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Fútbol y espiritualidad, dos pasiones

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Quizás un post como el que aquí comienza sería más adecuado en un blog de fútbol, pero teniendo en cuenta que mi bitácora digital sobre el balompié está algo abandonada desde hace varios meses, y sobre todo, basado en la premisa de darle un enfoque espiritual al tema, he optado por poner en público mi punto de vista sobre la relación entre el fútbol y la espiritualidad.

Dicho punto de vista, sobra decirlo, es personal y ha sido generador de polémicas en más de una reunión de amigos. No creo que la mía sea una visión única, ni tampoco puedo asegurar que sea correcta; de hecho, me parece que es un buen tema para abrir el debate, que espero más de un lector alimente a través de comentarios online o cara a cara.

Pasión

Si bien los conceptos que aquí se vierten han estado dando vueltas en mi cabeza por un tiempo, esta semana han habido dos eventos que sirvieron como detonantes para poner las ideas en el papel, o en la pantalla, si prefieren.

El primero de estos eventos fue ver “El secreto de sus ojos”, la película argentina que ganó, en marzo pasado, el Oscar a mejor película extranjera. No se asusten, no pienso hacer una reseña cinematográfica del film, lo cual no es mi ámbito de ingerencia ni conocimiento.

En realidad, sólo quiero hablar de una escena de la película que tiene relación con el fútbol.

A saber, en la búsqueda infructuosa del asesino, uno de los empleados del poder judicial (encarnado por Guillermo Francella) encuentra algunas referencias que proveen un indicio sobre dónde encontrarlo. Dichas referencias remiten a la “pasión” del asesino, sobre lo cual el empleado dice “…se puede cambiar de mujer, de nombre, de religión, pero no se puede cambiar de pasión”. Dicha pasión, a la sazón, es el equipo argentino de fútbol Racing Club de Avellanada.

Voy a asumir como cierta la tesis postulada por el empleado y voy a considerar a una “pasión” como no-cambiable. Aunque, en la enumeración de elementos que sí se pueden cambiar, el personaje no dice “se puede cambiar de equipo de fútbol..”; y al no decirlo, pone como sinónimos al club de fútbol y a la pasión.

En realidad, siguiendo la tesis dicha en la película uno también podría cambiar de club de fútbol mientras no cambie su pasión, que tranquilamente podría ser una profesión, una mujer, o una religión. Sin embargo, amparada por necesidades del guión, y sobre todo, por la idiosincrasia general argentina que impone la fidelidad a un equipo por sobre todas las otras fidelidades, la película presenta la “pasión” como sinónimo del equipo de fútbol.

¿Por qué?, se preguntarán los lectores, ¿hago yo tanto hincapié, tanto análisis, sobre una escena más de una película de ficción? La verdad es que me sentí tocado. Esa escena, ese diálogo, me hundieron un milímetro más la espina que venía sintiendo clavada, hace ya un tiempo, en mi orgullo.

Veleta

Desde pequeño fui hincha de River Plate, uno de los clubes grandes del fútbol argentino. A pesar de su lejanía geográfica, y supongo que por influencia paterna, me hice acérrimo seguidor de un equipo que, por lo general, cumplía las expectativas de jugar bien y ganar títulos, simplificándome así mi fanatismo.

Alrededor de los veinte años, cuando ya cursaba mis estudios universitarios en la ciudad de Córdoba me empecé a encariñar con un equipo local: Talleres. Esta vez influido por un amigo amante del fútbol y por la cercanía geográfica, comencé a ir al estadio a ver en vivo partidos de fútbol. En lugar de apoyar a la distancia (por TV o radio) a un equipo, podía ahora ver sin mediaciones a los once jugadores, las hinchadas y el verde césped. Una ventaja que, en aquel momento, fue más fuerte que las dos décadas de seguimiento a River Plate.

El hecho de ser un partícipe directo del mundo del fútbol, que yo siempre había vivido a lo lejos, inclinó la balanza para un cambio de intereses (que a pesar de ser un “equipo chico” me dio sus frutos, sobre todo por el histórico título de la Copa Conmebol).

De todos modos, en el interior de Argentina es normal que haya personas que son hinchas de un club local y de un club de Capital Federal o Buenos Aires. Si bien algunos, más radicales, toman esto como un signo de debilidad, está generalmente aceptado por la mayoría de los hinchas de fútbol. Será por ello que mi, entonces, nuevo entusiasmo por Talleres fue tomado como dentro de los límites de la norma.

Una vez que me marché a Europa, mi seguimiento del fútbol argentino fue irregular, y a diferencia de otros inmigrantes, la distancia geográfica repercutió en un alejamiento emocional de uno de los ámbitos más importantes de mi pasada vida en Argentina. De todos modos, el foco de mi interés futbolístico se reubicó en las ligas pertinentes a mi país de residencia. De esta forma me hice simpatizante del Torino, otrora grande equipo, en los últimos años oscilando de la primera a la segunda categoría del calcio italiano.

Asimismo, durante mi estadía en London, me interesé naturalmente en el Arsenal; aunque por cercanía y precios, el equipo que fui a ver fue el Charlton Athletic, ahora en segunda.

Cuando me trasladé a Barcelona, un amigo futbolero me llevó a trabajar al Estadio Olímpico como “vigilante de campo”, durante los partidos que disputaba de local el Espanyol de Barcelona. A fuerza de verlo jugar (en ese momento – 2007 – tenía una buena temporada) me encariñé con el equipo, y lo que se suponía un trabajo de fin de semana era, en realidad, una excusa para ver fútbol desde dentro del campo (aunque se suponía que debíamos mirar hacia las tribunas).

Una vez dejado ese trabajo, influido quizás por el entorno, por un par de visitas al Camp Nou, y por el gran estilo de juego impuesto por Pep Guardiola, me hice hincha profundo del F.C. Barcelona, condición en la que, se podría decir, todavía me encuentro.

¿Cómo es posible?, entonces, ¿qué yo haya cambiado tan fácilmente mi fanatismo por un equipo a otro, habiendo tenido, en algunos casos, mucha pasión? ¿Soy acaso una persona “veleta”, que se acomoda según soplan los vientos de la conveniencia? ¿O es que nunca tuve pasión?

Barça

El segundo detonante que me llevó a estar hoy hablando de fútbol fue la semifinal de la Champions League, jugada esta semana, entre el Barça y el Inter de Milano. Por supuesto, la vi por televisión, y también forcé a Nuria y dos buenos amigos indiferentes al fútbol, a verla conmigo. No se asusten, no voy a hacer una crónica deportiva de lo sucedido en el campo de juego, aunque las ganas las tengo.

Más allá de mi fanatismo por el Barça, lo doloroso de la derrota del equipo catalán es el triunfo de un paradigma sobre otro. Éste es mi punto. El triunfo de una forma de ver el fútbol que, según mi perspectiva, simboliza un eslabón más de la cadena de equivocaciones en que vive el mundo. Es decir, el triunfo de la cosmovisión que tiene como regente al resultado (en deporte, resultadismo), a toda costa. Una cosmovisión que es generalizada en la sociedad mundial (sobre todo occidental), y en que los resultados son siempre más importantes que la forma en que se los alcanza.

En esta visión de mundo, el fin siempre justifica los medios, y por lo tanto el concepto de “daños colaterales” está tan de boga, incluso cuando se habla de cuestiones que no son estrictamente bélicas.

En el partido de fútbol, el Inter prioriza el romper, la destrucción antes que la construcción. Se pone en el tapete la ley de mezquinar para poder conseguir algo, un fruto. Lo mismo pasa en el mundo, donde la idea imperante es la de acumular para uno mismo, ante la posibilidad de dar para recibir, o incluso dar sin esperar nada a cambio.

En las calles de Chennai, en la India, una vez tomamos una foto de un cartel que dice, “Para obtener más de la vida, da más de ti mismo”. No es un cartel promocionado por una entidad religiosa (lo cual no estaría tampoco mal), sino un anuncio de una entidad laica, pues lo que está exhortando no es otra cosa que un valor espiritual, algo que está incluso más allá de las religiones.

Difícilmente veamos en Occidente un anuncio de esta naturaleza, donde estamos abrumados por mensajes de consumo, individualismo, obtención de resultados, acumulación de bienes, beneficios tangibles e inmediatos…

No me malinterpreten, no estoy diciendo que la ideología futbolística del Barça, que representa lo bello, el medio antes que el fin, la apuesta al largo plazo, sea la salvación para la sociedad mundial. Soy consciente de que toda esta analogía está llena de hipérboles, y que un triunfo del Barça no hubiera cambiado el rumbo de la economía del planeta, ni hubiera aliviado el calentamiento global.

De todos modos, me hubiera gustado que gane, básicamente por dos pasiones.

Apegos

Hablaba unos párrafos más arriba de mi cambiante fanatismo por equipos de fútbol, lo cual suponía una ausencia de pasión. Sin embargo, he descubierto con los años que mi pasión está intacta, ya que trasciende a cualquier equipo y es más bien una pasión por el fútbol en sí mismo.

Para algunos esto es signo de traición, para otros una forma de acomodarse a la situación más confortable; para mí, un síntoma de que mi pasión por el buen fútbol puede más que cualquier identificación temporal con un equipo particular. Incluso mi entusiasmo por la Selección Argentina, el equipo de fútbol con el que tengo mayor identificación, se tambalea cuando veo sus demostraciones mediocres sin buen juego, con perdón para todos los amigos que me van a vilipendiar por esta declaración.

Mi segunda pasión, además del fútbol, es la espiritualidad, por lo que no puedo dejar de analizar este sencillo juego y sus aledaños con la lupa de las enseñanzas espirituales. Por un lado, para la filosofía espiritual de la India, las pasiones relacionadas con los sentidos no son favorables, ya que tarde o temprano traen sufrimiento.

Es decir, debido al apego que producen en uno, las pasiones están destinadas a mantenernos en la dualidad natural de este mundo, con los altibajos típicos que nos llevan del placer al dolor de manera regular. El gol sobre la hora de Iniesta en Stamford Bridge la temporada pasada, se contrapone lógicamente a la eliminación del miércoles pasado por el esquema mezquino del Inter. Euforia y disforia, las consabidas dos caras de la misma moneda.

Es para evitar el sufrimiento que se recomienda reducir los apegos y las pasiones; pero esto no es para obviarle al ser humano los extremos de placer y dolor, sino para que encontrar un equilibrio desde donde percibir algo inmutable, algo que sea susceptible de dualismos.

Evidentemente, con esto, la filosofía espiritual se refiere a lo Divino, o a cualquier nombre que se le quiera dar a esta energía superior.

De hecho, desde este punto de vista la pasión por la Divinidad es la única que se podría considerar como útil para ser más feliz, pues es duradera e incondicionada. Por supuesto, todos los grandes valores espirituales pueden ser incluidos en esta pasión. Mahatma Gandhi hablaba de “Verdad”; Swami Vivekananda hablaba de “Libertad”; Jesucristo hablaba de “Amor”.

Como dije, mi pasión por el fútbol sigue intacta, y de hecho, este apego muchas veces me da problemas y amargura, pues no siempre se puede disfrutar. Mientras tanto, mi pasión por lo Divino también sigue adelante, llevándome a ver en un simple partido fútbol el reflejo de la situación del planeta, y muchas otras cuestiones, quizás menos banales.

Espero sinceramente que una de estas dos pasiones siga creciendo, ¿adivinan de cuál se trata?

Imágenes:

criticacreacion.files.wordpress

rivermillonarios.com.ar

actualidadfutbol.com

jchamizo.wordpress.com

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  1. Eh, chico veleta! jaja
    No creo que sea para tanto: SOLO ES FUTBOL.
    Para uno que escribe desde Barcelona es facil comprender lo que dices. El miercoles, antes del partido con el Inter, la ciudad era una marea de blaugrana, todo el mundo con la camiseta del Barça por la calle, todos queríamos una entrada para el Camp Nou, nadie quería perderse el partido… pero lo que me llamó la atención fue que toda la ciudad (menos los merengues amargados que caen en octavos año tras año) sentía la misma pasión, era contagiosa. El buen futbol del Barça y la consecución de títulos del año pasado ha hecho que la PASIÓN por el Barça crezca y se contagie a todo el mundo, incluso a gente que siempre se había mostrado indiferente ante el futbol.
    Lo que quiero decir es que porque hayas cambiado de equipo varias veces no significa que tu pasión no sea auténtica, sinó que te has dejado contagiar por la pasión que siente la gente allá donde tu te encuentras en cada momento. Lo mismo me pasó a mi cuando estuve en tu querida Cordoba y un amigo me llevó a la cancha de Belgrano. De ahí para siempre: PIRATA CORDOBÉS!!!
    jajaja no me puedo creer que seas de Talleres…
    Volviendo al tema del cambio de pasión, supongo que es aquello que Aristóteles llamaba Catarsis, un surgimiento de las pasiones y las emociones de forma colectiva ante un hecho que nos une. Así que quedate tranquilo, que estas legitimado por Aristóteles, otro gran maestro!
    Un abrazo y (dejame decirlo) FORÇA BARÇA!!!

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  2. Na, ya lo hemos hablado personalmente
    1/Coicido 100% en tu planteo, la única pasión es por el futbol, tanto como hincha, como en la cancha, lo demás son construcciones sociales, Aguante Ferro , La T, y ahora La Academia Cordobesa ja ja
    2/En cuanto a las ratas del Inter, se puede tener un esquema defensivo etc etc, pero nunca se puede renunciar a jugar al futbol

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