Para entender el Yoga es indispensable comprender el concepto índico de fuego, que va más allá de la mera combustión física.
Empezando por la atávica adoración al Sol como fuego celeste, pasando por el culto al rayo como fuego atmosférico, hasta materializarse en el encendido diario del fuego ritual, para ofrendar oblaciones y oraciones al «representante de lo Divino» en el plano terrestre.
A nivel material externo, el fuego terrestre se diferencia de aire, agua, tierra o espacio (ākāśa, el quinto elemento índico), en que es perecedero, ya que no solo debe ser generado ad hoc, sino que debe ser alimentado para seguir activo.
Un lago escondido sigue teniendo agua, un suelo maltratado sigue siendo roca, e incluso si no sopla el viento el gas aéreo sigue presente en la atmósfera. Pero una hoguera olvidada, muere. Y si muere el fuego, se va la luz y el calor, sus dos cualidades esenciales. Por eso los antiguos védicos mantenían siempre un fuego encendido.
De todos modos, como pasa con todas las cosas de este universo, el fuego también posee dos caras opuestas e inseparables: cocina y consume; calienta y quema; fragua y purifica. Todas estas cualidades ígneas se combinan inevitablemente -en diferente grado, según el caso- en la práctica de Yoga.
Arqueólogos y antropólogos concuerdan en que, cuando los primeros homínidos descubrieron, hace cientos de miles de años, la capacidad de generar fuego, todo el ecosistema planetario cambió para siempre. En algún momento de ese inmemorial proceso, los buscadores índicos experimentaron que, además de la ignición externa, el fuego ya estaba latente – y se podía encender – dentro de uno mismo.
En el plano fisiológico individual, ese proceso se expresa con el término vaishvánara, que literalmente quiere decir «universal a todas las personas», y que ya desde la más antigua upanishad refiere al fuego digestivo, es decir el proceso gástrico en cada ser, cuya función más básica es la digestión de los alimentos.
En el plano místico, el fuego se manifiesta como una energía espiritual que transforma al practicante en un ser extraordinario, de brillo especial, libre de las cadenas de la vida mundana. Se trata de un proceso alquímico a través del cual el ser humano limitado y sufriente, identificado con su personalidad individual, regresa a su naturaleza real.
El mito hindú de creación que narra el batido del océano de leche se basa en un acto de fricción que genera calor. El relato tradicional habla de devas y asuras uniendo fuerzas de forma inédita para obtener el néctar de la inmortalidad, para lo cual utilizan, durante miles de años, una montaña sagrada como varilla batidora. Entonces, por fin, emerge el primer elemento del océano, que no es ambrosía sino veneno, dando cuenta de una enseñanza yóguica universal: nuestra enterrada felicidad innata es inaccesible si no hay un proceso previo de purificación.
Después del veneno, ahora sí comienzan a surgir objetos preciosos que dan forma y lustre al mundo y que, a nivel individual, son las cualidades positivas que trae el proceso de autotransformación interior.
Esta relación de similitud entre la creación universal y la transmutación personal se engarza en un concepto cardinal que es el calor y que, en lengua sánscrita, se expresa con una palabra de largo recorrido; tan largo que sus variados significados han jalonado cada paso del viaje del Yoga conocido, desde las ofrendas sacrificiales a la vera de una hoguera a practicar hot yoga en bikini dentro de una sauna.
Más temprano que tarde, quienes practican Yoga escuchan esta palabra y, con el tiempo, también la repiten con un brillo cómplice en los ojos. Estamos hablando de tapas (o tapasya), un derivado de la raíz verbal sánscrita tap que, de forma primera, significa “irradiar calor, arder, quemarse, estar caliente”. Por tanto, la acepción básica de tapas sería “ardor” o “calor”, pero no en el mero sentido de un índice elevado en el termómetro, sino como “calor creativo”, una idea que se expresa muy bien en la palabra castellana “incubación”.
Este vínculo entre la generación de calor y la capacidad de crear ya es evidente -y frecuente- en la propia literatura védica. En el antiguo texto de «Los cien caminos del ritual» (Śatapathabrāhmaṇa) se dice:
«En el principio solo existía el Señor de las criaturas. Él pensó para sí: ‘¿Cómo puedo multiplicarme?’. Él se esforzó (shram) y se calentó (tap). Él creó seres vivos» (2.5.1.1)
Como se aprecia en este pasaje, para generar ardor el Creador requirió de un esfuerzo, que se expresa con el verbo shram, del cual deriva la palabra shramana, el nombre genérico de aquellos renunciantes que dejaban la cómoda vida mundana para habitar los bosques. Una elección esforzada por su sobriedad pero, sobre todo, por la actividades que allí realizaban, tanto internas -rigurosa autoindagación– como externas –mortificación del cuerpo-.
De hecho, el significado más difundido del término shramana es «asceta», y es en este sentido particular de privación y disciplina que la historia del Yoga demora su mirada en esta figura. Si bien en los textos védicos, tapas tiene un claro sentido de «calor creativo» a nivel cósmico, con el tiempo el concepto fue tomando un matiz cada vez más individual, en referencia al calor de la práctica personal que, como es lógico, también tiene capacidad creativa.
Así, de forma técnica, la persona que practica tapas se denomina tapasvin si es varón y tapasviní si es mujer, dos conceptos inseparables de shramana, pues no hay ardor sin esfuerzo.
Para no dejar cabos sueltos, es relevante saber que otro significado de la famosa palabra tapas es «sufrimiento» o «dolor», ya que de forma figurada, como bien expresa la sabiduría popular, los tormentos o las penas nos queman o consumen.
Es esta conjunción de calor y dolor la que da a tapas su acepción más conocida, que es la de «austeridad», entendida como una actitud que consiste en soportar con paciencia y fortaleza cualquier forma de sufrimiento que, además de las que ya trae la propia vida, incluye especialmente las penitencias físicas autoinfligidas.
Las milenarias razones para este proceso ascético son, básicamente, tres:
- Purificar impurezas: Ya sea de forma externa -como hoguera litúrgica o como pira funeraria-, o de forma interna -como proceso digestivo o como fiebre defensora de gérmenes-, la tradición yóguica considera al fuego como el gran purificador, ya que elimina todas las impurezas. El fuego de la ascesis elimina así toxinas físicas con el sudor, debilidades del carácter como la pereza o el victimismo, e incluso el fruto latente de negativas acciones pasadas a través de severos actos de expiación.
- Dominar el cuerpo físico y los sentidos: Si, desde la perspectiva ascética, el cuerpo físico no es más que el recipiente transitorio del espíritu, un contenedor destinado a envejecer, enfermar y morir que, además, siempre se queja por algo (hambre, sed, sueño, deseo sexual, dolor…), el estricto control del sistema psicosomático sería así el marco necesario para poder bucear en las profundidades del Sí mismo.
- Obtener mérito religioso: La creencia tradicional es que someter las propias necesidades físicas, básicas del ser humano, es un acto heroico, justamente porque va a contracorriente. Por tanto, un sacrificio de esta índole no deja indiferente a los dioses, que están generalmente dispuestos a ofrecer una recompensa a quienes renuncian a su comodidad en pos de logros superiores. Ya sea con fines egoístas o devocionales, estas prácticas calóricas continuadas siempre otorgan poder, que se puede manifestar como una radiancia especial, invulnerabilidad física o la visión de lo Divino.
Como resumen de esta aproximación, podemos decir que tapas es tanto la práctica ardiente del ascetismo en sí misma (el camino) como también la especial energía transformativa que se obtiene como resultado de esas austeridades (la meta).




2 comentarios
Buen día Naren. Una vez más una exposición muy esclarecedora al respecto. Una vez más mis sinceros agradecimientos por tu compartir que tanto nos enseña.
Sabiendo que el yoga tal y como nos ha llegado es una sinergia de “muchos yogas” en la que el tantra ha aportando y influenciado mucho, qué sentido, que interpretación tendría tapas en este contexto ?
Si bien en el hatha yoga, con un cierto parentesco con el tantra, podríamos decir que es bastante evidente, en algunas corrientes donde se alude a lo sensorial como vía para el entendimiento de la nuestra verdadera naturaleza el concepto tapas no tiene lugar …?
Gracias Emili. El hatha yoga bebe del tantra en cuanto no reniega del cuerpo y de las energías y, por el contrario, las usa a su favor. Sin embargo, el hatha yoga medieval -a diferencia del movimiento tántrico- es austero y célibe, especialmente para varones. Es decir que tenemos una combinación novedosa de utilizar aspectos otrora considerados inferiores como el cuerpo para alcanzar la plenitud, pero ese uso no consiste en la liberación sensorial.
Al llegar al siglo 20 el hatha yoga se modificó en Occidente y, en algunos estilos, las influencias tántricas tomaron mayor relevancia, también porque el discurso tántrico fue adaptado al gusto del practicante occidental moderno, poco amigo de la austeridad o el celibato, como es normal.