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Dos poemas sobre lo que no quiero

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Por mi crianza y también por los maestros que he tenido en la vida, siempre he escuchado que, espiritualmente, “todos los caminos genuinos son válidos” y, además, que “todos los caminos conducen a la misma meta”. No todas las personas están de acuerdo con esa concepción, ni siquiera dentro del hinduismo que es, en general, mucho más integrador que otras corrientes religioso/espirituales, pero no voy a discutir sobre eso hoy. De todos modos, creo que sí es bastante comprobable que, en muchas ocasiones, el mensaje espiritual de corrientes espirituales en apariencia divergentes es muy similar, aunque varíe la terminología o incluso la filosofía que la sustenta.

Hay libros que comparan el método de los yoguis con el de los místicos cristianos o compilaciones que intentan demostrar la esencia común a todas las religiones. Yo no tengo tantas pretensiones. Limitándome al hinduismo, solo quiero compartir dos poemas que, leídos en distintos momentos, me han parecido muy similares en su forma literaria y, asimismo, en su enseñanza.

El primero es obra del gran poeta tamil Mānikavasagar (Māṇikkavācakar en sánscrito), que vivió entre el siglo VII y IX de nuestra era (la fecha exacta es motivo de debate). Sus cantos y poemas devocionales son una joya del misticismo shivaíta tamil y son cantados todavía hoy por miles de devotos, aunque en español su obra es casi inédita, desgraciadamente.

Para los interesados, en la Antología de poesía devocional de la India traducida por el poeta Jesús Aguado, aparecen dos poemas. Por su parte, las primeras líneas del poema que hoy nos incumbe aparecen en el excelente libro Mística medieval hindú, editado por Swami Satyānanda Saraswatī, donde sale un esbozo de la vida y obra del santo tamil acompañado de un puñado de inspiradores poemas.

manikavacakar

El poema, que sería parte del himno 39 de su gran obra Tiruvācakam, dice (en una posible traducción):

No busco familiares ni amigos;
no busco una morada;
no busco la fama ni el renombre;
no busco ser un erudito;
todo lo que hay que aprender me es suficiente.

¡Oh bailarín!, que moras gozoso en Kuttalam,
tus resonantes pies buscaré,
para que así como la vaca busca a su ternero,
mi anhelante alma se entregue a Ti.

Quizás sirve aclarar que Mānikavasagar era un gran devoto del Señor Śiva en su aspecto de Naṭarāja, el bailarín cósmico que crea, sostiene y destruye el universo con su baile, un particular aspecto de lo divino que es especialmente amado en el sur de la India.

El segundo poema de hoy es autoría del santo y místico bengalí  Śrī Caitanya Mahāprabhu (léase Shri Chaitanya), que vivió en los siglos XV-XVI y fue, además de un gran erudito, un impulsor clave del camino devocional, o bhakti mārga, enfocado en la adoración a Dios como Śrī Kṛṣṇa (Krishna). De hecho, los seguidores de la teología elaborada por Śrī Caitanya, encuadrados en la Gauḍīya sampradāya, consideran que él mismo fue una encarnación o avatāra de Kṛṣṇa.

El objetivo último de la filosofía Gauḍīya es que el devoto se convierta en un perpetuo servidor de lo divino, lo cual sería su “liberación” y, para ello, la práctica principal consiste en adorar a Kṛṣṇa y a su amante Rādhā con la repetición del nombre divino, a través de mantras, himnos y cantos devocionales, muchas veces acompañados de embriagadores bailes que llevan al éxtasis.

La tradición explica que, durante su vida, Śrī Caitanya solo compuso y escribió una enseñanza que consta de ocho estrofas y que se titula Śrī Śikṣāṣṭaka (Shri Shikshashtaka). El resto de su enseñanza fue escrita y transmitida por sus discípulos directos principales. De esas ocho estrofas, la cuarta es la que me interesa hoy:

na dhanaṁ na janaṁ na sundarīṁ kavitāṁ vā jagadīśa kāmaye /
mama janmani janmanīśvare bhavatādbhaktirahaitukī tvayi //

En una posible traducción (muy basada en la de María Elena Sierra y Fernando Giménez Castellà) sería:

“Ni riqueza, ni seguidores, ni belleza, ni siquiera ser elogiado como poeta; mi único deseo, ¡Oh Señor del Universo!
es el de estar absorto, nacimiento tras nacimiento, en la devoción a Ti, sin ningún otro motivo personal”

Al analizar los dos poemas, es fácil notar el recurso retórico de la anáfora, en que se hace claro, mediante la repetición, el rechazo a ciertos beneficios materiales que la mayoría de personas siempre buscamos. Este detalle fue lo que primero me llamó la atención de las dos composiciones, porque si bien ese desapego es una actitud que se supone uno espera de los santos, su enumeración contiene una enseñanza para todos. Quizás pocos de nosotros queramos crear una start-up y venderla por millones a Google o ser tan famosos como Lady Gaga, pero en una medida u otra todos buscamos reconocimiento, dinero, erudición y, por supuesto, casa y afectos.

Obviamente las necesidades materiales existen y no estoy poniendo eso en duda, sino que me parece muy bueno que nos recuerden cada tanto (lo más frecuente posible) que hay algo más allá. Para mí es fácil decir “soy espiritual”, “me interesa poco el dinero”, “no me preocupo por mi peinado” o “ni siquiera sé cuántos lectores tiene mi blog”, pero quizás todo eso está más latente de lo que uno cree. Basta un mes de pocos ingresos o una crítica a mi prosa para que los intereses mundanos asomen la cabeza.

Todo esto para decir que me gusta que santos corroborados y nobles como Mānikavasagar y Śrī Caitanya nos recuerden, desde distintas escuelas filosóficas y distintas épocas, que la felicidad no está en lo material, por sutil que sea su manifestación. Y además, demostrando por qué son considerados grandes bhaktas, los dos nos indican hacia dónde dirigir la mente, la atención, la vida y la búsqueda: los pies danzantes de lo divino.

Como bonus, dejo una recitación tradicional del Tiruvācakam, que no hay muchas disponibles en la red, hecha en el sur de la India, específicamente en el Sri Gnananada Niketan:

Las versiones del Śrī Śikṣāṣṭaka son mucho más variadas, así que comparto una más clásica:

Y otra más moderna del artista y devoto Gaura Vani que, aunque solo cita las tres primeras estrofas del texto, me gusta mucho:

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  1. Todo es perecedero. Nadie en su sano juicio se enamoraría de un cadaver. Sin embargo, nos enamoramos de cadáveres-to-be y sufrimos cuando lo inevitable llega.
    Lo único que no muere eterno es la danza de Shiva, el constante cambio del Universo, plasmado en el incensante burbujeo mis propios átomos. Es ahí donde los sabios posan su mirada, haciéndose uno con el cambio, con la inmortalidad..

    Responder
  2. Estoy bastante de acuerdo con lo que el método del Yoga es bastante parecido a los místicos Cristianos. De hecho invito a todo practicante de Yoga y estudioso de la filosofía vedica a que lea, subida al monte carmelo, cántico espiritual o la noche oscura de San Juan de la Cruz. O el castillo de las moradas interiores de Teresa de Ávila.
    Quedaran muy sorprendidos os lo aseguro.

    Responder

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