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El cuento de la banana

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La semana pasada comencé el relato de cómo las características de una pregunta determinan, en gran medida, la respuesta que se recibirá. Básicamente, a preguntas equivocadas, respuestas equivocadas (y viceversa).

 

Esta regla se podría, quizás, aplicar a la vida general, aunque en este caso me refiera específicamente a las preguntas y respuestas que involucran a Swami Premananda.

Como explicaba en el post anterior, los métodos de Swami para responder esas preguntas ‘incorrectas’, son variados y no siempre ortodoxos.

 

Vimos, por ejemplo, el caso en que siendo la pregunta superficial y desinteresada, Swami se adecuaba, bajando el nivel discursivo. Ahora veamos el caso inverso.

 

Rebuscadas

 

Me refiero a cuando la pregunta en cuestión es de un carácter más ‘elevado’ que la media. En estas oportunidades se trata generalmente de asuntos algo rebuscados, con una intención de satisfacer el hambre intelectual más que el espiritual.

 

En algunos casos (como el ejemplo de los ‘registros akáshicos’ citado la semana pasada), Swami simplemente omite parte de la pregunta. Sin embargo, no es esta la única opción.

 

En una ocasión, un devoto le preguntó a Swami sobre les efectos en el mundo de cierto eclipse que iba a tener lugar en la India. Swami dijo, ‘esa pregunta llevaría horas para ser respondida y todos se aburrirían, si tú quieres luego te responderé en privado’.

La verdad, no sé si luego el devoto tuvo una charla sobre astronomía con Swami. De todos modos, una vez más, Swami evita poner en el tapete cuestiones que complejicen la espiritualidad y sus alrededores. No es porque él no pueda hablar de ello (en contadas ocasiones sí que lo he visto disertar sobre cuestiones ‘complejas’, incluyendo las Escrituras hindúes), sino porque su enseñanza es simple, al igual que su forma de ponerla en práctica.

 

Entre los métodos de responder preguntas ‘rebuscadas’, quizás una especialidad de Swami sea apelar a las respuestas directas.

 

pregunta

 

Humor

 

En cierta ocasión, un devoto hizo una pregunta sobre la muerte: ‘Swamiyi, ¿Cómo se puede hacer para abandonar el cuerpo sin sufrir cuando es tiempo de partir? ¿Podría darnos algún tipo de técnica?’.

A lo que Swami replicó, ‘Es una pérdida de tiempo practicar eso, mejor ni pensar en eso’.

Y luego agregó, ‘Si alguien quiere abandonar el cuerpo me puede llamar y yo me haré cargo’. Esto último, que provocó la risa general, fue dicho con un tono que mezclaba la broma y la amenaza.

 

Por un lado, la respuesta de Swami es un ejemplo de su capacidad de simplificar las cuestiones complejas, a la vez que demuestra su gran sentido del humor.

Por otro lado, en sus palabras no deja de haber verdad, ya que para el Hinduismo es sumamente importante el concepto de morir pensando en lo Divino para liberarse de la rueda de reencarnaciones.

De esta forma, cuando Swami habla de ser llamado en el momento de la muerte de alguien, se refiere a que esa persona debe pensar en Swami, o cualquier forma de Dios, para así ser ayudado (a través de la energía Divina) a abandonar este mundo en paz y hacia un mejor estado.

 

Rodeos

 

Cuando estudiaba la carrera de Comunicación Social, en Córdoba, tuve un profesor  – de la asignatura Redacción Periodística – que me sorprendía siempre por su capacidad de asociar temas totalmente diferentes bajo una misma conclusión.

De esta forma, su discurso comenzaba con un tema relevante, que luego parecía perderse en las ramas de la bifurcación, para luego, ya al final, hilarse de manera, a veces no tan obvia, con el punto inicial. Lo que me sorprendía era esa capacidad de unir dos puntos (introducción y conclusión), después de pasar por tantos terrenos, en apariencia tan disímiles. La conclusión no siempre era la adecuada según mi punto de vista, pero la forma de llegar a ella era lo que me atraía.

 

La versión infinitamente mejorada de aquel modelo discursivo de bifurcación y rodeos para llegar al punto esencial, la he encontrado en Swami Premananda (en quién sino). Sobre todo porque sus conclusiones siempre me parecen muy buenas.

De todos los modelos que utiliza Swami para responder preguntas (tantos buenas como malas), esta versión que usa la parábola y la analogía es la que más me gusta (a excepción, claro, de cuando quiero una respuesta clara y directa, ya mismo).

 

Analogías

 

Un ejemplo sencillo (aparecida en ‘Premananda Satsang – Volumen V’, página 153):

Pregunta: ‘Si me siento más cristiana, ¿tengo que seguir los rituales hindúes?’

Respuesta de Swami: ‘No digo que tengas que seguir rituales hindúes. Hazlo si te gusta. Ahora has venido a la India. Aquí comemos iddlis (tortitas de arroz) como desayuno. Disfrútalo mientras estás aquí. Esa es la cultura y estás viviendo con este estilo por algún tiempo. Aquí es difícil conseguir pan de la manera en que estás acostumbrada en tu país. ¿Entendido?’

 

Otra vez, en la pregunta ya está la respuesta. La mujer quiere que Swami le diga que no tiene que seguir los rituales hindúes, pues evidentemente ella tiene un background occidental y cristiano. Por supuesto, Swami le da la razón, pues él no intenta nunca cambiar la creencia de alguien.

Sin embargo, apelando a una analogía casi pueril, Swami le recuerda a la señora que está en la India por propia voluntad, y que lo mejor sería que no rechazara lo que la rodea, que lo disfrute, pues si quiere usar las formas de su país (es decir, los rituales cristianos) le costará adaptarse.

 

Por más obvia que sea la comparación que usa Swami, a mí me encanta por lo simple.

 

idli

 

Bananas

 

De todas maneras, tengo que admitir que en muchas ocasiones también disfruto cuando este recurso de analogías y digresiones se torna más difícil de descifrar.

 

El recuerdo más patente que tengo de un caso así tuvo su inicio con una pregunta bastante ‘compleja’, no sólo por su contenido, sino por la forma de presentarla, con gran tono de solemnidad:

El devoto dijo, ‘¿Es la unidad con Paramatma (la palabra sánscrita para definir el Alma Universal) lo mismo que la unidad con todos los seres, es decir con jivatma (en este caso sería el alma individual)?’.

Insisto, la pregunta en sí es interesante, pero el uso de palabras ‘técnicas’, más la forma de formularla (es decir, la vibración, cosa que sólo se puede percibir al haber estado presente), la colocaban en la categoría de ‘rebuscada’.

 

Fiel a su estilo, Swami le quitó toda la solemnidad al caso con una frase que nos dejó a todos con cara de crucigrama: ‘Muy bien’, dijo, ‘llegó la hora de contar la historia de las bananas’.

 

La historia en cuestión es la siguiente, libre traducción de cómo salió de la boca de Swami: Una madre le da unas rupias a su hijo y lo manda a comprar dos bananas. Luego de comprarlas, en el camino de regreso a la casa, el chico se come una de las dos bananas.

Al llegar a casa, le entrega a su madre el encargo y ella le pregunta, ‘¿Dónde está la otra banana?’. El chico responde, ‘Esta es esa banana’. 

Entonces la madre dice, ‘Muy bien, esta es esa banana, ¿pero dónde está la otra banana?’. El chico responde ‘Sí, esta es la otra banana’. De manera que la madre pregunta, ‘Bien, esta es la otra banana, ¿pero dónde está la otra banana?’. El chico responde, ‘Esta es la otra banana’.

De esta forma la madre vuelve a preguntar, una y otra vez, por la ‘otra’ banana, a lo que el chico siempre responde que ‘esta es la otra banana’. Así durante horas.

 

bananas en pijamas

 

Coherencia

 

A la monotonía de la historia, Swami le sumaba la reiteración del relato, de manera que estuvo repitiendo sin pausa este absurdo diálogo entre madre e hijo, por más de cinco minutos. Cinco minutos es generalmente metáfora de un lapso corto, pero si uno se lo pasa repitiendo la misma frase, el tiempo se alarga (o al menos, la sensación del tiempo).

Después de los primeros minutos de repetición, fue inevitable que muchos de los presentes empezáramos a reírnos, pues el relato era tan absurdo, al punto de parecer una tomadura de pelo.

 

Al cabo de muchas risas y comentarios (excepto de quien había hecho la pregunta), Swami explicó la moraleja de la historia:

La unidad (ya sea con el Alma Universal o con cada alma individual) es una única banana, esta y esa, esta y la otra. Es decir, la unidad con Paramatma o con jivatma es la misma (ya que lo que subyace a toda alma es la energía Divina, presente en todo).

 

En gran parte, al contar Swami esta historia es como si hubiera puesto un poco en ridículo una pregunta tan solemne, convirtiendo la respuesta en casi un chiste, en una repetición en apariencia incongruente e infantil.

De todos modos, más allá de la lección de simplicidad, la conclusión es coherente y profunda.

 

Como regla, entonces, la fórmulas serían muy lineales:

pregunta correcta = respuesta correcta

pregunta incorrecta = respuesta incorrecta

 

En el caso del cuento de las bananas, la pregunta en sí no parecía errada, pero quizás por su presentación, Swami decidió bajarla del pedestal, con un sketch digno de ‘Los Tres Chiflados’.

 

Los Tres chiflados

 

Océano

 

Justamente, en aquel mismo discurso, Swami hizo una comparación que repite con frecuencia: ‘La espiritualidad es como un gran océano; si uno empieza a bucear demasiado, se hace interminable’.

 

Es por eso que Swami recomienda elegir formas simples de encarar la práctica espiritual, alejadas de intelectualismos sofisticados. Una forma simple que, de hecho, es la que él enseña y vive.

 

Con el cuento de las bananas, Swami demostró cómo un argumento de sempiterna discusión filosófica podía ser expuesto de la manera más sencilla del mundo. Tan sencilla que parecía una historia para niños.

 

Será por eso que dice: ‘Volveos como niños. Así es cómo quiero que seáis. Eso no significa gran conocimiento libresco ni filosofía. Quiero que todos seáis tan puros como cuando erais niños’.

 

Que así sea. Ahora me voy a comprar un par de bananas.

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  1. Muy bueno!!! Kanagavalli

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