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Tras el rastro de Rama

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Cuando el cronograma inicial fue diagramado, la estancia en Rameswaram estaba planeada para dos noches, ya que era un lugar santo y además estaba un tanto alejado de las rutas más frecuentadas. Es decir, dos noches era considerado mucho tiempo para el contexto de un periplo relámpago como el que estábamos llevando a cabo.

 

Una vez que llegamos a Rameswaram comenzamos a intuir que, quizás con menos tiempo, era suficiente para satisfacer todas nuestras expectativas. De por sí, el hecho de conseguir un hotel relativamente limpio y decente para nuestro criterio occidental nos costó una ronda de al menos cuatro establecimientos, que se suponía eran de lo mejor de la ciudad.

Esto era el síntoma de que la sagrada ciudad de Rameswaram es, sobre todo, un lugar de peregrinación, y no un destino turístico, al menos para los extranjeros.

Lo cual, en realidad, me parece perfecto, pues nuestra visita tenía una intención más bien de peregrinaje, de conocer uno de los míticos escenarios de la historia de Sita y Rama.

 

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Hotel

 

De todos modos, con el calor de la India, más la escasez de opciones y comodidades de la ciudad, quedarse más tiempo allí, solamente tenía sentido si uno quería dormir la siesta bajo el ventilador del hotel.

 

Justamente, nuestro hotel estaba prácticamente al lado de una de las entradas del templo de Ramanathaswamy, el famoso y sagrado templo dedicado a Shiva, destino obligado de todos los hindúes piadosos.

Aunque hay que decir, que siendo la ciudad tan pequeña y el templo tan grande, no es algo tan difícil estar en un hotel cerca del santuario. Lo cual es muy cómodo para la movilidad, pero puede ser un poco inoportuno cuando hay una devota cantando plegarias, micrófono en mano, hasta después la medianoche.

 

Pero nada de quejas, son los gajes del peregrino. Como lado bueno, también hay que destacar que desde el que fue nuestro balcón por un día, teníamos una vista buena del templo. La misma buena vista que tenían los cuervos, aves profusas en toda la India desde luego, pero con especial énfasis en nuestro balcón.

 

La cuestión es que en un día recorrimos prácticamente todo lo que había que recorrer en la isla de Rameswaram, empezando por el templo de Ramanathaswamy, que como expliqué la semana pasada, es muy grande y especialmente laberíntico.

 

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Kothandaraswamy 

 

Al parecer, en el año 1964 hubo un terrible ciclón en la isla, que dejó como consecuencia unas cuantas construcciones destruidas y, además, una zona de la isla bastante deshabitada por decisión oficial del gobierno.

Desde el centro de la ciudad hasta dicho extremo sureste de la isla, hay unos 18 kilómetros. Una vez contratado el correspondiente rickshaw (especie de taxi-moto de tres ruedas), el conductor cargó gasolina y nos embarcó por el algo destartalado camino de asfalto, rumbo al mar.

 

Que el camino sea de asfalto es de agradecer, si bien está un poco descuidado y las banquinas, sobre todo, están comidas y son irregulares. Para los pocos que lo conocen, el trayecto tiene una cierta similitud con el infame camino al Dique La Viña, en Traslasierra.

La primera parada del recorrido fue el templo de Kothandaraswamy, que está a unos 12 kilómetros de la ciudad. Este templo es ínfimo, muy pequeño. Nada comparable con el gran templo de la ciudad. Además, debido al ya citado ciclón, el templo está en condiciones, no ruinosas, pero sí algo deslucidas.

 

Por lo que vi, la afluencia de visitantes no es masiva pero sí constante. Esto se debe a que dicho recinto está dedicado a Rama, Sita, Hanuman y Bhivisana. Los tres primeros los hemos ya nombrado en más de una ocasión. El cuarto, Bhivisana, era el hermano de Ravana, el ya también nombrado demonio y rey de Lanka.

Según la tradición, fue en este mismo punto donde Bhivisana, discerniendo entre lo correcto y lo incorrecto, se entregó a Rama, no sólo en el sentido militar, sino en el sentido espiritual. Es decir, entendió que Rama era el representante de lo justo y se puso a sus órdenes, aún cuando del otro bando estuviera su hermano.

 

De esta forma, aún si el templito era insignificante, si allí estuvo Rama, ya para mí cobraba interés inmediato.

 

Danushkodi

 

Hasta el ciclón del ’64 las vías ferroviarias llegaban funcionantes hasta el extremo de la isla, uniendo así prácticamente la ciudad de Chennai con las costas de Sri Lanka (el último tramo de 30 kilómetros se hacía en ferry).

Ahora, la única forma de llegar a lo que fue el pueblo de Danushkodi, es a través de carretera. A pesar de haber sido abolida la habitabilidad de esa zona, algunos pescadores locales se han establecido allí con el tiempo. Por ende, hay una especie de poblado, todo hecho de chabolas de  hojas de palmera y madera.

 

Recorriendo unos seis kilómetros más, entonces, llegamos al poblado, que se encuentra junto al límite de la Bahía de Bengala, el agua del mar tocándole los curtidos pies.

Una vez allí, el conductor nos dio media hora de tiempo para hacer lo que quisiéramos, lo cual me pareció mucho. Luego, viendo la extensión de la playa, me di cuenta que era poco.

 

Desde el poblado pesquero hasta el extremo mayor de la isla hay otros cuatro kilómetros, en que no hay carretera como tal, sino que es solamente transitable con jeeps.

La alternativa es caminar por la playa, pero en media hora de tiempo uno difícilmente hace los ocho kilómetros que implicaban la ida y la vuelta.

De todos modos, dimos una buena caminata por la playa observando las altas olas que rompían, de manera gradual, cayendo como un dominó, haciendo un rizo final tan perfecto y cadencioso, digno de la mejor ficción.

 

En medio de la playa semi-desierta, con el sonido hipnotizador del mar, en paz y tratando de captar el espíritu de Rama, vemos llegar dos muchachos jóvenes, indios, que se divertían tirando botellas de plástico contra las olas, para que luego se las llevara el mar. Para alguien como yo, que lucha cada día por hacer respetar el reciclaje en su propia casa, ver este gesto era una puñalada en el pecho.

 

Una vez más, aún en el extremo de una isla, la India no me dejaba olvidar su mezcla única de sacralidad y profanidad, marca registrada.

 

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Huella y mar

 

Una vez cumplida la media hora, regresamos a nuestro carruaje y le pedimos al conductor que nos llevara a la ciudad y se dirigiera hacia el norte, en busca de más huellas de Rama y su inolvidable gesta espiritual.

 

Cuando digo huella, no es sólo una frase hecha, sino que es literal, ya que nos dirigimos a Ramarpadam, el templo donde se encuentra la piedra sagrada que se dice contiene la huella del pie de Rama.

Dicho templo es pequeño y sencillo, y se encuentra en la cima de una colina desde la que se puede ver prácticamente toda la isla de Rameswaram.

 

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La piedra con la huella de Rama se encuentra en un pequeño santuario, custodiado por sacerdotes, y donde está prohibido tomar fotografías. No hice un análisis exhaustivo de la huella, simplemente la vi, dejé mi ofrenda y me fui contento, volviendo al nivel de mar.

 

Justamente, en el mar, al costado del templo de Ramanathaswamy en el centro de la ciudad,  se dice que hay otro thirtam (agua sagrada) que se suma a los veintidós de adentro del templo.

En este caso, se trata de una normal entrada al mar, directamente por la playa, en forma de mini bahía.

Allí mismo, al atardecer, muchos devotos se daban un baño sagrado, otro más.

 

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Procesión

 

Luego de nuestra primera y última cena en Rameswaram, emprendiendo el corto regreso al hotel, nos topamos con una sorpresa.

Había dos o tres carrozas con luces y estatuas de deidades, más un grupo de músicos con sus cornetas agudas y sus tambores incesantes. Supusimos que se trataba de alguna celebración religiosa, algo así como una procesión con las imágenes.

 

Y no nos equivocábamos. Pero lo mejor de todo, era quienes encabezan la procesión: dos elefantes. No sé si eran madre e hijo, pero uno de los elefantes era grande y el otro pequeño. Se trataba, en realidad, de los elefantes santos del templo, ya que en la India, todo templo que se precie ha de tener su elefante santo.

 

Los elefantes (el sinónimo ‘paquidermo’ lo voy a evitar, porque la verdad es que queda mal para un elefante santo), iban adornados, acicalados y decorados a la usanza tradicional, es decir, las caras pintadas con vibhuti (ceniza sagrada), pasta de sándalo y kumkum (polvo rojo ritual). Además, llevaban una colorida tela sobre sus cuerpos, y como si esto fuera poco, una persona sobre ellos. Es decir, aparte del cuidador, que está en tierra y a su lado, había un hombre sobre cada elefante, con la función de llevar una sombrilla brillante, también típica de las procesiones.

 

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Al ser elefantes santos, muchos transeúntes y personas de alrededor, se acercaban a darles frutas y comida en la misma trompa, como ofrenda.

 

La procesión avanzaba muy lentamente y tuvimos la chance de tener a los elefantes muy cerca para observarlos (y fotografiarlos).

Yo, en particular, me quedé fascinado con los ojos de los elefantes, que me parecieron tan llenos de vida y luz, como si no pertenecieran a ese masa enorme que se mueve sin tanta gracia, como si fueran ajenos, digamos. No quiero decir con esto que los ojos fueran una prueba de la santidad de los elefantes, ya que he visto otros elefantes santos (por ejemplo en la ciudad de Trichy) que tenían los ojos más que apagados.

 

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A dormir

 

Así fue como terminó, de manera tan buena, una jornada llena de actividades, siempre centradas en el Señor Rama, la razón de esta destinación.

Ya de vuelta en el hotel, con los cuervos durmiendo y la devota entonando oraciones con ímpetu desde el templo, nos dispusimos a descansar para seguir viaje.

 

La estadía en Rameswaram, a fin de cuentas, había sido de solamente un día, sin embargo daba la sensación de haber durado bastante más.

 

Será, quizás, porque un día vivido con devoción vale por dos.

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  1. Amor mio, con la descripción que hiciste de los ojos de los santos elefantes me saltaron lágrimas de nostalgia y quisiera haber estado instantaneamente en algún templo recibiendo una bendición por parte de alguno de ellos.

    Responder
  2. Querida Nuria, con mi poca experiencia en el manejo del ordenador, a veces, apenas si puedo leer la entrega y no siempre me sale bien querer mandar un comentario, hoy entré a los comentarios y leí uno que hiciste la semana pasada en donde me colocas como la fans Nº 1 de este blog y me envías un beso. Yo siento que el puesto de fans Nº 1 lo comparto con vos.
    No sé si es correcto usar este espacio para comunicarme con vos, pero……
    Yo también te mando todo mi amor y un beso grande.
    Kanagavalli

    Responder
  3. La verdad es que esa visita fue relinda y el día cundió muchísimo. El templo de Ramanathaswamy es precioso y, tal como fue descrito en el blog anterior, uno puede demorarse en la visita durante horas..; lo ruidoso del minúsculo pueblito, sus rickshaws; la playa que lleva al puente de Adán es propia del paraíso y el contraste de ver a dos indios con sus pantalones pata-de-elefante haciéndose fotos mutuamente con el móvil tiene un punto de ternura y comicidad (no, en cambio, lo de verles tirar la botella de plástico al mar). La guinda fue, sin duda, ver a los dos elefantes. Recuerdo la ilusión que nos hizo encontrarles entre el sonido de las cornetas, nos sentimos como niños y es cierto que sus ojos brillaban de forma especial..

    Un beso enorme al autor y a la coautora del autor,

    N.

    Responder
  4. Desde mi ignorancia en este tema, lanzo una pregunta que planea sobre el capitulo de hoy: qué convierte a un elefante en santo?
    Entiendo el concepto de santo cristiano, y creo entender (después de un año y medio de atenta lecura de tu blog) el concepto de santo en la India. Por otro lado, ya se habló del caracter sagrado de los animales en la India, pero a pesar de todo esto, no comprendo qué convierte a un elefante en santo.
    PD: me ha parecido que tu madre dice que dan bendiciones!?

    Responder
  5. Alex, como inyección a tu curiosidad, te cuento a mi un elefante santo me dio bendiciones, pero no te voy a decir ni cómo ni porqué!! Quizás esto sea el tema de una futura actualización..

    Responder

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