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La historia del perro a las puertas del cielo

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Según dicen, cuando alguien tiene un hijo se pone monotemático y, aparte de poner la foto del retoño como fondo de pantalla en el móvil, sólo habla de la consistencia de sus cacas, de su temprana inclinación a la música y de su ya manifiesto y fuerte carácter. Si, además, uno tiene un blog, aprovecha cualquier excusa para hablar de su hijo, siempre dándole al tema aires intelectuales o hasta espirituales.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia, pero justamente hoy quiero comenzar contando que desde hace un par de semanas nuestra hija dice “babau”, que en paidolecto (es decir, el lenguaje infantil) significa “perro”. No sabemos quién le enseñó ese idioma porque en casa hablamos español y, cómo máximo, le enseñamos a ladrar (que, por si no lo saben, se dice “guau, guau”, al menos en español).

La cuestión es que la niña ya reconoce un perro, sea de carne y hueso o dibujado, y le encantan, como es normal en una nena con extra-ordinaria atracción hacia los animales. Es verdad que hubo un momento de ambivalencia cuando ella confundió el dibujo de un oso con un perro, pues la verdad que son dos especies que se parecen, pero ahora las diferencias ya están claras, aunque el sonido del oso no lo tenemos muy definido en nuestro hogar.

Todo esto es para decir que, en casa, últimamente decimos mucho “perro” y, por otro lado, estoy leyendo el excelente libro El hinduismo de Swami Satyananda Saraswati, que a cada página me instruye y me da inspiración para nuevos posts, en este caso recordándome la historia del perro en el Mahābhārata (Mahabhárata).

La gran obra épica de la India, que de tan monumental sostiene que “aquello que no se encuentra en ella no puede ser encontrado en otro sitio”, tiene un final tan grandioso y conmovedor como el resto del texto. No pretendo contar el final en detalle, no se preocupen, sino un conocido fragmento relacionado con el tema canino que nos compete hoy.

Después de que la cruenta batalla familiar entre Pāṇḍavas (Pándavas) y Kauravas (Káuravas) llegara a su fin y los hermanos Pāṇḍavas reinaran por 36 años con rectitud y prosperidad, llegó el triste día en que Kṛṣṇa (Krishna) – su pariente, amigo, protector y Señor – dejó su cuerpo material y regresó a la esfera celestial. Con esta noticia, los Pāṇḍavas no encontraron sentido a seguir viviendo y se aprestaron para su último viaje, en dirección a los Himalayas.

De esta forma, el recto rey Yudhiṣṭhira (Yudhishthira), el mayor de los Pāṇḍavas, dejó el trono para coronar a su sobrino-nieto Parīkṣit (Parikshit), el único heredero legítimo y, junto con sus cuatro hermanos – Bhīma, Arjuna (Árjuna), Nakula (Nákula) y Sahadeva – y su esposa común Draupadī (Dráupadi), emprendieron una peregrinación hacia el elevado monte Meru, considerado centro del universo y puerta de entrada al Cielo (svarga). Ni bien salidos desde la capital del reino, a estos seis dignos personajes se les unió un séptimo viajero anónimo: un perro, que en sánscrito se dice śvan (shvan).

Después de una dura travesía y a medida que subían las empinadas laderas del monte Meru, la reina Draupadī se desplomó y cayó muerta. A pesar del dolor, los cinco hermanos siguieron adelante, pues entendían que el alma es inmortal y el cuerpo físico está destinado a perecer. Al poco tiempo, Sahadeva, el menor de los Pāṇḍavas, también cayó muerto, pero la procesión siguió su curso. El siguiente en caer fue Nakula, famoso por su belleza. Arjuna, el gran guerrero, viendo a sus hermanos y su esposa muertos sintió gran pena y también, allí mismo, abandonó su cuerpo. Finalmente, Bhīma, poseedor de gran fuerza, también hizo su última exhalación entre las rocas de la montaña.

Sin mirar atrás, Yudhiṣṭhira siguió su camino, ahora con un único compañero: el fiel perro.

Entonces, un brillo especial surgió junto a un fuerte sonido para marcar la aparición de Indra, el rey de los devas, el Señor del Cielo, que se presentaba montado en su carruaje celestial para informar a Yudhiṣṭhira que había llegado al final de su viaje y para invitarle a subir al carro y entrar al ansiado Cielo. Yudhiṣṭhira se sintió honrado pero no quería marcharse sin sus hermanos ni su esposa, aunque Indra le explicó que su familia ya estaba esperándole en el Cielo y que sólo habían abandonado el transitorio cuerpo físico. Sin embargo, él, Yudhiṣṭhira, tenía el raro privilegio de poder entrar al Cielo con su propio cuerpo físico.

Ya decidido a subir al carruaje, Yudhiṣṭhira dijo: “Este perro me es extremadamente fiel. Me gustaría llevarlo conmigo al Cielo”.

Indra se rió de esta idea y respondió: “Se te asegura inmortalidad y prosperidad sin límites; eres la persona más afortunada del mundo. No pierdas todo por amor a un perro. No hay lugar en el Cielo para los perros”.

Yudhiṣṭhira, ejemplo de la rectitud, dijo: “Señor, me estás pidiendo algo que no puedo hacer. Para alguien que se comporta de forma recta, es muy difícil actuar sin rectitud”.

Pero Indra repitió: “No hay lugar para los perros en el Cielo”.

Para entender mejor la naturaleza del conflicto hay que saber que, tradicionalmente, el estatus de un perro en la India es mucho más bajo que en occidente. Si bien, para el hinduismo, todos los animales son considerados sagrados, hay una jerarquía muy clara liderada por la vaca y en la que el perro es, quizás, el último de la fila. Como dice Álvaro Enterría en La India por dentro, “en la India los perros son vagabundos, sin raza definida, a menudo llenos de parásitos y enfermedades de la piel… Son generalmente maltratados, pero ocasionalmente podremos también ver a gente dándoles de comer”.

La mayoría de deidades hindúes tienen un vāhana (váhana) o vehículo, que es a la vez transporte y símbolo, y el único dios que tiene un perro como montura es Bhairava, una manifestación especialmente feroz del Señor Śiva (Shiva), que se considera guardián y protector de templos y aldeas. Tener como vehículo a un perro es un símbolo de transgresión y de estar fuera del orden social ortodoxo. Desde otra mirada, también puede significar una gran compasión para todos los seres, incluso los más “bajos”.

De hecho, esta es la interpretación de Yudhiṣṭhira que siguiendo su discusión con Indra concluye: “Se dice que abandonar a alguien que nos es fiel es un terrible pecado. Mi regla es nunca abandonar a alguien que dependa de mí… Atemorizar a alguien que busca protección, matar una mujer, robar las pertenencias de un brāhmaṇa (bráhmana, miembro de la casta sacerdotal) o lastimar un amigo, cualquiera de estas cuatro acciones es igual a abandonar a alguien que nos es fiel”.

Entonces, el perro que hasta ahora no había dicho nada, cambió su apariencia y se convirtió en la deidad del Dharma, que en realidad era su verdadera forma. Como corresponde a una persona tan recta como Yudhiṣṭhira, él es hijo de Dharma, la deidad que personifica el orden y la ley universal que debe ser respetada para el bienestar de todos los seres. Incluso el bienestar de un perro callejero aunque eso signifique perder la entrada al Cielo.

En realidad, todo era una prueba de su padre para verificar que la adherencia de Yudhiṣṭhira al dharma (que incluye compasión a todos los seres como base) era total. Por tanto, Yudhiṣṭhira subió al carruaje de Indra y juntos entraron al Cielo, donde la gran obra todavía nos tiene reservada una sorpresa que no contaré hoy.

Popularmente, siempre he escuchado que el nombre del perro que acompañó a los Pāṇḍavas es “Dharma”. Sin embargo, en los textos que he consultado, tanto en traducción como en sánscrito, el can no lleva nombre propio. Supongo que como es el mismo dios Dharma en forma de perro, se deduce que su nombre es, pues, Dharma. De todos modos, durante el camino los Pāṇḍavas no parecen haberlo tratado con un nombre particular, al menos eso no se hace explícito.

Por supuesto, Dharma es un bonito nombre y las diferentes versiones sobre ciertos detalles de las Escrituras son una de las riquezas del hinduismo. En cualquier caso, lo seguro es que al perro, en casa, por ahora le decimos “babau”.

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PS: Todas las imágenes son de Gol y pertenecen al deleitante cómic Mahabhárata, la gran guerra del clan de los Bháratas. Se amplían al clicarlas.

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  1. Como siempre, excelente post 🙂

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  2. Juan Vicente

    Gracias. Precioso relato.

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  3. Pingback: La mirada de los perros y los gatos | Yoga en Red

  4. me encanta esta publcacion, me conmovio mucho

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