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Mosquitos

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Mi segundo viaje a la India fue pergeñado como un viaje menos turístico que el primero. Viajaba totalmente en solitario y la idea inicial era pasar dos meses en el Ashram Sri Premananda, sin moverme a ningún otro lado que no fuera estrictamente necesario.

En aquel entonces acababa de terminar mi etapa en Londres, ciudad donde había estado viviendo por unos meses; meses en que siempre tenía algún agobio: escasez financiera, un trabajo que no me gustaba, distancias excesivamente grandes, lluvia perpetua…

Por lo tanto, tenía necesidad de pasar un tiempo dedicándome a reflexionar sobre mi futuro sin que nada externo me molestará. Deseaba estar en un sitio espiritual donde pudiera hacer práctica espiritual y nada más; donde no sintiera la opresión de la “vida moderna” tutelando mis días.

 

Por su parte, con respecto al primer viaje, la India no había cambiado, era la misma de siempre. Yo, sin embargo, sí había cambiado. Mi ánimo estaba más calmado; no tenía intención de sobresaltarme con las “primitivas” costumbres indias; no tenía deseos de regatear como un turco por cada taxi que tomara ni de enojarme porque se me colaran en la fila. Por esto mismo, mi plan de acción era más bien eremita, focalizando mi cronograma en una vida de retiro y calma.

 

Primeros síntomas

 

Como consecuencia del invierno boreal, los meses de diciembre y enero son los periodos más fríos en la India. En el sur de la India, sobre todo, este frío es relativo para alguien que viene de Europa o de Argentina. Sólo temprano en la mañana o cuando se ha ido el sol, uno necesita llevar mangas largas, y durante las noches se hace necesario taparse con sábanas o una ligera colcha. En cambio, los indios o los residentes extranjeros que llevan tiempo viviendo allí, van “exageradamente” abrigados para el punto de vista de alguien que no ha experimentado el paso de los calores abrasadores del verano a ese clima actual. 

 

En el mes de enero, así como en muchos otros meses, el Ashram tiene pocos visitantes. Debido a esto, me había sido asignada una habitación completa para mí solo. Una habitación, que a diferencia del viaje que hice con mis padres, estaba en otra sección del Ashram, cerca del vivero.

Efectivamente, yo estaba muy contento con las “comodidades” que me habían tocado, y me alegraba de estar solo para no tener que discutir, como en el viaje previo, sobre si poner o no poner el ventilador toda la noche.

Esto se debe a que mi madre es fanática del ventilador. A su favor hay que decir que el anterior viaje había sido en los meses más calurosos de octubre-noviembre, y el hecho de utilizar el ventilador sin descanso era más justificable.

 

Pero había otro motivo: el dormir debajo de un ventilador que girase a toda velocidad, toda la noche, era la táctica elegida por mi madre para evitar la proximidad de los mosquitos. Nada de cremas, nada de repelentes, nada de insecticida en aerosol; sólo aire y viento.

Mi padre y yo, en cambio, destacados por el sueño profundo, siempre optamos por cubrirnos un poco y simplemente cerrar los ojos, método suficiente para iniciar el descanso. Aunque es verdad que de esta forma, a la mañana siguiente uno encuentra, inevitablemente, un par de picaduras en el cuerpo.

 

Siguiendo esta tradición instaurada en el primer viaje, yo me dispuse a pasar mi primer noche en el Ashram. En el diario de viaje que escribía cada día, se puede leer una frase premonitoria apuntada justo antes de acostarme: “Se perciben los mosquitos, vamos a ver cómo es la noche”.

 

mosquito

 

Mosquitero

 

Supongo que el hecho de estar viviendo hace más de tres años en Europa me ha, justamente, “europeizado” un poco. Con este término quiero decir que uno se acostumbra a algunas comodidades y confort de las que prescinde viviendo en Argentina, en mi caso. En muchos sentidos uno se vuelve más sensible, mas débil, menos austero, menos primitivo. Aunque también debe influir que pasen los años…

 

La cuestión es que la tradicional táctica familiar de simplemente cerrar los ojos, ya no funcionó. Los mosquitos incansables no me dieron un momento de tregua en una noche de manotazos y pataleo. Al levantarme, quise sentarme unos minutos a meditar y otra vez los mosquitos me hicieron imposible concentrarme (cosa que de por sí, es una ardua tarea).

Después de tales experiencias, me dirigí, sin ruborizarme, en busca de lo que todas las personas utilizan en el Ashram: una red para mosquitos o mosquitero. Digo sin ruborizarme, porque hasta ese momento la utilización de ese artefacto me parecía un capricho de los débiles o un lujo de extranjeros con la piel blanca.

 

En detalle, este mosquitero, consiste en una red llena de pequeños agujeritos por donde puede pasar el aire, pero no los mosquitos, y se coloca por sobre y alrededor de la cama, generalmente fijados al techo o la pared, depende lo que uno encuentre a mano, básicamente.

En principio, hay distintos tipos de mosquiteros, pero los más comunes son dos: los cuadrados, que convierten el propio lecho en una especie de cubo, con la desventaja de tener que ser fijados en cuatro puntos; y los con forma triangular o cónica, más modernos, que sólo se fijan en la cima y dejan caer la tela como una tienda indígena, digamos.

 

Como yo no tenía mi propio mosquitero, la administración del Ashram me prestó uno que era cuadrado y más bien viejo, incluso había algún agujero que estaba abierto de más.

Por lo menos no me pasó como a otro visitante, que fue a la ciudad a comprar un mosquitero nuevo y se lo vendieron como muy bueno, para “mosquitos de jungla” le dijeron como prueba de calidad. Lo que pasa es que los mosquitos de jungla imagino que deben ser enormes, y entonces este mosquitero nuevo tenía los agujeros tan grandes que los mosquitos del Ashram pasaban como por el patio de casa.

Esto no quiere decir que los mosquitos del Ashram sean pequeños, para nada. De todos modos, mi mosquitero prestado era suficiente para atrincherarme y mantenerme a salvo, mientras me disponía a comenzar una batalla que duraría semanas.

 

mosquitonetcuadrada

 

Zona mosquito

 

En el Ashram siempre hay mosquitos, es ley; pero cuando le comenté a un residente donde estaba durmiendo y él dijo “Aah, en la zona mosquito”, yo entendí con plenitud lo que estaba pasando.

A diferencia de la habitación que en el viaje anterior había compartido con mis padres, esta solitaria habitación, cerca del vivero, era blanco fácil y cercano para los mosquitos. Y es que en el vivero, previsiblemente, es donde más insectos hay en general. Esto se debe a la presencia de sombra, de plantas, de árboles y de agua.

 

Más allá de la cercanía del vivero, hay otros factores que influyen en el volumen y la intensidad con que los mosquitos atacan.

Las horas pico son cuando el sol sale y cuando el sol se pone, amanecer y crepúsculo; términos que dejan de ser poéticos en cuanto uno experimenta en carne propia la avidez por picar que tienen los mosquitos a estas horas.

Si uno habita junto al vivero, y además intenta darse un necesario baño (en su baño sin techo) al atardecer, después de un día de sudor, pues es una pesadilla. ¡Ni siquiera echándome agua constantemente sobre el cuerpo lograba que los mosquitos se alejaran!

Otro punto crítico es el Puya Hall, el templo del Ashram, que también está cerca del vivero. Cada día, justamente al atardecer, hay un ritual seguido de cantos devocionales. Para asistir y salir relativamente ileso, hay que estar bien preparado o ser un valiente de los que ya no quedan. Un requisito indispensable es colocarse debajo de un veloz ventilador, otro requisito es llevar crema anti-mosquitos, el tercer requisito es concentrar la mente en los cantos, de manera que la devoción le gane a la picazón.

 

Por supuesto, esto último no siempre se logra y es normal ver a los asistentes, yo incluido, que en lugar de hacer palmas para seguir la música, dan aleatorios manotazos al aire o golpean su propio cuerpo, a destiempo con el ritmo de la canción; creando así sonidos percusivos, y porqué no, modernos pasos de danza, que son guiados por el alternativo zumbido de los mosquitos, más bien que por la música devocional.

 

mosquitonet

 

Modos de acción

 

Hubo días peores que otros, pero aquella estadía en el Ashram se vio fuertemente marcada por la incesante incordia de los mosquitos. Hasta cierto punto, era paradójico que todas mis expectativas de tener un periodo de calma y relajación exterior, se vieran manchadas por la situación con los mosquitos.

De hecho, hubo momentos en que el enojo y la rabia contra estos “insectos inútiles” me ponían de un tal mal humor que me arruinaban el día. En más de una ocasión estuve al borde del llanto por la impotencia que me daba no poder sacármelos de encima.

Era como si todos mis males se concentraran en los mosquitos y, más allá de la objetiva molestia que ellos comportaban, mi visión trastocada hubiera agigantado su presencia constante, al tamaño de una carga perpetua.

No obstante, no todo era insensatez de mi parte. También hice reflexiones sobre la situación y pensé que no podía tomarme un hecho tan banal como si fuera el fin del mundo. Hice un esfuerzo por recordar el motivo de mi viaje, la búsqueda de la paz interior, y me negué a que unos insectos pudieran más que mí objetivo. Además, recapitulé los antiguos preceptos del ahimsa hindú (en sánscrito, no-violencia) y me auto-recordé que los mosquitos también son criaturas de Dios, también tienen un alma…pero todo fue en vano, al menos por un tiempo.

 

Ante la llegada de nuevos visitantes, y luego de un mes en la primera habitación, me trasladé a otra habitación, esta vez compartida con un chico polaco, que de hecho era mi amigo. Esta nueva habitación seguía estando cerca del vivero, quizás más cerca que la anterior.

Inevitablemente, con mi amigo y compañero de cuarto, el tema de los mosquitos afloró con rapidez. Él, un estricto seguidor de la doctrina de la no-violencia, se negaba a matar a los mosquitos incluso a costa de quedar todo picado. A mi llegada al Ashram, mi postura había sido la misma, pues recordaba con claridad una anécdota que había leído sobre Santa Rosa de Lima, la santa peruana.

Al parecer, la santa se refugiaba a meditar en una especie de ermita muy pequeña, en el patio de un convento. Esta ermita estaba plagada de mosquitos, y por ende las monjas en general no se quedaban allí ni un minuto. Ante la inédita situación, una de las religiosas le preguntó a Santa Rosa como hacía para aguantar el asedio de los insectos, a lo que la santa respondió: “Hemos hecho un pacto, yo les he prometido no matarlos, y ellos no picarme”.

 

starosadelima 

 

Hablando de anécdotas, una muy popular en el Ashram es la que protagonizó Swami Vivekananda (de quien se puede leer más en detalle en el post “Hermanos y Madres”). Cuenta la historia que uno de los devotos del Swami estaba intentando meditar, pero un molesto mosquito lo perturbaba sin cesar; de a ratos con el zumbido, de a ratos picándolo. Ya sin poder aguantar, el devoto abrió los ojos y se giró adonde estaba el Swami a la vez que se quejaba por la situación. Entonces, vio a Vivekananda en estado meditativo y de color negro, pues estaba totalmente cubierto por mosquitos. Tal era el estado de absorción en su ser interior, que ni caso hacía de lo que estaba pasando con su cuerpo. El discípulo, que se quejaba de un único mosquito, se sintió avergonzado y no pudo más que aprender la lección.

 

Mi caso particular no fue nada ejemplar. Inicial adherente a la no-violencia, el paso de los días y las picaduras, me convirtieron en un asesino serial de mosquitos. Asimismo, la calma interior de Swami Vivekananda era lo más lejano a mi estado de meditación, y bastaba un mínimo zumbido para que mi atención se desviara ineluctablemente de las superficiales capas de mi ser interior.

De la misma forma que había hecho con las cucarachas cuando vivía en Córdoba, la única forma de sublimar toda esta rabia contra los mosquitos fue escribiendo un poema; un poema que, a su manera, descomprimiera la situación:

 

Elegía para el mosquito

Te miro hermano.

Ya te conozco bien.

Te doy la chance de iniciar tu proceder,

por enésima vez.

 

Te mido hermano,

como carnada y pez.

Siento la aguja, siento el ardor

mas te dejo gozar, un efímero adiós.

 

Quizás pienso un mantra, un nombre de Dios

pero en el fondo lo mío es saña,

es fervor de rebelión.

El tincazo, la palma, la revista enrollada

– todas las armas de mi revancha -,

y te vas.

 

Mas sé que otro como tú volverá.

Y te reconoceré hermano.

Un gozo antes del adiós.

 

 

 

Respuestas

 

Una vez que hubieron pasado las primeras semanas mi enemistad con los mosquitos disminuyó un poco. Esto se debió, en parte, a que ya me había acostumbrado a convivir con esta situación y me parecía menos terrible. Por otra parte, luego de unas semanas de permanencia es como si los mosquitos perdieran un poco el interés en uno, sobre todo porque uno se adapta a la forma de alimentación del Ashram y deja de ser tan sabroso. Son, entonces, los nuevos recién llegados que deben sobrellevar la carga que uno, gradualmente, va abandonando.

 

En el Ashram el tema de los mosquitos es muy frecuente; incluso Swami Premananda habla del tema de manera, muchas veces, jocosa. En un discurso reciente Swami dijo, hablando de los mosquitos: “Para la próxima vez que vengáis al Ashram habré comprado algunos peces para poner en los estanques para que se coman todos los mosquitos. ¡Quizás eso pueda alejar vuestro enfado!”

 

Y es que justamente ese es le tema: el enfado, el enojo. Swami dice: “Cuando la ira surja, pregúntate, ‘¿Por qué  me estoy enfadando? ¿Cuál es la razón de mi ira?’ Quizás es porque lo que querías que sucediera no sucedió. O, quizás, no te gustó lo que sucedió. Quizás te sentiste decepcionado y molesto porque lo que esperabas y querías no tuvo lugar. Entonces, por ende, te enfadaste porque tus expectativas y deseos no fueron cumplidos… Cuando sea que te sientas enfadado, hazte la pregunta ‘¿Por qué estoy tan enfadado?’. Trata de encontrar la respuesta a esa pregunta”.

 

Más allá de la exageración y el tono apocalíptico que le doy a mi personal relación con los mosquitos, lo que quiero destacar con este relato no es cuanto sufrí con esos bichos, sino como un hecho tan banal logró quitarme, por cierto tiempo, toda la paz interior que yo había ido a buscar al Ashram. Y además, como este hecho hizo salir a la luz toda mi rabia, como si las picaduras fueran una cuestión personal.

De hecho, por ahí creo que están las pistas de las razones de mi enfado; mis expectativas de un retiro lleno de reposo se vieron excesivamente perturbadas por el normal desarrollo de la naturaleza, que yo tomé como un ultraje personal.

 

A la distancia me río del suceso, claro; incluso en siguientes visitas ya no fue tan grave el tema de los mosquitos. Más bien, yo creo que fue una prueba, una más, de que siempre habrá algo externo que disturbe la anhelada paz interior.

Por ende, para resolverlo, o hay que concentrarse en nuestro ser interior como Vivekananda, o hacer un pacto con la naturaleza como Santa Rosa de Lima, que es lo mismo que estar en armonía con uno mismo y con el mundo.

 

Esa es la idea.

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Un comentario »

  1. simplemente: BRILLANTE!!!!!!!!!!!!!!!!!

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