Mientras pelaba unos tomates para el ensalada, Hansika me dijo de la nada: «¿Qué es el yoga somático?».
Yo, que tenía un Playmobil en la mano y estaba impostando una voz aguda de muñeco para entretener a nuestra hija, me quedé pensativo unos momentos. No me gusta quedarme sin respuesta. Así que decidí escribir un artículo.
Las palabras, ese indispensable y volátil material con el que intentamos comunicarnos, a veces juegan a nuestro favor, a veces en contra y, en ciertas ocasiones, crean situaciones que superan la creatividad de los guionistas de las series de moda o de los cantautores más ingeniosos.
Cuando el lenguaje del que tratamos incluye el sánscrito, entonces las coincidencias -y las bromas- cósmicas se aumentan. Recuerdo una guía de viajes a India que recomendaba el Hostal Ganga (al lado del río Ganges), diciendo que «su precio era ídem». La cerveza más famosa de Brasil se llama Brahma, igual que el dios hindú de cuatro cabezas. Y cuántos malentendidos ha generado la expresión yóguica «practicar tapas» en los comensales españoles.
Dejando de lado las casualidades risueñas, hoy queremos hablar de dos palabras que se toman en serio tanto en sánscrito como en los idiomas occidentales, empezando por el griego: soma.
Empezamos con un espóiler: se escriben igual pero no son el mismo término.
Soma en la tradición védica
En la tradición védica, soma es el nombre de una misteriosa planta y, especialmente, del jugo de esa planta con propiedades embriagadoras, muy apreciado por los dioses y por los sacerdotes (brahmanes), ya que ocupaba un lugar muy importante en las antiguas ceremonias de fuego védicas.
A nivel botánico existen acalorados debates para definir cuál es la misteriosa planta sagrada y enteógena a la que se dedican tantos himnos (destaca todo el libro noveno del Rigveda). No por casualidad, y agregando de su cosecha, en la famosa y distópica novela Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley, soma es el nombre de una droga narcótica distribuida por el estado que produce euforia, alucinaciones y control social.
En su contexto original, la palabra soma significa, literalmente, «exprimido» o «prensado» y en la literatura védica se explica con lujo de detalles el proceso manual de cómo se obtiene ese «líquido amarillento y brillante» machacando los tallos de las plantas, filtrándolo en un paño de lana de oveja y mezclándolo con agua, leche o yogur.
A la vez, algunos estudiosos, y especialmente los maestros espirituales, indican que, al igual que pasa con el vino en la tradición sufí, que es un símbolo de la «borrachera mística», este soma podría referirse a estados de conciencia elevados o extáticos que se logran a través de ciertas prácticas espirituales como la meditación.
De hecho, este soma se identifica con el «néctar de la inmortalidad» o ámrita que todos los seres humanos tendríamos alojado en la zona del cráneo y que, dependiendo de la interpretación, podría hacer referencia a un líquido fisiológico real, o bien a una capacidad sutil o un estado energético que remite a la iluminación espiritual. O ambas cosas, claro.
Finalmente, esta relación entre el soma y el cráneo también se observa en la identificación de la Luna como un dios masculino de nombre Soma, en la que el satélite (considerado «planeta» por la astronomía védica) sería la copa donde los dioses vierten y beben el elixir inmortal; de ahí que la Luna crezca y mengüe de forma regular, al igual que la mente humana, siempre en movimiento.
La raíz sánscrita de soma es el verbo su que tiene que ver con extraer líquidos, y que según los lingüistas modernos tiene relación con el latín succus, con el inglés soup y con el griego huetos, que significa «lluvia» y que, como veremos a continuación, no tendría parentesco con el soma griego.
Soma en Occidente
El término griego soma (σῶμα) se traduce generalmente como «cuerpo», en tiempos homéricos refería también a un «cadáver», y todavía hoy también significa aquello que es «material» en contraposición a lo «espiritual» (psique en griego).
Su etimología es discutida, y se debate entre «inflar» o «ponerse rígido».
Lo que es indiscutible es que hoy, la antigua palabra aparece en el cada vez más difundido adjetivo somático, que el diccionario define como «corporal» y que habíamos escuchado en terminología médica (psicosomático, cromosoma) pero que desde 1976 (gracias al terapeuta norteamericano Thomas Hanna) también refiere a un conjunto de disciplinas (en mucho casos relacionadas con la danza) y terapias que «enfatizan la percepción física interna», que es lo que ahora se llama «propiocepción» e «interocepción», es decir la percepción subjetiva de las sensaciones del propio cuerpo, de su posición y de lo que está pasando en cada una de sus partes y en su totalidad.
Entre las disciplinas o técnicas que entrarían en las «somáticas» tenemos Eutonia, Feldenkrais, Rolfing, Alexander y, actualmente, se habla directamente de «movimiento somático» sin una marca o linaje específico.
Yoga somático
Volviendo a la cocina de nuestra casa y a la pregunta de Hansika, yo le hice la misma pregunta a mi hermano, que es coreógrafo y terapeuta bioenergético, y él simplemente dijo: «¡Pero el yoga ya es somático!».
Efectivamente, con base a la etimología, decir «yoga somático» es una redundancia como «natación acuática» o «equitación ecuestre», pues lo que hoy en día se conoce popularmente como yoga es, sobre todo, una disciplina corporal, al punto de que también se le llama «yoga postural».
Sin embargo, como las palabras pueden servir para comunicar, pero también para confundir, hay que entender que este nuevo «estilo» de yoga no es somático únicamente porque usa y se focaliza en el cuerpo (el qué), sino por el cómo.
Es decir, un enfoque de movimiento más libre, al propio ritmo del practicante, en que las sensaciones y la experiencia subjetiva es más relevante que la forma externa o el molde de un sistema específico de alineación, por ejemplo.
Esta aproximación de cariz terapéutico está influida, además, por el yoga sensible al trauma en que se pone en primer lugar la necesidad del practicante y no que el practicante se adapte al método.
En este sentido, en esta casa hace rato que practicamos yoga somático sin llamarlo así.
Luego de todo este recorrido lingüístico, vemos que no hay relación etimológica entre el elixir védico de los dioses y el mero cuerpo material griego.
Sin embargo, por esas sincronicidades de la palabra que nunca dejan de sorprendernos, los practicantes del siglo 21 estamos buscando la ambrosía del éxtasis en el cuerpo físico, moviéndonos como la Luna. El soma en el soma.
Esto me recuerda el proverbio italiano que tanto nombraba mi profesora de sánscrito y que se cumple una vez más: «Se non è vero, è ben trovato».




Un comentario
Gracias!!! Excelente y profundo artículo…te felicito!!!!