Canal RSS

Al filo de la navaja

Publicado en

Hoy voy a contar una historia corta. Una historia simple. Una historia que sigue la línea trazada en el post de “los dentistas indios”, y que remite a como ciertas profesiones y oficios son llevados en la India. O mejor dicho, a como yo personalmente experimento dichos oficios cuando estoy en la India, que a fin de cuentas la historia que cuento es siempre sesgada, para bien y para mal.

 

En el tiempo

 

Hay bastantes cosas que uno ve cuando está en la India que se pueden calificar de “exóticas”, otras como “fascinantes”, muchas como “espirituales”, bastantes como “sórdidas”, y así sigue la lista de epítetos; pero hay una cierta cantidad de fenómenos que yo calificaría como “quedados en el tiempo”. Se trata de los fenómenos que en mi imaginario (y en el de Occidente, creo) pertenecen a épocas pasadas.

Esto pasa con la moda, por ejemplo. O sea, con la moda occidental que se va insertando en la cultura india. Entonces, se pueden ver actualmente a muchachos indios llevando sus pantalones nevados con pata ancha (o pata de elefante) como si fueran los años 80’. Bueno, como la moda se recicla cada veinte años, hay veces en que los indios están a la moda, aunque siempre atrasados, técnicamente hablando.

 

Otro ejemplo de elementos “quedados en el tiempo” son los argumentos de las películas indias. Para empezar, el musical es un género más propio del pasado (aunque actualmente esa sea la principal gracia de una buena película de Bollywood, y eso hay que valorarlo). Lo más notorio son los argumentos inocentes y básicos que recorren las películas, totalmente previsibles, que en muchos casos son una copia burda de lo peor del clásico cine de Hollywood.

 

Pero mi conocimiento de cine en general no es grande, así que paso a otro ejemplo: los bigotes.

El 87 % de la población masculina de la India lleva bigotes[1]. El bigote es evidentemente un símbolo de virilidad, de madurez, y además, es considerado un elemento estético.

En conclusión, en la India el hombre que no tiene bigote, “no existe”.

Los jóvenes, apenas logran despuntar sus primeras pelusas sobre el labio superior, las lucen con todo orgullo; todo lo contrario a Occidente, donde los compañeros de escuela te aconsejan empezar a afeitarte ni bien sale a la luz unos de esos “bigotes de pubertad”.

 

Lo que quería decir, entonces, es que para encontrar pruebas del bigote como absoluto signo de hombría en Occidente, debemos empezar a buscar a partir de treinta años atrás, al menos. En la India, los hombres todavía llevan un peine en el bolsillo de atrás, se peinan con gomina y tienen un bigote bien cuidado. Para mí, estos detalles pertenecen a viejas fotografías del álbum familiar y a películas de época. En el más cercano de los casos, tengo un recuerdo de niñez, de ver a mi abuelo con estas características. Pero en este último caso, esos detalles pertenecían a alguien mayor, y no como en la India, que son patrimonio de todas las edades.

bigote

Barberos

 

De los bigotes no me cuesta nada trasladarme a la historia particular que quiero contar hoy: mi historia con los barberos de la India.

 

Desde chico he ido al peluquero a cortarme el cabello, pero jamás había ido al barbero antes de estar en la India. De hecho, con esfuerzo retengo en la mente algún viejo local donde además del cabello se cortara también la barba (por ejemplo, en la calle Fructuoso Rivera, casi esquina Vélez Sarsfield en Córdoba, si es que todavía existe)

La imagen de la barbería es para mí, también, una imagen de película antigua. Una imagen en blanco y negro. Un lugar donde van los abuelos o los mafiosos o los hombres pudientes (como ven, sobre este punto tengo una mezcla variada en mi cabeza) a llenarse de espuma la cara.

 

Pues bien, esta imagen se actualiza en la India y cobra nuevos tintes. La primera imagen que trae toda aquella visión del pasado, sin escalas hacia el presente, es detonada por un barbero callejero en la ciudad de Calcuta. Una silla, un espejo colgado de la pared y unos pocos utensilios cosméticos son suficientes para crear una “barbería al paso”.

Más que “sacado del tiempo”, este fenómeno podría entrar en categoría “exótico”. Junto a edificios victorianos, vestigio de la colonia británica, un indio afeita a otros en plena acera. Es difícil decidir con certeza la categoría justa, ¿verdad?

En aquel momento no me preocupé de las categorías, simplemente lo apunté en mi diario, sin saber que el tiempo me llevaría, en cierta forma, hacia el pasado.

 

Carne propia

 

La primera vez que fui al barbero fue más profesional que un puesto callejero.

Un amigo que estaba conmigo en el Sri Premananda Ashram me pidió que lo acompañara a la ciudad de Trichy, pues se tenía que rasurar la cabeza. De paso, me dijo, te podrás hacer afeitar.

Hay que aclarar que estando en la India, generalmente dejo crecer mi barba mucho más de lo habitual. Por ende, cuando decido afeitarme, el trabajo siempre es más arduo que lo normal. En ese sentido, la idea de ir al barbero era práctica.

 

De todos modos, mi primera respuesta fue más bien negativa, pues al pensar en un barbero indio, mi occidental mente me traía la imagen de un Sweeney Todd de raza tamil.

Barbero-Depp

Nada de eso. La rasurada de mi amigo fue exitosa, siempre con una navaja, nada de máquinas eléctricas.

Entonces yo decidí probar mi parte. No fue grave, todo salió bien. Sin embargo, no me sentí cómodo, acostumbrado a afeitarme yo mismo, pero sobre todo, supongo, por el hecho de tener a un extraño pasándome una navaja por la cara.

En aquella primera ocasión, el barbero era un chico joven, y no un hombre curtido como hubiera sido acorde con mi ideario.

Digamos que estaba satisfecho por el resultado, pero no me había gustado demasiado pasar por el trance correspondiente.

 

A pesar de ello, para próximos viajes decidí no llevar más a la India mi kit de afeitar y ponerme en manos de los barberos, cueste lo que cueste.

IMG_1805

Masaje

 

En otra ocasión, después mi viaje a los Himalayas, de regreso en la ciudad de Rishikesh, fui otra vez a afeitarme a una barbería india. Esta vez el puesto era algo más rústico que el de mi primera experiencia, pero yo bajaba de las montañas, me sentía más rústico también.

En este caso el barbero era un hombre curtido, como yo imaginaba.

 

El trabajo del barbero fue muy bueno, desde mi punto de vista. No me cortó, ni me dolió. No me sentí excesivamente incómodo y hasta me hice fotos. El error, que sirve para el futuro, estuvo al final.

De hecho, en la primera ocasión también se habló del tema, pero no sé muy bien cómo quedó en el olvido.

La cuestión es que una vez afeitado, el barbero (todos los barberos) pregunta si uno quiere el “masaje facial”. Al parecer, los locales no se hacen un “masaje facial” de forma habitual, sino que es una oferta más bien para los visitantes, que ingenuamente podemos llegar a decir que sí.

Yo, pensando que se refería a poner algo así como una loción de después de afeitar, dije que sí. Entonces, el barbero me puso en la cara una serie infinita de cremas y lociones, a la vez que me masajeaba el rostro. Quitaba una crema, me secaba, y ponía otra, y de nuevo con el masaje.

Fue un masaje extremadamente largo y muy cansador, sobre todo porque yo tenía el rostro sensible después de haber sido afeitado a navaja.

 

Cuando todo finalmente terminó y llegó la hora de pagar, el barbero me dijo que le diera “lo que me pareciera que se merecía”. En lugar de cobrarme poco, me hizo un masaje tremendo y ahora, claro, esperaba una recompensa. Bueno, lección aprendida para la próxima vez.

01 - Barbero

02 - Barbero

03 - Barbero

04 - Barbero

Conclusión

 

La última vez que me afeité en la India lo hice en Fathimanagar, el caserío cercano al Ashram. Allí sí que la barbería es bastante rudimentaria, aunque aún no es callejera, pues se trata de una pequeña habitación con techo.

El padre y su hijo, de unos dieciséis años y que aprende el oficio, son los barberos del lugar. El padre se encarga de los clientes más importantes. A mí, por supuesto, me atendió el hijo.

A esta altura, ya medianamente acostumbrado a las barberías, todo me resultó más fácil. Al fin del trabajo, el padre se acercó para dar los últimos retoques.

 

Como conclusión, debo decir que siempre prefiero afeitarme yo mismo, no sólo por comodidad o tranquilidad, sino porque ya me conozco la cara y sus trucos, y nadie puede afeitarme mejor que yo.

 

Pero quitando esos detalles, los barberos de la India me han demostrado que hacen su trabajo muy bien, sobre todo cuando uno se habitúa a un método que yo creía perdido en el tiempo.


[1] Esta dudosa estadística no tiene fuente fiable. Incluso podría haber subido al 90%.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: