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Sin papeles

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El tiempo cura todas las heridas. Eso es lo que dicen.

Cuando uno está en medio de ciertas situaciones angustiantes o problemáticas, siempre hay alguien que dice “en el futuro, cuando te acuerdes de esto te vas a reír”. Y muchas veces es verdad.

 

El tiempo cura todas las heridas. Eso es lo que dicen. Lo que no dicen es cuanto tiempo tarda en curarlas. Supongo que es relativo, depende del caso.

De manera puntual, el caso que me propongo relatar sucedió hace exactamente un año y todavía, al acordarme de ello, no me puedo reír.

 

Quizás contarlo públicamente ahora, recordando minuciosamente el paso a paso, me sirva para exorcizarlo de una buena vez. Por que cargar con el pasado no es bueno. Eso es lo que dicen.

 

Local

 

Hace un año, después de sentir mi cuerpo dolorido, débil y vulnerable durante una semana entera, la infección provocada por algún bicho tropical (relato que quizás haga en otro momento) se había ido, y yo ya estaba en Trichy, para cumplir una nueva cita con el dentista (la crónica sobre los dentistas indios llegará, sin duda).

 

Como el fiel reflejo de una tierra de contrastes, de contradicciones y de altibajos, yo me sentía vencedor como el guerrero después de la batalla. Sentía que, como debe ser, la India me había dado un poco de escarmiento, me había mostrado su perfil duro, para convertirme en un hombre más fuerte.

 

Así, saliendo del consultorio del Doctor Sathya Narayana con un diente a la mitad (en espera de una corona), me sentía liviano, me sentía seguro de mí mismo, y sin pensarlo dos veces me subí al autobús repleto que pasaba; me subí con el autobús en movimiento, por supuesto; me subí por la puerta trasera y viajé una parada completa colgando hacia fuera, sintiéndome un local, un tipo que ya conoce y domina los vaivenes de la idiosincrasia india. Y no sólo eso, una vez que todo mi cuerpo estuvo dentro del autobús, disfruté sin pruritos de la fricción y el sudor de los pasajeros, pan de cada día para nosotros, los “locales”.

 

busindian

 

Tranquilidad

 

En uno de los discursos que Swami Premananda había dado últimamente, él advirtió sobre los peligros de viajar solo, ya que en la India “roban en todas partes”.

 

Sobre esto, el sur de la India parece bastante diferente del norte. Es decir, es más rural y por ende más tranquilo, la gente es más sencilla, hay menos turistas, y mucho menos acoso hacia estos por parte de los lugareños.

Yo ya había estado en el norte y estaba preparado para volver allí con el cuchillo entre los dientes, pero mientras tanto estaba en el sur, en Trichy, mi ciudad, y mi tranquilidad a este respecto era total.

 

Entonces, el autobús en el que viajaba se fue vaciando paulatinamente, y al llegar a mi parada, cerca de la Oficina de Correos, me bajé muy campante, todavía sintiéndome amo y señor del día.

Al acercarme a la oficina donde pensaba cambiar algunos euros por muchas rupias, busqué en mi bolso de mano la riñonera donde guardaba el dinero, la tarjeta de crédito y el pasaporte italiano.

 

Cada vez que repaso este pasaje me pregunto porqué tenía la riñonera dentro del bolso de mano y no, justamente, atada alrededor de mis riñones. Para justificar lo injustificable, la única explicación es que de tanto estar viviendo dentro del Ashram, sin llevar la riñonera puesta, había perdido la costumbre. Sumado a mi excesiva confianza en la seguridad de Trichy.

 

Sensación física

 

Al tantear mi riñonera y no encontrarla me puse nervioso, entonces busqué con más meticulosidad dentro de mi bolso, pensando que estaría en un rincón escondido. Con incredulidad primero, luego con estupor y finalmente con pánico, descubrí que alguien había cortado mi bolso en un lado y había, con certeza en aquel repleto autobús, tirado la riñonera por el tajo para llevarse todas mis pertenencias de valor sin que yo me diera ni cuenta.

 

Ahí estaba yo, en un mediodía árido, de pie al costado de la calle, pasando de la satisfacción plena a la desesperación más baja. Empecé a girar sobre mi eje como buscando una respuesta, murmurando cosas como “no puede ser” o “no, no, no…”. Y entonces yo ya no giraba, lo que giraba era el mundo, la escena a mi alrededor, como si estuviera en un vórtice o, menos poético, en un lavarropas. Entendiendo tantas metáforas, tuve la sensación física y tangible de que el mundo se me venía abajo, de que el cielo me aplastaba, pensé que todo era irreal.

 

Podría haber caído de rodillas gritando, pero en lugar de eso tuve la mínima lucidez de buscar ayuda. Intentando mantener la calma me metí a una tienda, pedí un teléfono, llamé a la policía que respondió sólo en lengua tamil. Me dieron indicaciones de donde quedaba la estación de policía (1 Km. dijeron) y yo seguí el dedo que señalaba en la dirección de donde había venido el fatídico autobús.

 

En un rapto de desesperación empecé a correr, y notando que una de mis sandalias estaba rota, me quité las dos y corrí como poseído sobre el ardiente asfalto de la ciudad, bajo el seco sol del mediodía (permítanme los ribetes literarios, por favor). Los pies ya me quemaban y unos transeúntes me dieron una segunda indicación, esta vez errada. Desencajado, volví sobre mis pasos, con los pies doloridos, tratando de no pensar en nada excepto en llegar. Pedí una tercera indicación, y se debe haber notado mi situación, por que esta vez el gentil hombre me subió a su motocicleta y me llevó directo a la comisaría (en medio de lo nefasto, un acto redentor, símbolo de la India; o como me dijo Ezequiel, “la Biblia y el calefón, hermano, la Biblia y le calefón…”).

 

vortice

 

Denuncia

 

Una vez en la comisaría me tuvieron más de dos horas para hacer mi declaración, que entre mi nerviosismo y el macarrónico inglés de los oficiales no debe haber salido muy clara, y me dieron un papel garabateado que hacía las veces de denuncia.

No hace falta ser un policía para darse cuenta que no había nada que hacer. El autobús está en movimiento, es imposible volverlo a encontrar y menos saber donde bajo el ladrón. Tampoco sabía en que punto del trayecto fui robado, y esto parecía de vital importancia para los investigadores.

 

A pesar del tortuguil timing de los oficiales de policía, y de toda la calma burocrática que corresponde, debo decir que me trataron bien.

De hecho, el señor inspector se apiadó de mí y antes de marcharme, ya con la denuncia en mis manos (escrita en tamil), me dio cincuenta rupias para que al menos pudiera volver al Ashram. Además, me hizo llevar en moto por un asistente hasta la estación de autobuses.

 

Lo que pasa es que yo me había quedado sin un solo devaluado peso, sin una mísera rupia, sin un mero euro. Tampoco tenía una tarjeta para utilizar, y tampoco tenía un documento para probar mi identidad.

A la sazón, yo me encargué de bloquear mi tarjeta y de conseguir más fondos (todo esto con la colaboración y buena voluntad de diversas personas). Sin embargo, lo que más me preocupaba era el pasaporte, que esperanzado creí que se podría recuperar de alguna forma.

 

Miedo

 

Supongo que debido a lo mucho que me costó obtener ese pasaporte italiano y a todo lo que significaba en términos de simplificar la vida como inmigrante en Europa, mi mayor miedo era perder ese papel.

Esto, incluso antes de que pasara nada. De manera irracional, cada tanto pensaba en la posibilidad de perderlo y se me helaba la sangre.

Tenía excesivo miedo de pasar problemas para volver a entrar Europa, justamente ahora que todo, a fin de cuentas, estaba en regla.

 

Sin embargo, pronto iba a descubrir que más difícil que entrar a Europa era salir de la India.

 

Luego de algunas averiguaciones, decidí ir hasta New Delhi para visitar la Embajada Italiana. Podría haber ido a alguna oficina consular más cercana, en Chennai, pero pensé que el paso por Delhi era necesario para emprender un nuevo viaje hacia el norte, hacia los Himalayas. Pero para esto, tendría primero que conseguir papeles.

 

clandestino

 

El Proceso

 

Franz Kafka es considerado uno de los escritores más influyentes de la literatura moderna. Su estilo literario es muy característico (lleno de desesperación, absurdo, fatalidad), a tal punto que existe el adjetivo “kafkiano” para graficar una situación, justamente, tortuosa, sin sentido, interminable, angustiante, etc.

Uno de los puntos cardinales de este estilo es su novela “El Proceso”, en que un hombre es arrestado sin saber la razón, y luego debe pasar por una serie de estadios judiciales que nadie parece entender.

 

Pues bien, tengo razones para creer que Kafka no ha sido tan precursor como todos creen. Es más, estoy prácticamente seguro que su novela (y gran parte de su estilo) es un plagio impune de las prácticas de la administración pública en la India. O eso, o todos los empleados públicos de la India son fervientes lectores de Kafka, no lo sé.

 

Después de dos días de viaje (autobús y tren) llegué a New Delhi temprano en la mañana y me fui directo a la residencial zona de embajadas. No había muchas personas esperando, pero de todos modos no era el servicio más expeditivo del mundo.

De todos modos, en la embajada se portaron bien y me hicieron lo que se llama un “documento di viaggio”, para que yo pudiera probar mi identidad, entrar en Europa y gestionar cualquier otra documentación. Dicho documento me fue recién dado por la tarde pues necesitaba una especial aprobación del embajador.

 

Fue aquí, en la embajada, que me informaron de la necesidad de tener una nueva visa para poder justificar la estadía en el país y, sobre todo, el derecho a salida.

 

kafka-proceso

De boliche en boliche

 

Entonces, fui a la Oficina de Extranjeros (Foreigners Regional Registration Office) esa misma tarde y rogándole a los empleados del lugar, pues decían que ya era tarde, logré que me iniciarán el trámite. Me daban un permiso para permanecer en la India por dos semanas y luego partir.

 

¡El problema es que mi billete de regreso a Europa era en tres semanas! ¡Y además mi visa era de 6 meses! Otra vez rogando, dijeron que iban a buscar mis datos en el registro de entradas de la aduana del aeropuerto. Mientras tanto tenía que ir al Ministerio de Asuntos Interiores para pedir la prórroga hasta mi fecha de regreso.

 

Allí estuve temprano y luego de gestionar el permiso, tuve que regresar a buscarlo a las 5pm. Entonces, me dieron un sobre cerrado que expresa y tajantemente me aconsejaron no abrir. Los empleados de la Oficina de Extranjeros lo abrirían por mí.

Al parecer, el contenido del sobre es confidencial y, en mi caso, la respuesta a mi pedido de prórroga era desconocida hasta que se abriera el sobre al día siguiente.

 

Por ende, mientras al tercer día de trámites burocráticos, hacía cola en la puerta de la Oficina de Extranjeros, yo estaba razonablemente nervioso por el contenido del sobre.

Una vez dentro, la misma empleada que el primer día se había apiadado de mí, tenía mi expediente a mano y al abrir el sobre secreto, pues estaba el sello de “Aprobado”.

Otro empleado simpaticón y lento me hizo el papel mientras la Oficina se seguía llenando de personas y tensión. Hubo una firma más y todo estaba listo.

 

Entonces, feliz e incrédulo, tomé conmigo la pesada mochila que siempre llevaba conmigo porque no sabía cuando terminaría todo, y le dije al conductor que me llevará directo a la estación de trenes.

Una vez en la estación, el tren que yo había visto en la guía ya no existía, así que a otro conductor le ordené que me llevará a la estación de autobuses, cruzando la ciudad una vez más.

 

Me subí a la primera catramina que encontré, rumbo al norte, rumbo a las montañas. Escapando de Delhi, su tráfico, su contaminación y sus oficinas públicas.

 

Moraleja

 

Una vez pasado el temblor, quise analizar los hechos y buscarle una explicación, y sobre todo, una enseñanza.

Cuando tuve la oportunidad, le pregunté a Swami Premananda si lo sucedido tenía algún “significado espiritual”. Swami, con la llaneza de siempre, me dijo, “eres descuidado, no te robaron, tú les has dado las cosas a ellos”.

Y sí, hay cosas que son como son, no sirve de nada darle vueltas.

 

De todos modos, si tengo que sacar una enseñanza de todo esto sería que ese papel, ese pasaporte italiano, que yo tanto celaba y que tanto temía perder, pues se perdió. ¿Y qué pasó? Nada.

Es decir, más allá de los disgustos prácticos, eso no repercutió en mi vida profunda. No me cambió la vida.

Todavía hoy, a un año de distancia, no tengo pasaporte italiano porque los encargados del Consulado Italiano de Barcelona parecen ser también grandes lectores de Kafka.

 

pasaporte-italiano

 

Sin embargo, aprendí, o eso quiero cree al menos, que un papel no es la vida.

Y también aprendí que aunque pasa algo en apariencia tan serio e indeseado, no es para tanto. Que todo pasa, que todo tiene una razón de ser, que el tiempo todo lo cura…

 

Y aunque un año después aún no me puedo reír de lo sucedido, estoy seguro de que esta catarsis colectiva será el principio del fin para alivianar la carga. Gracias por contribuir.

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  1. Sin duda tienes un gran talento como escritor! Felicidades por ello, por tu viaje, por tu blog y, en particular, por este último relato, en el que generas las ganas de no parar de leerte.
    Ojalá muchos tengan el privilegio de disfrutar de tu arte.
    Felicidades y la mejor de las suertes

    Responder
  2. Me encanta la reaccion de Swamy. Me imagino que buscarias consuelo espiritual para consolarte, pero su respuesta fue lo mas natural que podia decirte, “te robaron por descuiodado, aprende la leccion”. Buenisimo.
    Cuando volvamos hablaremos de esto y de muchas otras cosas compartiendo un matecito (o un tere) y seguro nos reiremos.
    Un abrazo

    Responder
  3. Hola Naren! Muchas veces leo tu blog y me siento motivada espiritualmente. Otras, me recuerdas cosas o eventos de mi querida India, o aprendo de tus cuidadas investigaciiones sobre temas orientales. Todo lo disfruto. Pero hoy me hiciste reír a mandíbula batiente con tu conclusión de que los empleados burocráticos de India (y algunos italianos) son seguidores de Kafka! Una perla de sabiduría! Gracias por tu dedicación a tu blog y por tu buen humor!

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