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Calcuta, ¿Un monstruo?

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Mi llegada a Calcuta era un gran interrogante, pues había escuchado muchas historias sobre esa famosa ciudad y no sabía realmente con qué me encontraría. Siempre se había dicho que era un lugar caótico, sucio, pobre y muy grande, y todo eso me tenía en vilo.

Capital cultural

Como aglomeración urbana, Calcuta es la tercera ciudad del país. Fue la capital de la India hasta el año 1911, momento en que la corona inglesa, por entonces administrador colonial, decidió mover la capital a New Delhi, ya que la ubicación geográfica de Calcuta no era cómoda para las cuestiones administrativas, pues se ubica en el extremo este del país, en contrapartida a la mayor centralidad de Delhi.

Además, por ese entonces New Delhi no era todavía una megalópolis y era más fácil construir desde cero toda una parte nueva de la ciudad (dentro de Nueva Delhi hay también una Vieja Delhi, que ya existía).

A pesar de este cambio, Calcuta siempre ha sido el principal núcleo cultural de la nación. Grandes movimientos literarios, artísticos, políticos, religiosos y espirituales han nacido en esta ciudad; fue el carácter rebelde de sus ciudadanos, justamente, otra de las razones que impulsó a la corona británica a mover su cuartel general a una zona más dominable del país.

La India de por sí es un recipiente de muchas culturas y religiones diferentes que conviven en un estado de armonía bastante alto. Siempre ha sido así, aunque es verdad que hubo momentos de grave tensión en la época de transición colonial.

Cuando la India sufrió la partición post-colonial (1947) fue dividida en dos países debido a las exigencias de la minoría musulmana de contar con un estado propio, por temor a ser sometidos por la mayoría hindú.

Debido a la dispersión de los ciudadanos musulmanes a todo lo largo y ancho de la India, en aquel entonces fue muy difícil determinar una región específica para el estado musulmán. Las dos zonas con mayoría musulmana fueron determinadas en el noroeste y en el noreste del país.

Fue así que se cometió la insensatez de dividir este recién nacido estado en dos: Pakistán Occidental y Pakistán Oriental. El primero todavía existe y es el que hoy conocemos como Pakistán a secas; sin embargo, el segundo se independizó en 1971 con la no imparcial ayuda de la India y se convirtió en Bangla Desh.

Los problemas de violencia y terrorismo que hace años enfrentan a la India con Pakistán tienen sus orígenes más recientes en esta ridícula división a la que Mahatma Gandhi tan fuertemente se opuso.

La India siempre supo vivir en armonía, como un gran ejemplo de tolerancia, a pesar de la miríada de religiones, culturas, castas y razas que la pueblan.

Desde la antigüedad, la India nunca ha intentado conquistar otros pueblos y otros territorios; la riqueza de la India reside más en su sabiduría espiritualidad que en sus extensos territorios. Se dice que esta falta de afán por someter otros pueblos es el secreto para que una cultura de miles de años se siga manteniendo siempre renovada.

Paradójicamente, un país que nunca ha buscado expandirse territorialmente sufre una escisión que nace de su propio interior, una escisión que le cambia la cara y le causa secuelas de rencor.

La ávida manía del hombre (tanto inglés como indio) por delimitar con una línea la tierra, ha puesto en la convivencia ancestral de la India una mancha que no es tan fácil de quitar.

Contraste

Debido a su posición geográfica (que prácticamente limita con la nueva Bangla Desh) y a su profusa historia, en Calcuta se pueden encontrar, igual que en el resto de la India pero de manera acentuada, signos de diferentes idiosincrasias y religiones, junto a remembranzas de la colonia, especialmente arquitectónicas.

Muchos de los edificios públicos y gubernamentales son de estilo victoriano, mientras que algunos de los mayores iconos de la ciudad fueron construidos por los ingleses, como por ejemplo el Victoria Memorial, que fue hecho evidentemente en honor a la reina Victoria de Gran bretaña, también portadora del título de Emperatriz de la India por aquel entonces.

Lógicamente, se produce un extraño contraste entre la forma de vida autóctona y estos edificios señoriales propios de la Inglaterra decimonónica.

Este contraste que es bien claro en las metrópolis es inexistente en las zonas rurales, y por ello pasearse

por algunas zonas de Calcuta con toque europeo tiene para mí un dejo de artificialidad; como si hubiera elementos que no combinan entre sí y que no pertenecen a este lugar.

Por ejemplo: Sobre la acera de un gran banco que tiene sus oficinas en un edifico victoriano hay un hombre con la cara llena de espuma de afeitar; se trata de un habitual cliente en el precario puesto de un barbero callejero, formado de una silla y un espejo.

Por un lado da gusto imaginarse lo contrastante que debe haber marcado la convivencia entre aquellos protocolares ingleses enviados por la corona y este pueblo indio tan alejado de las formalidades occidentales. A primera vista no es fácil pensar en dos formas de vida más opuestas.

Por otro lado, no hay que descuidar que el carácter actual de la India también ha sido forjado por el hecho de haber sido una colonia inglesa; más allá de que la tradición y la sabiduría de la India sean muy anteriores a la colonia y se mantengan firmemente hasta el presente.

Impresiones

En cuanto a la higiene, a mi entender Calcuta no es más sucia que otras ciudades de la India. De hecho en algunas áreas de la ciudad pude ver camiones oficiales encargados de llevarse la basura, que era recogida a pala por los empleados. Este hecho no es normal en la India.

Es probable que esto fuera hecho sobre todo en las zonas más turísticas, que a la sazón son las más vistas por el ojo extranjero.

Respecto a lo que se podría llamar “caos callejero”, tampoco me pareció más terrible que en otras ciudades de la India, lo cual no quiere decir que sea todo armonía; de hecho es verdad que el tráfico es bastante complicado en ciertas zonas, incluyendo a los peatones como yo, que en algunas esquinas sin semáforos tenía que, o bien, esperar diez minutos, o bien lanzarme al cruce con estilo temerario, por no decir kamikaze.

En cuanto los medios de transporte, los autobuses resultaron ser muy incómodos, con asientos que eran más bien como bancos de madera, para nada ergonómicos claro.

Por otro lado, en su favor la ciudad posee un subterráneo que es muy limpio y puntual. Además, Calcuta es la única ciudad india con tranvía.

Por supuesto, la pobreza se puede ver fácilmente en las calles, sobre todo en las zonas no tan turísticas.

Al hacer una travesía en autobús hacia los suburbios de la ciudad (para visitar un templo del que hablaré en el próximo post) tuve la chance de ver esa parte de la urbe que no sale en la guías de viajeros. Allí creo que pude atisbar algo de la forma en que se vive en las zonas más “reales” y pobres de Calcuta.

Desde la ventanilla del autobús vi como los varones se bañan en la calle, cubriéndose apenas con una tela, y aprovechando el agua que sale de los grifos en cada esquina. Nada improvisado por cierto, ya que cada uno se lleva, por ejemplo, su propio jabón en la mano.

Como ya dije en la edición anterior, en la India tener un aseo en la propia casa no es normal como en Occidente. Es por eso que se utilizan estas soluciones colectivas y públicas.

En el camino hacia la periferia vi como las calles dejaban de ser de asfalto y se hacían de tierra; también vi sórdidas y extensas zonas de chabolas hechas de madera, tela y chapas, todas a la vera del camino o junto al río.

Además, presencié mercados autóctonos, no hechos para el turista sino para el habitante indio, donde las apariencias no son tan cuidadas.

De hecho, en otra excursión, esta vez a pie, me interné, sin saberlo, en un mercado musulmán de carnes y peces. Recordemos que si bien los musulmanes son minoría en la India, en Calcuta tienen una gran comunidad debido a, entre otras cosas, las circunstancias que antes he descrito.

Asimismo, los musulmanes no practican el vegetarianismo como si lo hacen muchos hindúes y para ellos las vacas no son sagradas. Por ende, ser carnívoro es normal entre los adeptos al Islam.

El mercado en cuestión estaba atestado por una multitud, y entre los empujones de los compradores, la vestimenta típica de los vendedores, los guturales gritos con las ofertas y las cabezas de cerdo sobre los puestos, me sentí abrumado, como transportado a un mundo de antaño del que no sabía si podría salir.

Cuando todo pasó me sentí satisfecho de haber estado dentro de un verdadero lugar típico, aunque debo admitir que no siempre estuve cómodo mientras duró la recorrida por el mercado. Con el tiempo y los viajes me fui habituando un poco más a estos contextos, aunque en aquella época se trataba de mis primeras experiencias “exóticas”


En realidad, por motivos prácticos, en aquel entonces yo me alojé en el barrio donde generalmente van todos los viajeros; por ende, para ver la parte no-turística tuve que moverme un poco.

Turistas

En Calcuta confirmé una sospecha que me había empezado a surgir desde mi llegada al país: a la India vienen muchos viajeros cuyo propósito no es para nada espiritual.

Puede sonar como un descubrimiento obvio, pero como, desde siempre, la India ha sido para mí sinónimo de espiritualidad, no entraba en mi cabeza la posibilidad de un viaje meramente turístico.

En un principio, lo que me chocó es que para muchos viajeros la India fuera simplemente un destino exótico más (lo mismo daría Tailandia, Indonesia, Namibia…). Y no porque la India sea mejor que los otros países, sino porque para mí venir a la India tenía una razón muy particular que estaba más allá de los paisajes bonitos, las excéntricas costumbres locales o lo barato del coste de vida.

Hay una hecho evidente: yo también era un turista, y se podría decir que como todo turista que se precie sentía repulsión por los demás turistas. Aunque en mi descargo quiero decir que mi problema no era el típico “odio a los turistas”, sino una cuestión más profunda, basada en mi propia idea de lo que debe ser un viaje a la India.

De esta visita a Calcuta puedo afirmar sin dudas que para mí lo peor fue residir por unos días en esa zona turística, ya que allí la atmósfera que se respira no es lo que yo definiría como pura. Los viajeros intentan sacar provecho de los indios menos desarrollados económicamente, los indios tratan de sacar provecho de los occidentales con dinero, y así se convierte en un círculo sin fin, lleno de prejuicios y de tensiones basadas solamente en lo material.

Por otro lado, me puso de muy mal humor que constantemente me estuvieran ofreciendo “hachís” o marihuana en la calle, pues yo estaba allí por una razón más bien espiritual, en la que no entraba la intención de fumar nada.

Una vez más, muchos turistas estaban encantados en consumir estas drogas, como así también alcohol. Más allá de si fumar o beber está bien o mal, lo que a mí me afectaba era la desvirtuación que, según mi punto de vista, hacían estas prácticas de la verdadera tradición y cultura de la India.

Más de una vez me repetí, “Lo importante es lo que hace uno, no lo que hacen los demás”. Al pasar por estas sensaciones, otra sospecha empezó a materializarse en mi cabeza: Justamente por ser la India una tierra espiritual, es que las peores cualidades de uno salen a la luz.

Porqué que sentido tendría seguir un camino espiritual si uno no está dispuesto a cambiar o mejorar sus puntos débiles.

Antes de llegar, había oído muchas cosas alarmantes sobre la ciudad de Calcuta, pero a fin de cuentas lo que más me preocupaba correspondía a mí mismo, es decir las cualidades negativas que veía emerger.

Por suerte, para cambiar mi estado mental y alimentar mi lado espiritual también había sitios santos para visitar, de los cuales hablaré la próxima semana.

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