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El trauma de las serpientes

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Atrincherado en la nunca pasada de moda tendencia de achacarle a los padres todas las culpas de nuestros problemas actuales, yo siempre digo que la causa de mi fobia a las serpientes es obra de mi madre.

Yo creo que, en este caso, no me falta razón. Desde que recuerdo, ella me ha prevenido y alertado sobre los inminentes peligros de los ofidios, creándome así un trauma infantil que aún no puedo erradicar.

Basándose en experiencias propias, y también en ajenas, mi madre consideró que las víboras eran el principal peligro para un niño que crecía en un entorno relativamente rural. A su favor, tengo que admitir que es cierto que en aquellas épocas se veían bastantes víboras cerca de nuestra casa, e incluso hasta pasada la adolescencia tuve (tuvimos) encuentros cercanos y sobresaltadores con miembros de esta especie.

Por su parte, mi madre, conocedora también del discurso psicoanalítico, afirma que un trauma que se logra identificar y recordar no es, de hecho, un trauma (pues estos se supone que están en el inconsciente), y por tanto su accionar no fue tan grave como yo quiero hacer creer.

De todos modos, su principal argumento es práctico y se resume en que prefiere haberme creado un trauma a que “me hubiera picado una víbora”.

Esta lógica maternal es difícil de contradecir, pero también es cierto que para alguien que luego visitaría varias veces la India, el tener fobia a las serpientes no es una cualidad que se pueda definir como positiva.

Ouch!

Ya no sé cuántas veces lo dije en estas crónicas, pero lo repetiré: en la India es muy fácil encontrar elementos sagrados, es decir, lugares, animales, construcciones, plantas, accidentes geográficos… No se trata de un facilismo cultural ni de una falta de rigor para asignar sacralidad a las cosas, sino que es la puesta en práctica en la vida cotidiana de una cosmovisión particular: en la India, gracias a su tradición espiritual milenaria, la vida se vive como un evento sagrado, y por ende todos sus componentes son sagrados.

Por lo tanto, las serpientes también son consideradas como sagradas. Ouch! Y si bien todos los elementos de la vida son considerados sagrados, hay elementos que, por cuestiones que pueden ser mitológicas, históricas, médicas, filosóficas, culturales, espirituales, tienen más preeminencia que otros. Como por ejemplo las serpientes. Doble Ouch!

La iconografía hindú está repleta de referencias a las serpientes, y muchas de las deidades principales del Hinduismo están ornamentadas o acompañadas por ellas. Ganesha, la deidad con cabeza de elefante, suele llevar serpientes como brazalete o como cinturón; lo mismo que Shiva, el mayor de los ascetas, que lleva una serpiente como collar.

De todas las serpientes de la India, la que mejor representa esta sacralidad es la amada/temida cobra, que con su reconocible capucha es parte del imaginario colectivo universal.

Para los devotos piadosos, la idea de matar un ser viviente es contraria a la filosofía espiritual, pero matar una cobra (o a una serpiente) es un gran pecado, pues en muchos casos se las considera Shiva mismo.

Cobras

Como es de esperar en un terreno árido y rural como en el que se erige el Sri Premananda Ashram, también hay serpientes. Aquellas personas, incluyendo a Swami Premananda, que han estado en estas tierras desde el inicio del Ashram (1983), cuentan muchas historias de cobras saliendo de debajo de las piedras.

Algo parecido a los que pasaba en nuestra casa de Villa de las Rosas, cuando éramos niños. Aunque en aquel caso no eran cobras, sino yararás.

Con el pasar de los años, el Ashram fue creciendo y poblándose, con el consiguiente efecto de la disminución de los ofidios. Lo mismo pasó en la casa de mis padres. Sin embargo, no de casualidad, los reptiles en general son milenarios, testigos preferentes de la evolución del mundo, es decir, aguantadores.

Así como en casa de mis padres ahora tenemos una(s) iguana(s) relativamente instalada(s), en el Ashram de la India también hay serpientes ocasionales.

Para aquellos de corazón frágil, no hay nada de que alarmarse. Simplemente hay que usar una linterna para caminar por la oscuridad y mirar donde se pisa. Para tranquilidad general, en el Ashram hay un gran colectivo de pavos reales, amantes de picotear el suelo en busca de serpientes.

De todos modos, en el Ashram siempre hay alguna nueva historia con una serpiente como protagonista. Algunas más verídicas que otras, una que otra con consecuencias médicas, algunas que ya gozan de tintes legendarios. No voy a describirlas ahora, aunque sí relataré mi humilde experiencia personal.

Piel

En el año 2007, durante una de mis estancias en el Ashram, tenía una habitación para mí solo, con su correspondiente “sala de baño”. Dicha sala es un espacio exterior, en la parte trasera de la habitación, que cuenta con paredes pero no tiene techo. Además cuenta con una letrina típica india, esta sí con su techo de hojas de palmera.

Esto que describo es el típico baño del Ashram, que más allá de la aparente falta de confort, es bastante práctico para un sitio donde por lo general hace mucho calor.

La cuestión es que un día al salir al baño encontré, en el suelo, un trozo de piel de víbora, típico del cambio de estación. El invierno estaba acabando y parecía normal que hubiera cambios en el reino animal. Lo que no me parecía tan normal es que esos cambios se llevarán a cabo en mi baño…

Al día siguiente, nuevamente encontré un trozo de piel de víbora en mi baño, con lo cual deduje que lo del día anterior no había sido una mera casualidad, una víbora desorientada pasando por azar por mi baño, sino que quizás andaría cerca…

Al tercer día, jornada de luna llena, o sea de más cambios aún, encontré otro trozo de piel de víbora en mi baño; esta vez se trataba del trozo más largo de todos, que incluía la forma de la cabeza…

Ya sé que así contado tiene la estructura de un chiste, pero a mí no me hacía ninguna gracia.

Por un lado no tengo dudas de que las serpientes son un aspecto del Señor Shiva, pero por otro, todavía repiquetea en mi cabeza la omnipresente frase de mi madre: “Cuidado con las víboras”.

El resultado es que durante las dos primeras noches me desperté asustado creyendo que la víbora se metía en mi cama. Después del descubrimiento del tercer día, los sueños no mejoraron.

Sin embargo, para mi alivio – y para decepción del lector -, la renovada víbora nunca se apareció ante mis ojos, y si efectivamente compartíamos morada nunca lo sabré con certeza.

De todos modos, una de las sensaciones que me quedó de aquella experiencia es que me gustaría superar esa fobia. No sólo porque las fobias no son buenas, no sólo porque las serpientes son Shiva, sino también porque, al parecer, el Universo entero descansa sobre una serpiente. Triple Ouch!

Adishesha

Así es señoras y señores, según la mitología hindú, todo el Universo está sostenido por una serpiente gigante de mil cabezas, de nombre Ananta o Adishesha (o sea que nada de elefantes, ni de tortugas).

Como es de esperar de un ser que sostiene el Universo, Adishesha es enorme, aunque se la representa enrollada en sí misma, convirtiéndose además en el asiento de Vishnu, la divinidad que representa el aspecto de conservación del Universo.

Justamente esta es probablemente la imagen más representativa del rol de las serpientes en la mitología hindú: Vishnu reclinado sobre la gran serpiente de infinitas cabezas, con su consorte Lakshmi sentada a sus pies, simbolizando a su vez a la esposa ideal.

Asimismo, en diferentes imágenes se ve a Vishnu sentado sobre un “asiento de serpiente” y protegido por una “sombrilla” hecha de cabezas de serpientes.

En realidad, a pesar de mi fobia, estas imágenes me gustan bastante, es sólo cuando pienso detenidamente en el reptil que me pongo más quisquilloso. Pero como ya he dicho, es una fobia que tengo intenciones de superar.

De todos modos, no creo que haya sido específicamente por ello que Swami Premananda me haya permitido presenciar la materialización de una pequeña estatua de Vishnu y Lakshmi sobre Adishesha… Uy! Se me escapó, yo que quería guardarme en secreto esto de los milagros…

Pues bien, ya que lo he dicho, cuento que se trató de una estatua que Swami materializó para un devoto polaco que también es mi amigo, y de la que todavía tengo la fotografía. Con el milagro mi fobia no desapareció (todavía), pero mi fe se incrementó sin dudas.

Dejando las sagradas serpientes de lado, si me acompañan la semana próxima, tendrán más detalles de una jornada de materializaciones, algo de lo que hablo con toda naturalidad, pero que, he de admitirlo, nunca me deja indiferente. ¿Pero es que hay alguien al que sí?

Imágenes:

ismogo.wordpress.com

mandalas.com

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Un comentario »

  1. je! sin animos de espantar clientes, yo vi mas serpientes en Las Rosas que en el Ashram!!! Pero fue hace unos años, ahora por suerte solo hay iguanas de 2 mts de largo !!! (jajaja)
    Yo comparto mi fobia…. pero yo soy de capital…habra sido tu madre tambien?…no, no creo.

    Responder

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