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Pepe y el karma

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Desde hace más de dos semanas, en España sólo se habla de los clásicos entre el Barça y el Real Madrid (y todavía falta uno). Ante esta abundancia futbolística, totalmente mediatizada, incluso yo, muy aficionado al balompié, me siento abrumado, saturado. Esto se debe, un poco, a que la calidad estrictamente futbolística de los partidos no haya sido destacada, y en gran medida a que lo que más atención haya generado sean cuestiones ajenas al deporte en sí mismo, es decir los consabidos veintidós tipos corriendo detrás de un balón.

Este blog no trata sobre fútbol, y sólo una vez toqué directamente el popular tema en relación a la espiritualidad. Me valió alguna crítica, por poner al mismo nivel algo tan sagrado con algo tan profano (la espiritualidad sería lo sagrado y el fútbol lo profano, aclaro por si acaso).

Hoy, en un post que quizás disfrutarán más aquellos conocedores del juego, me atrevo a tocar otra vez la cuestión, en parte porque no me lo puedo sacar de la cabeza, en parte para sacármelo, merced al proceso de catarsis personal que siempre ha caracterizado a esta bitácora.

Teatro

Probablemente a la mayoría le suene el nombre de Jose Mourinho, el entrenador del Real Madrid, que desde hace años pasa demasiado tiempo haciendo declaraciones incendiarias, victimistas y/o soberbias ante la prensa mundial. Como decía el inefable ex-árbitro argentino Guillermo Nimo con su crítica semanal al peor desempeño de la jornada futbolística (llamada, en anticipo a Los Piratas del Caribe, la ‘Perla Negra’): “Usted puede ser un excelente padre de familia, una gran marido, una buena persona, pero como árbitro es…”. Y así empezaba una retahíla de críticas para defenestrar al desafortunado de la fecha.

Con Mourinho pasa lo mismo. Aunque no lo conozco personalmente, no dudo de sus cualidades en la intimidad, pero muy pocas de las veces en que abre la boca en público le hace un favor al fútbol, entendido como un juego bonito y disfrutable.

Pero no es únicamente Mourinho. Tanta parafernalia mediática, tantas declaraciones intencionadas, tanta tensión y emoción en el ambiente, han hecho de estas dos semanas de clásicos un terreno ideal para que cada uno de los implicados muestre (dentro y fuera del campo) su lado menos ‘espiritual’.

No voy a ahondar en detalles ni en análisis tácticos, simplemente decir que lo que más me saca de quicio es la poca predisposición de ambos equipos a jugar a la pelota. O sea, en lugar de intentar jugar al fútbol lo mejor que cada uno pueda, la idea parece ser la de molestar al contrario y engañar al árbitro fingiendo faltas, dolores, agresiones y demases.

Ya sé que exceptuando la liga inglesa en la que los aficionados rechazan de lleno a los jugadores ‘piscineros’ (o ‘pileteros’), es decir aquellos que se dejan caer y simulan faltas, en el resto del mundo está instaurada la doctrina del teatro del futbolista, basada básicamente en caer al suelo y girar convulsivamente tomándose la cabeza, sin importar si el golpe fue recibido (de haberlo recibido) en el dedo meñique del pie.

Cualquiera que haya jugado al fútbol, y no tiene que ser a nivel profesional, sabe que hay contacto físico permanente, golpes involuntarios y caídas. También sabe que cuando uno juega de manera inocente lo que quiere es seguir jugando, y no tirarse al suelo para inspirar la compasión de ajenos.

Ilustración de Guy Billout - http://www.guybillout.com

Wilmar Everton Cardaña

Al parecer, hace no demasiados años los jugadores de fútbol eran menos teatreros. La llegada de las ubicuas cámaras de televisión los ha hecho conscientes de sí mismos, adoptando a su manera una de las tesis fundamentales de la psicología social: ‘Uno es lo que cree que es, lo que el árbitro cree que uno es y lo que uno cree que los espectadores creen que es’.

Paradójicamente, cuando las cámaras pueden demostrar mejor que nunca la simulación de un jugador, ellos recurren a esa estrategia con mayor asiduidad, confiando en que dar vueltas por el suelo convencerá no sólo a los colegiados sino también al público.

Cuentan que antaño, sin tantos artilugios televisivos, los jugadores se pegaban que daba gusto, y que en lugar de montar un melodrama en la pantalla, se cobraban revancha, al estilo western. Eran tiempos en que sacar una tarjeta roja a un futbolista sólo se justificaba después de un hueso roto, un charco de sangre o un buen soborno. Con los años llegó el ‘fair play’ y el endurecimiento de las reglas para los que pegaban.

Extrañamente, y esto es una estadística personal y sin datos numéricos, los jugadores más hoscos, aquellos que en general pegan más (por su posición en el campo y/o su temperamento) suelen ser los más teatreros. Como dije, la televisión y su ‘vigilancia panóptica’, citando a Foucault (perdón, pero quería darle un toque intelectual a este discurso), lleva a los más ‘verdugos’ a situarse como ‘víctimas’, siempre con aspavientos.

Me da risa. Un tipo que juega de defensor central o de mediocentro, entrenado en el roce físico y el cuerpo a cuerpo, se queja cada vez que le pasan cerca. Más de uno tendría que leer a Roberto Fontanarrosa y aprender de la historia de Wilmar Everton Cardaña, un duro ‘centrojás’ de los de antes (especialmente Sergio Busquets, que ubicando esa posición y a pesar de ser un jugadorazo, pasa demasiado tiempo llorisqueando en el suelo).

Que Leonel Messi sea el mejor jugador del mundo no se debe únicamente a su técnica inigualable, su velocidad galopante o su visión periférica, sino a que cada vez que le pegan no se deja caer, y si se cae, lo primero que hace es levantarse y buscar el balón para sacar rápido el tiro de falta. Él quiere jugar de manera perpetua, quiere seguir jugando siempre y por eso (aunque muestre que también puede tener los pies de barro con un pelotazo a la tribuna) por justamente representar el espíritu amateur y de disfrute del fútbol, es el mejor.

Disonancia cognitiva

El jugador del Real Madrid Pepe (Képler Laveran Lima Ferreira en su partida de nacimiento) se hizo tristemente célebre por darle un par de patadas a Javier Casquero, un jugador del Getafe CF, que yacía en el suelo. Si bien esa fue su obra maestra, Pepe ha hecho muchos otros méritos en los campos de juego para que se lo considere un jugador algo más que rudo. Lo extraño es que, por lo general, los árbitros no lo consideran así, y más allá de acciones muy flagrantes no recibe grandes sanciones, a pesar de que se ve (al menos en televisión) que tiene una actitud que, siendo condescendientes, podemos llamar ‘poco deportiva’.

Por si todavía no se han dado cuenta, en esta contienda futbolística española yo hincho por el FC Barcelona (algo que va más allá de Mourinho y Pepe), y eso puede que sesgue mi discurso. Según parece, en psicología existe el término disonancia cognitiva para explicar la tensión interna que se produce en una persona cuando hay una situación que entra en conflicto con su sistema de creencias.

Es decir, si yo soy hincha del Barça (mi sistema de creencias) y durante un partido Messi cae en el área, veo de forma instantánea un penal, y cuando la repetición televisiva me muestra que no hubo falta (situación en tensión con mi sistema de creencias), sigo diciendo que hubo falta, o en todo caso digo ‘Mmm, es dudoso’.

Si la misma situación se da en forma inversa, es decir cae Cristiano Ronaldo en el área del Barcelona, diré que no fue penal antes de ver la repetición; e incluso cuando la repetición demuestre una falta, me costará aceptarlo. Lo que estoy explicando no es novedoso y le pasa a todos los hinchas de fútbol, y según se rumorea, a todas las personas del mundo.

De la misma forma, hay jugadores que tienen un comportamiento que sólo estamos dispuestos a tolerar si juegan en nuestro equipo. Por ejemplo, si Dani Alves, gran jugador pero maestro de la queja y el llanto, incordio constante para los árbitros, jugara en el Real Madrid y no en el Barça, los aficionados culés lo odiarían. A la inversa, si Marcelo jugara en el Barça, se lo querría con locura. Y así con muchos otros casos.

Causa-efecto

Con Pepe no lo tengo tan claro, pero puede que si jugara en el Barça también sería defendido por la afición. Todo hincha de fútbol ha defendido alguna vez a esos jugadores que odiaría en el equipo rival (por ejemplo, los hinchas de Boca Jrs. al ‘Patrón’ Bermúdez, los de River Plate al ‘Ratón’ Ayala).

Volviendo a Pepe, nuestro tema del día, creo (por si a alguien le interesa) que su patada a Alves en el último Madrid-Barça fue merecedora de tarjeta amarilla. Si bien la falta puede entrar en la inexistente categoría de ‘tarjeta naranja’, creo que el árbitro se excedió con la roja.

Los seguidores de este blog saben de mi afición al tema del karma, la implacable ley universal de causa-efecto, y comprenderán que fue inevitable que esa palabra llegara a mi mente y a mi boca (no necesariamente en ese orden) en cuanto vi la expulsión del jugador portugués. Todas las faltas, todas las patadas, todas las exageraciones y las poses de víctima falsa que ha hecho Pepe, no digo en su vida futbolística pero al menos en los últimos tres partidos, merecían algún tipo de castigo.

Puede sonar osado decir que esta semana el árbitro alemán Wolfang Stark encarnó, sin saberlo, el karma futbolístico universal, pero las leyes karmáticas son tan inescrutables como eficaces, y aunque no puedo comprobarlo al cien por ciento, mi percepción no es tan alocada.

Es verdad que, con este criterio, los ‘teatrillos’ de Alves, Busquets y Villa también deberían recibir algún tipo de efecto punitivo.

¿Quién sabe?, quizás lo paguen en su próxima encarnación, siendo bailarines de danza contemporánea y por tanto obligados a dar giros eternos por los suelos (semidesnudos, claro).

O aún peor, naciendo como amados jugadores del Real Madrid.

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  1. Hola, ánimo con el tema, en el fondo todo tiene un trasfondo espiritual si sabemos mirar el mensaje que ofrece cualquier situación aparente, pues en el mundo de las formas todo son símbolos, conceptos, imaginaciones, pero tras los símbolos destila el brillo que es ESO único que lo es todo (los símbolos, en realidad, no están fuera sino dentro —por así decir— de nosotros).

    Y por cierto que también en su día publiqué en mi blog un par de posts futbolísticos, por si interesa a alguien esos posts pueden encontrarse aquí:

    http://jugandoalegremente.blogspot.com/search/label/f%C3%BAtbol

    También he echado un vistazo ligero al otro post sobre fútbol que linkeas arriba, se me ocurre comentar que en cuanto a lo de que no se cambia de pasión, diría que en el fondo todas las pasiones son la misma pasión, sólo que manifestada sobre objetos diferentes. Visto así, “cambiar de pasión” puede verse quizás con algunos matices diferentes.

    ¡Saludos!

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  2. N podrías haber escrito mejor lo que pienso, jejeje.

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  3. Amor mio, al leer esta entrega me invadió, de principio a fin, una alegía, un entusiasmo, una especie de picardía gozosa que venía directamente de adentro tuyo. Es un rasgo que manifestabas cuando eras muy chiquito.
    Todo está cambiado, hasta en el programa “corazón” de la que soy una asidua televidente hablan de estas cosas del futbol. A mi me da la sensación de que Mourinho, cuando lo entrevistan, está siempre actuando. Tiene una sonrisa burlona detras de lo que dice.

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  4. Creo que el Karma se quedó corto. Es cierto que la entrada a Alves no fue ten dura, pero si revisamos el historial de Pepe, no me extrañaria que un dia cayera fulminado por un rayo en mitad de un partido.

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