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Apología del dentista indio

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Sin ninguna intención de jactarme por ello, puedo decir que mi prontuario odontológico es inmenso. Tengo dos coronas, tres o cuatro incrustaciones, al menos seis tratamientos de conducto, una muela del juicio sacada, un par de años de ortodoncia y prácticamente ningún diente que no haya sido arreglado debido a alguna caries, por mínima que sea.

Por supuesto, habrá personas con un historial mucho mayor que el mío, no le quiero ganar a nadie. Solamente quiero puntualizar que después de conocer a la abuela de Nuria, que con noventa y dos años conserva todos sus dientes, ¡todos de ella!, yo con mis treinta años me siento vulnerable y víctima, sobre todo en el plano dental, que de eso hablamos.

 

Así como algunos ponen chinchetas en el mapamundi para marcar los lugares donde han estado, yo tengo un registro mental de todos los dentistas, que a lo largo y ancho del mundo me han asistido (para bien y para mal). Fui a un dentista para niños en Villa Dolores, y también a un ortodoncista ya de adolescente; pasé por clínicas universitarias en Córdoba y en Sant Cugat, donde sin importar el lugar uno se pasa mucho rato con la boca abierta mientras le hacen radiografías y se toman apuntes, ¡todo sea por pagar menos! Fui al dentista de la seguridad social en el Reino Unido y a un dentista caro en Barcelona; incluso tuve un dentista manco en Torino… Sí, no es broma, tuve un dentista manco, que hacía todo con una mano; no era malo, si alguien quiere la dirección que me la pida.

 

En resumen, mi salud dental ha sido un tema de toda la vida y, supongo que de manera inevitable, me tocaba también tener mi experiencia en la India, que a fin de cuentas es adonde vuelvo una y otra vez.

 

Primera vez

 

La primera vez que fui al dentista en la India fue en el pequeño pueblo de Puttaparthi, donde se encuentra el ashram de Sathya Sai Baba. Después de un par de noches tomando aspirinas se hizo claro que ese dolor de muelas era algo más serio, no se podían esperar meses hasta volver a Argentina.

Mi madre trató de disuadir mis miedos y prejuicios ante los dentistas indios. Me dijo que los indios que iban a la universidad y estudiaban odontología serían tan buenos como en cualquier parte, y agregó que tendrían la misma tecnología y recursos.

No estaba equivocada.

 

A pesar de que ir a la universidad en la India sea más bien una excepción que una regla (tener estudios en general no es la norma), las facultades indias son buenas (las de ingeniería son muy destacadas por ejemplo) y sus estudiantes también.

Es verdad que las últimas novedades de la ciencia dental no estarán necesariamente en un consultorio de Andra Pradesh, pero tampoco están en Villa de las Rosas. Y además, no es que yo haya crecido justamente junto con la vanguardia odontológica. Mis dientes están llenos de amalgama gris y nada de pasta blanca, por ejemplo.

 

La cuestión es que aquel primer doctor, del cual no registré el nombre, hizo un trabajo rápido e indoloro. Ni siquiera fue torpe, que es lo menos que me esperaba. Me sacó una radiografía, me quitó el dolor y me mandó para casa (bah, para el ashram).

 

Lo único que me llamó un poco la atención es que el doctor estuviera descalzo, lo cual es normal en la India, pero el contraste entre la profesionalidad de un dentista y los pies desnudos, pues me pareció destacable.

 

 

dentista

 

Asistentes

 

En más de una ocasión he nombrado los rituales (pujas) tradicionales de la India, y entre ellos he hablado del abishekam (especialmente en “Adaptación al Ashram”).

Citándome a mí mismo (¡qué coraje!), un abishekam es un ritual tradicional hindú que consiste en bañar una figura sagrada que funciona como símbolo de la Divinidad. Este baño se hace principalmente con agua, pero también con diferentes elementos que son considerados sagrados.

 

Otra de las características de los abishekam (como así también de otros rituales) es que no los realiza una sola persona. Es decir, al menos en las ceremonias oficiales, hay por supuesto una persona que se encarga del ritual, pero también hay al menos un asistente, que se encarga de los detalles periféricos, que depende el caso pueden ser más o menos litúrgicos.

De esta forma, el asistente le puede pasar al encargado del ritual el coco que será partido en dos como signo de auspiciosidad. Y así cualquier otro elemento necesario para el ritual. También puede que el asistente sólo se limite a limpiar y ordenar lo que va resultando del ritual (agua vertida en el suelo, bandejas usadas que lavar, flores marchitas que tirar…)

 

Con este mismo criterio, cada uno de los dentistas a los que he visitado en la India tenían un asistente. Obviamente, esta analogía que hago con los rituales no es la única posible. También en las mesas de cirugía hay un asistente esperando el grito de “Bisturí”.

Por otro lado, estos asistentes son una especie de aprendices de la profesión, y su presencia en los consultorios es, imagino, parte de la cadena pedagógica natural (¡Qué categoría que me inventé!).

 

El problema con estos asistentes es que tienen un gran afán por, justamente, asistir. Por ejemplo, cuando el dentista pone en manos del asistente el succionador de saliva, yo me preocupo.

En Argentina, y en la mayoría de dentistas que estuve, un asistente no es lo más normal (incluso mi dentista manco italiano carecía de asistente) y el succionador de saliva, particularmente, se coloca en un sitio estratégico y se lo deja que haga su trabajo.

Pues bien, que dentro de la boca haya una mano, un torno eléctrico, una compresa de algodón, aire frío y agua fría, es algo a lo que uno se acostumbra con el tiempo, aprende a lidiar con ello, hasta conoce los trucos…pero que venga un tercer sujeto que te meta otra mano en la boca y además mueva el succionador de saliva de un lado a otro como si fuera un radomante alucinado a punto de encontrar agua, pues no es tan fácil de asimilar.

  

radomante

 

Corona

 

A esta altura, mi dentista personal en la India vive en la ciudad de Trichy. A las manos del doctor Sathya Narayana llegué un poco por azar, pero desde entonces me quedé con él.

A pesar de su asistente, que tiene vocación de excavador de petróleo, sus tratos en general me satisfacen.

No me molesta demasiado que cada vez que le suena el móvil (que lleva en el bolsillo delantero de su camisa) responda, aunque me deje con la boca abierta.

Tampoco me molesta que, como medida ergonómica, apoye su brazo en mi frente, buscando un mejor ángulo de trabajo.

 

El primer arreglo que me hizo el doctor fue simple y sin rastros. Al año siguiente regresé, no sólo por mi confianza en la odontología india, sino porque, también debo admitirlo, sus precios son mucho más razonables que en Europa o Argentina.

Esta vez la tarea era más ardua: resolver una muela que en Europa daban casi perdida.

Como buen indio, el doctor nunca dice que “No”. A lo que le suma una celeridad increíble. Una corona que como mínimo demora quince días en hacerse en Argentina, en la India me la tienen lista en tres días.

No voy a dar detalles técnicos intrascendentes, sólo decir que el tema de la muela quedó resuelto, y ahora, más de un año después, todavía sobrevive.

 

Estética

 

Por otra parte, también tenía un diente delantero con el nervio muerto, que se había vuelto oscuro por las filtraciones de líquido. Para arreglar esto había que limar el diente muerto y luego poner una corona o cápsula.

El problema es que para las cosas funcionales como la muela trasera yo no tenía miedos, pero cuando se trata de algo estético, mi confianza en los indios decrece bastante. No digo que no tengan concepto de estética, sino que el suyo es muy distinto al concepto occidental.

Una vez limado el diente, ya no habría vuelta atrás, así que fui muy insistente con el doctor en que el color del nuevo diente debía ser idéntico a todos los otros dientes originales.

Conociendo la tendencia india por el brillo, y basado en un par de historias cercanas, ya me veía luciendo un diente que de tan blanco encandilaría a mis interlocutores. Pasando así de un extremo al otro.

 

Se ve que insistí mucho con este último punto, porque el doctor hizo una llamada telefónica y gentilmente me pidió que me sentara a esperar. Después de un rato me volví a levantar y pregunté que pasaba. Que me siente, por favor, fue la respuesta.

Un poco después llegó un muchacho sudando, como si hubiera hecho una larga carrera. Traía entre sus manos una cartera. El doctor me hizo pasar al consultorio, abrió el muestrario de dientes que el hacedor de coronas (“mecánico dental” sería correcto quizás) acababa de traer y me hizo elegir el color. Me puso un diente de muestra tras otro, junto a mi dentadura, y me pidió que confirmara el color que yo tanto deseaba.

Después de haberme pasado la responsabilidad a mí, con la muestra ya elegida, el doctor Narayana procedió a limarme el diente delantero, el famoso diente negro…

 

Durante tres días estuve con un semi-diente, a la espera de la corona (dichos documentos fotográficos no son publicables, quien los desee tendrá que pedirlos) Al principio me negaba a esta catástrofe estética, pero pronto comprobé que el doctor no me daba otra opción y que, sobre todo, tener un diente menos no es grave en la India. Es más, pensaba un poco en broma, esto es más bien un signo de integración social.

 

diente

 

En su sitio

 

Pocos días después la nueva y blanca cápsula fue colocada en su sitio y el resultado fue bastante satisfactorio. Mucho más de lo que yo esperaba, a decir verdad.

 

Una vez pasadas estas experiencias odontológicas en la India, lo que más rescato no es la calidad o el precio de los dentistas en la India, sino su actitud.

No sé si tiene que ver con que yo sea extranjero, o con que quizás menos personas van al dentista en la India, pero en cada visita siempre hubo una actitud de total predisposición a ayudar y solucionar la situación, sin tantas vueltas ni peros.

 

Es así como yo, que fui el más crítico de todos, quería alzar una sencilla bandera de reconocimiento para los sospechados dentistas de la India, optimistas trabajadores de la sonrisa.

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  1. Gloria Gutiérrez

    Muy buena narración, gracias por compartir las experiencias de un mundo exterior al que hemos estereotipado sin conocerlo.

    Responder
  2. Hola, que buen artículo , yo estoy por irme a la India y no sé si hacerme aquí las coronas que necesito o por allá, me imagino que tu corona era metálica cubierta con porcelana no?, cómo sigues con ella? en cuánto te salió?? Gracias y saludos!!

    Responder

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