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La vuelta al Ashram

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Mi viaje por el norte de la India llegaba a las tres semanas, una cantidad minúscula de tiempo en general y todavía más ínfima para este particular pedazo del mundo, en que las distancias son tremendas y la forma de recorrerlas es tortuosa.

 

En aquel entonces yo tenía mucha avidez por viajar, por recorrer y conocer la mayor cantidad de lugares posibles. En esas maratónicas tres semanas había amuchado mar y río, trenes y autobuses, templos y santos, arrozales y aridez. Había pasado la mitad de mis noches durmiendo en trenes y no en albergues, un poco para ahorrar dinero, otro gran poco por falta de tiempo material para recorrer medio país en menos de un mes.

 

A esta altura, como es de esperar, yo estaba cansado físicamente de tanto ajetreo. El momento de regresar al sur de la India se acercaba, y esa cercanía, en un punto, me traía cierto alivio.

Fue con esta tesitura que llegué al estado de Rajasthan, cuya característica principal es el desierto.

 

Jaisalmer

Mi visita a esta zona del país fue motivada, sobre todo, por las recomendaciones de un amigo. A decir verdad no había ningún acicate espiritual para este periplo.

Con el tiempo pude comprobar que Rajasthan es una de las zonas de la India más visitadas por el turismo extranjero. Con especial énfasis por turistas españoles.

De hecho, los indios que aprenden castellano lo hacen con dos objetivos: las crecientes relaciones comerciales con el mundo hispano y el turismo en Rajasthan.

 

Estamos siempre hablando de la zona noroeste de la India, limitando con Pakistán.

 

Allí llegué, una vez más en tren. Un tren que se llena de arena y de polvo en el trayecto, y que me recordó al tren patagónico que en Argentina cruza desde Bariloche hasta San Antonio Oeste.

Con la boca seca y los cabellos canosos de polvillo desértico, sin olvidar el retraso del tren, arribé a mi destino: El pequeño pueblo de Jaisalmer.

Jaisalmer queda a contramano de todo, con aislados servicios de tren que rara vez son directos, o como segunda opción, lentos autobuses a ciudades relativamente cercanas.

Es un lugar para ir con tiempo, digamos.

Por otro lado, es un sitio pequeño y tranquilo comparado con las grandes ciudades indias (tiene apenas 60.000 habitantes). Sin embargo también hay negocios de todo tipo y variadas atracciones para los turistas, entre ellas hacer un safari a camello.

 

Además del desierto, Jaisalmer se destaca por su fortaleza, muy bien conservada, la cual corona el pueblo, que se caracteriza por un color amarillento dado por la arena. Intramuros, el fuerte tiene callejuelas angostas y edificios pintorescos.

 

El pueblo se recorre en un día, el tiempo restante puede ser dedicado a actividades extras como el safari que no hice por falta de tiempo, pues sólo me quedé una noche.

 

Trashumante

Esa breve estadía la compartí con un señor alemán de unos sesenta años, a quien conocí en el tren, y que ya jubilado se dedicaba a viajar por el mundo.

Por supuesto, no se trataba de un jubilado argentino ni español, sino que era un ex-profesor de algunas importantes universidades orientales y se podía dar ese lujo. Hablaba coreano y chino y había recorrido alrededor de cien países.

 

Al principio, como es de esperar de un aspirante a viajero, me interesé en sus historias. Tenía un itinerario ya armado con una anticipación de dos años y sólo unas pocas semanas al año las pasaba en Alemania donde tenía algunos parientes a los que menospreciaba por no estar interesados en viajar.

 

Este hombre tenía muchas aventuras que contar y lo que empezó como un diálogo se tornó inevitablemente en un monólogo. Era obvio que para él uno de los placeres de viajar era poder contárselo a alguien más, y esto me empezó a aburrir un poco.

Yo siempre había querido viajar por el mundo, pero a esta altura estaba muy deseoso de volver al ashram de Swami Premananda pues estaba cansado de andar sin pausa y de visitar lugares que no me satisfacían espiritualmente.

 

Sin dudas este estado de cansancio influyó en mi percepción; la cuestión es que en ese hombre alemán y trashumante no me pareció ver la felicidad que yo siempre imaginé. Desde entonces siempre he tenido presente esa sensación de que no se es necesariamente más feliz por moverse mucho o por conocer más sitios. Fue una experiencia muy banal, es decir, un encuentro nada glamoroso, que sin embargo me marcó bastante en cuanto a mi postura para con el viajar.

 

No se trató de una experiencia mística en tierra santa sino de la constatación empírica, en la vida de este señor, de algo que hasta entonces había estado idealizado en mi imaginario.

 

Podría haber pasado en cualquier parte del mundo, pero pasó en la India, que una vez más para mí, se convertía en tierra fuente de vivencias de esas que marcan puntos de inflexión.

 

Operación retorno

Teniendo en cuenta que estaba en un punto diametralmente opuesto al que quería regresar, tuve que hacer algunas conexiones complejas de transporte. Si yo me encontraba en el noroeste de la India, pues tenía que regresar al sudeste.

 

Al no haber desde Jaisalmer, como he dicho, buenas conexiones, tuve que tomar un autobús hasta la ciudad de Udaipur, que es conocida como la ciudad de lagos pues tiene algunos de ellos en plena ciudad, e incluso un palacio en medio del lago principal.

Para algún memorioso, este es el lugar donde se filmó un antiguo comercial de Mastercard, en el que una pareja occidental está de viaje por la India, y cuya frase final es “Una segunda luna de miel, no tiene precio; para todo lo demás…”

En este sentido, Udaipur es otro punto típico de la visita turística por Rajasthan, en el cual yo sólo me detuve unas horas, después de haber llegado a la madrugada de mi viaje nocturno.

Desde allí, ya con pocas fuerzas, hice otro relativamente corto traslado hasta Ahmadabad, la capital comercial del estado de Gujarat, para tomar un tren que me llevará directo hasta Chennai, la ciudad grande más cercana al ashram de Premananda.

El tren en cuestión significaba un viaje de 36 horas.

 

De todos modos, el problema no fueron las largas horas sino mi estado de salud. El cansancio acumulado en estas maratónicas tres semanas de viaje, más la ansiedad por regresar, me habían dejado mal y en el viaje en tren todo se catalizó en una terrible gripe.

 

Recuerdo vagamente el viaje, en el que tuve fiebre, escalofríos y dolor de garganta. Con los mocos cayéndome sin cesar, me sentía débil, sin apetito y sin saber exactamente como iba a llegar a mi destino final.

 

A este punto, la licencia literaria me tienta y hasta me exime, pero no quiero exagerar. Mi gripe no fue nada más que eso, pero en el contexto de un populoso tren (o como lo calificaría Ezequiel, un “trenazo”) que dura un día y medio en llegar, es inevitable que me haya sentido en un limbo, en un punto entre lo real y lo ficticio en que ya no era seguro de cuando llegaría a lo que entonces consideraba “mi hogar” en la India.

 

Lo que si recuerdo es que este trayecto estuvo marcado por un constante pensamiento en Swami Premananda. Y sin razón aparente me vino a la cabeza una canción devocional, cuyas letras siempre me habían parecido confusas: “Cuando te pienso con amor, tu nombre me da dulzura; el devoto sabe lo dulce que sos, sólo el que vos le dejas saber”. Y fue justamente la dulzura del pensamiento en Swami lo que me permitió soportar el viaje.

 

Cuando llegué a Chennai me costaba mucho mantenerme en pie, estaba muy débil y además tenía una pesada mochila que cargar. Después de varias vueltas tomé un nuevo tren de seis horas a la ciudad de Trichy a la que, bajo la lluvia, llegué por la madrugada. Un rickshaw (moto-taxi) me llevó hasta el Ashram; eran las 3:00 a.m.

Cansado y mojado, con mi mochila a cuestas, y pisando charcos, finalmente llegué a mi habitación. La alegría que tenía por haber llegado era mucha. Me acosté en la cama y dormí lo suficiente como para recuperarme.

Además, yo estaba feliz porque había llegado a tiempo para festejar distintos eventos en el Ashram.

 

Lo que me pareció entender entonces es que el viajar no me daba en sí mismo la felicidad, y que en cambio lo espiritual me llenaba mucho más el corazón de alegría que lo meramente turístico. Tuvieron que pasar un par de días hasta que mi mente se tranquilizó y se re-adaptó al Ashram pues venía con ese ritmo desenfrenado del viaje.

 

Al menos por los siguientes días mi mente se concentró en Dios y en la vida espiritual y eso me dió mucha más paz y felicidad que que viajar sin pausa durante tres semanas.

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  1. Naren Herrero

    Un maestro que conoci hace mucho me dijo que el hombre tiene miles de planes pero el cielo solo uno, ser feliz y que la felicidad en esta vida solo puede lograrse viajando a nuestro interior. O sea, podemos conocer todos los paisajes, todas las culturas, mucha gente pero si no estamos conectados con nuestra verdadera naturaleza todo eso externo , que es tan valorado por muchos, puede incluso llegar a ser una carga. Que Dios te incline siempre a tu viaje interior!! Kanagavalli

    Responder
  2. Gracias una vez más por tus relatos que nos transportan tan lejos, y gracias tambien por abrirnos una puerta a la reflexión. Comprenderás que mi ideosincracia no me inclina a la espiritualidad, pero tus palabras me recuerdan que viajamos para encontrar nuestra Ítaca, no la del Egeo, sinó la que cada uno debe encontrar.
    Un abrazo muy fuerte.

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