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Teorías de la Verdad

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El número de lectores, o al menos de visitantes, de este blog ha ido en aumento con el paso de los meses. Sin embargo, hay algunos lectores, muy fieles, que han estado presentes desde el inicio de estas crónicas, algunos más a la vista (con sus comentarios o mis referencias), otros detrás de bambalinas.

Entre estos últimos se encuentra el caso de Paulita, que no sólo es lectora de este diario, sino analista y crítica filosófica del mismo, al punto de, quizás sin saberlo, ser impulsora de algunos de los temas que a lo largo de tantos kilobytes se tratan en estas líneas.

La semana pasada, sorbiendo un té en nuestra cocina (de Nuria y mía), fue ella la que puso en mi mente, quizás sin querer, la materia de esta semana.

 

Espero, entonces, poder responder de manera honrosa, como un agradecimiento a todos estos lectores discretos, que sin embargo se oyen, cada tanto.

 

Epistemología

 

Cuando estudiaba Comunicación Social, en la Escuelita de Ciencias de la Información de la UNC, en el último año de carrera había una materia que a nadie pasaba desapercibida, sobre todo por su solemne nombre: “Epistemología de las Ciencias Sociales”.

A pesar del miedo generalizado, personalmente la materia me pareció llevadera y parte de ello puede deberse a que tenía a mi lado a Juan Manuel, un amigo y compañero de clase experto en filosofía, y además, en nuestro horario, la asignatura contaba con un profesor que era muy bueno (su nombre era Horacio Etchichurry).

 

Si mi recuerdo no me engaña, el eje de aquella misteriosa materia eran las llamadas “Teorías de la verdad”. El objetivo de estas teorías no es definir la verdad en sí misma, sino la forma en que se determina que algo es o no verdad.

Las “teorías de la verdad” son variadas y son motivo de estudio filosófico desde hace tiempo. Del espectro de opciones que nos fueron mostradas en aquel entonces, recuerdo algunos nombres e ideas sueltas que sólo valdría la pena nombrar si quisiera hacer gala de vanos conocimientos.

Reprimiendo esa tendencia, me limito a enumerar unas pocas opciones que sirven para ilustrar estas teorías: 

Por ejemplo, hay teorías que afirman que una proposición es verdadera si es evidente, es decir, si se presenta con tanta claridad y distinción a nuestras mentes que éstas no pueden por menos que aceptarla (el criterio de evidencia).

Por otra parte, la teoría del consenso sostiene que la verdad es cualquier cosa que es acordada por algún grupo específico.

El criterio de utilidad, en cambio, establece que una proposición es verdadera si resulta útil o funciona en la práctica

También, hay verdades subjetivas y objetivas; verdades relativas y absolutas, y cada una de éstas tiene una doctrina que las soporta argumentativamente.

Agradezco a wikipedia por la resumida información, y quien quiera más ejemplos, puede verlos aquí.

 

No hay dudas de que cada nueva teoría de la verdad es motivo de discusión y debate. De hecho, yo no tenía intención de meterme en este lío. Al menos, no hasta que Paulita sacó el tema, tan tranquila con su tibia taza entre las manos.

 

 

Mentiras Piadosas

 

Todo empezó con un debate sobre la validez de las así llamadas “mentiras piadosas”, aquellas mentiras que se pronuncian teniendo una supuesta buena intención como fondo.

Inevitablemente apareció en escena una “teoría de la verdad” que entraría en la categoría de absolutista, y es la que dice que hay ciertas afirmaciones que son completamente falsas o verdaderas siempre y para todos, por ejemplo “Mentir está mal” o “Siempre hay que decir la verdad”.

 

Yo, que si no creyera en Dios y en la filosofía espiritual, creo que sería discípulo del filósofo Kant (con sus imperativos categóricos y su deber moral universal), tengo tendencia a estas afirmaciones absolutas, sobre todo porque tengo en gran estima a la Verdad.

De todos modos, debido a lecturas y explicaciones recibidas a través de los años, siempre desde el punto de vista espiritual, esta vez me puse del otro lado.

 

Trataré de explicar mi visión: La verdad es una cualidad positiva, y desde el punto de vista espiritual, es también un atributo Divino (como el amor, la armonía, la paz, la sabiduría).

Siendo la verdad un atributo Divino no debería por ende causar daño. Incluso quitándole el ribete teísta, si aceptamos que la verdad es meramente una cualidad positiva, entonces no tendría que generar efectos negativos, por una simple cuestión de oposición.

 

Con este criterio, y postulando una “teoría de la verdad” basada en la filosofía espiritual, sólo se puede considerar como Verdad a aquello que genere consecuencias positivas, es decir que ayude a las personas a ser más felices; que en el sentido espiritual del término sería conocer la propia esencia, realizar ser parte de la energía universal, alcanzar la iluminación…

 

 

No Duele

 

Tal como experimentamos la idea de verdad en el día a día, es evidente que la verdad para unos (ya sean muchos o pocos), puede traer el perjuicio para otros (ya sean muchos o pocos). Esto no se pone en discusión porque, en general, consideramos verdad lo que nos parece objetivamente demostrable, un hecho en que la mayoría estamos de acuerdo.

De allí nace la frase popular que dice “La verdad no duele (o no ofende)”.

 

No hace falta analizar demasiado para darse cuenta que esta sentencia popular, al menos en la forma en que está usada, es errada. Digo que no hace falta analizar mucho, porque basta que uno piense cuánto le duele o le ofende que le digan una “verdad” negativa para darse cuenta.

¿Cómo es posible, entonces, que una cualidad positiva como la verdad me hiera así?

 

Quiero ser claro para no crear malentendidos: Hay situaciones que son dolorosas y no es culpa de nadie; decirlas no nos hace verdugos, y no decirlas es grave. Se me ocurre: “Se nos acabaron los ahorros” o “Hubo un terremoto en tal ciudad”.

No estoy hablando de estos casos. En realidad, me refiero siempre a cuestiones que están muy relacionadas con lo que entendemos como el compromiso moral, que es el terreno en donde la línea de la verdad se puede volver más ambigua.

 

Es justamente en el ámbito moral en donde la verdad, considerada como hecho objetivo, muchas veces sí duele. Por ejemplo, si hay una persona que es objetivamente fea, basándonos en los estándares de belleza de nuestra sociedad de hoy, ¿tiene uno derecho a decirle a esa persona que es fea, sencillamente porque es verdad? Alguien puede argumentar que ir a decirle a alguien que es feo por motu proprio no es verdad, es maldad.

Supongamos entonces que esa persona nos pregunta si es o no fea. Uno está obligado a contestar, ¿qué hace? ¿Se escuda en la bandera de la verdad objetiva o dice una “mentira piadosa”?.

 

No creo que haga falta hacer una encuesta para saber que en la mayoría de los casos, todos, instintivamente, optamos por deformar la verdad objetiva para así no herir al otro, aunque sea sólo para sentirnos mejor nosotros mismos.

Sin embargo, esta actitud no es cobarde ni, creo yo, equivocada.

La enseñanza espiritual dice que hacer hincapié o destacar las cualidades negativas de una persona no es correcto (al menos como regla general). Esto no se justifica, ni me absuelve, por el solo hecho de ser verdad. En un caso como el anterior, decir algo que no es “objetivamente verdad”, puede ayudar al otro a ser más feliz o mejorar (por ejemplo, tener más autoestima).

 

 

Parábola

 

En la ladera de una montaña de los Himalayas vivía sentado en postura de meditación un sabio asceta hindú. Después de muchas vidas de renuncia y penitencias, el hombre había llegado a la que sería su última encarnación en la tierra, ya en los umbrales de la iluminación.

Un buen día llegó corriendo un desesperado hombre, que dijo ser perseguido por una banda de enemigos, luego de lo cual se subió al árbol que servía de cobijo al asceta, pidiéndole por favor que no delatara su escondite.

 

A los pocos minutos llegaron los perseguidores, armados de machetes, y le preguntaron al asceta si había visto pasar al fugitivo. El asceta, ajeno a todo, prefirió no responder, evitando así entrometerse en un tema que no le concernía.

Sin embargo, los perseguidores no eran tipos blandos y amenazaron con cortarle un dedo de la mano si no hablaba. El asceta, siempre teniendo en mente que somos alma y no cuerpo, se mantuvo callado.

Los perseguidores le cortaron el dedo meñique de un machetazo.

 

Nuevamente, le inquirieron sobre el paradero del fugitivo. Ahora, el asceta empezó a pensar en responder. Sopesando el dilema de decir la verdad, lo cual implicaba la segura muerte del hombre trepado al árbol, o estar callado, lo cual implicaba perder más dedos, el asceta tomó una decisión que creyó neutral: Sin decir una palabra, sin casi moverse, hizo un gesto claro con los ojos y las cejas, indicando hacia arriba, en dirección a las ramas del árbol.

Los perseguidores lo captaron enseguida e hicieron bajar al pobre prófugo, que inevitablemente fue conducido a su muerte a fuerza de machetes.

Por su parte, el asceta quedó satisfecho, no había mentido, tampoco había “dicho” la verdad, al menos de su boca no había salido ni una palabra.

 

Cuando al tiempo, el asceta murió y ascendió a las esferas superiores, se encontró con Brahman, quien le informó que debía reencarnar una vez más (si la parábola fuera católica, aquí estaría San Pedro y le informaría que en lugar del cielo le toca el purgatorio, como mínimo). El asceta estaba muy desencantado, incluso enfadado, después de tantas vidas de penitencia tener que seguir esforzándose.

“¿Por qué?”, dijo el asceta. Entonces, Brahman le recordó aquel episodio del fugitivo, el árbol y los machetes. 

“Yo no dije ni una palabra”, se excusó el asceta ingenuamente, y agregó, “Además, me hubieran cortado todos los dedos”.

A lo que Brahman contestó, “Ni todos los dedos valen más que la vida de un hombre”, y continuó, “Si tanto los querías hubieras señalado en otra dirección”.

El asceta replicó, “¡Pero eso hubiera sido mentir!”.

Brahman concluyó, “Mira lo que sucedió por decir la ‘verdad’, aún cuando haya sido sólo con un gesto: un hombre murió y tú perdiste un dedo”.

 

 

Correcto

 

Por un lado, el asceta se dio cuenta del dilema y quiso escabullirse dando una respuesta a medias, sin “decir” la verdad, pero tampoco mentir. No funcionó. 

La pregunta es, ¿qué harían ustedes en un caso así? ¿Es la verdad, tal como la conocemos, tan importante como para merecer, en caso extremo, la muerte de alguien, o menos trágico, la ofensa de alguien?

 

Es desde esta perspectiva espiritual que yo adopté, en la cocina de casa y hablando con Paulita, el estandarte de “Decir la verdad no siempre es lo mejor”.

Una vez más, para que quede claro que no hago apología de la mentira y el engaño, quiero explicar que desde la visión espiritual que estoy postulando, la verdad es relativa; es decir, depende de lo que sea correcto e incorrecto.

Qué es correcto, también es relativo, y se puede definir simplemente como aquello que es bueno para nuestra felicidad a largo plazo (llámese conocimiento interior, acercamiento a Dios, evolución espiritual). Asimismo, lo correcto para nosotros siempre ayudará a la felicidad de los demás, ya que nuestra felicidad a largo plazo no puede estar separada de la felicidad ajena, teniendo en cuenta que todos somos parte de una misma energía universal.

 

Todo esto me lleva a cambiar la frase y postular entonces que, “Decir la verdad es siempre lo correcto”.

Aunque pueda no parecerlo, esta forma de ver la verdad puede ser mucho más difícil de cumplir que la forma tradicional. En este sentido que realmente “La verdad no duele”.

 

Crudeza

 

Desde el punto de vista espiritual, el concepto de Verdad, con mayúsculas, está indisolublemente unido a la idea de Dios. Para Mahatma Gandhi, por ejemplo, el objetivo de la vida era la búsqueda de la Verdad, y así lo llamaba él. En este sentido, el gran santo Swami Vivekananda, por ejemplo, hablaba de la búsqueda de la Libertad.

 

Volviendo a la verdad, la búsqueda cruda y honesta de ella, sin poner filtros a las heridas y las ofensas, sólo estaría considerada como correcta si uno la aplica, por propia decisión, hacia uno mismo, a nadie más. Es decir, si uno decide evolucionar espiritualmente y está dispuesto a enfrentarse a sus defectos de manera directa y sin desvíos.

Asimismo, dentro de esta opción se puede incluir la relación del Gurú con el discípulo, el cual admite, al menos tácitamente, que su maestro espiritual lo haga enfrentarse a las verdades más duras de manera de avanzar en el camino espiritual de forma más rauda.

 

Y hablando de maestros espirituales, me gustaría cerrar con unas palabras de Swami Premananda (en “La verdad”, Premananda Satsang Vol. II):

“La oculta mano de la Divinidad es en sí misma la verdad. Aférrate con firmeza a la soga de la verdad. No la sueltes, ni por un momento. No permitas que las ideas de clase, religión, raza, idioma o nacionalidad, manufacturadas por el hombre, te confundan. Permite que sólo te controle el deseo por la verdad”.

 

 

Fuentes Imágenes:

http://imagenes.hola.com/
http://schriftman.files.wordpress.com/
http://4.bp.blogspot.com/
http://www.norcalblogs.com/

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  1. Creo que damos demasiada importancia a la verdad en si misma. El valor de la verdad no está en ella misma, sinó en su búsqueda y sus consecuencias. Será por tanto correcto o no decir la verdad, dependiendo de los efectos que esto produzca.

    PD: como va el ojo…? sorry!

    Responder
  2. Como este post lo lea un imputado o un testigo antes de acudir a un juicio, va a tener complicado lo de responder al “¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad?” glups..

    Responder

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