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Una iniciación sin marquesinas

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La tradición Guru-discípulo ha sido, desde siempre, fundamental en la transmisión de conocimiento en la sociedad y cultura de la India. Tradicionalmente, se da por sentado que el verdadero conocimiento, el aprendizaje directo y práctico, ya sea de de cualquier disciplina o arte (es decir, para nada limitado al ámbito “espiritual”), sólo es posible mediante el contacto con un maestro, un Guru.

En los tiempos clásicos, el alumno vivía con el maestro para así embeberse de su sabiduría. O sea, se consideraba que la lectura de libros de texto no era suficiente. De hecho, según en qué época, ni siquiera había libros, pues el conocimiento real sólo se transmitía de forma oral. Disciplinas como las artes, el sánscrito, el estudio de las escrituras védicas, la filosofía y, por supuesto, el camino espiritual, sólo se consideraban correctamente aprendidos a través de un guru.

En los tiempos modernos, en cambio, esta antigua tradición se restringe principalmente al ámbito espiritual, aunque en muchos casos esto también se pasa por alto, ya que con los libros y con Internet podemos investigar y saber sobre todo, incluso cómo “alcanzar la iluminación”.

Diksha

Según la tradición de la India, en lo referente al camino espiritual se considera prácticamente imprescindible el tener un maestro espiritual. “Sólo alguien que ya ha recorrido el camino puede guiar a otros” es la explicación clásica. “Si lees un libro sobre cómo hacer una cirugía cerebral no por ello sabrás realizarla. Debes aprenderlo directamente de un cirujano”, es la actualizada explicación de Swami Premananda.

Por un lado, se dice que cuando el discípulo está preparado, entonces aparece el maestro. De todos modos, después de ese momento tan importante para el sendero espiritual, narrado tan devotamente por Paramahansa Yogananda en su “Autobiografía de un Yogui”, hay otro paso fundamental en la relación Guru-discípulo. Dice la inmemorial tradición que cuando el estudiante es digno de recibir la enseñanza del maestro, entonces éste le da iniciación, diksha en sánscrito.

La iniciación no es necesariamente inmediata y lo normal es que haya algunos años previos de aprendizaje directo con el maestro. Una bella excepción sería Swami Sivananda que encontró a su maestro por primera y única vez en Rishikesh, donde fue instruido e iniciado en unas pocas horas.

Los tipos de diksha son variados; por ejemplo, puede ser “religiosa”, en el sentido de formar parte de una orden monástica (y por ende, el discípulo se convierte en renunciante, en sanniasin), o “secular” (por decirlo de alguna forma), en la que el estudiante recibe algunas indicaciones prácticas, un mantra para repetir y, sobre todo, la energía espiritual del maestro. Este tipo de iniciación es el adecuado para las personas que participan de la vida mundana, tienen familia, y no pretenden renunciar (al menos externamente) al mundo.

Ese sería mi caso.

Dudas

Hace poco yo le estaba hablando a una persona sobre mi maestro espiritual, Swami Premananda, y entonces ella me preguntó si yo estaba iniciado por él. Yo tuve un laaargo momento de duda, y de hecho, no estoy seguro de si mi respuesta fue completa. De seguro no fue coherente.

La cuestión es que mi respuesta fue la siguiente: “… (largo silencio)… (indagación mental)… Eeeeemmm… Sí… o sea… bueno… sí, pero… esteee…”. Entendiblemente mi interlocutora me interrumpió: “¿Sí o no?”. Y yo entonces dije, a media voz: “mmm… Sí… pero no como uno se imagina… ”

Por haber leído libros, visto imágenes y escuchado tantas historias de “iniciaciones” (no sólo en el marco espiritual hindú, sino en lo referido a “ritos de iniciación” en general), en mi imaginación se figuraban como un acontecimiento fastuoso o, al menos, como un evento que debía ser preparado conscientemente con mucha antelación. Siguiendo la línea védica, la iniciación debería tener fuego, agua, cocos partiéndose, humo de sahumerio, guirnaldas de flores… Siguiendo la línea de las películas sobre tribus africanas, debería encontrarme vestido con taparrabos, listo para salir a cazar un antílope… Siguiendo la línea militar, debería suceder después de años de lustrar botas enfangadas y hacer flexiones de brazo…

Después de mi timorata respuesta me quedé pensando en el tema, y me di cuenta que efectivamente había recibido mi iniciación. No había sido con fuego sagrado, no había sido en la India, no había habido un aviso previo, ni siquiera había estado físicamente presente mi Guru, pero sí que había tenido mi iniciación.

Cambio

Como ya relaté en una ocasión, en agosto de 2009, Nuria y yo asistimos al curso Prema Dhyanam, que es el nombre del curso de meditación oficial aprobado por Swami Premananda. Este curso se imparte de forma anual (en aquella oportunidad en una casa rural de la Aquitania francesa), por una discípula cercana de Swami, una mataji, una sanniasin de la misión Premananda, algo así como una monja para usar la terminología occidental.

A pesar de ser un curso basado en las enseñanzas de Premananda, está abierto a todo tipo de personas y no hace falta ser un activo devoto de Swami, ni siquiera conocerlo en realidad, para participar de la semana intensiva de meditación. De hecho, en aquel curso, de los veinte participantes éramos tres los devotos e interesados en Swami de antemano.

Personalmente, yo me había tomado el curso como una forma de priorizar la meditación en mi vida. Es decir, darle un papel más relevante en mi actividad cotidiana, tratando de convertirlo en un elemento esencial. Hasta entonces yo había meditado durante muchos años, pero nunca de manera totalmente continua, y un poco autodidacta, cambiando el método en varias ocasiones. Asimismo, el curso de meditación era una especie de retiro espiritual que me venía bien para desconectar de la vida mundana y para estar en contacto con las enseñanzas de mi maestro.

Quizás mis expectativas no eran demasiado altas y por ello me sorprendí mucho cuando las primeras palabras de nuestra instructora fueron: “Esta semana debería cambiar vuestras vidas”.

En ese momento pensé que para aquellos asistentes que no meditaban regularmente podía conllevar un gran cambio, pero para mí, sólo un re-direccionamiento. Además, teniendo en cuenta que el curso está dirigido a todo tipo de personas (diferentes religiones, estilos de vida, creencias…), se centra en los beneficios de la meditación para la vida diaria de cualquier persona, sin entrar en detalles profundos sobre el camino espiritual (tema que cada uno indaga si le interesa) o la Divinidad. De hecho, ni siquiera es un requerimiento el creer en Dios para poder meditar y beneficiarse.

Ante este panorama, yo deseaba aprender la técnica de meditación de mi maestro, encontrar mayor disciplina meditativa y disfrutar del retiro. No me había planteado que eso pudiera cambiar mi vida más de lo que ya lo había hecho en el pasado.

Mantra

Una vez inscriptos al curso se nos había informado que lleváramos algunas frutas para la ceremonia de “iniciación”, la cual, según supimos in situ, tendría lugar el segundo día del curso. Al parecer se trataba de un hito importante en la semana de meditación, y yo me lo tomé como tal, aunque sin saber qué esperar exactamente.

La breve ceremonia, por la que pasamos cada uno de los asistentes de forma individual, era simple y, sin entrar en detalles privados, su momento culminante era la recepción de un mantra personal y de uso exclusivo para nuestra técnica de meditación particular.

Por su lado, los nombres de todos los participantes del curso habían sido enviados a Swami, que a su vez había enviado su bendición espiritual para todos nosotros, hecha efectiva en la ceremonia de iniciación. Realmente la ceremonia, si bien breve, fue muy hermosa y profunda para mí. De todos modos, en cierta medida, y de manera inconsciente, la tomé solamente como mi “iniciación en la meditación”.

Puede que debido a lo que contaba más arriba sobre mi “idealización” de las iniciaciones, aquella breve ceremonia no me haya parecido excepcional (más allá de lo mucho que me gustó). Asimismo, el hecho que la iniciación me haya sido dada físicamente por la mataji y no por Swami Premananda, puede haber influido en esta percepción. De todos modos, el sistema de iniciaciones de la tradición india se basa en la cadena Guru-discípulo, y por ende un discípulo iniciado y con el consentimiento de su maestro tiene también la potestad de iniciar a otros, sin que por ello la iniciación pierda en “energía espiritual”. En nuestro caso en particular, y parafraseando un discurso de Swami, “la distancia física no era una barrera” para que sus bendiciones se hicieran efectivas.

De todos modos, por los motivos ya expuestos, y también porque quizás las cosas necesitan tiempo para asimilarse, aquella iniciación no fue valorada en su justa medida por mi parte.

Swami en el Ashram en 2008

Hoy

Mis dudas para responder la pregunta que me hicieron hace unos dos meses demuestran que la iniciación en el curso no había sido sopesada del todo por mi parte. Cuando me di cuenta que efectivamente había recibido una iniciación, me alegré, pero a la vez tuve la reacción de querer excusarme, pues no había sido tan literaria ni cinematográfica como yo la imaginaba.

Desde entonces, la cuestión me ha rondado en la cabeza. Y hoy, leyendo un libro (“La India por dentro”, de Álvaro Enterría), me di cuenta de que yo estaba efectivamente iniciado por mi maestro. No es que el libro dijera algo especialmente profundo, sino que leer sobre el tema hizo salir a la luz esas ideas que me estaban dando vueltas en la cabeza, para ponerlas en su lugar. En todo caso, si hubiera una frase que mencionar, sería: “Empieza entonces [después de la iniciación] una paciente purificación y alquimia interior”.

Hoy, merced a distintos factores, las piezas cayeron en su lugar; siempre más tarde de lo que uno espera, aunque siempre en el momento que corresponde. Hoy me di cuenta que, hace un año y medio, fui iniciado por mi maestro, de manera sencilla, pero siguiendo la milenaria tradición de la India. Una iniciación acorde con el estilo directo y sencillo de mi maestro. Una iniciación sin aspavientos que, espero, dará sus beneficios también de manera sutil.

Y todo esto no me produce alegría porque ahora podré responder las preguntas sin titubeos, sino porque me hace darme cuenta que el lazo espiritual que tengo con mi maestro es fuerte, y eso significa que mis pasos son, merced a su divina gracia, más firmes en el camino espiritual. En ese sentido, sin duda se pude decir que la semana de meditación cambió mi vida.

Imágenes:

caminodelyoga.blogspot.com

cercadeafrica.wordpress.com

emiliocarrillobenito.blogspot.com

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Un comentario »

  1. A lo largo de mi vida recibí tres iniciaciones en las que me dieron un mantra personal. En dos casos me fueron dadas por un discípulo autorizado del maestro y en la otra, por el maestro mismo. Todas fueron bastante parecidas. La última, recibida a través de la Mataji enviada por Swami Premananda tuvo una fuerza transformadora que no tuvieron las otras dos. Yo pienso que es porque Swami Premananda es el Guru designado por Dios para mi.
    El maestro que me inició una de esas veces decía: El discípulo no elige al Guru ni el Guru elige al discípulo, la coincidencia viene por manos de Dios.
    Jai Prema Shanti

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