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Negociaciones en Bombay

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Los seguidores del blog habrán notado que por tercera vez en un mes, aparece la ciudad de Bombay/Mumbai como eje temático. Los seguidores, también habrán notado que en las dos entregas anteriores el tono general era más bien alicaído, ya que mi interés por estar en la ciudad era muy poco, y sólo esperaba tomarme el avión de regreso a casa.

He contado mi llegada a la India a través de Bombay, y he contado mi regreso a la ciudad más poblada del país, para enfrentarme a una forzada estadía de una semana. Al decir de un lector, “he dado muchas vueltas” con el texto, para finalmente no decir casi nada, más bien sensaciones, y pocos hechos.

En esta última parte de mi experiencia con Mumbai me propongo contar brevemente lo sucedido en aquella estadía hebdomadaria, que por más banal que sea, dará un esperado cierre a este tema, tanto para mí como para los lectores.

Slum

Ya ha sido dicho que Bombay es la capital comercial y financiera de la India. Como pasa en las grandes urbes, los contrastes son grandes. Los hombres más ricos de la India residen allí; el motor económico del país se mueve desde allí; el flujo migratorio hacia allí es permanente en busca de crecimiento económico… a su vez, alrededor del 60% de la población de Mumbai vive en “slums”.

Uso la palabra inglesa “slum”, porque no sé bien cuál es el término justo para describirlo en castellano. Por un lado, en Argentina se podría traducir como “villas miseria”, o cruzando la frontera se podría usar la tristemente universal palabra brasilera, “favela”. Por otro lado, cuando uno busca en el diccionario se encuentra con palabras como “chabola” y “pocilga”.

Por algún motivo, el título de la película ganadora de tantos Oscars en 2009, “Slumdog Millonaire”, generalmente no fue traducido en los países de habla hispana. El término “slumdog” se podría traducir como “perro de chabola”, que es una forma despectiva de llamar a los habitantes de los “slums”. Se ve que el problema de traducción era más resoluble dejando el título original (de hecho, en Italia la película se tituló como “Millonaire”, a secas).

La dificultad de encontrar un término exacto no es sólo idiomática, sino cultural. Es decir, lo que en Occidente se considera una “chabola”, no es siempre equivalente en la India, donde el nivel de confort y riqueza es mucho más bajo.

Cuando leo una estadística como la de más arriba me parece terrible, a la vez que trato de buscarle algo de relatividad, como para poner en contexto esos números y entenderlo desde varios puntos de vista.

Como es lógico en un turista, durante mi estadía en Bombay no fui mucho más allá de las zonas preparadas para ese fin. Es decir, no me metí en Dharavi, el segundo “slum” más grande de Asia, por ejemplo. Por otra parte, para descubrir el contraste social y económico de una ciudad no hace falta investigar demasiado; en todas las grandes ciudades éste se deja ver de alguna forma, y con más razón en la India, donde las condiciones de vida son, para el ojo occidental, mucha veces inadmisibles.

Saliendo de la zona central, hacia la periferia, especialmente en el largo camino al aeropuerto, pude ver muchas “chabolas”, o en realidad, personas durmiendo prácticamente en la calle con una chapa o cartón como techo. Nada que no haya visto en otros lugares, pero a mayor escala, como todo en la India. Dicen que después de mi viaje en 2003, el ayuntamiento de Bombay “limpió” esa imagen. Los turistas, por supuesto, agradecidos.

Puerta

Hablando de turismo, la ciudad tiene algunos atractivos que, por si hace falta repetirlo, a mí mucho no me interesaban. Pero visto que tenía una semana de espera, decidí salir a recorrer.

El primer lugar de visita es obligado: la Puerta de la India. Se trata de un monumento en forma de arco construido para conmemorar la visita del rey británico George V en 1911. De todos modos, la puerta fue recién terminada e inaugurada en 1924. La puerta tiene veintiséis metros de alto y la intención era convertirla en la primera vista que tuvieran los visitantes al llegar a la ciudad.

Efectivamente, la vista de la Puerta desde el agua, junto al lujoso hotel Taj Mahal, son una imagen icónica que se repite sin cesar en cada postal. De todos modos, vista desde tierra y de cerca, la puerta no presentó gran atractivo para mí, aunque admito que con este espíritu simplificador el Arc de Triumph y el Arco de Tito,  también se podrían considerar apenas como dos arcadas.

Otro icono de la ciudad es Victoria Terminus, cuya construcción data de fines del siglo XIX, con un diseño gótico que presenta algunas similitudes con la estación londinense de Saint Pancras, donde se filmaron algunas escenas ferroviarias de la saga de Harry Potter.

La estación de Victoria Terminus todavía es el cuartel general de los Ferrocarriles Indios Centrales, aunque su nombre oficialmente haya cambiado en 1996 al de Chatrapati Shivaji. Este cambio sigue la tónica de renombrar ciertos lugares con antiguos nombres indios, en contraposición a las designaciones heredadas de la colonia británica; tal es el caso de la colonial Bombay vs. la moderna Mumbai.

Además de estos iconos, uno de mis lugares frecuentes fue el Oval Maidan, un gran parque con forma ovoide, que tiene propósitos meramente recreativos y que para mí era un oasis en la gran metrópolis india. Allí, sentado bajo la escueta sombra de las palmeras, yo dejaba correr el tiempo pasivamente; quizás justamente por ello, el tiempo más bien caminaba y mis horas se hacían más largas de lo usual.

Uno de mis entretenimientos en aquellas horas muertas era comer trozos de fruta que eran vendidos en unas canastita de hojas, y que traían sandía, papaya, banana e incluso remolacha y pepino.

Pero mi principal entretenimiento era ver cricket.

Cricket

¡Como habré estado de aburrido para entretenerme con el cricket! Saben de qué hablo, ¿verdad? Ese juego que parece béisbol (baseball) pero es todavía más estático. La idea es siempre la de pegarle a la pelota con una especie de bate, que en este caso es plano (como un remo sin el mango), pero de pique al suelo. Para ser sincero, no conozco las reglas y mi análisis es más bien sesgado, pero no me puedo resistir. Ahí vamos:

En el cricket, los test matches (que viene a ser los grandes partidos) duran días enteros. Eso da una idea de lo lento que es este juego. Otro síntoma de la duración y el aburrimiento del cricket, para mí lo demuestra el hecho de que gran parte de sus jugadores tengan que llevar sombreros estilo panameño para cubrirse del sol. No para cubrirse del reflejo del sol en los ojos, o para evitar que el cabello caiga sobre los ojos, como en otros deportes, sino un sombrero pura y exclusivamente para evitar que la exposición solar después de tantas horas deje secuelas. De hecho, los jugadores de cricket se ponen protector solar en el rostro.

Desde mi punto de vista, ningún juego y/o deporte divertido puede implicar jugadores con sombrero, crema solar en el rostro y manos cruzadas atrás de la espalda, esperando por horas que una pelota se digne a llegar hasta su zona de injerencia.

Para apoyar mis ideas radicales, hay una película canadiense llamada “La gran seducción” (La grande séduction, en francés original), en la que los habitantes de una minúscula isla necesitan los servicios de un médico permanente. Para convencerlo de quedarse, entre otras cosas, los isleños inventan un equipo de cricket y se hacen pasar por apasionados de ese deporte, del cual desconocen todo.

La escena que resume el esfuerzo de la población se da cuando en el televisor del único bar todos simulan ver un anodino partido de cricket; en un momento dado, el doctor, único interesado, se va al lavabo, y entonces los isleños aprovechan para cambiar al partido de hockey sobre hielo, que con su fricción y velocidad les hace volver la pasión al punto de gritar efusivamente un gol. El doctor, escuchando los alaridos, y a mitad de su trámite urinario, se desespera por volver a la sala, para conocer el motivo de tal euforia.

Así, mientras el doctor regresa jadeante al grito de, “¿Qué pasó?, ¿qué pasó?”, el canal es cambiado de nuevo, y todos los espectadores se limitan a mirar desilusionados la partida de cricket, sin poder siquiera inventar una mentira creíble sobre la inexistente pasión del cricket.

Conversión

Obviamente, estoy hablando con una mentalidad totalmente estrecha, criado bajo la égida del fútbol. Con argumentos diferentes pero conclusiones similares, los norteamericanos consideran al fútbol como aburrido (porque puede terminar sin puntuación, es decir 0-0) y tendencialmente femenino (la selección de fútbol femenino de USA ha salido dos veces campeona mundial, a diferencia del combinado masculino).

Con este ínfimo ejemplo, entiendo que mi opinión sobre el cricket está muy parcializada. Conozco a Prem, un joven holandés con ascendencia india, que fue criado en Europa y ahora vive en el Sri Premananda Ashram de la India. Él es el propulsor del fútbol entre los niños del orfanato y la escuela del Ashram. Sin embargo, cada nuevo año que lo visito, lo veo más interesado en el cricket, deporte nacional por excelencia en la India. Ante mis reproches, él explica que una vez que se comienzan a entender las reglas, la opinión sobre el juego cambia. Él también, me dice, pasó del escepticismo total al interés redoblado.

¿Qué decir? En una tierra de fe como la India, hasta creo en milagros de cricket.

Regateos

Además de los partidos de cricket, mi esparcimiento fundamental en aquellos días fue salir de compras. En realidad, salir a mirar, sopesar, regatear, y con mucha suerte, comprar.

Por un lado, era la oportunidad perfecta para comprar algunos regalos, ya que el tiempo me sobraba, tanto como los vendedores. Al estar en zona turística, las ofertas eran permanentes y variadas. En las jornadas en que me sentía más fuerte, salía rumbo a los puestos y empezaba a comparar, regatear y luchar por objetos que me interesaban.

De esta manera, me probé muchas remeras con deidades hindúes estampadas, y finalmente traje unas cuantas; compré porta-inciensos y cajitas de colores. Pase muchas horas negándome a pagar altos precios por bolsos, que los vendedores exaltaban recalcando que eran de “cuero de camello”. Me encontré con un vendedor de tambores, a quien había conocido en otra parte de la India, y que aquí como allí, volvió la carga.

Yo me quejo del acoso de los vendedores, pero no debe haber peor cliente que yo mismo en aquella época. No es que ahora sea un gran comprador, pero en aquel entonces, regatear se había convertido en un acto reflejo. Podía pasarme media hora regateando, para luego irme y volver al día siguiente a empezar de nuevo. Todo esto por quince rupias, que a mí no me cambiaban en nada.

En este sentido, conozco otros casos, más o menos cercanos, que sufrieron el mismo síndrome, pero no por ello me alivio.

Caracolas

El paradigma de esta “fiebre de regateo” llegó con el tema de las caracolas. Sobre todo porque al tomar el avión de regreso a Argentina, mis padres me habían dejado un encargo ineludible: comprar una caracola sagrada.

Explico: Desde tiempos inmemoriales, la caracola de mar (conocida como Shankha en sánscrito) es considerada sagrada por el Hinduismo, y más tarde por el Budismo. Específicamente, se trata de una caracola más bien alargada y puntiaguda, de base ancha, típica del Océano Índico y mares adyacentes, de color claro y textura porcelanosa en su interior.

En el Hinduismo, la caracola es uno de los atributos del dios Vishnu, además de ser la morada de su consorte, la diosa Lakshmi. En la antigüedad, la caracola fue usada como trompeta de guerra, y a día de hoy se continua usando como trompeta, aunque con fines religiosos. Para el uso musical es generalmente necesario hacer un agujero en la base de la caracola, que a la sazón produce una nota sonora invariable, monótona pero penetrante y profunda.

Asimismo, otro de los usos de la shankha es el de herramienta para el tradicional ritual llamado abishekam. Abishekam se llama al baño ritual que se realiza con agua a estatuas o imágenes sagradas. En estos casos, la forma más auspiciosa de verter el agua sobre la imagen es con una caracola sagrada. Justamente para este fin era que mis padres me habían pedido comprarles una.

En realidad, para que una caracola sea considerada verdaderamente sagrada tiene que tener un detalle más: la dirección correcta de crecimiento. Es decir, la forma en que nace su curva desde la base, que puede ser siguiendo las agujas del reloj o en su contra. Vista con la apertura hacia arriba, la caracola que tiene un crecimiento en contra de las agujas del reloj (empezando hacia la derecha) posee una apertura hacia la derecha. Estas caracolas son consideradas sagradas.

Y parte de ello se debe a que son una especie muy rara de encontrar, pues la mayoría de las caracolas tienen una espiral de crecimiento hacia la izquierda, que se deduce también en una apertura final hacia la izquierda.

En el caso de las caracolas sagradas, que la apertura esté a la derecha es consecuente con la idea, tanto hinduista como budista, de que el lado derecho es la representación de lo noble y lo puro.

Negociaciones

En Mumbai, mis negociaciones por conseguir una buena caracola no fueron fáciles; después de todo son sagradas. Una vez cumplida la fase de mi estudio de mercado inicial me encontré con que solamente había dos puestos callejeros de venta de caracolas. Al menos en el itinerario turístico que yo manejaba. La otra opción eran las tiendas, pero los precios eran más altos.

En mi primera visita, recorrí los puestos haciéndome el desinteresado y pregunté al pasar algunos precios, desdeñándolos, por supuesto. Al siguiente día, y a pesar de mi fingido desinterés, los vendedores ya sabían que era presa fácil, pues un potencial cliente que vuelve es, para ellos, un cliente seguro. De la misma forma que, se dice, los perros huelen el miedo; los vendedores de caracolas notaban mi interés hasta en la forma de caminar.

Yo me sentía en inferioridad, pero decidí luchar. Un día me levanté determinado a terminar con la agonía y fui directo a un puesto de venta. Los precios me parecían altos y el tamaño de las caracolas pequeño. Entonces me trasladé al segundo puesto, ubicado a unos treinta metros. Cuando empecé a pedir mejores precios y grandes caracolas, ¡me empezaron a traer la mercancía del primer puesto!

Hasta el día de hoy no entiendo la forma en que los indios manejan sus sociedades de negocios, ¡pero lo seguro es que a mí no me convenía! Me puse duro, y entonces me prometieron caracolas más grandes para la tarde.

Ya por la tarde, las caracolas era más grandes, aunque tampoco demasiado, y los precios eran los mismos. Yo seguía luchando, a sabiendas de que tendría que rendirme en algún momento. Viendo mi indocilidad transaccional, uno de los vendedores (porque esto era una lucha desigual…) puso en el tapete una oferta especial: una pequeñísima caracola que se agregaba a la grande, con sólo un leve cambio de precio.

Además de la caracola grande, para mis padres, yo también necesitaba una pequeña caracola para mis futuros y simples abishekams a la reciente estatuilla de Ganesha, que me había sido dada por Swami Premananda. En ese contexto, la introducción de la oferta fue, para mí, el momento de quiebre, y desembolsando más de mil rupias, que todavía un poco me duelen, me llevé lo que necesitaba.

Visto en retrospectiva, no fue un negocio tan malo, pues las dos caracolas siguen en uso permanente, por lo que ya amortizamos su precio; sumado al hecho de que siguen sanas y tan sagradas como el primer día.

Paces

Debido a la eterna y ubicua verdad de que “uno siempre quiere lo que no tiene”, yo me pase una semana en Bombay, queriendo volver a Argentina. Muchas veces más tarde, recordando esos días, se me ocurrieron ideas y planes para llevar a cabo, y por ende deseé estar de vuelta en la ciudad más grande la India.

Desde lejanos ordenadores, muchos amigos veían lucidamente la situación, mientras me aconsejaban y hasta regañaban por no aprovechar el momento. Yo, en algún punto, también lo veía claro, pero en el fragor de mi victimismo, era incapaz de revertir la tendencia de mis atávicos hábitos.

Muchas otras veces, en lugares y situaciones menos lejanas o exóticas, la misma escena se sucedió. Me gusta creer que con los años voy aprendiendo la lección, y que en la próxima oportunidad pasaré la prueba. Hasta entonces no podré saberlo.

Lo único seguro es que, tarde o temprano, tendré que regresar a Bombay, para amigarme con mi recuerdo.

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Un comentario »

  1. Hermano, a pesar de la ausencia física y espiritual (que deliberadamente quizá busco), no deja de sorprenderme la calidad de ese lápiz. Estás en una situación envidiable: Hacés muy buen arte, te entretenés, cumplís con el implícito mandato de propagar el espiritualismo.
    No busco alimentar tu ego, aunque si querés podés aprovechar (Ya sabemos que no conviene); tampoco voy a leer todo lo que escribís, pero después de ver tantas idas y vueltas, casi que recomendaría tus escritos como EL evangelio posmoderno, para damas y caballeros.
    Tal vez un rapto de melancolía me hace exagerar, aunque la melancolía es lo mismo que Yo, y no por eso ando alabando a cualquiera por ahí.
    Abrazos de almas.

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