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Āditya Hṛdayam, un himno al Sol

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En el libro ¡Levántate y ruge! de Mahendra Tevar, el autor dedica un breve capítulo a contar la historia del Āditya hṛdayam (pronúnciese “hridayam”), un himno de alabanza al Sol, como una introducción a la técnica de sun gazing (“mirar fijamente el sol”), una práctica yóguica muy antigua que está refloreciendo en la actualidad. La lectura de ese capítulo inspiró en mí el deseo de conocer más sobre dicho himno solar, ya que sin saber nada del sun gazing, sí que estoy informado sobre la importancia del Sol en la tradición india, al igual que en muchas otras civilizaciones antiguas.

En la tradición védica, el Sol, llamado Sūrya, es considerado el representante de Dios en el cielo y, además, las tres divisiones del día basadas en la posición del Sol (tri-sandhyā), es decir amanecer, mediodía y atardecer, son de gran importancia en la realización de rituales y recitación de mantras, incluso hoy. La luz del intelecto y del conocimiento se relaciona obviamente con el fulgor solar y es por ello, por ejemplo, que un eclipse solar es poco auspicioso, ya que supone el oscurecimiento de ese brillo superior.

Asimismo, biológicamente hablando, el Sol otorga luz y energía de vida para todo el universo y sin su poder sería imposible que existiera el mundo tal como lo conocemos. A la vez, el calor del sol puede ser abrasador si no tiene su contraparte (la frescura lunar) y, por tanto, su figura también se relaciona con el sacrificio ritual universal, ya que el sol es una estrella que se está consumiendo a sí misma (por el bien común) y también puede consumir, con su calor, la vida de todos los seres. En el cuerpo humano ese poder de consumo se relaciona con el fuego gástrico de la digestión.

Por tanto, y en honor a sus muchos atributos, hay variadas formas tradicionales de adorar al Sol, incluyendo la popular, y algunos sostienen moderna, secuencia de Sūrya Namaskāra, los famosos “saludos al Sol” que todo estudiante de yoga postural practica en la actualidad y en cualquier escuela de yoga.

surya

Volviendo al Āditya hṛdayam, se trata de un himno relativamente breve (31 o 32 estrofas según la fuente) que aparece en el Rāmāyaṇa (pronúnciese Ramáyana), el poema épico y espiritual que narra las ejemplares vidas del príncipe Rāma y de su fiel esposa Sītā enfrentando, entre otras cosas, las vicisitudes del exilio y la separación. Como corresponde a una obra tan antigua, difundida y, además, india, las versiones disponibles son muchas y diferentes, y este himno solar no aparece en todas ellas. Según mis fuentes aparece en el Rāmāyaṇa original compuesto por el sabio-poeta Valmiki, aunque después de algunas verificaciones puedo decir que ni siquiera todas las versiones de Valmiki lo traen (lo cual es natural en una tradición popular y oral).

Sin necesidad de ponernos meticulosos, voy a centrarme en el aspecto de la historia que me interesa hoy: Después de un muy largo tiempo de búsqueda y sufrimiento, el príncipe Rāma descubre que Sītā, que había sido raptada, está secuestrada por el demonio Rāvaṇa en la isla de Lanka. Allí se dirige Rāma con su ejército de monos y osos para entablar una gran batalla contra miles de temibles asuras. Luego de varios días de lucha, llega el momento del encuentro definitivo entre Rāma, príncipe de la dinastía solar Raghu, y Rāvaṇa, un brāhmaṇa que, por su ego, se había dejado ganar por el lado oscuro.

Llegados a este punto, la cruenta batalla, el esfuerzo y la tensión emocional hacen que el Señor Rāma esté exhausto. Rāvaṇa tiene diez cabezas y es casi inmortal; cada vez que Rāma le corta una de sus cabezas con sus flechas, ésta le crece de nuevo. Rāma pierde la moral. Y entonces se le aparece (algunos dicen físicamente, otros en el plano mental) el sabio Agastya para decirle:

“Oh Rāma, de poderosos brazos, escucha esto que es secreto y eterno por lo cual serás victorioso en la batalla”

Y entonces le recita el Āditya hṛdayam. Āditya es otro nombre del Sol que simplemente quiere decir “hijo de Aditi”, que en la mitología hindú es considerada la “madre de los dioses”. El término hṛdayam significa literalmente “corazón” aunque, en este contexto, también se podría traducir como “esencia” o incluso como “el verdadero conocimiento del dios Sol”. Dicho conocimiento divino incluye versos como:

“Esto (el Sol) está compuesto por todos los devas,
es brillante, es el creador de los rayos de luz…

Es la vida de las criaturas, hacedor de las estaciones, iluminador… monta en siete caballos, disipa la oscuridad, es benéfico…

De matriz de fuego, elimina el frío, es causante de grandes lluvias… de color dorado, querido por todos, poseedor de doce formas…”

Finalmente, el sabio le dice a Rāma:

“Oh Raghava, quien frente a la adversidad, en peligro, en bosques o en pánico / cante (este himno) no se hundirá en el desánimo”.

Entonces Rāma canta el stotram y vence la batalla contra Rāvaṇa, como era de esperar.

Al investigar este tema me atrajo especialmente la personalidad de Agastya, un ṛṣi (rishi) o “sabio vidente”, de aquellos a quienes se atribuye gran parte de la revelación de las Escrituras védicas, a la vez que son protagonistas permanentes de las historias antiguas de la tradición hindú. En este caso particular, Agastya (o Agasti) es el sabio que se dice llevó muchas de las tradiciones del norte de la India hacia el sur, o dicho de otra forma: fue quien introdujo el vedismo (algunos dirán brahmanismo) en el sur del país. De hecho, Heinrich Zimmer llega a decir que es el “santo patrono de la India meridional”.

Efectivamente, el rol de Agastya en el sur es importante, ya que se le tiene como el transmisor original de la lengua tamil (es llamado Akatiyyar en tamil), y también se le considera el primero de los 18 siddhas (“seres perfectos con poderes”), al punto de que en alguna tradición del sur la versión sea contraria: es Akatiyyar quien lleva la enseñanza del haṭha yoga al norte. En cualquier caso, se le atribuye la fundación de la medicina siddha del sur de la India, un equivalente en desarrollo e importancia a la medicina Āyurveda ahora tan popular.

Asimismo, el nacimiento del Kāverī, el sagrado río del sur de la India, está relacionado con Agastya y una historia del derramamiento de su vasija de agua, elemento tradicional de los renunciantes. Como dato curioso, la tradición lo presenta como bajo de estatura.

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La relación de Agastya con el sur de la India tiene su apogeo simbólico en la historia de su encuentro con las montañas Vindhya, una cadena montañosa que tiene poca altura (su pico máximo no pasa los 2.500mt) y que se considera la separación natural entre el norte y el sur de la India, dando paso a lo que se llama geográficamente “la meseta del Decán”. La historia cuenta que al saber que los Himalayas eran más altos, las Vindhya se sintieron humilladas y, por orgullo, decidieron crecer, al punto de que bloquearon el curso diario del Sol, con la consecuencia de que la tierra y todos sus seres empezaron a sufrir un calor abrasador, ya que no llegaba la noche y el Sol estaba siempre alto.

Entonces el Señor Śiva envió a Agastya para que, en su camino hacia el sur, se encontrara con las presuntuosas montañas y solucionara el problema. Las Vindhya, al ver al sabio, se postraron como símbolo de respeto y le preguntaron cómo podían servirle. El sabio les pidió que se mantuvieran en actitud de reverencia hasta que él regresara de su viaje al sur. Agastya nunca regresó y así las montañas Vindhya permanecieron bajas, incluso hasta hoy. De ahí viene el nombre sánscrito del sabio, que quiere decir “movedor (asta) de montañas (aga)”.

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La aparición de Agastya en medio del enfrentamiento final de Rāma y Rāvaṇa no es casual, ya que la batalla tiene lugar en el extremo sur, en la isla de Lanka, incluso más allá del límite continental índico y, cómo acabamos de ver, esa zona está bajo la jurisdicción del sabio. Al mismo tiempo, no es la primera vez que el príncipe solar y el ṛṣi se encuentran, pues durante el primer periodo de exilio, Sītā, Rāma y su hermano Lakṣmaṇa (Lákshmana) pasaron por el āśrama (áshrama) que Agastya tenía en el bosque de Daṇḍakā, justo después de cruzar las montañas Vindhya.

De hecho, es por consejo de Agastya que Sītā, Rāma y Lakṣmaṇa se instalan a pasar años de exilio en la boscosa zona de Pañcavaṭī (Panchavati), que actualmente se dice está en la ciudad sagrada de Náshik, uno de los cuatro puntos donde se celebra la populosa Kumbha Mela.

Todavía en su ermita, el sabio le regala a Rāma un “arco decorado con oro y joyas que perteneció a Viṣṇu (Vishnu), y que Viśvakarmā (Vishvakarma, el arquitecto de los dioses) había fabricado para él”. A la vez, Agastya le da una flecha que había recibido del dios Brahmā, explicando que es “la mejor de las flechas, brilla como el sol y siempre acierta en la diana”. Y, de paso, le ofrece unas aljabas inagotables, obsequio de Indra, dios del cielo y la lluvia.

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De todos modos, ni el arco ni la flecha mágicas son suficientes para matar a Rāvaṇa y es cuando Agastya le da a Rāma un arma más poderosa, basada en la devoción: adorar al Sol.

En el sur de la India, Agastya está relacionado con la energía solar y su poder feroz y devorador. Hay una historia conocida en que Agastya, con el poderío de sus jugos gástricos, digiere a un demonio que, camuflado de carne de cordero, había entrado en su estómago con la intención de hacerlo reventar. A su vez, recordemos que el Sol es el principal consumidor y fue la intervención de Agastya la que hizo que las Vindhya se postrasen y así el Sol dejara de abrasar el mundo.

Por tanto, el himno a Āditya es muy apropiado saliendo de boca de este ṛṣi y, según se dice, es igual de conveniente para cualquier persona que desee adorar las cualidades innumerables del astro rey. Hablando de apropiado, este Sábado 28 de Marzo de 2015 se celebra Rāma Navamī, la festividad del nacimiento del príncipe Rāma, por lo que viene justo recordar parte de su historia, en este caso su batalla final.

Para escuchar el Āditya hṛdayam recitado a secas, clicar aquí. Para seguir el texto, una versión en sánscrito técnico transliterado puede leerse aquí.

Para escuchar una versión un poco más musical del himno:

Y que el eterno Sol nos ilumine.

¡Om Ādityāya Namaha!

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