos de consumo (McDonald’s, gorras NYC, U$D), o a productos culturales que directamente rayan el mal gusto, como sería el caso de Ricky, con perdón.

En aquella época yo creía saber inglés, y es verdad que para sobrevivir en la India alcanza con poco, lingüísticamente hablando (y monetariamente también, claro) Los integrantes de aquel corro espontáneo coincidieron en que mi inglés era “simple y claro”, que “cualquiera podía entenderme”. Es obvio que si uno quiere (y se quiere) puede tomar esta definición como un cumplido, aunque también es obvio que se trataba de un forma de decir “básico”.

El problema de esta carencia idiomática surgió cuando uno de los muchachos jóvenes me hizo la pregunta más profunda que me hayan hecho jamás en cualquiera de estas conversaciones improvisadas en tierras indias. Una pregunta que no pude entender.

Se trataba de ¿What is your aim in life? y yo no sabía el significado de la palabra “aim”. Después de explicaciones y paráfrasis por parte de mis compañeros de diálogo logré entender que el término hacía referencia a algo así como “propósito” u “objetivo”, y por ende, una vez dejado atrás el obstáculo semántico, se cernía ante mí un obstáculo peor, de cariz existencial: responder de forma concienzuda a la pregunta “¿Cuál es el objetivo de tu vida?”.

Si ya es difícil responderse esto a uno mismo, imaginen enfrente de un jurado formado por cuatro desconocidos.

No voy a detallar el contenido de mi respuesta, que siente años más tarde es probablemente diferente. Lo que quiero destacar es hasta qué nivel, de lo que nosotros consideramos profundidad o intimidad, pueden llegar las preguntas de los indios. Pero bueno, este ejemplo apoteótico quizás sólo sea posible en Bengala, tierra de artistas e intelectuales amantes de la reflexión.

Coima

Si bien es verdad que al inicio anticipé que contaría anécdotas banales, de alguna manera me las ingenio para extender la narración, a veces en demasía. A no desesperar, aquí está la segunda anécdota calcutense.

Como dije más arriba, yo estaba en esa zona de la ciudad en busca del Eden Gardens, el estadio de cricket más grande la India. Mi interés no radicaba en el deporte en sí mismo, un deporte del que ya he hablado pestes en un post de este año, sino en ver personalmente esta gran construcción. De hecho, para verlo en su debida forma mi intención inicial era entrar al estadio, aunque yo estaba conciente de que no había partido ese día, y por lo tanto se encontraba cerrado al público.

En estos tiempos, para cualquier viajero que se precie, es norma llevar una guía de viajes, preferiblemente una guía muy gorda y pesada, estilo ladrillo de barro bien cocido, a la que se consulta sin falta ante cada nueva acción a emprender, cual Oráculo de Delfos para los regentes de la antigua Grecia. Yo, que como viajero siempre tuve muchas fantasías y poca preparación, no suelo recurrir a las guías, e insisto, no tanto por una búsqueda de diferenciación con los demás (que ya me gustaría) sino por una incapacidad de previsión que, sin extenderse a mi vida diaria, creo únicamente se limita a las guías de viaje.

Pues bien, en el pasado, esta falta de preparación fue suplida en varios viajes por mi amigo Ezequiel, que me pasaba sus itinerarios ya realizados y de los que yo me aprovechaba. Justamente en el año 2003, Ezequiel me regaló una guía de viajes de la India que me fue muy útil, sobre todo porque no era pesada.

Ahora todos conocemos la Lonely Planet como paradigma de guía, pero como una nueva digresión, permítanme recomendar las de Footprint Travel Guides. Es verdad que no se ven mucho, pero todavía existen (al menos tienen sitio web), y una de sus características era que estaban hechas con papel biblia, de manera que mucha información entraba en menos tamaño y menos peso.

Después de esta pausa comercial vuelvo al hilo: por lo general estas guías que todos tenemos (utilizaré el plural de cortesía) siempre nos revelan algunos “tips” (consejos prácticos), debidamente presentados con el aura de ser cuasi-secretos. De esta forma, nos dicen que en una callejuela apartada se encuentra el mejor lassi de Calcuta, o que en un rincón escondido de la estación de trenes hay una taquilla en donde nunca hay cola…

Como es previsible, teniendo dichas guías tanto éxito, o sea lectores, estos consejos prácticos dejan de ser el privilegio de unos pocos para convertirse en vox populi, perdiendo así, muchas veces, su carácter especial (Un ejemplo real de esto fue publicado en el post sobre Varkala, en Kerala)

La cuestión es que en la guía Footprint que yo tenía entonces, se decía, a manera de tip, que para entrar al estadio de cricket Eden Gardens bastaba ir hasta la Puerta 14, y ofrecerle unas rupias al guardia de seguridad.

Puede que haya sido la avalancha de viajeros que ya habían leído el consejo, puede también que haya sido mi falta de “viveza criolla”, o puede ser que el personal de seguridad hubiera cambiado desde la edición de la guía, lo cierto es que el guardia se negó rotundamente a dejarme pasar, casi enfadado, exhortándome a que me retire, palo en mano.

Fue así que empecé a descreer del cricket, de las guías viajeras y de las coimas.

Eden gardens

Brújula

Estando en la ciudad de Calcuta (esta es la tercera y última anécdota) se me ocurrió que debía ver un tigre de Bengala y entonces decidí, en la opción menos aventurera, ir hasta el zoológico de la ciudad. Lo que debía ser un simple trayecto urbano se convirtió en un tortuoso laberinto, debido, en parte, a mi falta de un mapa acorde (esto ya lo hemos hablado), y sobre todo a la falta de orientación geográfica de los indios. O al menos, lo que yo juzgo su incapacidad para dar indicaciones espaciales adecuadas, sobre todo en lo referente a las calles.

A este respecto, entre quienes han viajado a la India, hay cierto consenso en que el problema radica en la incapacidad del indio en decir “No”. Es decir, si uno va a una tienda y pide un artículo específico, que no está en stock, el comerciante nunca dirá que no lo tiene y nos dará un artículo relativamente similar. De la misma forma, si a un indio se le pregunta una dirección, él siempre apuntará el dedo hacia algún punto cardinal, incluso cuando no sepa cuál. No sé si esta actitud se debe a un deseo de entablar conversación a toda costa, a una intención de no defraudar al interlocutor con un “no lo sé”, o a un proceso de auto-engaño que hace que él mismo se crea la respuesta. Lo cierto es que, por regla general, nunca hay que fiarse de una única indicación y, como enseñan en la escuela de periodismo, siempre es necesario chequear las fuentes, varias veces si es posible.

El problema puede venir cuando, encontrándonos en una bifurcación, hacemos la consulta y la respuesta no admite medias tintas. La verificación, en todo caso, llegará cuando ya hayamos elegido una opción, con el riesgo de tener que hacer marcha atrás.

En el caso de mi búsqueda del zoológico, este problemilla se acrecentó por el hecho de que la zona en cuestión no era totalmente urbana, con muchos espacios verdes y grandes distancias que cubrir, por lo que una calle mal tomada implicaba una larga caminata. Además, había pocos transeúntes, haciendo así difícil la verificación de las fuentes.

Llegué en metro hasta donde pude (No sé si les conté alguna vez que el metro de Calcuta es buenísimo…), luego recuerdo haber pasado junto a un campo de polo y un hipódromo, lo que da una idea del tipo de zona espaciosa en que me estaba moviendo. Aquí he de decir que mi falta de guías y mapas es balanceada por mi buena capacidad de orientación, por lo que, a pesar de todo, no iba mal encaminado.

No es bueno guardar rencor, pero algún indio de los que me crucé me dio una indicación totalmente contraria y allí comenzó el desbarajuste geográfico. Aunque también hubo otro motivo, nuevamente idiomático.

Brújula

Zoo

Ante cada nuevo transeúnte, yo preguntaba por el “Zoo”, la palabra inglesa para “zoológico”. Debido a mi fuerte acento hispano, yo comencé preguntando por el “su”, lo cual no es fonéticamente correcto. Esta mala pronunciación de mi parte se convirtió en la principal obstrucción para llegar a destino, pues los indios no sabían de qué les estaba hablando. Y por ende, con razón dirán algunos, ¡me enviaban para cualquier parte!

Gradualmente, es decir después de caminar muchas calles sin norte, me di cuenta de mi error y modifiqué mi pronunciación hacia “zu”, lo cual es muy cercano al sonido original. Sin embargo, cada uno de mis interrogados callejeros seguía sin entender, teniendo entonces que recurrir a la humillación del turista, es decir a mostrar la palabra escrita en la guía. De todos modos, aún así, ¡los indios me seguían enviando en la dirección errada!

Finalmente, en una encrucijada me topé con un policía de tránsito y recurrí a él esperanzado. Después de hacer la pregunta de rigor, emitiendo lo mejor posible el sonido “zu”, fue de su boca que oí la correcta pronunciación, o mejor dicho, la pronunciación bengalí de la palabra “zoo”. Cuando, al fin, el policía logró entender lo que yo quería decir, exclamó “Aah, the ju”, dejándome perplejo y furioso.

Ahora resultaba que, además de enviarme en dirección contraria sin razón, la pronunciación india era más lamentable que mi dialecto anglo-hispánico, y sin embargo yo quedaba como el que hablaba mal. Al menos, todo hay que decirlo, el policía sí me indicó el camino justo.

tigre de bengala

Todavía masticando algo de fastidio por los obstáculos encontrados, me dirigí al zoológico, donde pude ver al famoso tigre de Bengala, incluyendo el tigre blanco.

Luego, reflexionando sobre lo sucedido, aprendí dos lecciones para el resto de mis viajes a la India: Uno, la de verificar las fuentes y Dos, la de flexibilizar la mente en cuanto al idioma inglés, pues difícilmente escucharía la pronunciación esperada de boca de un indio. De hecho es mi oído el que se ha tenido que acostumbrar.

Pues ya lo dice la enseñanza espiritual: “No esperes que el mundo cambie, cámbiate a ti mismo”.

Imágenes:

blogs.rtve.es

writespirit.net

blogs.que.es

telegraph.co.uk

commons.wikimedia.org

redescolar.ilce.edu.mx

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