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Apología de la rutina y la monotonía

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Apología de la rutina y la monotonía

Apología de la rutina y la monotonía

Apología de la rutina y la monotonía

En su libro 24/7: Capitalismo tardío y el fin del sueño, el profesor estadounidense Jonathan Crary habla de “la vida sin pausa propia del siglo XXI”, en la que la fórmula 24/7 genera una imposibilidad cada vez mayor de detenerse un momento, de estar desconectado. Por tanto, 24 horas al día y siete días a la semana hay actividad, posibilidad de comprar o consumir, necesidad de producir, de comunicarse, informarse o de jugar online. Dice Crary: “24/7 significa que no hay intervalos de calma, silencio, o descanso y retiro”.
Aunque el profesor Crary analiza este fenómeno con el prisma económico, desde la espiritualidad y el yoga podemos llegar a unas conclusiones similares, y lo bueno es que podemos agregar que esos constantes estímulos externos que reciben nuestros sentidos pueden ser controlados. Como ya todos hemos notado, la mente es inquieta por naturaleza y, si la dejamos, tiene la tendencia de ir siempre hacia afuera. De hecho, el popular multitasking o “multitarea” es una capacidad muy valorada y en cuanto uno se queda solo en casa pone la radio, la tele o come mirando el móvil (más grave es que todo esto también pasa cuando uno no está solo en casa).
En esta moderna forma de vivir, siempre hacia afuera, se encuadra naturalmente la necesidad individual de probar comidas exóticas, viajar mucho (mientras más lejos y recóndito mejor), ver la nueva serie, estar informado, probar ese novedoso estilo de yoga… En este contexto, el adjetivo ‘rutinario’ es, con frecuencia, un sinónimo de agravio. Es más, en una sociedad que subestima la pausa y la constancia, como ésta en la que nos toca vivir, el adjetivo ‘monótono’ es considerado, con seguridad, el peor de los pecados. Ya sé que me estoy metiendo en un tema poco popular. Pero allá vamos…

En los manuales medievales de haṭha yoga se habla de cómo debe vivir un yogui y se explica que si quiere tener éxito en su camino no debe “hablar demasiado ni socializar” (Haṭha Yoga Pradīpikā, I.15) y debe vivir en “una región donde impere la justicia, la paz y la prosperidad” (HYP, I.12), lo cual le asegura una vida tranquila. Asimismo, se alaban, entre otras cosas, las “labores domésticas (gṛhasevana), la austeridad (tapas) y la modestia (hrī)” (Śiva Saṁhitā, III.40-41).
Es cierto que cuando hablamos del haṭha yogi clásico nos referimos a una persona que busca, en cierta manera y en palabras de Mircea Eliade, “emanciparse de su condición humana al oponer al movimiento continuo del cuerpo su posición estática (āsana); a la respiración arrítmica, agitada, opone el control de la respiración (prāṇāyāma); al flujo caótico de la vida psicomental responde con la fijación de la mente en un punto (dhāraṇā/dhyāna)… es decir, hace exactamente lo contrario de lo que la naturaleza humana nos obliga a hacer”.
Yendo aún más lejos, Eliade esboza la analogía entre el yogui en estado de concentración y una planta, dándole aparente razón a quienes rechazan la palabra “monotonía” por renegar de convertirse en un vegetal. Dice Eliade que “el circuito cerrado y continuo de la vida orgánica; circuito desprovisto de asperezas y de momentos explosivos, tal como se realiza en el nivel vegetativo de la vida” es para el imaginario indio un “enriquecimiento de la vida”.
De todos modos, aclara el historiador rumano, para alivio de muchos, “la simplificación extrema de la vida” que promueve el yogui no busca dar ese “paso atrás” hacia lo vegetal sino que tiene como objetivo “suprimir la multiplicidad y la fragmentación para reintegrar, unificar, totalizar”.

Evidentemente, todos los seres (incluyendo las plantas) queremos disfrutar con plenitud de la vida (aquí cada quien entienda “plenitud” según sus propios parámetros) y la idea de rutina o monotonía parecen ir en contra de ese ideal.
Hace poco salió la noticia de un monje hindú de 120 años cuya fórmula para la longevidad sería, según el titular: “Nada de sexo ni especias y mucho yoga”.  Aquí la mayoría estará de acuerdo en la parte de “mucho yoga”, porque lo demás… “¿De qué sirve vivir 120 años si uno no puede comer con sal?” dicen algunos pensando en “vivir en plenitud”. Lo curioso es que viviendo 60 años, el médico también te prohíbe la sal.
Hay que tener en cuenta que aquí hablamos de un monje y por supuesto que esperamos que sea célibe, eso no es noticia (aunque sea un título enganchador). La noticia, para quien quiera leerla más a fondo, es que el secreto del monje es “llevar una vida muy humilde y disciplinada”. Y esto vale también para las personas de familia o que viven en el fragor del mundo (que somos la mayoría), pues la moderación y el equilibrio son valores básicos para la búsqueda espiritual y, por ello, la filosofía del yoga recomienda una vida sencilla, sin grandes sobresaltos, bastante cerca del famoso “justo medio”.
A este respecto, el yogui busca una estabilidad mental que, en el plano intelectual, consiste en la concentración intensa y prolongada en un único objeto. Pero en el plano emocional “consiste en la serenidad de la mente, en la disminución en volumen e intensidad, de la vida emocional”, como explica el indólogo Fernando Tola.
Siguiendo esta línea, aunque desde otra disciplina, me parecen pertinentes las palabras del psiquiatra Claudio Naranjo sobre cómo cultivar el estado interior de felicidad:

“No identificándose ni con los pensamientos ni con las emociones. Idealizamos las pasiones: el orgullo, el amor. Queremos ser héroes, victoriosos o vencidos, somos muy vanidosos. Las pasiones son intrínsecamente egoístas y productoras de infelicidad. Hay que poner en paz a los animales que nos habitan. Hay que dejarse en paz”.

Para rematar la idea cito una frase que le escuché a Swami Satyānanda y que me parece para enmarcar:

“Cuanto más aburrida la vida de un yogui, mejor”.

Puede sonar chocante, pero en realidad todos tenemos nuestras rutinas (el té de la mañana, la lectura antes de dormir, la lavadora de los sábados, la compra de los miércoles…) y es un aspecto fundamental para darle orden a la actividad diaria. Así como un niño necesita que se repitan los horarios para las comidas o se establezca la ceremonia de cepillarse los dientes, los adultos también tenemos nuestros redundantes ritos cotidianos que, a través de una uniformidad y repetición exterior, nos ayudan a encontrar calma interior. Siempre y cuando se trate de una rutina hecha de hábitos positivos, claro.
Si mi hábito es comerme cada noche media tableta de chocolate antes de acostarme, quizás más que una rutina estoy generando un apego o una dependencia. Si mi hábito es meditar cada mañana, es probable que esa rutina sea más provechosa, incluso si llegara a convertirse en un apego. Cada cual sabrá discernir.

Los medios de comunicación nos bombardean con imágenes de cambio constante y nos instan a probar nuevas experiencias llenas de adrenalina y emoción. Los propios científicos afirman que el universo está en incesante transformación y, por tanto, las nuevas e inesperadas experiencias son parte de la vida. Es inevitable.
Por ende, el buscador del auto-conocimiento debe esforzarse por ir hacia adentro, al menos para equilibrar la balanza. La búsqueda de armonía es inherente al ser humano y, en este sentido, la rutina diaria es una manera básica de armonizar nuestro entorno y, por consecuencia, nuestro mundo interno.
Esa aparente monotonía de buscar hacia el interior, explican los sabios, si hecha con constancia y apropiadamente, te puede proporcionar felicidad y paz sin límites. ¿Acaso eso te suena aburrido?

3 comentarios

  1. Muy bueno tu artículo. Lo que es aburrido para algunos, no lo es para otros, ni tampoco lo que pueda calificarse de monótono. Recuerdo (no se bien de quien era)) una frase «Soy un marinero y cada mañana descubro un nuevo horizonte dentro de mi mismo». Cariños Naren.

  2. Me encantó este post. muchas gracias por la claridad con que escribes y me hizo mucho sentido. En este momento me aporta muchísimo para mi vida ! GRaCIAS ! Saludos desde Valparaíso, Chile

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