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Kanyakumari, la huella del sur

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En esta nueva visita a la India, además del ineludible Sri Premananda Ashram, había un lugar que me atraía especialmente desde hacía años, y que me había propuesto conocer de una buena vez.

Supongo que la razón principal por la que este sitio estaba todavía en la lista de asuntos pendientes, después de tantos años, es que queda un poco a contramano. No es que esté tan lejos de la ciudad de Trichy (370 Km. aproximadamente), mi cuartel general, sino que no queda de camino a ningún otro lado, y para llegar allí hace falta tener un interés muy específico.

Me refiero al pueblo de Kanyakumari, el punto más sur del subcontinente indio.

Sur

Después de casi ocho horas de tren nocturno, llegamos (con Nuria) a las 7am, a este pequeño pueblo costero de veinte mil habitantes. La particularidad de Kanyakumari es, como dije antes, su ubicación; ya que es el punto geográfico más al sur de la India (iba a escribir “austral” pero teniendo en cuenta que todavía estamos en el hemisferio norte, no sé si aplica).

Pero además de estar en el extremo del país, hay otro detalle no menor; Kanyakumari es el punto donde se unen tres mares, a saber: el Mar Arábigo (desde el Oeste), la Bahía de Bengala (desde el Este) y el Océano Indico (al Sur). Esta circunstancia, entre otras, ha hecho de esta localidad un sitio de peregrinaje, principalmente para los indios, que siempre tan amantes a bañarse en aguas sagradas, encuentran su apogeo en esta triple ablución.

De todos modos, las costas de Kanyakumari no son aptas para bañistas y nadadores, debido a la bravura de sus aguas y a la constante presencia de rocas, al menos en la zona céntrica. No obstante estos obstáculos, los visitantes se las ingenian para darse algún tipo de chapuzón en la confluencia sagrada, algunos como gesto piadoso, otros más por diversión.

Veraneantes

Justamente la diversión o el entretenimiento son también grandes motivos de atracción para los visitantes de este pueblo. A este respecto, no me atrevo a llamarlos “veraneantes”, ya que la temporada alta cubre los meses de diciembre a febrero, lo cual es el invierno boreal. Tales son las altas temperaturas de esta zona, la más cercana de la India a la línea del Ecuador, que la mayoría de los turistas deciden venir en invierno, convirtiéndose así más bien en “invernantes”.

En nuestro caso particular, llegamos justo cuando se está acabando la temporada alta; sin embargo, nos costó bastante encontrar un alojamiento. Al menos en cinco establecimientos la respuesta fue “No room, sir”, y finalmente terminamos en un hotel de apariencia pudiente, que por dentro confirmaba aquel dicho de “No todo lo que reluce es oro”, y cuyo precio no era desorbitado.

Una vez duchados e instalados, salimos a recorrer el breve pero caluroso pueblo (las temperaturas nunca bajan de veinte grados). Al ser un sitio de turismo eminentemente nacional, los precios son acordes, y por ende, para los turistas occidentales son precios muy bajos.

Más allá de la sacralidad de este punto geográfico, también hay lugar para el aspecto comercial, como en todo destino turístico. Y siendo éste un puesto costero, las ofertas son las mismas que en cualquier otro concurrido lugar de playa del mundo, aunque con el inconfundible “toque indio”.

Para empezar, la playa nunca está del todo limpia, y por supuesto, las personas se pasean a orillas del mar vestidos de pies a cabeza, en su mayoría. Asimismo, hay innumerables puestos de “souvenirs”, la mayoría usando como base las caracolas marinas. De esta forma, uno puede encontrar una caracola con su nombre grabado, cortinas de caracolas, espejos “kitsch” con marcos hechos con pequeñas caracolas, llamadores de ángeles de caracolas…

Para mi sorpresa, una guía sobre el pueblo se refiere a estos elementos, como “artículos memorables para su viaje”. De eso no hay duda, aunque de todos modos, no estoy seguro de si mi calidad de recuerdo será la que pretendían los redactores de dicha guía.

Orilla

Otro de los atractivos principales de Kanyakumari son las llamadas “Twin Rocks” (rocas gemelas), que vienen a ser dos islotes de piedra, ubicados a unos doscientos metros de la orilla más céntrica.

En el islote más pequeño, se encuentra la estatua de Thiruvalluvar, un famoso santo y poeta tamil de la antigüedad. La estatua fue terminada en el año 2000 y mide cuarenta metros de alto.

En el islote mayor, también conocido como “La Roca de Vivekananda”, hay dos recintos: el “Memorial de Vivekananda” (del cual hablaré en detalle en un futuro post) y el “Sri Pada Mandapam”. La construcción de estas dos salas data de los años 70’ y es la postal más icónica del pueblo.

Justamente desde la orilla principal, punto de encuentro masivo, se tiene una vista perfecta de los dos monumentos. Una vez que cayó la tarde, y por fin algo de frescor aliviaba nuestros cuerpos occidentales, nos dirigimos a dicho epicentro, en busca de la perspectiva de las postales.

Tanto los turistas como los vendedores estaban en su apogeo; las gafas de sol “Armani” a cien rupias, los cocos frescos, los puestos de castañas de cajú (anacardos), las chucherías de luces de colores…

Sin olvidar el alquiler de caballos para los niños; no se trata de ponys, sino de caballos normales, a los que suben a los infantes, para dar un paseo al trote, llevados por el encargado que, corriendo junto a ellos, los guía (sin embargo, parece que es el caballo el que tira al guía y no al revés). El detalle peculiar es que casi no hay espacio para esta carrera equina, por lo que el encargado debe guiar al animal entre medio de los bancos donde las personas están sentadas, los paseantes charlando y los niños jugando; dándole así una nota de peligro a la escena, inherente a cualquier episodio de tránsito indio.

En medio de este gentío, con el soplido de las caracolas como fondo, cual permanente bocina de un tren, nos sentamos. A la vista, las dos rocas con sus monumentos iluminados y el sonido de los tres mares chocando contra las piedras de la costa, fundiéndose. A la vez, el ruido de las conversaciones y el incombustible zumbido de la máquina de caña de azúcar. Lo sagrado y lo profano.

Mientras tanto, ahí sentado, yo recordaba la visita de la tarde al islote mayor, donde vimos la huella de la diosa que dio nombre al pueblo.

Tapas

“Ir de tapas”, en España, significa reunirse en un local para beber y degustar pequeñas raciones de comidas variadas, como patatas bravas, pimientos del padrón o pulpo a la gallega…

En sánscrito, en cambio, tapas (o tapasya) quiere decir “penitencia o austeridades”. Esto es lo que hace una persona, generalmente un asceta, cuando desea ir más allá de las restricciones del cuerpo, en busca de algo superior. Es una forma tradicional yóguica de auto-control y uno de los senderos a la iluminación.

Tapas, se dice que es lo que hizo la diosa Parvati, en su aspecto de la joven Kumari, para conseguir la mano del Señor Shiva. La leyenda cuenta que sobre la roca del islote mayor, la joven Kumari (que quiere decir “joven” en tamil) permaneció parada sobre un solo pie, a la espera de ser correspondida en matrimonio por Shiva. La postura que adoptó Kumari sería similar a la asana conocida familiarmente como el “árbol” en hatha yoga.

Sin embargo, sus austeridades no fueron correspondidas, y por ende, la joven decidió mantenerse virgen para siempre, que es lo que quiere decir Kanya en tamil.

De allí se deriva el nombre del pueblo, Kanyakumari, y también la versión inglesa del nombre (Cabo Comorin), que se supone es una deformación del nombre Kumari original.

Huella

De esta forma, sobre la roca en donde la joven realizó su penitencia, se edificó el “Sri Pada Mandapam” en su nombre. Pero no sólo como un mero gesto de homenaje, sino porque allí mismo se encontró, gravada en la roca, la huella de un pie que se dice es el de la joven virgen. Dicha huella es el único contenido del pequeño recinto sobre la roca, en el que la pisada, no obstante estar protegida por un cristal, se puede apreciar muy claramente. El hecho de que los supuestos dedos de la huella estén decorados con pasta de sándalo y polvo de kumkum, como es habitual en la religión hindú, hace que efectivamente la traza se destaque con claridad.

Si bien Nuria dice que puede que sea sólo una leyenda, el recinto me parece que tiene una energía fuerte para ser un mero pie de piedra. Con probabilidad, el fluir permanente de personas por ese sitio, muchas de ellas creyentes, haya generado una gran carga energética y eso sea lo que se siente.

De todos modos, y ahora en acuerdo con Nuria, no puedo decir que la energía sentida haya sido puramente positiva, sino que se trataba más bien de una energía intensa y condensada. Que el recinto sea pequeño y más bien oscuro, sumado a la huella tan vívidamente marcada, puede aportar una cuota de impacto, no necesariamente positiva para todos.

De todas maneras, es bueno aclarar que la impresión general del “Sri Pada Mandapam” me pareció favorable y en mi gusto por las leyendas, no dudo que la huella sea cierta.

Con estas vivencias en la mochila (y muchas otras que serán relatadas en su momento), nos despedimos de Kanyakumari, rumbo al estado de Kerala. Desde allí, la próxima crónica.

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Imágenes (las propias no hubo tiempo de descargarlas aún):

instablogsimages.com

rajaputhran.sulekha.com

youngsierrans.files.wordpress.com

3.bp.blogspot.com

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