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El tránsito vehicular como terreno de prueba interior

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Tengo una pareja de amigos que son muy hindúes y que del espejo retrovisor de su coche llevan colgada una imagen de Hanumān, principalmente para que los ayude a encontrar aparcamiento. “¿No sería más apropiada una imagen de Gaṇeśa?”, pregunté yo en referencia a la deidad con cabeza de elefante que se especializa en eliminar todos los obstáculos. “Es que Hanumān”, me dijeron con razón, “es el Señor de los imposibles”. Y es que así de difícil es encontrar sitio para estacionar cualquier vehículo en el urbano mundo moderno.

Este diálogo ocurrió en Valencia, donde estuve hace poco para dar clases en la Formación de profesores de haṭha yoga de la escuela Gobinde. En una de esas clases, y en el marco de la enseñanza de los Yogasūtra de Patañjali, hablábamos de cómo funcionan nuestros arraigados patrones mentales y de cómo una bayeta húmeda en la encimera de la cocina se puede convertir en un drama conyugal. Entonces, con mucho acierto, un alumno dijo que ese ejemplo era muy banal, pero que la complejidad estaba en casos “más radicales”. Dándole la razón esperaba que ahora él enumerase las causas de sufrimiento raíz que todos los sabios han distinguido durante milenios: enfermedad, vejez o muerte…

Entonces el alumno dijo: “Qué pasa cuando ves un espacio libre para aparcar el coche y otra persona, pasándose en rojo el semáforo, te lo quita en tu cara”. ¡Pues ahora sí que estamos hablando de casos “radicales”!

hanuman

Como muestra el ejemplo anterior, el tema del tráfico vehicular es uno de los mayores terrenos de prueba para cualquier persona, incluso aunque no tenga vehículo, como se deduce de los peatones, siempre irritados con los ciclistas que transitan por las aceras. Personalmente, el tránsito es el ámbito (junto al conyugal) que más fácilmente pone en evidencia mi verdadero estado mental y donde ciertos patrones de enfado y reproche surgen de forma automática.

Conduzco desde adolescente, tuve moto y ocasionalmente uso coche, sin olvidar mis tiempos estudiantiles de peatón kilométrico, pero ahora la mayoría del tiempo voy en bicicleta. Podría enumerar una larga serie de vejaciones cotidianas que recibimos los ciclistas urbanos, pero esa no es la idea, pues habiendo experimentado todos los roles sé que aquí no hay una tajante división de buenos y malos.

Esto lo digo con la tranquilidad de estar sentado frente a la pantalla porque cuando salgo a la calle y una señora cruza en rojo sin mirar poniendo mi ciclista integridad en riesgo, debo admitir que soy menos diplomático. La mitad de las veces voy con alguna de mis hijas en la sillita de atrás y, justamente por querer ser buen ejemplo, cambio el insulto visceral por un mantra sánscrito. Cosas buenas de tener hijas…

Volviendo al tránsito, estoy seguro de no ser el único sensible al tema, de lo contrario no escucharía esos constantes e irritados bocinazos en las esquinas. Y no estoy hablando de la India, donde ya saben que tocar el claxon es un signo de civismo. De todos modos, también en la India hay disputas de tráfico e intercambio de culpas, aunque un extranjero lo nota menos pues todo el despliegue callejero le parece ya un gran caos.  A la vez, en el “civilizado” pero populoso Manhattan, donde los peatones tienen la tácita instrucción de caminar por la derecha siempre hay excepciones y eso también genera irascibilidad.

Como dice Sri Dharma Mittra, el que viene por el lado opuesto lo hace basado en sus “condicionamientos previos”, es decir que no podía haberlo hecho de otra manera y, por tanto, no tiene sentido enfadarse ni intentar corregirlo.

En realidad, en el tema del tránsito (como con casi todo) no se trata del lugar ni del nivel de infracción cometido, sino de la actitud. Si uno circula en estado de calma, sin prisas externas y con una mente apaciguada, entonces es invulnerable a los malos conductores, los ciclistas intrépidos, los transeúntes despistados o los camioneros abusones. Como también dice Dharmaji:

“Cuando uno está en quietud ve todo con amor”.

Si uno no está en quietud, que es lo más habitual, entonces hay varios métodos para no dejarse afectar por las vicisitudes del tráfico. A continuación, comparto cuatro de ellos:

  1. La técnica de Marcos: Un día mi amigo Marcos, que es yogui, iba por el carril de bicicletas cuando de repente se le cruzó, sin mirar, un peatón. Marcos tuvo que frenar de golpe y cuando, con el brazo levantado como gesto de reproche, estaba a punto de soltarle un improperio, se dio cuenta de que el susodicho era un antiguo conocido. Automáticamente, un poco por cariño y otro poco por pudor, su tono cambió y, aprovechando el brazo en alto, lo saludó amablemente. La conclusión es reveladora: si consideras que cada distraída señora que se cruza en tu camino es tu tía, entonces casi no te podrías enfadar con ella.
  1. Ponerse en el lugar del otro: Incluso si no es tu tía, esa conductora que no pone la luz de giro, ese taxista aparcado en segunda fila o ese autobús cerrándote el paso, generalmente tienen una vida que va más allá de querer arruinarte la tuya. Por tanto, en lugar de tomarnos cada acto ajeno como algo tan personal podemos tratar de aplicar la ley de empatía básica y ser capaces de ponernos en el lugar de otro: ¿Quién alguna vez no ha pasado en rojo porque tiene mucha prisa? ¿Quién no ha transitado absorto en sus pensamientos? ¿Quién, incluso, no ha mirado en movimiento la pantalla del móvil porque espera un mensaje realmente urgente?
  1. Cultivar los opuestos: Si la empatía nos cuesta, entonces podemos recurrir a una técnica recomendada por el sabio Patañjali hace como dos milenios, cuando los carros de bueyes seguramente irritaban a los peregrinos. La receta es simple: para obtener paz mental y emocional se debe cultivar la neutralidad ante las malas acciones de los demás. Es probable que nuestra reacción natural sea el enojo, pero entonces forzando un poco un sentimiento contrario, lo convertimos en indiferencia. Para ello el intelecto es útil y, en lugar de enredarse en reproches mentales, uno puede preguntarse “¿De qué me sirve enfadarme?” o solo afirmar “No dejaré que esta persona me quite mi paz mental”.
  1. Repetición de mantra: Los patrones mentales arraigados son fuertes, especialmente los negativos, y entonces es muy efectivo repetir fonemas con una vibración elevada que, además de ayudarnos a poner la mente en un punto, nos ayudan de forma sutil a cambiar nuestra actitud para no dejarnos arrastrar por la energía negativa del reproche o el enfado. El esfuerzo consiste en repetir el mantra, pero luego es el mantra el que hace el trabajo. Un buen mantra para repetir sería:

lokāḥ samastāḥ sukhino bhavantu

Cuya traducción más popular es:

“Que todos los seres sean felices” (incluso ese incívico motociclista…)

Como marco filosófico de este tema veo muy útil el hacerse una serie de preguntas como “¿Qué nos lleva a tocar la bocina una vez consumada la infracción ajena?”, “¿Qué nos lleva a querer que el ‘infractor’ admita, de alguna manera, su error?”, ¿Por qué lo que más nos molesta es que incluso si le gritamos, el “infractor” mire para otro lado?”, “¿Acaso creemos que seremos nosotros quienes, en una única ocasión y a los gritos, modificaremos el comportamiento de alguien?”.

Una vez, justo al frente de mi casa, el dueño de un coche aparcado tocaba la bocina desaforadamente porque alguien había puesto un vehículo detrás del suyo y, al parecer, no lo dejaba espacio salir. Yo, que estaba calmo, le dije que había espacio suficiente y que lo podía ayudar a salir guiándolo. El hombre respondió que no le importaba, que él otro coche estaba mal aparcado y quería que el conductor viniera para dejárselo bien claro. Yo insistí en ayudarlo diciendo que era una solución más armónica y que así nadie se estresaba. Me respondió más enfadado aún, con palabras que es mejor no reproducir, al tiempo que llegaba el “infractor” y recibía una lluvia de gritos.

Cuando uno le ve desde afuera, desapegado, todo es muy claro, como mantenerse sobrio en una fiesta en que todos están borrachos.

Imagen relacionada

Como bonus track no quiero olvidarme de los semáforos en rojo, que no son culpa de nadie en realidad, pero son objeto de gran enojo… siempre y cuando uno tenga la mente agitada. A mí también me pasa, claro, y me pasaba especialmente cuando tenía moto. Así que un día utilicé la “técnica de la gratitud”, un secreto muy bien guardado que hoy comparto para beneficio popular:

Consiste básicamente en recibir cada semáforo en rojo como una bendición, pues te da la oportunidad de detenerte, respirar con conciencia y llevar la atención hacia dentro. Si te ves con ganas, le agregas un murmullo o hasta un grito que dice: “¡Gracias por darme esta oportunidad!”. Y te aseguro que, si no te calmas, al menos te ríes de ti mismo, que es lo que más se necesita para superar estos casos radicales de sufrimiento vehicular.

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  1. Jai Prema Shanti!

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  2. Yolanda Moreta

    Cierto, cuando uno está en paz, todo lo demás lo ves a través de ese cristal, lo “ves” pero no te ves afectado, observas y puedes ayudar mucho mejor. Qué verdad lo de los opuestos, y coincido contigo en los semáforos en rojo, para detenernos, tranquilizarnos y dar gracias y extender las bendiciones a los coches y peatones que hay alrededor, como formando parte de un todo, con hilos invisibles y la energía que hace que todo ese “paisaje” urbano esté en movimiento. Magnífico texto, reflexión cargada de vida, sinceridad y práctica yóguica. Feliz Navidad Naren, gracias por ponerme en contacto con Krishna Kali (¿serían ellos los de Hanuman?, je, je …). Namasté. Un abrazo fuerte.

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