Hijo de Vecino

El papel de la mujer en el yoga

Las practicantes actuales se preguntan cuál ha sido el camino de la mujer en la tradición del yoga, ya que de un contexto índico patriarcal en que lo femenino era poco visible, nos encontramos en un momento de auge del yoga en que la mujer es el público principal. 

Cada vez que voy a un curso de formación de instructores de yoga o a un taller o incluso a una clase semanal, alrededor del 80% de las participantes son mujeres y, sobre todo si hablamos de historia del yoga, es inevitable que surja una pregunta compartida: ¿por qué cuando estudiamos los orígenes del yoga no aparecen casi mujeres y, sin embargo, hoy el público femenino es mayoritario? O, dicho de otra manera, ¿cuál es el papel de la mujer en el desarrollo de la tradición yóguica?

 

Desde la perspectiva histórica, el yoga ha sido, desde sus comienzos índicos, un territorio con prevalencia masculina, o al menos así lo indican las variadas referencias textuales y artísticas con las que contamos desde hace más de dos milenios.

 

Al tratarse de una estructura patriarcal, la sociedad india siempre ha dado mayor visibilidad al hombre y, siguiendo esta línea, en el ámbito del yoga la presencia explícita de la mujer ha sido escueta, por lo que tenemos escasa información detallada sobre su papel en la práctica del yoga a lo largo de la historia.

 

De hecho, la totalidad de maestros indios que llegaron a Occidente a finales del siglo 19 y principios del siglo 20 como pioneros en la difusión del yoga eran de género masculino, lo cual concuerda con la estructura socio-religiosa india de aquella época, en que los aspectos físicos (haṭha yoga) y filosóficos (jñāna yoga) del yoga eran monopolio de los hombres, al menos en la esfera pública.

 

En el siglo 19 la situación no era muy diferente en Occidente, y son contadas con los dedos de una mano las mujeres occidentales que destacaron por ser pioneras en difundir el yoga en alguno de sus aspectos, entre ellas la rusa Helena Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica, o la bailarina y profesora estadounidense Genevieve Stebbins (1857-1934), que incluía ejercicios yóguicos mezclados con gimnasia en su método para enseñar danza y canto.

 

A pesar de la escasa presencia de maestras mujeres (indias u occidentales), el público femenino fue crucial en la recepción positiva de Swami Vivekananda y los subsiguientes gurús indios que llegaron, sobre todo, a los Estados Unidos en el inicio del siglo 20. Análisis académicos basados en diversas fuentes indican que, tanto los participantes a eventos organizados por maestros indios como sus estudiantes más cercanos, eran mayoritariamente mujeres de raza blanca, en una proporción del 75% en relación con la presencia masculina.  

 

En el actual siglo 21, y a pesar de su imparable popularidad, existen escasos datos fiables sobre el número y género de los practicantes de yoga en Occidente. A nivel estadístico, las fuente principales con la que contamos provienen de Estados Unidos, considerado el mayor mercado de Yoga, que en un estudio gubernamental de 2017 expone que, en personas mayores de 18 años, las mujeres son mayoría en la práctica del yoga en un 70% y de la meditación en un 58%.

 

En España, un estudio de mercado realizado en 2014 por una desaparecida plataforma digital (aomm.tv) habla de un 65% de practicantes mujeres. Por otro lado, de forma informal, basadas en su percepción subjetiva y en cifras no verificadas, el grueso de las personas involucradas en el ámbito del yoga (profesores, formadores, dueños de escuelas, estudiantes…) a las que he consultado opinan que, al menos, el 75% de los practicantes son de género femenino, aunque siempre hay excepciones.

 

Si en 1893 el público estadounidense mayoritario que recibió a Swami Vivekananda eran mujeres blancas, cultas y acaudaladas, en 2022 podemos afirmar que el público femenino se ha democratizado y sus practicantes, de ninguna manera, se limitan a las clases sociales acaudaladas o cultivadas, aunque la tendencia general (tanto en estadísticas como en la percepción generalizada) sigue marcando una mayoría de mujeres -alrededor del 70%-, en contraste con los hombres, con un porcentaje muy similar al del día que Vivekananda llegó a Chicago.

 

Si, por comparar, escudriñamos en la India de hoy, sabemos sin dudas que, a nivel religioso y como prueban estudios etnográficos contemporáneos, los sādhus o ascetas son casi en su totalidad varones, como siempre ha sido.

 

A nivel del público general, en cambio, la situación es diferente, tal como demuestran sondeos realizados en la India que, a pesar de números no siempre coherentes entre sí, ofrecen una tendencia que indica que las mujeres indias ahora practican yoga en una proporción del 50%.

 

Con un cuarto de siglo 21 ya transcurrido, los potentes movimientos feministas globales están cambiando la forma en que las mujeres realizan yoga, empezando por las ubicuas sesiones de yoga prenatal, los talleres lunares para adaptar la práctica a los ciclos de menstruación o la conjunción de círculos de mujeres y técnicas de base yóguica. Si alrededor del 70% de las practicantes de yoga son mujeres, es lógico que la disciplina adopte un cariz más amable con las necesidades femeninas.

 

Incluso a nivel académico, estamos viendo un surgimiento esperanzador de mujeres que se dedican al estudio y la divulgación de los aspectos más filosóficos del yoga. Si en el mundo actual es difícil encontrar una mujer con el cargo de primera ministra o de presidenta de una junta ejecutiva empresarial, mucho más arduo es hallar una mujer que sea reconocida y seguida como filósofa en el ámbito yóguico contemporáneo.

 

Ante el gran contraste entre los orígenes aparentemente patriarcales del yoga y su presente cada vez más feminista, hay una laguna de conocimiento que diferentes estudiosos/as, profesores/as y divulgadores/as están intentando llenar.

 

Si la presencia femenina es hoy tan relevante, ¿cómo ha sido su camino y evolución en la tradición india? ¿Qué tienen esas maestras antiguas para enseñarnos y, muy importante, dónde están esas enseñanzas?

 

Son preguntas que cada día interesan más y que, por fortuna, podemos empezar a responder.

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Esto lo abordaremos con el análisis riguroso -a la vez que ameno– del material que nos proveen miles de años de información, desde los restos arqueológicos del Valle del Indo hasta los manuales de haṭha yoga, pasando por los himnos védicos, las epopeyas, la poesía devocional o los textos tántricos.

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