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Los principios por el acantilado

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Desde Kanyakumari, locación de la crónica de la semana pasada, hasta el pueblo de Varkala hay solamente tres horas en tren. Si bien es necesario pasar de un estado a otro (es decir, de Tamil Nadu hacia Kerala), la distancia es ínfima para los estándares indios.

A pesar de la cercanía geográfica, el paisaje ya empieza a sufrir modificaciones, y no bien entrar a Kerala uno se ve (aún más) circundado por palmeras y humedad, dejando atrás cualquier vestigio de la aridez de Tamil Nadu, echando de menos, incluso, el abrasador calor de aquellas tierras.

Sin embargo, la belleza del paisaje ameritaba una visita a Kerala, una visita que fue decidida después de sopesar una profunda cuestión ideológica de mi parte.

Principios

En varios posts del pasado, los cuales no voy a citar aquí para evitar abrumar al lector, expresé mi opinión en contra de visitar la India como una tierra meramente turística. Mi argumento era que siendo para mí una tierra esencialmente espiritual, el hecho de visitarla con nulos intereses espirituales me parecía un desperdicio, e incluso un error.

Por otra parte, es verdad que muchas personas llegaron alguna vez a la India sin una inclinación espiritual, y sin embargo fueron atraídas por el aura mística de este país, que de alguna manera afectó sus vidas. Por ello, no parece correcto condenar la visita a la India con simples fines turísticos.

De hecho, y quitando toda radicalidad de mi parte, se podría decir que si una persona visita la India como turista y además no es para nada atraída ni afectada por la espiritualidad de dicha tierra, yo no tendría derecho a reprocharle nada. A pesar de esta lógica afirmación, debo admitir que a mí me cuesta ser flexible e ir más allá de mi idea original de la India como tierra exclusivamente espiritual.

Es debido a esta declaración de principios, asentada para mí mismo hace ya algunos años, que cualquier viaje por la India que sea con fines meramente turísticos, me parece un sacrilegio. Siguiendo esta línea de pensamiento, en más de una ocasión yo me auto-impuse la regla de no visitar lugares que no supusieran algún tipo de referencia espiritual.

A mi favor, quiero decir que esta decisión también fue tomada en base a antecedentes, ya que cada vez que visité lugares meramente turísticos en la India, nunca me sentí satisfecho.

Con todo esto en mente, y dejando mis principios de lado, tomé la decisión de viajar a Kerala sin un fin estrictamente espiritual, sino para disfrutar de su naturaleza y, Dios me perdone, de sus playas.

Playa

Históricamente (me refiero desde los años 60’ y 70’), hay tres zonas de la India que destacan por sus playas: Pondicherry, antigua colonia francesa, sobre la Bahía de Bengala, en el sudeste; Goa, antigua colonia portuguesa, sobre el Mar Arábigo, en el sudoeste; y Kerala, también sobre el Mar Arábigo, un poco más al sur.

A este respecto, en algún post del pasado dije que, desde mi punto de vista, la India no era el lugar indicado para ir a disfrutar de las playas, ya que no es un hábito instalado en la cultura india, y mucho menos con el desparpajo occidental. En una tierra donde la idiosincrasia del pudor tiene tanto arraigamiento, la cultura del “destape” occidental crea un gran choque.

No tengo interés en poner en la balanza estos dos conceptos y decidir cuál es el correcto; lo que quiero destacar es el choque que produce, por ejemplo, ver mujeres en bikini, en una tierra donde las mujeres usan sari, cubriéndolas por entero, hasta para barrer la casa. Evidentemente, el choque es mayor para los indios que para los occidentales.

Por esta razón, la totalidad de turistas en puestos de playa son occidentales. Los indios que se ven, en cambio, son los que viven del turismo, y también, aquellos que se acercan a entrever, hipnotizados, esos cuerpos “semi-desnudos” a plena luz del día.

Varkala

El pueblo de Varkala se encuentra en el sudoeste de la India, a orillas del Mar Arábigo. A pesar de su apariencia pequeña, tiene, para mi sorpresa, unos cincuenta mil habitantes. Esto se debe, probablemente, a que los habitantes están muy dispersos, ya que la zona central se encuentra a unos cuatro kilómetros de la zona de playas, y esto hace que la zona urbanizada sea muy extensa, aunque nunca hacinada.

Hasta hace algunos años, el monopolio de los turistas de playa en Kerala lo tenía la famosa Kovalam Beach. Desde que las guías de viajes, estilo Lonely Planet, empezaron a publicar consejos como “si quiere un lugar con menos gente y más barato que Kovalam Beach, entonces vaya a Varkala”, el monopolio se ha debilitado.

Lo que las guías proponían como un consejo alternativo, se convirtió, inevitablemente, en una especie de moda. ¿Quién no cambiaría un lugar bueno, por otro con las mismas ventajas, pero más barato y menos aglomerado?

En realidad, no sé con certeza como era Varkala hace diez años, pero ahora se nota que muchos han leído las últimas ediciones de la Lonely Planet (incluyéndome).

A sabiendas de este potencial panorama, nos aventuramos a visitar esta zona, un poco basados en consejos de amigos, y también para darle una nueva chance al aspecto puramente “turístico” de la India. Obviamente, no es que yo le hiciera un favor a nadie por ir a la playa; era más bien una oportunidad que me daba a mí mismo de disfrutar de otra cara de la India.

Palmeras

Ni bien llegados a la estación de tren nos tomamos un auto-rickshaw hacia la playa, y dejamos que el chofer nos descargara en el primer hostal que él quiso. Nuestras pretensiones básicas se cumplieron: el mar estaba a cien metros del hostal, la habitación era limpia y el precio módico.

Cuando caminamos los cien metros que nos separaban del mar descubrimos algo diferente a lo que nos imaginábamos, para mal y para bien:

Por un lado, en ese trayecto encontramos que había muchas otras construcciones, y que nuestra ubicación hostelera, a pesar de ser buena, no era la mejor, ya que podríamos haber estado a cincuenta, treinta o veinte metros del mar, con un balcón que nos proveyera una vista sin obstáculos al atardecer indio (aunque el precio seguramente hubiera sido menos módico).

Por otro lado, al cumplir los cien metros, el paisaje que había era más hermoso del esperado. El mar no está siempre al alcance de la mano, sino que hay una serie de acantilados, de mayor o menor altura, y un sendero que, en muchos casos al filo del abismo, recorre toda la costa, con las olas rompiendo contra las rocas y las ubicuas palmeras de fondo.

A lo lejos, uno puede seguir con la vista el recorrido del sendero, que va emulando las caprichosas sinuosidades de la colina, y se va difuminando junto al, una vez más, infinito palmar que tapiza toda la costa de Kerala.

Resorts

Como corresponde a la dualidad de este mundo, si uno gira la vista hacia el interior, descubre que el bello sendero también viene acompañado de permanentes ofertas comerciales.

Para empezar hay varios de los llamados “resorts” y “spas”, que son algo más que un hotel y, en algunos casos parecen salidos de una película. Además de su ubicación privilegiada, ofrecen servicios extras de masaje ayurvédico, rejuvenecimiento y guardias de seguridad en la entrada.

De todos modos, hay alojamiento para todos los gustos: construcciones en bloque, como complejos; especies de chozas (con estilo) individuales para los solitarios; hoteles con entradas públicas, hospitalarias, y aquellos con entradas privadas y guardias; albergues escondidos, y jardines de té, sacados de una media tarde inglesa.

Asimismo, hay muchas tiendas de artesanías y artículos típicos de la India, como ropa, bolsos, bisutería, estatuas, y todo lo necesario para que el turista vuelva contento a casa y quede bien con la familia.

Además, hay mini-supermercados para que al turista no le falte nada, aunque la mayoría de productos disponibles son artículos importados que se acercan más al capricho que a la necesidad real, del estilo galletas, chocolates, helados, refrescos. Aunque también hay productos de higiene y alimentación básicos.

A su vez, también hay una amplia variedad de oferta gastronómica, con restaurantes y bares que apelan a lo que se supone es el gusto occidental. Por ende, los menús ofrecidos no se limitan para nada al vernáculo arroz con curry, sino que el espectro se amplía y va desde la inofensiva comida continental, pasando por platos italianos, hasta llegar a especialidades mexicanas… Como todos sabemos, los efectos de la globalización son todo-penetrantes; aunque a mí me sigue costando entender que alguien vaya a la India para comerse unas fajitas o unos tortellini.

De hecho, una de las cosas que más me sorprendió fue ver grandes carteles promocionando “Panadería Alemana”, como gancho para que los turistas desayunaran sus infaltables croissants y strudels de manzana.

Dichos restaurantes, para hacernos sentir más en casa tienen una estética más bien occidental, y sus nombres intentan sernos familiares. De esta forma, uno encuentra “Caffé Italiano”, “Rock’n’Roll”, “Abba”, y hasta un “Café del Mar”.

El servicio en estos locales es contrastante con la generalidad de los restaurantes indios originales, en donde la atención es muy veloz, el personal es excesivo y los precios son bajos. Sin tener precios altos para la normalidad occidental, la intención es que uno se sienta como en casa, aunque esté de vacaciones. Un dudoso mérito, según mi opinión.

Casa

Hablando de sentirse como en casa, los turistas viven su estadía en Varkala como si fuera cualquier otro puesto de playa del mundo, lo cual es lo que a mí me ponía un poco los pelos de punta.

Es normal que las personas quieran disfrutar de las ventajas de un lugar ajeno, pero generalmente manteniendo los hábitos que ya tiene arraigados; de esta forma, los turistas alemanes están encantados con las cálidas playas y los palmares, de los que carecen en su país natal, pero no quieren resignar su Banana cake o su Cinnamon roll.

Haciendo un pequeño paréntesis, este mismo criterio es el que tenemos los inmigrantes en general, que al dejar el propio país en busca de fortuna, experiencias o amor, quisiéramos tener en la nueva ubicación las mismas condiciones culturales que dejamos atrás. Es por esta tendencia, que todos los argentinos en España estamos contentos de ganar en euros, pero a su vez el dulce de leche y la yerba mate se consiguen en cualquier supermercado.

Analizando ejemplos más profundos, se puede ver como la formación de comunidades de cierta nacionalidad en un país extranjero sigue estas premisas, de manera que cada comunidad rescata su gastronomía, su idioma, sus ritos (su “cultura”, dirán los sociólogos) y los hace prevalecer ante la cultura del país anfitrión. Casi como si esos inmigrantes desearan mantener todas las condiciones tal cual eran en casa, pero con los beneficios del nuevo país, que son generalmente de índole económica.

De una forma similar, aunque por sólo dos semanas y con más flexibilidad, los turistas buscan el disfrute de exóticos paisajes, bajos precios y servicios preferenciales, pero sin perder los hábitos y las comodidades del salón de su propia casa.

En las costas de Varkala visitamos un par de playas, una muy amplia, otra más reservada; una rodeada de un alto acantilado, la segunda al alcance de una improvisada escalera de pocas piedras. En ambos casos, la totalidad de los bañistas era occidentales, y por lo tanto utilizaban trajes de baño típicos de la parte oeste del mundo.

Habiendo aceptado mi presencia en Varkala, correspondía también que me metiera al mar. Yo utilicé un bañador normal, es decir tipo short, y Nuria su bañador entero, típico de natación. Todo el cuidado de una imagen cultivada por años en las costas de Cataluña, con el uso de bikini y zunga, se iban por la borda en el intento de no querer ser “impúdicos” en la India.

De todos modos, nosotros parecíamos ser las únicas dos personas en preocuparnos por el tema. El resto no parecía tener pruritos, y en más de una ocasión me sorprendí al ver algún rubio pelilargo pasar, ya lejos del agua, en slip de baño por el sendero del acantilado, junto a la mujer india que ataviada en su sari le ofrecía imperturbable anillos de plata y pashminas 100% de seda.

En el segundo país del mundo en producciones cinematográficas, pero en las cuales no hay nunca un beso en la boca, ver pasearse un hombre en slip me parecía anti-natural. Pero quizás era sólo mi problema.

Favor

A pesar de tantas críticas, que admito son más bien dirigidas a los turistas que al lugar, tengo que decir que Varkala no tiene sólo puntos negativos. Su paisaje es muy hermoso, y al parecer es el único sitio del sur de Kerala en que los acantilados están ubicados junto al mar. El paseo por dichos acantilados, sobre todo si uno se abstrae de la oferta comercial, es muy bonito. Además, en esa zona el Mar Arábigo es sumamente cálido (ignoro si en todas partes es así) y trae bastantes olas, ideales para jugar y, según la destreza, también promotoras de inesperados revolcones entre la espuma y la arena.

A su vez, el ambiente de Varkala, a pesar de su exacerbada aura turística, es tranquilo, y además no tiene en demasía el carácter que alguna vez definí como “shanti” (para más detalles ver el post La delgada línea), típico de los “turistas espirituales”, que tienden a darle un acento místico a todo aquello que suceda en la India. Los visitantes de Varkala parecen ser más bien meros turistas, y según cómo se lo mire eso puede ser bueno o malo.

En mi caso, habiendo intentado ir con una actitud positiva, la sensación final que me quedo de Varkala es buena, más allá de que mi concepto esencial sobre la India y el turismo no haya variado sustancialmente.

De todos modos, y por un guiño del destino, tuvimos el agrado de descubrir que el pueblo de Varkala era un lugar de peregrinaje espiritual en toda ley. Si en algún punto quería borrar los indicios de culpa que podían nacer en mi ser después de tirar por el acantilado mis principios sobre el no-turismo en la India, entonces vino a mi rescate Sivagiri Sri Narayana Guru.

Sivagiri

Hacia el lado opuesto al mar, a dos kilómetros del centro de Varkala, se encuentra la colina llamada Sivagiri (justamente la estación de tren de Varkala se llama, en realidad, Varkala Sivagiri). Dicha colina se trata de un centro de peregrinaje, ya que en su cima se encuentra el samadhi (la tumba) del santo Sri Narayana Guru (1855–1928). Además del samadhi, allí se encuentran los cuarteles generales de la organización fundada por el santo, que fue también un gran reformador social, filósofo y poeta.

A día de hoy, ochenta años después de su fallecimiento, miles de devotos siguen llegando cada año (especialmente en el Año Nuevo gregoriano) a visitar el samadhi del santo. Un gran fomentador de la educación, fue fundador de varias escuelas en las que se pregonaba su principal enseñanza: “Una casta, una religión, un Dios”, basándose en el supuesto de que “todos los hombres son iguales ante los ojos de Dios”.

Con suerte, llegamos en el momento justo en que las puertas del samadhi eran abiertas por el sacerdote encargado. Se trata de un edificio alto y circular, que hace las veces de “panteón”, se podría decir, y que además contiene una estatua del santo. Los detalles se pueden observar desde la puerta, pero en realidad nadie puede ingresar al samadhi propiamente dicho. Entonces, decidimos sentarnos en los pasillos laterales para meditar por algunos minutos, ya que Swami Premananda siempre hace hincapié en las beneficiosas vibraciones espirituales que poseen los samadhis de las personas santas en general, incluso cuando su presencia física haya cesado hace muchos años.

Fue así que, casi sin proponérnoslo, le habíamos dado a nuestra visita turística una cuota de peregrinaje espiritual, gracias a uno de los tantos santos que la India siempre tiene a mano, cuando uno más los necesita.

Imágenes (aparte de las propias):

goindia.about.com

lastfm.es

thefishgate.blogspot.com

tkmmcollege.org

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  1. Na, buenisimo el relato del viaje “turistico”, no a modo de critica, o un poco sí, no es casual que le dediques 5 lineas a la parte linda y el resto a las criticas a los turistas, obvio q con todo los prejuicios iba a ser así, sostengo que a veces el fundamentalismo extremo no es bueno y que seguramente el no pre-juzgar y permitirte disfrutar de otras cosas sin duda te va a llevar al mismo camino de seguir fortaleciendo tu espiritualidad. Igual, me parece q pido demasiado j aja, Abrazo gigante y espero me cuentes personalmente, q bueno poder decir eso.

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  2. Lindo el relato.
    Pero deja los remordimientos a un lado. Aunque te hubieras tostado al sol de las playas de Varkala con un tanga de leopardo (como el que usabas cuando ibamos a las playas de Lloret), seguirías siendo mi amigo más espiritual, jeje
    Relajate un poco, no pasa nada por disfrutar de un día de playa.

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  3. Y tanto que no pasa nada, como dice Alex! Soy testigo de la diversión del autor al juguetear con los olones de la playa de Varkala.
    Creo que debo añadir, que aunque no hubiera turistas “shanti”, Varkala puede ser un lindo lugar para aquel que, cansado de “mochilear”, busca dónde descansar y quizás, durante unos días, aprovechar para bañarse en la playa, practicar yoga sobre la arena viendo la puesta de sol en el Mar Arábigo, lucir el palmito, ligar o comprarse cosas más lindas que en los lugares no turísticos (algo q no hicimos, así que chicos, no hay souvenirs indios). Un plan, que quizás no sea de turista todo-terreno, pero que, para muchos, tampoco está mal.
    Y, debo añadir, que el paisaje que uno ve por la ventanilla del tren durante el viaje, no tiene precio.
    Naren, ¿te gustó el “cinnamon roll”?

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