Crónica personal de casi 24 horas junto a un maestro espiritual hindú.
El jueves me levanté temprano, tomé una ducha y me afeité. Luego preparé una infusión de jengibre e hice algunos movimientos de hatha yoga como antídoto preventivo al tiempo que estaría sentado o cargando bultos en el viaje a Madrid para participar de la presentación del reciente libro Llenaré los tres mundos de dicha divina escrito por Swami Satyānanda Saraswati.
En abril, yo ya había tenido el honor de participar en la presentación de Barcelona, pero esta vez tenía todavía mayor ilusión, anticipando que pasaría más tiempo junto al Swami.
Mientras fregaba la vajilla del desayuno, con las niñas ya rumbo a la escuela, noté el cosquilleo nervioso que recorría mi cuerpo y que no tenía relación con las hormigas con las que compartimos casa y que acarreaban por la cocina un resto de compota, sino más bien con la expectación de un día especial.
Claramente no era un jueves cualquiera, y en el veloz viaje en tren, entre una manzana roja y un bocadillo con queso de cabra, me aseguré de preparar una introducción digna para el evento de la tarde, que sería en Casa Asia, en pleno centro de la capital de España.
Cuando salí con mi maleta en el metro Tirso de Molina y pasé por donde se despliega El Rastro los fines de semana, me sentí como en una canción de Joaquín Sabina, a quien antes escuchaba mucho. Sin embargo, el aire decadente y melancólico que inspira el famoso cantautor se desvaneció sin esfuerzo cuando llegué al apartamento que hacía las veces de centro de operaciones de Advaitavidya, con Swami Satyānanda presidiendo la mesa, descalzo y con actitud muy relajada.
Los textos y las enseñanzas tradicionales hindúes nunca se cansan de resaltar la importancia que posee la compañía de los mahâtmas en el camino de una vida plena. Esta compañía puede obtenerse, indirectamente, a través de lecturas, fotografías, podcasts o vídeos, y directamente, sintiendo la vibración que emana de su presencia.
En cualquier caso, su compañía es, como dice la imagen tradicional india, como pasar por un bosque de sándalo. Sin esfuerzo, solo por estar cerca, uno sale oliendo mejor.
Cuando vemos a un maestro dando una conferencia, vemos sólo un aspecto de su persona, quizá el más público y conocido; sin embargo, ¿qué hace el maestro cuando casi nadie lo ve? ¿cómo se comporta? ¿qué come? ¿tiene móvil?…
Estas preguntas no son nuevas. Famosamente en la milenaria Bhagavad Gita (2.54), el discípulo pregunta:
«¿Qué características tiene, oh Krishna, la persona de sabiduría estable (sthita prajñā) y que está absorta en el estado supraconsciente (samādhi)? ¿Cómo habla el de sabiduría estable? ¿Cómo se sienta? ¿Cómo camina?»
Las respuestas universales las ofrece Sri Krishna en el libro sagrado. Lo que yo vengo a ofrecer es la crónica subjetiva de casi 24 horas cerca de una persona de sabiduría estable, comenzando por una informal charla sobre libros y proyectos con una infusión entre las manos. Luego de que, con su elegante sentido del humor, el Swami indicó que se retiraría a descansar diciendo que se aprestaba a «disolver el universo».
Yo también me retiré, pero más que disolverlo lo que hice fue agitar el universo, pues mi mente no paraba de manifestar imágenes y proyecciones de la velada que se avecinaba.
Cuando la hora del chai ya menguaba pudimos ver por la ventana signos muy auspiciosos para la tradición hindú: nubes oscuras cargadas de lluvia, que recordaban el color del propio Krishna, y acto seguido un chubasco celebrado con palmas en alto por el Swami como regalo del cielo.
Por suerte para la logística, un coche nos venía a buscar y utilizando apenas los paraguas nos encaminamos, motorizados, hacia Casa Asia Madrid. Una ambulancia en espera nos bloqueó el camino corto, así que tuvimos que hacer un rodeo para llegar a destino.
Justo en la puerta del edificio de la calle Mayor también estaba llegando el conocido sacerdote y escritor Pablo d’Ors, que venía a escuchar al Swami. El breve encuentro de la puerta se extendió al finalizar la presentación, cuando el sacerdote cristiano le regaló a Swámiji dos de sus obras escritas.
La sala de Casa Asia estaba completa, las inscripciones se habían cerrado días antes, aunque debido a la previsión de lluvia la organización estuvo inteligente en permitir que la lista de espera también pudiera a acudir. Finalmente, las bajas de último minuto se cubrieron con personas en espera.
A diferencia de la presentación en Barcelona, donde empezamos con tardanza y tuvimos una sensación de prisa (es cierto que éramos 3 ponentes + una introducción musical), en Madrid nos sentimos con más tiempo. Yo me había propuesto disfrutar la experiencia de mi exposición y mantener la calma, y así fue. Hablé el rato que me tocaba y resalté lo necesario y beneficioso que es tener la compañía y las enseñanzas de los sabios y las sabias espirituales.
Entonces, el Swami tuvo casi una hora para hablar y empezando por una historia del Mahabhárata, pasando por los poemas de los santos medievales, hasta su enseñanza de conclusión, nos mantuvo cautivados con sus palabras, su presencia y su vibración.
Como me dijo un asistente: «Llegas de afuera agitado y al entrar aquí con el Swami es como que el tiempo fluyera diferente».
Al acabar la conferencia, se armó una larga fila de personas con el libro en la mano, esperando la firma y, sobre todo, unos momentos de cercanía personal con Swámiji. Por la dedicación del Swami y el interés del público, ¡la firma de libros se alargó más que la charla!
De hecho, el conserje tenía que cerrar el edifico y hubo repetidas gestiones para pedirle paciencia. Cuando el Swami salió finalmente por la puerta se dirigió al hombre en servicio y le pidió perdón por la espera. Curiosamente, el conserje que se había quejado con otras personas, ahora se mostró especialmente sonriente y llevando una mano al corazón como agradecimiento dijo: «Son apenas unos minutos más».
Los estudiosos del Yogasūtra conocen bien el aforismo de ahiṁsā (2.35) donde se dice que aquella persona establecida en el no dañar pacifica su entorno, pues «los que están cerca abandonan toda hostilidad». Esta situación es un ejemplo real.
De regreso al apartamento, junto a discípulos del Swami, cenamos sopa de miso y unas verduras. El Swami repitió sopa y expresó que le gustaba mucho diciendo: «Yo podría vivir en un universo de sopa».
La comida sáttvica se vio alterada por el postre que había traído una persona invitada: turrón de chocolate con pistachos. En el Kailash Ashram no hay postre para la cena y, después de hacer chistes sobre el autocontrol, se consensuó que esta era una noche especial y merecía una excepción.
El Swami tomó un trozo realmente pequeño, y yo también. Lo que pasa es que luego tomé otro trozo pequeño y luego otro más…
Hablando de la presentación y de futuros planes para difundir la enseñanza espiritual hindú nos fuimos a la cama a medianoche. A pesar de mi cansancio y, en contra de lo que me suele ocurrir en la vida cotidiana, me desvelé. No sé si fue el chocolate, la emoción de la presentación o la energía del Swami…
Después de dar algunas vueltas en la cama decidí sentarme a meditar, porque para mí es normal que al intentar meditar me acabe dormitando. Sin embargo, el plan no funcionó. Allí estaba yo, a las 2am, escuchando la vida nocturna madrileña mientras observaba mi respiración. No me sentí agobiado porque pensaba en lo afortunado de poder meditar cerca de un mahātmā. En algún momento indeterminado me dormí…
El día siguiente comenzó con calma y a las 8:30h Swámiji dijo que quería salir a dar una vuelta. Fuimos a la Plaza Mayor y a Sol, el centro máximo de Madrid. Como un turista más el Swami se interesó por algunas estatuas o edificios mientras nombraba eventos o personas de sus anteriores visitas a la ciudad. Dijo varias veces que Madrid está mucho más turística que antes, a la vez que alabó en repetidas ocasiones las tiendas típicas (alpargatas, caramelos, pastelerías…) que «en Barcelona ya no se encuentran».
Justamente hablando de estas tiendas acabamos en una chocolatería para comprar churros con chocolate. Ejemplificando que la verdadera renuncia es mental, el Swami accedió a este desayuno tradicional madrileño, que tomamos al regresar al apartamento. Una vez acabado el refrigerio, el Swami (que había comido apenas dos churros finitos y media taza de chocolate) declaró: «Completo fracaso». Y explicó que prefiere su desayuno cotidiano de fruta y una tortita de arroz. Debo agregar que los churros llegaron fríos a la casa y no estaban particularmente buenos.
Con las maletas empacadas salimos del apartamento y nos dirigimos a la Casa del Libro de Gran Vía para ver libros, una actividad que desde siempre gusta mucho al Swami, pues en el Kailash Ashram tiene la biblioteca particular de hinduismo más grande España con unos 15.000 volúmenes. Subimos a la sección de religión y filosofía, donde el Swami estuvo seleccionando posibles textos para ampliar su biblioteca.
Sincrónicamente, allí se encontraba una persona que había estado en la presentación de Casa Asia y que había conocido a Satyānanda en reuniones espirituales en Madrid en los años 1980’s (había llevado fotos para probarlo), cuando el Swami venía a renovar el visado para India. La emoción del encuentro inesperado en la librería la motivó a regalarle un libro al Swami, que al recibir el ejemplar se mostró muy amoroso y agradecido y luego comentó que la biblioteca del Ashram tenía una energía propia que hacía que pasaran estas cosas.
A la hora señalada por los trenes tuve que despedirme y es verdad que me costó soltar la magnética compañía del Swami y de otras bellas personas de su entorno. Al subir al metro rumbo a Atocha recordé la enseñanza que más me impactó durante la presentación. Inspirado en un poema del libro, Swámiji había dicho:
«Debemos aprender a vivir en el centro del mundo»
Esto significa que debemos cultivar una cosmovisión sagrada para ver lo divino en cualquier situación.
Esto también significa que aquello que estamos haciendo ahora -sea lo que sea- es lo más importante que existe.
Y también significa que en el interior de cada ser reside el núcleo del universo.
Apretujado en el metro de Madrid, con la maleta entre las piernas y la mochila en mi espalda, me sentí pacíficamente en el meollo del mundo, como recién salido de un bosque de sándalo.




14 comentarios
Om
Que hermoso y vivo
Fuerte abrazo
Maravilla de maravillas. Tras salir con las vestiduras hecha jirones por la contemplación de batallas ajenas -claro reflejo de las propias-, me sale al encuentro el bosque de sándalo y las palabras del maestro y la exortación al regreso al centro.
Gracias, otra vez.
Bendiciones
Namasté.
Gracias, Naren, por tu presencia y tu compañía. La presentación, a modo de introducción, que hiciste de Swami en la Casa Asia fue exquisita, impregnada de belleza, amor, reconocimiento y sabiduría.
Un fuerte abrazo y espero verte pronto de nuevo.
Anándana
Que maravilla poder disfrutar de tus relatos, muchísimas gracias Naren, por tu sencillez y honestidad, por seguir repartiendo luz, ayudando a iluminar el camino en medio del caos del mundo.
Hermosa crónica Naren. Gracias por compartirla con nosotros:) ❤️🙏
Bellísimo. Gracias querido Naren . Swamiji realmente es un mantantial de inspiración.
Hari Om
Que maravilla de crónica!! gracias por compartir!!
Hari Om!!
Exquisito la forma que te explicas, me ha hecho estar allí con ustedes. Ahimsā es de las primeras ideas que en mi mente joven tocaron el corazón y que poco a poco pude experimentar en la calle, en mi casa, la práctica, el sadhana emanaba e influía en mi entorno.
Namastē lo hemos tomado como un simple saludo cuando es lo que Narem nos dice, es la «Cosmovisión Sagrada».
La Sacralidad quedó reservada como palabra para unos pocos, pero Sacral es la base de todo oficio o acto, un sacrificio en realidad es un «sacro oficio», es decir, has santo tu oficio, tu trabajo
Todos somos seres influyentes y con autoridad, porque «in» dentro, «fluye» corre en nuestro interior la devoción y el amor que lleguemos a comprender y emanar
Que bonito Naren. Está tan bien descrita la sensación de estar cerca de Swamiji que es como si la experimentara de nuevo. Cada vez que estoy en el ashram siento que podría quedarme ahí durante mucho tiempo porque me siento en casa desde el primer día. Que ganas de volver a estar en presencia de Swami y de poder coincidir contigo de nuevo (coincidimos en formaciones de yoga hace años!). Un abrazo enorme desde Granada
Maravilloso Naren, escribes muy bien, estaba oliendo a sándalo! 🙏
Bonito artículo y experiencia.
Om Shanti Om.
Muchas gracias desde México.
Tu compartir alegra el corazón y recuerda de ver lo divino en cada momento y en cada situación,
Gracias por compartirnos el aroma de sándalo que emana la presencia de Swamiji.
Gracias por compartir tan valiosa experiencia.
Que bonito! Me encantó leerlo! .)