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Los Swamis de Gangotri

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Los Swamis de Gangotri

Los Swamis de Gangotri

Los Swamis de Gangotri

Después de permanecer por tres días en el pueblo de Gangotri, en este caso en el Sri Krishna Ashram, uno ya se siente como parte de la familia.

 

Esto se debe, por un lado, a que en temporada baja hay muy pocas personas, y por ende no se requiere mucho tiempo para identificar los habitantes, temporales y permanentes, del pueblo.

Por otro lado, la mayoría de los visitantes llegan y se van muy rápidamente, de manera que quien, como yo, se queda unos pocos días ya parece que hubiera estado allí desde hace mucho más tiempo.

 

A esta sensación contribuye el hecho de los días se hacen larguísimos, debido a la falta de actividades definidas, que ya explicaba en la crónica anterior.

Por fortuna, durante mi estadía, si bien el clima era frío por las noches, durante el día había sol y eso permitía estar al aire libre, aunque sin hacer ninguna actividad muy determinada.

 

Cocina

 

“Estar con Ganga” se había convertido, como nos habían aconsejado, en la actividad principal de la visita.

Sin embargo, después de pasar unos días en el ashram, también me fue concedido el privilegio de ayudar, aunque modestamente, en la preparación de las dos comidas que proveía el retiro, específicamente el almuerzo y la cena, que en ambos casos eran servidos más bien temprano para mis costumbres (11:30am y 7pm aprox.).

Es verdad, que el hecho de no tener desayuno más la temprana desaparición de la luz del sol, justifican estos horarios de montaña.

 

Por el mismo hecho de ser tan pocas personas, la comida requerida no es demasiada, y por lo tanto el encargado del ashram no siempre necesitaba de ayuda.

Sin embargo, en algún día particular, el número de visitantes que llegaban era mayor que el usual, y si bien era una visita de una sola noche, alguien tenía que alimentarlos. En esos casos, por ejemplo, pude poner en acción mis dotes de limpiador de arroz; es decir, quitar de entre los granos blancos cualquier piedrita, grano negro o impureza que encontrara. También tuve la ocasión de pelar papas.

 

El menú era simple, generalmente arroz con dhal (guiso de lentejas) al mediodía, y por la noche chapati (pan indio) con curry de verduras. A pesar de la simplicidad y monotonía del menú, y supongo que por ser sólo dos comidas por día, estos platos me parecían los más deliciosos del mundo.

 

gangotri-arroz1

 

Familia

 

Ya he nombrado en las anteriores crónicas a nuestro anfitrión, el muchacho encargado del ashram. Nunca supimos su nombre, pues todos lo llamaban “Swamiyi”.  A este respecto, Swami es un título monástico y el sufijo yi (o ji) es símbolo de respeto.

En realidad, nuestro “Swamiyi de Gangotri” era un brahmacharya, es decir un renunciante, el primer estadio que asume un buscador espiritual según las antiguas tradiciones del Hinduismo.

 

Swamiyi es un muchacho joven, y aparte de amable y servicial, es muy encantador. Habla poco y cuando habla no es en vano. No es serio ni estricto en demasía. Su función es la de cuidar y mantener este ashram, una filial del ashram principal donde reside su Gurú, en otro pueblo cercano.

Esta filial de Gangotri incluye un pequeño templo, que fue construido sobre la cueva donde el Gurú del Gurú de Swamiyi (su “abuelo espiritual” digamos) vivió durante ¡cincuenta años!

Dicha cueva todavía se conserva, y basta abrir un pesada tapa de cemento en medio del salón del templo para ver la pequeña ermita donde aquel santo hizo sus penitencias, su práctica espiritual y encontró la iluminación.

 

Volviendo a nuestro Swamiyi de hoy, entre sus deberes está el de dar alojamiento y comida a los visitantes que lleguen, ya sea con intenciones espirituales o no.

Al principio, a todos nos trata con la misma seca amabilidad. A los que nos quedamos un poco más, pues nos empieza a tratar con más cercanía y poco a poco nos relata cuestiones de la vida en el ashram o de la espiritualidad en general.

A esto también me refería, cuando más arriba decía que uno se empieza a sentir en familia después de unos días de permanencia.

"Swamiyi del ashram", nuestro anfitrión
"Swamiyi del ashram", nuestro anfitrión

Una parte

Por aquellos días, con visita “prolongada” (es decir, más de un día al menos), aparte de Svati y yo, había una chica griega, y dos Swamis.

 

Se trataba de un Swami hindú, vestido de naranja y con el título bien ganado. Este Swami tenía el cabello muy largo, al parecer hacía ¡veinte años que no se lo cortaba! Como consecuencia, se le había formado una gran y ancha rasta, de unos 3 Kg. de peso, que no puede mojar porque le tarda unos tres días en secarse.

Lo interesante del caso es que por ser la rasta tan pesada no puede llevarla colgando (que de hecho ya casi toca el suelo). Como solución alternativa, algunas veces lleva la rasta doblada y apoyada en su antebrazo, como si llevara un halcón que se prepara para salir a cazar palomas.

De todos modos, por lo general el Swami lleva su largo cabello enroscado alrededor de su cabeza, manteniéndolo atado con un elástico de caucho, de manera que parece una especie de sombrero de invierno.

 

El segundo Swami, era un hombre italiano, de barba y cabellos blancos, que iba vestido de azul, como si fuera un sacerdote occidental devenido en seguidor de la filosofía hindú. Entre nosotros, lo apodamos el “Swami azul”, aunque todos lo llamaban también Swami, a secas.

 

A este punto parecía que todos allí se llamaran “Swami”.

Entonces, en una de las tempranas cenas íntimas del ashram, unos visitantes de una noche hicieron una pregunta sobre esta cuestión de los nombres y lo títulos, a la que los Swamis contestaron con concisión: Explicaron que el “Swamiyi” del ashram era un brahmacharya, un renunciante.

 

Y ante la pregunta de cuál era la diferencia entre un “Swami vestido de naranja” y una persona normal, yo me aventuré a responder que era “el renunciamiento, el estar desapegado del mundo material”.

A lo que los dos Swamis acotaron que esa era “sólo una pequeña parte de la diferencia”. No pregunté cual era la otra parte de la diferencia.

Me fui a dormir pensando en ello.

gangotri-swamis

 

Control

 

Al día siguiente los dos Swamis partieron. Entonces, le pregunté al “Swamiyi del ashram” sobre la otra parte de la diferencia.

 

Swamiyi explicó: “Renunciar (al mundo material, digamos) no implica necesariamente controlar todos nuestros sentidos. De una u otra forma, todos somos Swamis porque controlamos nuestros sentidos. Un verdadero Swami es alguien que tiene control sobre todos los sentidos, cuerpo y mente.”

Es por ello que el paso de brahmacharya es el inicial, en donde la renuncia al mundo material es primera, para luego lograr un control de los deseos, un control que va más allá de vivir con lo mínimo. Se trata de un dominio que supera el plano corporal, que es a lo que se limitaba la renunciación a la que yo me refería en la cena.

 

Sobre este aspecto, Swamiyi dijo que vivir sin nada, en Gangotri, puede ser difícil, pero también puede ser fácil, depende de cómo se mire. Por supuesto, a colación salió el tema de la urgencia de las personas por hacer dinero, un dinero que no siempre es necesario.

 

Evidentemente, cuando uno está en el medio de la montaña, sin electricidad ni negocios, solo con la naturaleza, es normal adherirse sin dudas a la filosofía del “vivir con poco”. Hablo por mí, ya que sin dudas, Swamiyi creía en esa filosofía y la aplicaba.

En mi caso, al pasar por esa semana de austeridad, pensé que sería una buena lección, que al volver al mundo mundano no debería preocuparme por cuestiones materiales innecesarias, que ahora ya era más sabio.

 

¿Hace falta decir que lo primero que pensé al volver a Barcelona era cuantos ahorros me quedaban?

Ya lo había dicho aquel muchacho escocés en Gangotri: “Aquí es muy fácil hablar de paz, lo difícil es volver allá bajo y mantenerla”.

 

Bueno, yo no la mantendría siempre, pero quiero creer que esas enseñanzas y consejos, oídos junto a Ganga de boca de los Swamis, hacen mella en alguna parte de mi ser, aunque sea gradualmente.

 

Scrabble

 

Para cerrar mi personal capítulo con los Swamis, en una de las monótonas tardes de Gangotri, alguien tenía un Scrabble (o Escravel), el famoso juego de mesa que consiste en formar palabras sobre un tablero, a partir de letras recibidas al azar.

 

scrabble

En un acto de agudeza, que sigo considerando una de mis mejores jugadas de scrabble de la historia, logré construir la palabra “Swami”. Fue una jugada aplaudida por todos. Más por el simbolismo que por la longitud del vocablo, está claro.

Además, fue mi particular homenaje a todos los “Swamis” que yo me había encontrado en esa peregrinación y que tan buen ejemplo me habían dado.

 

Dicho sea de paso, poco importa que finalmente haya sido la chica griega la que ganó la partida, porque fue seguramente con una palabra que ya nadie recuerda. Y no es que tenga la sangre en el ojo, eh!?, que quede claro…

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