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El moderno lingote de oro

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Entre las historias y parábolas de la India espiritual que mis padres me contaban de pequeño, hay unas cuantas que permanecen en mi memoria, y otras tantas que mis padres siguen citando cuando la ocasión lo amerita. No hacen esto sólo por el (inconsciente) gusto a la repetición que tenemos todas las personas, acrecentado por el paso de los años, sino también porque dichas historias generalmente contienen una enseñanza espiritual que no pierde vigencia.

No quiero ser categórico, pero de toda esta lista de historias, la del lingote de oro es quizás la preferida de mi padre. O al menos, por algunas circunstancias, sale a la luz con más frecuencia que otras. La historia en cuestión es bien simple; en realidad ni siquiera es una historia completa, sino que es más bien un dato: “En la India antigua uno podía dejar un lingote de oro en la calle y volver a buscarlo dentro de un año, que lo encontraría, sin dudas, en el mismo sitio”.

Este detalle de la idiosincrasia india no hace referencia, simplemente, a un pueblo éticamente honesto sino, más profundamente, al entendimiento general de que cada acción tiene una consecuencia, lo que no es otra cosa que hablar del orden universal, y del respeto a ese orden, por el propio bien. Evidentemente, esta cosmovisión está relacionada de forma directa con el concepto de karma que tantas veces he tocado aquí, y cuya inevitable conclusión es que todo bien/mal hecho a los demás, volverá en forma idéntica a nosotros.

Este comportamiento, se supone, no es un mero temor a recibir el justo castigo, sino la forma natural de actuar de las personas de la India. Un rasgo que ya forma parte de la cultura, cuyo origen es espiritual. O al menos, así era en el pasado.

Debate

Con esta idealización de la India en mente fue que mi padre viajó la primera vez a aquél país, y también la segunda, y creo que la tercera… Mi visión, en cambio, ya desde el primer viaje, no fue tan idealista, al menos en lo que se refiere al ámbito cotidiano más práctico y visible, como contraparte del ámbito espiritual que me fascina positivamente. Esta diferencia de perspectivas nos llevó, a mi padre y a mí, a largos debates sobre cuán real era, a día de hoy, aquella versión de una India que sigue a rajatabla sus originales principios espirituales/éticos. Es decir, que pasaría si dejáramos un lingote de oro en una calle india, hoy.

Personalmente, dependiendo el día, mi opinión al respecto puede variar. No tanto porque yo sea ciclotímico, sino porque la India lo es.

Entonces, todo lo espiritual del país puede desvanecerse de mi subjetiva visión cuando tengo un mal día con el transporte público, cuando recibo indicaciones erradas, o cuando los taxistas me piden propina después de haber ya regateado y acordado el precio. Asimismo, mi creencia de un país totalmente seguro se pone en jaque cuando alguien me roba todo mi dinero y papeles. Por su parte, las palabras de Swami Premananda que hablan de cómo está cambiando la cultura de la India, perdiendo sus valores tradicionales en aras de parecerse a Occidente, también resuenan en mis oídos.

Dicho todo esto, también tengo en mi haber varios ejemplos que sustentan la “teoría del lingote” y que dan la razón a mi padre. Pero no voy a contarlos hoy. En cambio, he pensado en darle una oportunidad a mi padre, o mejor dicho, a su propia versión, ya que hablando esta semana por teléfono con él me recordó una anécdota personal que le sucedió, postulándola como tema de post.

Mercado negro

Cuando va a la ciudad de Trichy, en el sur de la India, a mi padre le gusta cambiar el dinero (es decir, pasar de dólares/euros a rupias) en la misma calle. En lugar de ir al banco (lo cual es verdad que puede ser lento) o a una casa de cambio (que es más veloz que el banco pero todavía lento), a mi padre le encanta este momento de negociación callejera. Suponemos que este amor por el regateo y el comercio tiene mucho que ver con su porción de sangre sirio-libanesa (mayor que la mía, claro, que fue algo diluida por la sangre piamontesa).

Sea por la razón que sea, esta afición de mi padre por el regateo también se extiende (sobre todo en la India, aunque no únicamente) a los taxistas, hosteleros, y vendedores en general. Exhortado por la familia, ahora al visitar India va con más frecuencia a entes oficiales de cambio de divisas, pero en cuanto puede hace su escapada al mercado negro.

La situación típica sería algo así: mi padre se baja del autobús o taxi (según el cuerpo y el bolsillo dispongan ese día) en Main Guard Gate, pleno centro comercial de la ciudad, cruza la “puerta de la guardia principal” (construida durante las guerras carnáticas) que da nombre a la zona, y después de unos quince metros de poner cara de mirar al infinito, como si no buscara nada, ya se le ha acercado al menos una persona murmurando la palabra clave: “Change”. En cuanto mi padre se detiene para consultar el precio, ya se arremolinan dos o tres personas más, factor típico de cualquier transacción en la India, situación en la cual uno no tiene ni idea qué rol cumplen estos, en apariencia, espontáneos participantes, que no sólo observan sino que incluso dan su consejo, punto de vista y, por lo general, exhortan a adquirir el producto o servicio ofrecido.

Un detalle divertido de estas transacciones que tanto le gustan a mi padre, es que él no habla inglés (aunque en rigor de verdad entiende alguito más de lo que él mismo cree). No es que sea esencial hablar inglés para visitar la India, que no lo es, pero sí que es divertido presenciar esta interacción basada en “inglés roto” (traducción libre de broken English) y gestos, sobre todo cuando llega el momento del regateo. Por supuesto, siempre se llega a un acuerdo, como ya se sabe no hay lugar en el mundo donde los obstáculos idiomáticos frenen el ubicuo empuje del comercio.

Así es como luego de una transacción trabajada, las dos partes se marchan contentas: mi padre por haber satisfecho su vena de bazar; el cambiador de dinero y su séquito por haber obtenido otro cliente.

Mi padre y Nuria en Main Guard Gate

Prevenciones

En varias ocasiones nos habían prevenido de recurrir a estos cambiadores de dinero, pues además de ser poco fiables, pertenecen al mercado negro, del cual nada bueno sabemos, y por ende estaríamos colaborando como clientes con dinero usado para fines dudosos. Puede que estos argumentos hicieran mella en mi padre, que empezó a frecuentar casas de cambio oficiales, pero esto no tiene nada que ver con que él cite un episodio de transacción callejera como paradigma de aquel rasgo original de la sociedad india, es decir el del lingote.

Básicamente, después de un típico regateo airado, con amagues de buscar otro cambiador, discutiendo por la variación de una rupia en el valor de cada dólar, las dos partes concretaron el negocio y luego siguieron sus caminos. Una hora más tarde, al salir de una tienda, el cambiador se acercó a mi padre diciendo algo. Mi padre simplemente dijo (o gesticuló) que por hoy no necesitaba cambiar más y siguió su marcha. El cambiador insistía, lo cual es normal en los comerciantes indios en general. A este punto mi padre le decía que se marchara, que no quería cambiar más nada. Probablemente cansado de no ser entendido (hay casos en que el inglés sí es muy útil), el cambiador metió en el bolsillo de mi padre un fajo de billetes y se marchó.

Como es de esperar, mi padre quedó muy sorprendido, y aún más al constatar que el cambiador le había dado mil rupias. Fue entonces que contó, por segunda vez, el dinero total que había cambiado hacía una hora y descubrió que entonces se había equivocado y faltaban, justamente, mil rupias. Es decir que, por un lado, mi padre había regateado largamente con el cambiador para luego descuidar el conteo final del dinero (lo cual demuestra su amor por el regateo). Por otro lado, el cambiador se había equivocado en la cantidad (algunos dirán que no inconscientemente), y a pesar de también haber debatido largamente sobre el precio final, no optó por engañar a su cliente.

Más allá de si el cambiador se equivocó a conciencia o no, lo importante es que buscó a mi padre para devolverle (o darle, en realidad) el dinero que le correspondía, aún cuando quizás era mi padre el que había cometido el error de contar mal. A este respecto, conozco casos de personas, en Occidente, que reciben el cambio errado (es decir, de más) en alguna tienda o comercio y simplemente se lo llevan a casa, pues consideran que el error no es propio sino ajeno, y en este caso no se considera “robar”, por ejemplo. Al menos, no estrictamente. Siguiendo la filosofía espiritual de causa-efecto, tomar cualquier cosa que no sea propia se considera robar, y por consiguiente genera “mal karma”, o una consecuencia acorde a dicha acción incorrecta.

Bandeja

La conclusión de mi padre es que, en general, en la India todavía impera esta tradicional cultura ético-espiritual de la que tanto hemos leído en las antiguas escrituras y en los relatos de personas santas. En este caso, por tratarse de un cambiador de dinero del mercado negro, el caso es más significativo. No importa si se trata de una persona que comercia con dinero (no porque esto sea malo en sí, sino porque genera una impresión de ser alguien materialista) o que, según algunos, trabaja en un marco ilegal, incluso relacionado con fines dudosos. A pesar de todo esto, la persona elige no engañar al descuidado turista occidental, aunque se lo den servido en bandeja.

No era un lingote de oro, ni había pasado un año, pero mil rupias y una hora de espera podrían, para muchos, justificar el irse a casa con la inesperada ganancia. Está claro que no siempre será así, pero en este caso doy la razón a mi padre sobre la vigencia de los valores tradicionales de la India. Ojalá pueda hacerlo siempre.

Imágenes:

artescultorico.com.ar

portfolio.com

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