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Atrapado en Mumbai

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Quizás recuerden que hace dos semanas relaté mi primer llegada a la India, aterrizando junto a mis padres en el aeropuerto de Bombay (o Mumbai), con mis subsiguientes primeras impresiones sobre un país que con los años se convertiría, aún más, en un leitmotiv de mi vida.

En aquella primera visita ni siquiera llegamos al centro de la ciudad de Bombay, y en cambio nos movimos por la periferia en busca de un tren que nos llevara lo más rápido posible hacia el sur. A pesar de ello, esa fugaz estadía había bastado para dejarme sensaciones que, mirando en retrospectiva, dejaron su huella.

Casi tres meses después de aquel ingreso, y habiendo recorrido el subcontinente indio de sur a norte y viceversa, habiendo visitado personas santas y lugares sagrados, habiendo acumulado vivencias y nuevas impresiones, llegaba nuevamente a la capital comercial de la India, solamente para tomar mi avión de regreso a Argentina, aunque está vez con más tiempo.

Demasiado

Demasiado tiempo, diría yo.

Pequeña explicación: La cuestión es que yo había llegado a la India con mis papás, pero ellos tenían planeando regresar a casa bastante antes que yo, que me había organizado un viaje de tres meses.

Por una invitación del Sri Premananda Ashram, mis papás decidieron quedarse más tiempo de lo previsto, y por ende nuestros cronogramas eran casi idénticos, de manera que viajamos juntos a Bombay, lugar familiar de partida.

En realidad, el vuelo de mis padres salía seis días antes que el mío, pero eso no era un problema, ya que yo pensaba usar ese tiempo extra para recorrer la ciudad de Bombay, punto ineludible del recorrido turístico indio. Al menos, este era el plan que yo había trazado con anticipación.

Sin embargo, una vez en camino hacia Mumbai, en el tren desde Bangalore, mi deseo real era retornar a Argentina lo antes posible.

Motivos había varios: Ya habían pasado tres meses de viajar continuo, a veces con mis padres, a veces solo, y no tenía más interés en moverme sin una razón que no fuese espiritual. Justamente, acabábamos de abandonar la atmósfera espiritual del Ashram de Swami Premananda, y a esa altura la perspectiva de Mumbai no era una imagen que me llenara el espíritu.

Asimismo, en ese entonces yo estaba terminando mi Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad de Córdoba, y si bien había dejado mi tesis final bastante preparada (los retoques debían ser hechos por mi compañero de estudios), debía rendir la defensa del trabajo a pocos días de mi regreso. Por lo tanto, esta incidencia académica también ocupaba mi mente en los días finales del viaje en India.

Y para completar el cuadro, yo extrañaba a mis amigos, y a mi novia de entonces. De modo que la idea de permanecer una semana en Bombay, únicamente por turismo, no me despertaba mucho entusiasmo.

Conexión

Después de un periplo ferroviario de treinta y seis horas llegamos a Bombay un domingo por la mañana. El vuelo de mis padres salía esa misma noche. Después de llamar infructuosamente por teléfono a la compañía aérea durante todo el día (por algo era domingo), decidí ir al aeropuerto junto a mis padres, con mi mochila a cuestas, listo para embarcarme con ellos, si era posible.

Una vez allí me informaron que había asientos disponibles para el trayecto Bombay – Johannesburgo (en aquel entonces viajamos con South African Airways), pero no podían saber si había disponibilidad en los siguientes dos trayectos (Johannesburgo – Sao Paulo; Sao Paulo – Buenos Aires).

Por lo tanto, era un riesgo irse hasta Sudáfrica sin billete, con la posibilidad de quedarse varado allí por una semana, hasta la salida del siguiente vuelo. En ese caso, el remedio era peor que la enfermedad.

Amargamente vi a mis padres cruzar la frontera hacia el embarque, y con mi mochila a cuestas me dirigí a la puerta de salida, donde ya pasada la medianoche, un taxi me esperaba para llevarme de regreso a la ciudad que yo no quería conocer.

Chuck Norris

Perdonen el tono dramático del relato. Sé que incluso el título del mismo, “Atrapado en Mumbai”, es más parecido al título de una película de Chuck Norris, que al de una crónica de viajes. Si acaso da la sensación de que hay algo de exageración, es quizás por los adornos literarios que, admito, no resisto a intercalar en la narración.

Sin embargo, este tono también tiene su razón de ser en la sensación original de angustia que me acosaba; que si bien, vista a lo lejos es motivo de sonrisas condescendientes, en su momento me parecía más grave.

Indudablemente, el estado de ánimo de una persona la predispone para ver las cosas de una forma u otra. Dicho estado de ánimo puede ser generado de antemano, por informaciones o expectativas previas, o se puede disparar simplemente por un hecho cotidiano.

Por ejemplo, una persona llega a una ciudad donde le roban la cartera o pierde un tren, y por ende esa ciudad queda marcada para siempre, en el imaginario de esa persona, como un sitio negativo. Por supuesto, la misma ciudad visitada por otra persona, con circunstancias positivas, deja una huella favorable.

De la misma forma, si yo llego a Mumbai sin ganas de estar ahí; con la sensación de que una semana en ese lugar es una total pérdida de tiempo, entonces es natural que mi estadía no sea la más placentera.

Dicho esto, si alguien está buscando consejos o indicios sobre Bombay, recomiendo que tome estas líneas con pinzas y trate de discriminar con sabiduría entre lo real y lo que pasaba en mi mente.

Hoteles

Empecemos por los hoteles. Bombay es la ciudad más cara de la India. Y eso, al final de mi viaje, con las finazas ya débiles, era más que un detalle estadístico.

En la India, conseguir una habitación de hotel es barato. Conseguir una habitación decente de hotel también puede ser barato, aunque no tan fácil.  Pues bien, en Bombay conseguir una habitación de hotel no es barato.

El primer vislumbre de esta cruda realidad lo tuve apenas llegado con mis padres, cuando alquilamos una habitación cerca de Mumbai Central, la zona de la estación central de trenes. El precio era mucho más alto de lo acostumbrado, aunque hay que decir que en este caso la habitación era limpia.

Al día siguiente de la partida de mis papás, yo salí en busca de un hotel más acorde con mis exigencias presupuestarias. Al no encontrar nada por la zona central, me dirigí a la zona de Colaba, un barrio más turístico, con opciones para todos los gustos. Finalmente encontré un hostal en que la habitación costaba 500 rupias con baño privado. Un precio muy bueno para Mumbai.

Para que se hagan una idea, yo venía acostumbrado a pagar no más de 300 rupias por una habitación, en el resto de la India.

Obviamente, en esa época yo era más joven y más pobre, y mi prioridad no era el confort. La habitación en la que me quedé toda la estadía no era ni cercana al lujo, y a pesar de tener baño privado, no tenía ducha, y el agua salía sin presión.

Es decir, para bañarme tenía que llenar un balde que luego me vertía sobre el cuerpo. Esto no es un problema, así es el método indio. Lo que me molestaba es que en el momento de entrar al hotel, los encargados me habían prometido una ducha funcionante. Cuando después de la primera noche presenté mi reclamo obtuve una respuesta desvergonzada: “Si no te gusta, búscate otro hotel”.

En realidad busqué otros lugares, pero no encontré nada mejor que se ajustara a mi presupuesto. Por lo que me tuve que tragar el orgullo y quedarme donde estaba.

Emergentes

Más allá del alza de precios normal en cualquier gran ciudad, Bombay tiene otro detalle: su tierra vale mucho.

A pesar de ser la ciudad más grande de la India (y se dice del sudeste asiático), con unos catorce millones de habitantes, su extensión no puede ser ampliada más que de manera vertical. Esto se debe a que la ciudad de Mumbai fue construida sobre lo que una vez fue una archipiélago de siete islas, y ahora la pequeña península no tiene más extensión hacia donde desarrollarse. Es por esto, que el coste de la tierra en Bombay es tan alto como en Paris o New York.

No obstante esta carencia espacial, la ciudad sigue recibiendo cada año miles de inmigrantes desde otras partes de la India, en busca de las riquezas o el nivel de vida que las metrópolis dan, en ocasiones, a algunas personas.

Por algo, la ciudad de Mumbai es la capital comercial y financiera de la India. Su “skyline” (su conjunto de rascacielos) es comparable a otros centros económicos mundiales, y no tiene ni comparación al resto de las ciudades indias.  Por otro lado, la mayoría de las grandes empresas indias se encuentran en la ciudad, a lo que se suman todas las filiales de grandes compañías multinacionales.

Además, Bombay es la capital nacional del entretenimiento, debido sobre todo, a la famosa industria de Bollywood (justamente, el nombre es una conjunción de Bombay y Hollywood).

Desde hace veinte años, Mumbai no deja de crecer, y es el núcleo económico de esta nueva potencia emergente que se llama India, y que junto a China y Brasil, se dice son las economías del futuro.

Frente

A mí, nada de esto me importaba. Un poco porque mi estado de ánimo, como ya vimos, no era propicio. Otro poco, porque mi interés en la India es espiritual y no económico.

De todos modos, allí estaba. Y de alguna forma iba a tener que enfrentarlo, como siempre hace Chuck Norris.

Imágenes:

mikeely.wordpress.com
reporting.journalism.ku.edu
nazaronline.net

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Un comentario »

  1. jajajajajaaa…me encanta como escribes y narras esta aventura..te pareces a mi hijo!!! pero entre todo fue una gran experiencia. me encantaria conocer Bombay, Mumbai, Nueva Dehli..todo eso por alla..y quien sabe hasta ir vivir por un tiempo..te felicito por la manera descriptiva..muy buena.

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