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Otra vez el despertador

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Hace mucho tiempo que vengo dándole vueltas al tema del trabajo. Con mucho tiempo me refiero a años. Sin ninguna intención de ser original, he analizado desde varios puntos de vista porqué el ser humano tiene que trabajar.

Para ser honesto, el primer motivo de este análisis es la búsqueda de una escapatoria. Es decir, una sólida argumentación que me sirva de justificante para desbaratar el sistema laboral reinante en el mundo, de manera de no tener que ir cada mañana a trabajar.

Evidentemente, suena inmaduro. Más que un análisis filosófico esto parece un capricho adolescente. Pero esto ya lo avisé.

Está bien aclarar que los momentos de mayor reflexión sobre este asunto me asaltan con el sonido del despertador, apenas nacido el día, en un estado de duermevela que en teoría no es el más apto para sacar lúcidas conclusiones.

De todos modos, con el pasar de las horas, ya algo más consciente, sigo indagando en la materia, en busca de respuestas, de explicaciones, mojando la punta de mi croissant en el té con leche, en busca sobretodo, de un salvoconducto.

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Trampa

Quizás todos hayan pasado por este mismo proceso en algún momento, más que nada antes de “madurar”; pero claro, cuando uno lo está viviendo se cree que es el pionero, el descubridor.

En este proceso de investigación sobre la naturaleza del trabajo mi primera conclusión fue radical: el ser humano se ha tendido una trampa a sí mismo.

Pudiendo decidir por sí mismo qué tipo de dinámica implementar para la actividad laboral, el hombre había decidido trabajar varias horas por día, varios días a la semana, siempre en aras del progreso. Ese era mi razonamiento.

Con el amargo recuerdo del despertador ya un poco olvidado, mis ideas tratan de situarse en un punto de vista objetivo. Por un lado, pienso que en el pasado el ser humano tuvo que trabajar muy duro para convertir este mundo semi-habitado en el lugar que es hoy. No había tiempo para descansar, pues había todo un planeta que civilizar.

Me gusta creer que hubo un punto en que los imperios estuvieron ya formados, los reinados en su lugar, los gobiernos en funcionamiento, y por ende no había necesidad de continuar la afanosa carrera del progreso. Sin embargo, puede que esta creencia sea muy sesgada.

Por un lado, supongo que el “progreso” siempre puede continuar, incluso cuando parece que todo ya se ha alcanzado. Por otro lado, está sensación mía (al menos) de que el trabajo “civilizador” necesario ya ha sido hecho, probablemente se limite a los últimos cien años aproximadamente.

Quiero decir, que el mundo tal cómo lo conozco hoy, con sus avances y comodidades, es muy distinto al mundo de hace diez o quince décadas atrás.

Para empezar, en las sociedades agrícolas de antaño el régimen laboral era dictado por la naturaleza, más que por el hombre, por lo tanto no sé si cabe, en este caso, culpar al ser humano de haberse tendido una trampa.

Por otro lado, gran parte de aquellos que en el pasado trabajaban interminablemente no podrían ser considerados “empleados”, sino más bien súbditos, esclavos, vasallos; por lo tanto no era una elección propia, sino una imposición de los estratos más poderosos.

Es en este punto, claro, donde afloran mis raíces como estudiante de la Escuela de Ciencias de la Información de la U.N.C y sus influencias izquierdistas.

trampa-dinero

Marx

Ya es hora de comer, mi enojo con la alarma matinal se difumina, por ende voy a aceptar que la marcha del progreso sea ineludible, aunque de todos modos mi crítica se centra en la manera en que esa marcha transcurre.

Tratando de darle un enfoque más científico (aunque sea de Ciencias Sociales), teorizo que la mayoría de las personas no están de acuerdo con este sistema y que más que una trampa a sí mismo, el ser humano medio está subyugado por las desigualdades sociales y la lucha de clases.

Es decir, aquellos que tienen el capital son los que fomentan un sistema laboral en que la mayoría trabaja mucho y gana poco. De otro modo, pienso, cómo sería posible que el hombre decidiera por iniciativa propia vivir así.

Con las ideas de Carlitos Marx repiqueteando en mi cabeza, también tengo la objetividad de entender que es en esta época, cuando uno tiene menos derecho que nunca en la Historia para quejarse. O sea, hasta el siglo XIX y la llegada de la Revolución Industrial, las sociedades eran netamente agrícolas y los tiempos de trabajo eran aún más extensos. De hecho, la aparición de la reforma industrial fue la impulsora de grandes modificaciones en las leyes laborales occidentales, especialmente la reducción de la jornada laboral a ocho horas, y la media jornada de los sábados.

revolución industrial

Derecho

Asimismo, es sólo en la época moderna que el concepto de ocio se introduce de manera masiva en la sociedad (antes restringido a ricos, aristócratas o artistas), trayendo entre otras consecuencias, una pérdida de peso del concepto de “trabajo” en la consideración social.

En nuestros días, el cambio de las leyes laborales, más la exaltación de los derechos individuales, llevan a considerar al trabajo justamente como un “derecho”, cuando antes, especulo, éste era una porción (grande) de la vida que simplemente se llevaba adelante sin tanta reflexión (quizás más como una “obligación”).

En el carácter del trabajo como “derecho”, se hallaría intrínseca la opción personal de ponerlo en práctica o no. Ante la más popular elección de no ponerlo en práctica, pero ante el difícil cumplimiento de dicha elección por razones más bien financieras, el trabajo vuelve a ponerse en la categoría de “obligación”.

Ya es hora del té, y una vez más, los conceptos sobre la acumulación del capital y sus consecuencias en el proletariado, me sirven de ayuda para explicar cuestiones de la situación presente, aunque no me cierra del todo.

Dinero

Trato de juntar los retazos para así armar una trama clara. La situación actual del mundo laboral en Occidente (siempre vista desde mis ojos de rebelde sin causa) es relativamente nueva. Las condiciones laborales generales son mejores que en el pasado, a pesar de que sigan siendo malas en muchos casos.

Evidentemente uno se queja de lo que tiene ahora y no se consuela con un pasado peor que nunca conoció. Por otra parte, el caso particular de hacer un trabajo que no gusta o satisface profesionalmente, de seguro tiene influencia en ver la dinámica laboral como errada.

Ya ha sido dicho, mi rebeldía contra el trabajo no es original, más aún en estos tiempos. Mis análisis no me llevan a buen puerto, solamente acrecientan mi rechazo al sistema imperante.

Es entonces, calentando la sopa de calabaza para la cena, con el ánimo más apaciguado, que recurro como tantas otras veces, a la filosofía espiritual de la India, en busca de alguna explicación.

En este sentido, Swami Premananda dice (al igual que cualquier teoría económica) que el dinero fue creado para facilitar el intercambio (de bienes y servicios) entre las personas. Es decir, fue creado como una ayuda para el ser humano.

Como novedad, Swami dice que la razón de la existencia del dinero es evitar la pereza humana, ya que sólo trabajando uno conseguiría dinero, esencial para vivir, de la manera convencional al menos.

O sea, el trabajo existe porque si no los seres humanos nos pasaríamos todo el día sin hacer nada.

Ante este concepto, lo primero que viene a mi mente es: “Si yo no trabajara emplearía mi tiempo en otras actividades útiles, como ayudar a los demás y cultivar mi lado artístico/cultural”.

Siendo honesto, puede que este sea un pensamiento algo utópico; no porque no sea mi real intención, sino porque conociéndome (y, con perdón, me uso de posible muestra del género humano), también pasaría gran parte del tiempo durmiendo u holgazaneando.

hamaca

Acción

Por su parte, el Bhagavad Guita, gran libro sagrado del Hinduismo, postula que cada ser debe cumplir con su función en este mundo, siempre a través de la acción. La ausencia de acción, aún cuando uno se crea más allá de este mundo material y no sea debido a vagancia, es considerada tan negativa como la indulgencia. Según las escrituras, el ser humano está siempre actuando.

A este respecto, Swami Premananda dice[1], “¿Por qué habrías de sentir tensión porque tienes demasiado trabajo? ¡Entiende que todo lo que haces en la vida es trabajo! No deberías ser perezoso para vivir y hacer todo tu trabajo… Bañarse, vestirse y comer, ¡todo es trabajo!”.

Bueno, a decir verdad yo también, a veces, siento que todo lo que hago en la vida es un trabajo, casi una carga. Sin embargo, aquí Swami se refiere a otro aspecto.

En su discurso agrega: “Entiende que todo en este mundo es shakti, la energía sagrada, y es divino. Incluso bañarse es una acción divina”.

Es decir, ya que es inevitable actuar, la forma correcta de hacerlo (ya sea por dinero o no) es como un acto de adoración a Dios (o a la energía cósmica). De esta forma, cualquier trabajo se tornaría agradable y gozoso.

En relación a este punto, en su “Autobiografía de un yogui”, Paramahansa Yogananda cita el caso del gran santo Lahiri Mahasaya, diciendo que su ejemplo “como padre de familia y yogui, es de una naturaleza práctica que concuerda con las necesidades del mundo actual”.

En el mismo libro también se lee: “Un profundo propósito descansa en el hecho [de que seas, Lahiri Mahasaya] un hombre casado y con modestas responsabilidades mundanas que cumplir… Los millones de hombres que se encuentran atados con los lazos de familia y las pesadas labores del mundo recobrarán el ánimo por medio de tu ejemplo, ya que eres un jefe de familia, como ellos”.

De lo anterior se deduce que el obstáculo que presentan las labores mundanas no tendría que servir de justificación para reclamar la inacción, incluso aduciendo argumentos tan válidos como la búsqueda espiritual.

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Batalla

Para agregar un punto más desde la perspectiva espiritual, me gustaría citar a Swami Kriyananda, discípulo directo de Yogananda, de quien me quedó grabado un concepto cuando leí su libro “El sendero”.

Dicho concepto es el de “la vida es una batalla”.

¡Nada nuevo!, me dirán. Cuántas veces hemos escuchado a personas diciendo la frase, “La vida es una lucha”, o utilizando expresiones como “Aquí estoy en la lucha”, o “Tirando para no aflojar”.

Pues bien, la novedad en la visión propuesta por Kriyananda radica en ver esta lucha no como algo negativo, una carga del destino, sino como una herramienta para ser más felices. Cito:

“Piensa en la cantidad de cosas que persigues con la esperanza de encontrar la tranquilidad una vez las hayas conseguido. Te dices: ‘¡Compraré aquel veloz coche rojo!’ o quizá pienses: ‘No pararé hasta lograr aquella casa nueva. ¡Oh, cuando lo consiga podré por fin relajarme!’.

Generalmente, nuestra imagen mental del ideal que deseamos alcanzar es como una pintura enmarcada, tan estática que nunca cambia. En lugar de ser la vía hacia futuros cambios y retos, es un fin en sí mismo. Aún cuando nuestras metas sean sólo medios para conseguir otros objetivos, nuestra visión del futuro nos transporta hacia un momento en que creemos que, por fin, hallaremos la paz.

En realidad nunca podremos hallar la paz fuera de nosotros mismos. Lo que consideramos paz es tan sólo una simple tregua temporal en la batalla de la vida.

Algún día sin duda -piensas- seré capaz de gozar de la vida totalmente. Pero lo irónico del caso es que en el mismo proceso de perseguir la tranquilidad, pierdes gradualmente la habilidad de estar tranquilo. Y en el proceso de perseguir la satisfacción, pierdes la capacidad de disfrutar de cualquier cosa”.

La conclusión es que la batalla no se puede evitar (de hecho, el Bhagavad Guita está ambientado en un campo de batalla, como metáfora), y que el secreto está en la forma en que se pelea esa batalla.

Bhagavad guita

Auto-crítica

Hace un mes aproximadamente, yo mismo (perdón por auto-citarme) publiqué una crónica titulada “La prepotencia del trabajo”, en la que postulaba que “sin esfuerzo no hay recompensa”, si bien me refería sobre todo al aspecto espiritual.

Ahora, sorbiendo lo que queda de mi té de menta-poleo, listo para ir a la cama, sigo creyendo que el esfuerzo es necesario, y me pregunto si también es necesario en el ámbito material, sobre todo si uno no está tan interesado en el supuesto “progreso”.

Lo que saco en limpio de tantas reflexiones es que, por un lado, mi rebeldía parece ir en contra del plan Divino; por otro lado, esta rebeldía no me da felicidad. Incluso aunque no hubiera plan Divino no me da felicidad, y ese es el problema.

Como en tantos otros casos, pienso en hacer el intento de dejar mi rebeldía de lado y poner en práctica la visión espiritual, en este caso del trabajo. Tengo fe en que esa sea la solución, aunque ahora me haga falta la voluntad de llevarlo a cabo.

En la teoría todo me cierra, veremos qué pienso mañana cuando suene el despertador, otra vez. 


[1] “Cómo vivir una vida feliz”, en Premananda Satsang Vol. V

Fuentes Imágenes:

http://www.lagranepoca.com/
http://damianvoltes.com/
http://dardo47.files.wordpress.com/
http://personales.patagonmail.com/
http://www.kandamangalam.com/
http://www.biographyonline.net/

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Un comentario »

  1. Christian casas

    Naren el otro dia tambien Avatar me desperto curiosidad en su significado pero indumente pensando,segun mi interpretacion y salvando mi ignorancia en el tema yo entiendo que Avatar seria justamente lo que hablamos en una de nuestras charlas y mis criticas y preguntas por ahi fuera de lugar si es asi mil disculpas., el Avatar se veria reflejado en los guias espirituales,el dios en el cuerpo del guia espiritual,algo asi se debe interpretar?.otra cosa no actualizes mas el blog y hace la segunda pate del libro,machuca especula con eso para no comprar el libro ami me pidio para fotocopiarlo en el de bonel.jajajaja mentira segui asi naren que esta exelente este libro saludos a Nuria

    Responder

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