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Gimnasia espiritual

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Poco tiempo después de publicar el libro “Diario de viaje espiritual de un hijo de vecino” en diciembre 2009, noté que el trabajo como escritor no implicaba solamente escribir. También incluye las no siempre gratas tareas de distribución, difusión, presentación, publicidad y venta.

Como dije en un post de hace pocas semanas (El blog en los medios), la publicación del libro y el proceso subsiguiente se han convertido, para mí, en un ejercicio espiritual.

Viéndolo justamente desde la óptica espiritual, todo lo que acarrea la creación del libro me sirve para desarrollar aptitudes que a fin de cuentas son necesarias para ser más feliz, como por ejemplo, paciencia, tolerancia, auto-confianza, aceptación de las críticas y libertad interior, entre otras.

Auto-ayuda

En una de mis visitas a librerías, con la intención de dejar algunos ejemplares del libro para la venta, la chica que me atendió me preguntó “de qué se trataba el libro”. Brevemente expliqué que se trataba de mis experiencias de viaje por la India, haciendo hincapié en la filosofía espiritual de aquel país, aunque siempre con la perspectiva de una persona común, de cualquier hijo de vecino.

Sin dudarlo, la chica entonces concluyó: “Aah, o sea, una mezcla de novela histórica con libro de auto-ayuda…”.

Entiendo sin reproches la necesidad que todos tenemos de categorizar lo que vemos o nos pasa. Tratándose del ámbito literario supongo que es todavía más normal, ya que los libros deber ser encuadrados en categorías, aunque sólo sea por cuestiones comerciales.

Sin embargo, la interpretación de la chica sobre el libro no me pareció atinada, al menos en primera instancia.

Desde mi punto de vista, de “novela histórica” el libro tiene poco, ya que este género se basa en tomar hechos reales (históricos) para novelarlos, es decir, adornarlos con detalles literarios y hasta ficcionales, aunque manteniendo la base histórica como argumento principal.

En el caso de mi libro, es verdad que se basa en hechos reales, aunque no estrictamente históricos ya que son contemporáneos, además de auto-biográficos. Asimismo, más allá de los adornos literarios ineludibles, no hay una intención de “novelar” la historia, sino de mantenerla bastante fiel a los originales cuadernos de viaje que le dieron vida. En todo caso, y al menos en este sentido, yo lo consideraría más bien un libro de viajes.

En cuanto a la categoría de “auto-ayuda”, debo decir que al principio me ofendí un poco, ya que este género no está muy bien visto por algunos ambientes literarios (yo incluido, en muchos casos). Por otro lado, un libro de auto-ayuda se supone que es un texto que enseña algo, y en mi caso no tenía la intención de enseñar, sino sólo de contar mi historia.

Sin embargo, después de analizar con detenimiento la cuestión, me di cuenta que la chica de la librería tenía razón: es totalmente un libro de auto-ayuda, porque a la única persona que ayuda es a mí mismo.

Con esto no quiero demostrar cuan ocurrente soy jugando con las palabras, sino que hago referencia a lo que decía más arriba de considerar el libro como un ejercicio espiritual.

Es decir, no sólo me dio la posibilidad de hacer algo que me gusta, escribir, y además sobre la India; sino que ahora publicado, el libro me sigue dando opciones de ejercitar y experimentar las enseñanzas espirituales. Auto-ayuda total.

Equipamiento

Uno de estos recientes eventos de gimnasia espiritual tuvo lugar el viernes pasado, en la cuarta presentación pública del libro, llevada a cabo en un pueblo del Valle de Traslasierra, provincia de Córdoba, y auspiciada por la Municipalidad de esa misma localidad.

En este caso, el lugar indicado era la plaza del pueblo, hogar adoptivo de feriantes y paseo natural para muchas personas, tanto turistas como locales, ya que en el verano (austral) hay una grilla regular de actividades, sobre todo por las noches.

Allí llegamos, junto a Nuria, con una hora y media de anticipación (el evento estaba fijada a las 22hs), con la intención de iniciar los preparativos correspondientes.

Por charlas telefónicas que yo había mantenido durante la semana con la persona responsable, sabía que había programados un espectáculo anterior a mi presentación, y dos espectáculos más tarde, completando así la grilla de 21hs a 24hs.

Fue por ello que me sorprendió encontrar el centro de la plaza totalmente vacío, sin ningún indicio de espectáculos de cualquier índole.

Al encontrar a la persona responsable, ella me confirmó que la actuación temprana se había cancelado. Por ende, todas las preparaciones técnicas debían ser hechas por nosotros.

Ningún problema. Con el coche de mis padres nos dirigimos a un edificio adyacente, en la búsqueda de los equipos técnicos designados para la presentación: parlantes, micrófono, consola de sonido, cables varios…

De regreso a la plaza, descargamos el equipamiento en el medio de la misma, a lo que le sumamos el cañón proyector y la pantalla que trajimos desde la oficina de la Secretaría de Cultura, que estaba ubicada justo enfrente.

Allí estábamos, Nuria y yo, en medio de la plaza, rodeados de equipamiento técnico, abandonados a nuestra suerte. Aquí es bueno aclarar que mis aptitudes como ingeniero de sonido y/o ingeniero audiovisual no han sido nunca destacadas. También es bueno aclarar que yo esperaba una persona que se hiciera cargo de la parte técnica, como había sucedido en otras presentaciones anteriores.

Al acordar telefónicamente los detalles de la presentación, la persona responsable me había preguntado que necesitaría, y yo había enumerado los elementos técnicos principales, aunque jamás pedí “un ingeniero de sonido”, o algo así.  Asimismo, tampoco enumeré detalles en apariencia menores como “alargues” o “enchufes adaptadores”.

La cuestión es que una vez que el equipamiento principal estuvo colocado en medio de la plaza, recién entonces empezó el trabajo duro. Para comenzar, necesitábamos energía eléctrica, y el enchufe más cercano estaba a unos quince metros, en el lateral de la plaza. Cuando le pedimos un “cable alargador” a la persona responsable, fue como pedir agua en el desierto.

Caído

Evidentemente, sin electricidad era imposible hacer funcionar los equipos, y para hacer la presentación en medio de la plaza, con el permanente rumor de fondo, era necesario al menos un micrófono. Amén de la música y la proyección de imágenes que siempre acompañaban el evento.

Finalmente, en lugar de un “alargue”, nos dieron un foco proyector que tenía un cable muy largo. A nuestro pedido, alguien de la Municipalidad se encargó, a regañadientes, de quitar el foco y poner un enchufe en el extremo del cable; sin embargo, el otro extremo seguía sin funcionar.

Para ser sincero, a este punto yo estaba bastante desahuciado porque veía que todo se hacía cuesta arriba, y ya demasiados nervios tenía con la presentación pública en sí, para además encargarme de todo el aspecto técnico. En otras ocasiones me había ayudado mi hermano, que maneja bien los temas de sonido e imagen. Esta vez, estábamos solos con Nuria, y mi ánimo se iba para abajo.

Entonces, como una señal de la providencia, llegó mi amigo Adrián. Él sabía de la presentación y con interés se había acercado a verme, por suerte con algo de anticipación (eran las 21:30hs aproximadamente). Con Adrián hacía bastante tiempo que no nos veíamos, y entonces él, entendiblemente, me saludó con efusividad. Mis primeras palabras, en cambio, fueron: “¿Sabés algo de sonido?”.

Expectativa

Por fortuna, Adrián es un apasionado de las nuevas tecnologías, y su ayuda fue fundamental para, al menos, sacar del primitivismo nuestra situación técnica. Con sus dotes, y no sin dificultades, pudo arreglar el “alargue” maldito, de manera que a las 22hs por fin teníamos electricidad.

Es decir, era la hora de empezar la presentación y apenas podíamos comenzar la instalación técnica.

Mientras tanto, Nuria había traído algunas mesas de plástico y alguien de la Municipalidad fue trayendo las sillas para los potenciales espectadores. Durante todo el proceso de preparación, se acercaban personas a preguntar “qué show iba a haber”. Como es normal en una plaza, la mayoría esperaba un concierto musical o un espectáculo de entretenimientos.

Al ver la pantalla para la proyección, eran sobre todo los niños quienes se acercaban preguntado “¿qué película van a dar?”. Según el estado de ánimo y la persona que respondiera, las respuestas podían variar desde “una película para grandes” o “imágenes de la India”, hasta “La Era de Hielo IV”.

A las 22:15hs las sillas estaban todas ocupadas por niños, paseantes, turistas, interesados y algún amigo. Ahora el problema era configurar la notebook (que yo había traído) con el cañón proyector, lo cual por lo general lleva varios minutos. A este tiempo normal de configuración se le sumó una inesperada falla en la notebook y la imposibilidad de proyectar las imágenes.

A este punto, las personas responsables de la Municipalidad comenzaron a tomar más interés en la presentación, ya que no empezaba a la hora programada. Hubo un reclamo de que al menos pusiéramos música, pero claro, el cable para la música que iría de la notebook a la consola de sonido, tampoco había sido provisto. Era otro de los detalles menores que yo no había enumerado en mi lista de pedidos.

Lista

Una vez, en la antigüedad, un maestro salió de viaje con sus discípulos. Viajaban en una especie de carreta y debían llegar hasta un pueblo lejano para celebrar una festividad importante. Ya iniciado el periplo, el maestro dijo: “Pasadme el agua”. Los discípulos se miraron desconcertados y respondieron: “No la hemos traído maestro”. “¿Por qué?”, dijo el maestro. “Porque Usted no nos lo dijo”, respondieron.

Más adelante, en una escarpada colina, donde los animales sufrían para tirar del carruaje, el maestro dijo: “¿Por qué mantenéis todos estos troncos secos sobre el carro?”. “Por si los necesitamos para hacer fuego”, respondieron los discípulos. “Pero ante esta dura colina, ¿por qué no los tiráis?”, dijo el maestro. “Por que Usted no nos lo dijo”, respondieron.

Ya promediando el viaje, en otra difícil cuesta, los discípulos empezaron a lanzar las provisiones. El maestro dijo, “¿Por qué estáis tirando la comida?”. “Para aligerar el lastre, como Usted nos indicó la última vez”, respondieron los discípulos. “Pero esta vez es distinto, ¿qué comeremos luego?”, dijo el maestro. Los discípulos se mostraron confusos.

Entonces, el maestro explicó sobre la necesidad de discernir, de ser capaces de discriminar entre lo útil y lo inútil; de tener sentido común, en resumen.

Los discípulos, aún confusos, y aduciendo cuán difícil es saber discernir, le pidieron al maestro que les hiciera una lista completa de todo aquello que debía permanecer en el carruaje, de manera de evitar problemas.

Ya con la lista armada, reanudaron la marcha. Muy cerca del destino final, al cruzar un río que venía muy crecido, el carruaje se bamboleó fuertemente y el maestro cayó al agua, siendo arrastrado por la corriente. Los discípulos observaban descorazonados, aunque sin mover un pelo por salvar a su guía, que finalmente se ahogó.

Cuando a las pocas horas, con su cuerpo etéreo, el maestro se apareció frente a sus discípulos, les recriminó, “¿Por qué no me habéis salvado? ¿Por qué me habéis dejado en el agua abandonado?”.  Los discípulos se miraron desorientados y explicaron, “Maestro, cuando Usted cayó al agua miramos de arriba a abajo la lista que Usted mismo nos había dado, pero no encontramos su nombre entre las cosas que debían permanecer en el carruaje”.

Imágenes

De manera similar a la parábola, aunque salvando las distancias, todo lo que yo le había pedido a la Municipalidad me había sido proporcionado. Por ende, todo lo que no había pedido no estaba disponible. De esta forma, me faltaba el “ingeniero de sonido”, la energía eléctrica,  los cables, los adaptadores…

Ya eran las 22:40hs y los asistentes estaban comprensiblemente impacientes. Asimismo, los trapecistas que actuaban más tarde (en teoría a las 23hs) ya estaban preocupados por su retraso y nos ponían presión.

Sin muchas opciones, y deseando estar en mi casita desde hacía rato, decidí empezar la presentación con lo que teníamos. Así, agarré el micrófono y rodeado de cables y personas tratando de arreglar los desperfectos, me dispuse a hacer frente a la situación.

En presentaciones anteriores, sobre todo apoyadas por organismos oficiales, siempre había habido alguien que me introdujera al público. Esta vez no fue así. Esta vez, mi orfandad organizativa fue siempre coherente.

Sin muchos ánimos, pero tratando de focalizarme en mi tarea, empecé la charla: “Hola, mi nombre es Naren Herrero, soy el autor de este libro titulado…”. Mi nuevo estilo de vendedor callejero no era muy convincente, así que con los minutos fui regresando a mi estilo de siempre, más espontáneo. De todos modos, la charla fue más breve de lo normal y seguramente fue la peor que haya hecho. A mi falta de naturalidad, se le sumaba la falta de imágenes que ilustraran la charla.

A este respecto, después de algunas artimañas, Adrián pudo hacer funcionar el proyector y entonces pudimos ver el video con imágenes de la India. Sólo ver, pues el sonido nunca estuvo por falta de cables. Así, yo iba relatando las imágenes, tratando de ponerle un mínimo de gracia que ni se compara con el clima que da la música.

Para colmo, el viento empezó a soplar y la pantalla no dejaba de oscilar de un lado a otro. Una vez más, Adrián estuvo en los detalles y durante los ocho minutos que dura la proyección se dedicó a sostener la pantalla de arriba y de abajo, como si fuera el campeón olímpico de windsurf.

Chiste

De antemano, yo sabía que hacer la presentación en una plaza no es lo ideal. Es mejor hacerla en un lugar cerrado, donde los asistentes sepan qué van a ver y estén interesados a priori.

La plaza tiene la ventaja de atraer muchas personas, aunque tiene las contras de tener mala iluminación, un sonido que se dispersa y se pierde, un ruido constante de todas partes, y lo peor, un público pasajero (“placero”), que viene a la plaza a “ver qué hay” o “dar una vuelta”, pero sin un interés suficiente como para permanecer con mucha atención por un largo período.

A pesar de todo esto, yo venía mentalizado para ponerle el pecho a la situación y luchar contra esas desventajas. Sin embargo, habiendo llegado una hora y media antes de la hora de inicio estipulada, y luego de dos horas de obstáculos, seguir sin todo resuelto, me habían disminuido la moral.

Entonces, cuando en medio de la charla yo veía algunas personas que se levantaban de la silla me decaía, y pensaba que lo estaba haciendo todo mal. O cuando los niños correteaban y hablaban en la primera fila, yo me desconcentraba y dudaba entre pedir silencio o seguir.

Por suerte, también había algunos amigos y familiares que habían venido a verme y eso me apoyaba anímicamente, además de que ¡se quedaran toda la charla!

Ya al final, habiendo hecho lo mejor que pude, seguía notando esa atmósfera desinteresada y alicaída. Fue así, que para levantar el ánimo, más el mío que el ajeno, conté un chiste corto del humorista cordobés “Negro Álvarez”. El chiste es más bien malo, pero al parecer, el cambio de registro de un discurso más serio a uno absurdo, surtió efecto y por primera vez todos los presentes se rieron.

Quienes estén interesados en el humor cordobés, pueden escuchar el chiste aquí mismo:

Circo

Después del exitoso chiste, como cierre de la charla, expliqué que el libro estaba a la venta y dije que cualquiera que estuviera interesado en comprarlo o en hacer alguna pregunta se podía acercar personalmente. Di las gracias y ese fue el final.

Entonces, sin darme siquiera un segundo, los trapecistas que esperaban impacientemente y que estaban situados frente a mí, o sea a espaldas de los asistentes de la charla, encendieron sus poderosas luces, y al ritmo de una música circense imposible de ignorar vocearon “Bienvenidos Señoras y Señores…”, para luego exhortar, “Traigan sus sillas, den vuelta sus sillas…”.

De esta forma, quince segundos después de mis palabras finales, todas las personas habían tomado sus respectivas sillas y se habían girado ciento ochenta grados para disfrutar del espectáculo de funambulismo. Por mi parte, me quedé con el libro en la mano, como esperando que alguien se me acercara (así sucedía en otras ocasiones), pero sobre todo me quedé atónito al ver como el entorno cambiaba tan velozmente, no sólo la escenografía, sino también la disposición anímica.

Obviamente, los asistentes a la charla esperaban el fin de la misma con tantas ganas como yo.

No quiero ser dramático, para ser justo hubo algunas personas que sí se me acercaron para saludarme al final de la presentación: cuatro amigos, dos tías y dos primos.

Como si mi abatimiento no hubiera sido suficiente, llegaron inmediatamente unos payasos, que tenían su espectáculo programado para las 24hs. y silenciosamente empezaron a ocupar nuestro lugar. Por suerte, Adrián todavía estaba lúcido y fue retirando nuestros equipos. Recién entonces, yo saludé a Adrián como corresponde.

Moraleja

Como corresponde en estos casos, uno trata de sacar alguna enseñanza. Por un lado, hacer una presentación abierta en una plaza no es una buena idea, y quizás sea mejor no repetirlo.

Por otro lado, la próxima vez, sea donde sea, es mejor dejar bien claro de antemano todo lo que uno necesita, aunque a mí me parezca descontado y obvio.

Por supuesto, no reniego de la Municipalidad que me prestó los equipos técnicos, ni puso problemas para darme un lugar en la grilla de actividades. Faltaría más.

Sí me quejo bastante del nivel de compromiso del organismo oficial con las actividades que ellos mismos apoyan. Digo esto no sólo por mí, sino porque luego supe que tanto los trapecistas como los payasos se auto-gestionaban totalmente, trayendo sus propios equipos, pues no podían confiar en la infraestructura que les proveía la Municipalidad. Ellos ya habían escarmentado, ahora me tocaba a mí.

Dualidad

La filosofía espiritual de la India, y no sólo ésta, dice que el universo es dual; que todo lo que percibimos es impermanente y tiene dos caras: vida/muerte; día/noche; felicidad/tristeza; riqueza/pobreza… Lo único que permanece inmutable detrás de la dualidad del mundo es el alma, que es absoluta y no se rige por las relatividades fenoménicas.

Basándonos en esto, y según la filosofía espiritual, la mejor forma de estar en contacto con nuestra propia alma, es a través del equilibrio. El mundo siempre será dual, siempre nos presentará las dos caras de la moneda; lo que nos da hoy nos lo quitará mañana.

“Detrás de cada rosal de placer se esconde una serpiente de dolor”, dice el gran santo Paramahansa Yogananda.

“La vida es sólo un simple juego de altibajos”, canta la No Smoking Orchestra de Emir Kusturica.

A esta altura del partido, todos sabemos que la búsqueda de la felicidad constante en el mundo externo es una utopía. Los famosos “momentos de felicidad” con los que nos contentamos, siempre se ven contrastados por iguales momentos de sinsabor.

Por ende, el desarrollo de la ecuanimidad es un remedio para la permanente dualidad del mundo. Esta virtud es necesaria para no dejarse arrastrar por las cambiantes corrientes de la vida. Es por ello que los maestros espirituales siempre recomiendan mantenerse impasible, tanto ante el elogio como ante la crítica.

En mi caso, en cada presentación del libro me había acostumbrado a recibir sólo elogios, muy probablemente porque los asistentes siempre eran, en su mayoría, parientes y amigos. Contrariamente a mis expectativas, esta última presentación fue un fracaso total. Más allá de los interminables problemas técnicos y de la falta de contención oficial, los asistentes no parecían interesados en el tema y la venta de libros fue nula.

Según mi análisis, esta parecía una buena forma de recordarme la naturaleza dual de la vida.

Catarsis

Justamente esa dualidad implica también que haya habido puntos positivos, como la tempestiva llegada de Adrián para rescatarme del naufragio técnico, y la asistencia de queridos amigos y familiares para darme ánimos.

Al día siguiente del fracaso expositivo, yo mismo me sorprendía de tenerlo bastante digerido y de haber, al menos en teoría, aprendido algunas lecciones prácticas.

Como tantas otras veces, el escribir es mi terapia para hacer catarsis. Así como otrora escribí poemas a cucarachas y mosquitos para exorcizar mi rabia; así como escribo cartas a Swami para poner las ideas claras; de la misma forma decidí poner en papel (o kilobytes) esta experiencia fallida, para evitar cualquier posible trauma interno antes de que crezca.

De todos modos, más allá del aspecto psicológico, mi principal interés con esta crónica banal es recordarme las dos caras de la moneda, la eterna dualidad del mundo y la necesidad de mantenerse ecuánime ante la crítica y el elogio.

El libro, como viene haciendo últimamente, me dio una nueva chance de ejercitar las enseñanzas espirituales. Muchos músculos no tendré, pero sí temas para el blog, y sobre todo vivencias que, bien utilizadas, me tendrían que ayudar a ser más feliz.

Imágenes:

laexcelencia.com
tuswallpapersgratis.com
taringa.net
centres.escolacristiana.org
rmm.cl
nabar.org

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  1. como dice un disco de quintino cinalli: “el que no arriesga no pifia”.

    decime por mail donde puedo comprar el libro.

    Un abrazo,

    Nico

    Responder
  2. Lo de catalogar el libro de novela histórica de auto-ayuda es una gran idea, sobre todo desde el punto de vista comercial, ya que son dos géneros que se venden muchísimo. Otro género que se vende mucho son los libros de cocina, así que solo tienes que incluir en el blog un par de recetas de samosa o tandori para justificar un lugar en las estanterías de superventas culinarias, jeje
    Un abrazo

    pd: guardame un ejemplar, que en la FNAC no lo tienen!

    Responder
  3. ¿Quién dice que, tal como está ahora, no es un libro de recetas?

    Responder
  4. Don Naren, ¡qué bueno que estas tierras siguen proveyéndolo de material para su escritura!
    Todos sabemos el movimiento que una plaza implica y todos hemos sido esos que curiosean por breves instantes lo que sucede, abandonando el intento segundos después al saciar nuestra superficial curiosidad de “chimentero”.
    Un buen recuerdo es esa postal que acaricia, de tanto en tanto, los rincones intangibles de nuestro ser, movilizándonos hacia la alegría, la tristeza, el miedo, la añoranza, la melancolía… hacia lo, muchas veces, no expresable.
    Cuando estas situaciones se presenten recuerde que en esas sillas no sólo están los visibles, sino también los que, casi siempre de manera silenciosa, lo acompañamos y nos dejamos llevar a la grupa en sus experiencias.
    Saludos desde Córdoba de la Nueva Andalucía, estimado amigo.

    Responder

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