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Videomatch

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Cuando la mayoría de los niños respondía astronauta, médico o delantero de Boca Juniors, a la típica pregunta “¿Qué vas a ser cuando seas grande?”, yo creyéndome más listo respondía “Feliz”.

 

Se trataba, sí, de retórica juguetona, pues tranquilamente yo hubiera podido responder “escritor” o “poeta”. Sin embargo, ya desde niño se mezclaban en mi respuesta dos de los hilos conductores de mi vida: el interés por la escritura y la búsqueda de la felicidad.

Con el tiempo descubrí que aquella respuesta no había sido otra cosa que el síntoma primero de mis futuros problemas / soluciones, según como se vea.

 

Pros y contras

 

Trataré de explicarme: Cuando uno es un niño no piensa demasiado en la felicidad, pues por lo general es feliz. Al menos esto es así si uno es un niño en condiciones normales o buenas.

Incluso los niños en condiciones malas o sórdidas son capaces de conservar esa chispa de felicidad. En la India, esto ya lo he dicho, a pesar de la indigencia y el subdesarrollo económico de grandes sectores, los niños están siempre sonriendo.

Si un niño no tiene una pelota, no se desanima, se inventa una pelota hecha de bolsas de plástico o patea tapas de botellas. Se trata de una verdad de Perogrullo, para jugar, a un niño le bastan unas piedras sueltas o un charco de agua.

Un niño es justamente feliz porque no necesita elementos externos para serlo, su felicidad depende de sí mismo y no de condiciones ajenas a él.

 

Yo fui feliz de chico, sin dudas, pero al mismo tiempo sentía que eso no contaba, que la verdadera felicidad estaba más adelante; es por ello que respondía que de grande seria Feliz.

 

He analizado esta respuesta durante algunos años hasta encontrarle lo bueno y lo malo, a saber:

Lo bueno sería que desde siempre, entonces, fui plenamente consciente de que lo que quería en esta vida era ser feliz, más allá de cualquier otra cosa. Ya entonces intuía que ser escritor, por ejemplo, era un medio para alcanzar la felicidad y no un fin en sí mismo.

A este respecto, ser consciente de querer ser feliz es muy útil para progresar en ese camino, para no satisfacerse con una felicidad a medias o con el status quo imperante en la propia vida  y en la sociedad.

 

Lo negativo de aquella respuesta, sin embargo, era mi implícita afirmación de que la felicidad era algo por alcanzar en el futuro, algo a lo cual se puede llegar pero siempre más allá en el tiempo.

Siendo niño, y por ende siendo feliz, yo ya pensaba en alcanzar felicidad más adelante en lugar de disfrutar de mi felicidad presente.

Este síntoma de mi propia infancia esta patente, creo, en toda la humanidad, sobre todo cuando uno empieza a crecer en edad. Me refiero a la tendencia de poner expectativas en el fututo en lugar de vivir el presente, de aprovechar cada momento y disfrutarlo.

 

Uno de mis grandes obstáculos para alcanzar la felicidad es sin dudas esa constante expectativa en el futuro, vivir como a la espera de la aparición de algo que me salve o redima.

El ser humano y su mente, por regla general, tienen la tendencia de mirar al pasado con añoranza y al futuro con expectativa, olvidándose del presente, viviendo cada día como el epílogo de sus grandes épocas (los consabidos “buenos viejos tiempos”) o como la antesala de la cúspide.

Con estas ideas no quiero emular a Robbin Williams y su Carpe Diem en “La sociedad de los poetas muertos” (“El club de los poetas muertos” en España), sino que quiero echar luz sobre esta naturaleza del hombre que puede que sea evidente pero no siempre tenida en cuenta.

 

 

Durante toda mi niñez, mi adolescencia y parte de mi juventud estuve esperando el milagro; la felicidad futura que caería sobre mis hombros al girar una esquina, tal como el maná bíblico, o quizás en la forma de una epifanía metafísica o, de manera menos espiritual, encarnada en un billete de lotería.

 

Con el tiempo, uno se va dando cuenta de que la vida debe ser vivida hoy, que este momento actual es lo único real que de veras tenemos entre las manos; lo pasado es sólo un recuerdo, no siempre certero; mientras el futuro es sólo un boceto que no podemos aún pasar en limpio.

Con esto en claro he intentado vivir así y pocas veces, por supuesto, he tenido éxito en implementarlo.

 

Felicidad

 

Por lo general, poner en práctica la teoría de vivir el presente me cuesta mucho.

Hay una frase de un filosofo francés, Emile Cioran, que una vez me pasó una amiga y en cierto punto me parece pertinente:

“Los días no adquieren sabor hasta que uno escapa a la obligación de tener un destino”.

Creo entender que era justamente ese destino de “ser feliz” el que me impedía ver, cuando niño (y ahora también, ¿por qué no?), la felicidad al alcance de la mano, delante de mis ojos y debajo de mis narices; la felicidad que ya tenia.

 

Siguiendo con las obviedades, a fin de cuentas lo que todos buscamos es la felicidad.

Cada una de nuestras acciones están guiadas por el impulso básico, y a veces inconsciente, de ser más felices. Incluso las acciones que pueden ser consideradas no placenteras son siempre realizadas por que creemos, conscientemente o no, que nos conducirán más cerca de la felicidad.

Quien se levanta a trabajar a pesar suyo, por ejemplo, lo hace porque sabe que es mejor hacer ese esfuerzo que después sufrir por falta de dinero.  

Algunos realizamos acciones buscando la felicidad inmediata, otros preferimos resignar cosas en aras de una felicidad más a mediano plazo; a veces queremos felicidad individual, otras colectiva. Como sea, siempre, el motor que mueve las acciones del ser humano es el de ser felices. Incluso las acciones más perversas e ignominiosas son hechas con ese propósito.

 

A este respecto, la filosofía espiritual de la India afirma que, tarde o temprano, todos vamos a llegar a la felicidad, que todos nos estamos dirigiendo hacia la misma meta, aunque por diversas sendas y en diversos vehículos.

Asimismo, y esto es clave, las enseñanzas espirituales de la India sostienen que la verdadera felicidad es aquella que es incondicionada y duradera. Se trata de una felicidad que emana de uno mismo, que está dentro de cada uno y que se encuentra a través de auto-indagarse hasta hallar esa esencia, que puede ser llamada alma, chispa divina o verdadero ser.

No tiene nada que ver con acumular riquezas ni lograr cierto status social; no tiene que ver con fama o poder ni con hacer muchos viajes; incluso no tiene porqué tener una relación directa con tener una familia o una pareja.

 

Es importante entender que esta visión de la felicidad no condena nada de lo enumerado anteriormente. Simplemente se deja bien claro que la consecución de cualquiera de esos logros materiales no dará nunca la felicidad verdadera.

Es en este contexto, entonces, que la búsqueda de la felicidad de manera consciente es útil, ya que ayudaría a evitar desviaciones en el camino para así ir con mas rectitud hacia la meta.

 

Encrucijada

 

Yo tenia unos 14 o 15 años, y ser adolescente era tan duro como siempre: Implicaba llevar ciertas ropas de ciertas marcas, gustar de cierta música, peinarse de cierto modo; todo para ser considerado parte de ese colectivo del que uno no quiere quedar de lado.

Cuando uno es adolescente es probablemente más difícil que nunca ser capaz de diferenciar lo que uno es, lo que uno quiere y necesita, de lo que la presión social dice que uno debe ser, querer, hacer…

 

Un hito de la televisión argentina de los años ’90 (que aciagamente continúa hasta el día de hoy aunque con otro nombre) se llamó “Videomatch”. Se trataba de un programa de entretenimientos, humor y sketches cómicos, que en la mayoría de los casos recurría a la burla para hacer reír y que apelaba constantemente al golpe bajo o al humor poco refinado.

 

 

Al día siguiente de cada emisión no se hablaba de otra cosa en los recreos escolares. No haber visto el programa significaba quedar al margen, no saber de qué se hablaba y no sentirse integrado con tus compañeros de clase y amigos.

No es que yo fuera plenamente consciente de esta necesidad social; simplemente la visión de ese programa me divertía, me daba placer y me parecía una de las razones fundamentales de estar vivo.

 

Mis padres, sin embargo, no querían que yo mirara ese programa, aduciendo que los temas tratados y la forma de hacerlo no eran buenos o sanos para mi. Cualquier otro de mis amigos, sin embargo, veía el programa sin ningún obstáculo, y que a mí me fuera prohibido me parecía un exceso de inútil disciplina por parte de mis padres.

 

Pocos años después yo mismo dejé de ver Videomatch por propia decisión porque me parecía un programa lamentable. No obstante, también tengo claro que si bien los padres saben, o creen saber, lo que es correcto para sus hijos por experiencia propia, porque incluso con toda seguridad pueden afirmarlo pues ya lo han padecido o gozado, a pesar de todo esto a ningún hijo le alcanza con la experiencia de sus padres.

Parece ser una ley que el ser humano aprende lo bueno y lo malo sólo cuando lo siente en la propia carne. Sólo después de ver el programa por mucho tiempo pude llegar a una conclusión propia, que fue obviamente sesgada por la de mis padres, pero a la que jamás hubiera llegado con esa seguridad si yo no hubiera experimentado mi parte.

 

Volviendo a aquél programa televisivo fundamental de mi adolescencia, una noche particular yo luché y discutí por verlo y me fue negado. Ofendido, enojado, me senté afuera en la pequeña pirca de la puerta. Mi madre salió detrás dándome los argumentos de siempre que por más certeros que fueran, por entonces no hubieran podido jamás convencerme.

Fue en esta noche que nunca olvido cuando sucedió un hecho que me mostró una de las claves del porqué cuesta tanto alcanzar la felicidad. Como sucede muchas veces con las cosas importantes, yo no me di cuenta hasta algunos años después, siempre en retrospectiva.

 

 

Mi madre me puso en una encrucijada que de alguna forma marcó mi vida; me dijo:

“Si pudieras elegir entre ir adentro y sentarte a ver Videomatch o quedarte sentado aquí mismo pero siendo absoluta y por siempre feliz, ¿Qué elegirías?”.

 

Si uno se detiene un instante a sopesar la alternativa, será evidente que en la teoría la respuesta filosóficamente correcta sólo pude ser una.

Es decir, si uno anhela la felicidad y todo lo que realiza es en pos de ella, incluida la visión de un programa televisivo (que no es más que un medio para alcanzar ese fin), la sola posibilidad de ser feliz, es decir alcanzar la meta sin mediaciones, debería ser elegida sin dudas. Es una ecuación matemática.

Si alguien objeta que estando sentado ahí afuera me aburriría o no es lo mismo que ver el programa, se puede contra-argumentar que la felicidad absoluta es siempre la misma, sin importar si uno está sentado o si es campeón de maratón.

Quiero decir, algunos pueden argüir que de nada sirve ser feliz si uno no se mueve o si no hace lo que quiere. Sin embargo, si uno se mueve, actúa, y hace lo que quiere es justamente para ser feliz, y si esa meta final ya está lograda, no debería afectar en nada el hecho de moverse o no, por ejemplo.

 

Por si alguien lo dudaba, mi respuesta adolescente a la disyuntiva materna fue veloz y contundente: “Ver Videomatch”.

 

En mi mente adolescente no cabía la idea de que la felicidad absoluta y eterna fuera algo superior o diferente a ver el programa de moda. Imagino que para mi mamá fue una gran desilusión, un golpe a la educación que quería inculcarnos.

 

 

Retrospectiva

 

Miro hacia atrás, veo los detalles de esa noche, y entiendo muchos comportamientos de mi vida, muchos porqués de repetidas sensaciones, y además entiendo que no podrían haber sido de otra manera. Al parecer no hay escape, el aprendizaje se hace en retrospectiva, fallando una y otra vez, si es que uno tiene la suerte de llegar a aprender algo de manera definitiva.

 

Me han dicho que ser más feliz es una cuestión de decisión., lo cual generalmente implica cambiar alguna tendencia ya arraigada. Se trata de un cambio que en los papeles nadie duda en firmar pero que a la hora de la verdad asusta, ya que se trata de resignar el placer, la temporánea felicidad por algo mayor o mejor.

 

A este punto más de uno se estará preguntando, y con razón, ¿qué tiene todo esto que ver con la India? Pues bien, por un lado muchas de estas reflexiones fueron fraguadas en mis estadías en la India, en las largas noches de tren o en las abrasadoras tardes del Ashram.

Por otro lado, la mayoría de estas ideas están basadas y fomentadas por la filosofía espiritual de la India y por más que se trate de un episodio banal y occidental, su asidero se encuentra en esas antiguas y profundas enseñanzas orientales.

 

Y por último, todo este discurso también sirve de excesiva introducción para el próximo capítulo, esta vez sí, íntegramente desarrollado en la tierra sagrada de la India.

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Un comentario »

  1. Te hicieron trampa, hermano mío. Tu madre se aprovecho astutamente de tu juvenil falta de sagacidad.
    Cómo vas a preferir ver videomatch a ser feliz eternamente?.
    El asunto es que sabías que en esas circunstancias y sobre esa pirca no ibas a ser feliz eternamente, y entonces, qué vachaché, hay que ver videomatch; o La sociedad de los poetas muertos; es lo mismo, comparado con la felicidad eterna.
    Igual, menos mal que respondiste “videomatch”, porque si le hubieras planteado de este modo la cuestión a tu madre, ella se hubiera sentido peor: Hubiese sabido que estabas irremisiblemente perdido, como lo está cualquier impertinente detector de falacias.
    Falacias que salvan vidas.

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