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Los seis enemigos de la evolución espiritual

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El practicante espiritual debe enfrentarse a muchos retos en el apasionante viaje hacia el auto-conocimiento y uno de esos grandes desafíos es la lucha cotidiana con los llamados ariṣaḍvarga (arishadvarga), el “grupo de los seis enemigos”. Se dice que estos duros oponentes para la evolución espiritual se encuentran escondidos en nuestra propia mente, aunque también es cierto que salen a la luz con bastante frecuencia, a veces de forma muy patente y otras de manera más sutil.

Sin más vueltas, enumero estos seis enemigos de la mente:

  • Deseo o lujuria (kāma)
  • Ira (krodha)
  • Codicia (lobha)
  • Confusión o error (moha)
  • Soberbia (mada)
  • Envidia (mātsarya)

Es verdad que a primera vista uno podría encontrar similitudes con los famosos siete pecados capitales del cristianismo, aunque en realidad hay diferencias filosóficas importantes. Por ejemplo, en el cristianismo la soberbia es el principal pecado del que derivan los demás, mientras que en esta visión hindú la fuente de todo pecado es kāma, el deseo, que según el contexto también se puede traducir como lujuria.

El hinduismo sostiene que la naturaleza del deseo es inagotable y por más que uno satisfaga uno de sus tantos deseos siempre habrá nuevos deseos surgiendo (el desasosiego de muchas personas ricas o famosas es un claro ejemplo). Se dice que el deseo es como el fuego y que su satisfacción es como madera o mantequilla clarificada (ghī) que se echa a las llamas y no hace más que alimentar esa hoguera de deseos. La solución, entonces, es reducir los deseos a través del control de los sentidos y de la mente.

En la Bhagavad Gītā (3.37) el Señor Kṛṣṇa explica que del deseo no satisfecho – lo cual, como sabemos, es algo muy frecuente – surge la ira (krodha). Es decir, cuando no sucede lo que esperamos o sucede de forma diferente, generalmente nos enfadamos, nos molestamos y hasta nos encolerizamos.

Cuando uno está iracundo surge, entonces, la confusión mental (moha), es decir la falta de discernimiento que nos impide ver qué está mal o bien y nos lleva a actuar irracionalmente impulsados por las emociones del momento. Este error o engaño en que cae la mente se debe a que la ira nos obnubila, y puede ser tan fuerte que uno llega a olvidar sus valores morales, sus principios o sus modales para hacer o decir cosas de las que luego, en muchos casos, se arrepentirá.

La soberbia, orgullo o arrogancia (mada) es un resultado natural del error mental que nos infunde la creencia de que uno es superior o mejor que los demás. Si, como explica el hinduismo, nuestro verdadero ser es idéntico en potencial divino a los demás seres, ¿cómo puedo yo, en esencia, ser mejor o peor? Para avanzar espiritualmente la humildad es fundamental y, por ello, este enemigo también hay que vencerlo.

Por su parte, la codicia (lobha) o también avaricia, que puede incluir el pecado de gula, es un deseo exacerbado de riquezas o bienes materiales que, como dice Swami Sivananda, “nos vuelve ciegos a los intereses y los sentimientos de los demás”. Es la naturaleza del deseo en estado puro, que además nos quita cualquier atisbo de compasión por los demás.

En este punto, la envidia (mātsarya) tiene un efecto similar, ya que nuestros deseos insatisfechos e inacabables provocan sentimientos negativos hacia los demás y nos nublan el entendimiento de que cada uno tiene lo que le corresponde y de que el bienestar ajeno no es sinónimo de mi desdicha.

Si hay algún lector que ya ha vencido totalmente a alguno de estos seis enemigos, lo felicito. Si, en cambio, todavía está en la lucha lo mejor parece ser enfocarse en kāma, el deseo, que es el origen de los demás. Si esto les parece poco, entonces podemos seguir el consejo del Señor Kṛṣṇa que destaca tres enemigos como “las tres puertas del infierno”: lujuria, ira y codicia (Bhagavad Gītā 16.21). En todos los casos es una batalla dura. Y si no, que lo diga Viśvāmitra (Vishuamitra).

Viśvāmitra era un rey que un día llegó, junto a su ingente ejército, a la ermita del gran sabio Vasiṣṭha (Vasishtha). El sabio le recibió con hospitalidad y palabras auspiciosas y quiso ofrecerle un banquete real acorde con el estatus del monarca. El rey al principio se negó pues en la ermita no había más que frutas y raíces, pero Vasiṣṭha insistió y llamó a Kāmadhenu, “la vaca de la abundancia”, que era de su propiedad, ordenándole que creara un banquete para satisfacer el paladar de Viśvāmitra y de todos los miembros de su ejército. La vaca lo hizo sin esfuerzo.

Al ver esto, en Viśvāmitra se despertó el fuerte deseo de poseer la vaca, que le sería muy útil en los asuntos del reino, y le exigió al sabio que se la diera. Vasiṣṭha se negó y entonces Viśvāmitra ordenó a sus soldados que capturaran la vaca por la fuerza. Ante su indefensión, el sabio mandó a la vaca a que creara un poder para contraatacar y entonces, con su mugido, Kāmadhenu creó miles de guerreros que destruyeron los poderosos ejércitos reales. Encolerizado, el rey en persona comenzó una pelea directa con el sabio, utilizando todas sus fuerzas, sus armas y su conocimiento del arte de la guerra, pero Vasiṣṭha fue capaz de derrotarlo con la simple ayuda de su bastón de renunciante.

En ese momento, Viśvāmitra se dio cuenta de que el poder que daba la ascesis era mayor que cualquier otro y decidió retirarse a las montañas para convertirse él también en un brahmaṛṣi (brahmarishi), un sabio establecido en Brahman, el Absoluto, y así poder vengarse de Vasiṣṭha. O sea, incluso en el momento de decidirse por abandonarlo todo para conocer la Verdad última el rey lo hace con la idea de venganza. Así de fuerte es la obnubilación que produce la ira.

Abandonando sus riquezas, su reino y su familia, el hasta entonces rey Viśvāmitra se recluye en un alto pico de los Himalayas para realizar prácticas ascéticas (tapas) y ganar poderes yóguicos. Tan intensas fueron las austeridades de Viśvāmitra que Indra, el señor del Cielo, comenzó a preocuparse por perder su puesto ante tanto poder interior y, como estrategia, envía una apsara, una hermosa ninfa celestial, de nombre Menakā, para tentarlo. Vencido por el deseo sensual (kāma), Viśvāmitra olvida su vida de austeridad y vive felizmente con la ninfa por diez años, perdiendo así parte de sus méritos ascéticos.

Viśvāmitra con Menakā.

Cuando Viśvāmitra se da cuenta de que ha sido vencido por la lujuria emprende un nuevo ciclo de austeridades, esta vez más duro, que dura por mil años y que consiste en ayunar completamente y estar con los brazos en alto. El fuego interno que genera es tan ardiente que todos los devas temen por su estatus y deciden enviar a otra ninfa seductora, de nombre Rambhā. Pero Viśvāmitra ya ha vencido el primer enemigo y rechaza a Rambhā, aunque se encoleriza tanto por este intento de distracción que le lanza una maldición y la convierte en piedra. Apenas hecho esto, Viśvāmitra se da cuenta de que había vencido a la lujuria pero se había dejado vencer por la ira (krodha). Una vez más, los méritos adquiridos se perdían.

Entonces, ahora sí, Viśvāmitra decide ponerse en serio practicando tapas y se va a un pico bien alto y solitario donde toma también el voto de silencio. Y así pasa mil años, ayunando y callado, hasta que llega el día en que le toca romper el ayuno. Entonces llegó Indra, disfrazado de brahmán, y le pidió su comida como típico acto de hospitalidad. Viśvāmitra no tuvo problemas en ceder su alimento y seguir en ayunas, lo cual demostró que había dominado la codicia y la avaricia (lobha).

En este punto, el dios creador Brahmā hizo su aparición para decirle a Viśvāmitra que era un mahāṛṣi (maharishi), un “gran sabio”, y que para ser un brahmaṛṣi, el máximo nivel de sabiduría, debía pedir la bendición de, ni más ni menos, Vasiṣṭha en persona. Viśvāmitra se sintió frustrado ante esta propuesta y, aún cegado por la ilusión (moha), decidió matar al sabio Vasiṣṭha para así, quizás, convertirse en un brahmaṛṣi. Para eso se dirigió a la ermita del santo con una gran piedra sobre los hombros y se colocó en la entrada a esperar que éste pasara de camino a sus rituales matutinos.

Entonces, Viśvāmitra escuchó al sabio Vasiṣṭha que se acercaba mientras hablaba con su mujer y decía: “Viśvāmitra es un hombre tan grandioso que está a punto de lograr el máximo logro de brahmaṛṣi pero aún tiene vestigios de soberbia y envidia”. A lo que la mujer replica: “Pero si él lo merece, ¿entonces no me digas que no vas a bendecirle con ese estatus elevado?”. Y Vasiṣṭha dice: “Claro que le daré mis bendiciones. Siempre y cuando él venga a verme”.

Escuchando estas palabras, Viśvāmitra se sintió avergonzado por su soberbia (mada), odio y envidia (mātsarya) hacia un santo así de compasivo y humilde y dejando la roca a un lado se lanzó a los pies de Vasiṣṭha, que le dijo: “Ahora te has convertido en un brahmaṛṣi, ya que al vencer a los seis enemigos has demostrado al mundo que el espíritu humano es invencible”.

De hecho, Viśvāmitra es conocido por ser uno de los más venerados sabios de la cultura védica, encargado de componer una parte del Rg Veda (Rig Veda), incluyendo el famoso Gāyatrī mantra.

Perdonen la simplificación, pero esta historia y la lucha contra los seis enemigos me hacen acordar, y con esto acabo, a un viejo chiste popular, que dice así o similar:

El hombre más anciano de la provincia, con 108 años, se encuentra en una radio local para una entrevista.

El periodista le pregunta lo obvio: – “¿Cuál es su secreto para vivir tantos años?”.

El anciano responde: – “Nunca llevarle la contraria a nadie”.

El periodista, que quizás esperaba una compleja fórmula dietética o una revelación mística, replica algo ofuscado: – “¡Hombre, no me dirá que sólo con eso ha llegado Usted a esta edad!”.

Y el anciano responde, calmo: – “Pues tiene Usted razón, no debe ser por eso”.

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  1. Muy bueno Naren, gracias por difundir el Conocimiento!

    Responder
  2. Elsa Ester Patitucci.

    Gracias, me encantó tu modo simple de contarlo.

    Responder

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