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Elucubraciones de un viajero en tren

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Ya sobre el tren, rumbo a Bengala Occidental, el estado de cuya capital es la ciudad de Calcuta, mi mente divaga y se entretiene con balances y observaciones.

Mis ojos, desde la ventanilla, se posan en los interminables campos de arroz, colmados de agua donde se refleja la noche y donde se confunde en que punto termina la tierra y en que punto empieza el cielo.

Miro la luna, y por supuesto, como le pasaría a cualquiera, me nace la veta de poeta, pero que coraje hay que tener para escandir la misma luna que escandió Rabindranath Tagore, el gran poeta bengalí ganador del premio Nobel de Literatuta y fundador de una educación experimental más relacionado con la naturaleza.

Aplazo entonces mis veleidades poéticas y regreso a cuestiones más a mano, a hechos cotidianos que se convierten en normales luego de un tiempo en la India, pero que no dejan de llamarme la atención.

Entre ellos

Es muy general ver a los hombres en la India tomándose de la mano entre ellos; lo hacen de una forma natural y no es un signo de homosexualidad, sino de confianza y amistad. No sólo se ve entre adolescentes o jóvenes, sino entre hombres adultos y también ancianos.

Yo mismo, una vez que me hice amigo de personas indias he vivido esa experiencia de ser tenido por la mano, y debo admitir que al principio me daba una sensación extraña, pero luego comprendí que era un signo de verdadero afecto y la verdad es que me siento como halagado cuando alguien me toma así de la mano.

En cambio, por razones culturales, es muy difícil, excepto en ciertos lugares de las grandes ciudades (como centros comerciales del tipo occidental), ver a hombres y mujeres tomados de la mano. Mucho menos posible es ver una pareja besándose en público; de hecho, las famosas películas de Bollywood están llenas de amor y de pasión pero jamás se ve un beso explícito entre hombre y mujer.

Otra cosa: Al no ser tan frecuente la presencia de lavabos en las casas, sobre todo en las zonas más pobres, que son muchas, las personas realizan sus tareas de aseo matinal en algún área común, que puede ser junto a un estanque público o, con frecuencia, junto a las vías del tren.

Por la mañana es normal ver a los indios cepillarse los dientes, sobre todo desde el tren; se los puede ver entre chabolas, entre arbustos o entre la mugre pero siempre cepillándose los dientes. Incluso caminando por la calle cepillándose, o sentados en una pirca mientras miran pasar el tren.

Por lo general no usan un cepillo de dientes tal como lo conocemos nosotros, sino ramitas del árbol de nim, un árbol que tiene muchas propiedad curativas. El colmo es aquellos que se cepillan sólo con los dedos, que también los he visto.

El contraste es que en un país que a primer golpe de vista parece anti-higiénico, las personas den tanta importancia a un hecho como lavarse los dientes. Pero no se trata de una lavada protocolar para cumplir sino que están al menos diez minutos en este proceso.

De hecho, Gandhi cuenta que aprovechaba ese tiempo para aprender extractos de las escrituras, por ejemplo.

Otro detalle es que no se trata de un lavado después de cada comida, sino sólo matinal. Por esta razón, en el tren más de una vez he sido motivo de sonrisas o miradas sorprendidas, sobre todo al lavarme los dientes antes de ir a dormir.

En cuanto a la higiene, otra costumbre india es la de orinar en público y prácticamente en cualquier parte. Todos lo hacen: personas de camisa y pantalón, personas con dothi (una especie de tela envuelta alrededor de la cintura), estudiantes, mendigos; todos por igual.

Comida

Cuando planeaba mi viaje a la India, uno de los puntos más controvertidos era la comida. Personas con experiencia me habían aconsejado ser precavido a la hora de elegir los alimentos pues las condiciones higiénicas no son las mejores.

Me habían dicho que es preferible todo aquello que venga en paquete cerrado, y también las frutas, ya que se pueden lavar o pelar.

Por otro lado, es sabido que la mayoría de la comida india es picante y muy condimentada, cosa a la que no estamos tan acostumbrados en Occidente. Si uno ingiere este tipo de alimentos, tarde o temprano, tiene alguna consecuencia intestinal, que muchas veces es sólo una anécdota y otras veces puede convertirse en algo más grave.

En cuanto a la bebida, una regla de oro es no tomar otra agua que no sea mineral, a menos que esté potabilizada o hervida. Sin embargo, los jugos y licuados de frutas son realmente recomendables y nunca me acarrearon problema alguno, a pesar de no ser siempre hechos con agua mineral.

Evidentemente, los primeros días fui más cauto respecto a la comida, pero luego de un tiempo me relajé, sobre todo después que unos residentes del Sri Premananda Ashram me llevaran a un restaurante típico, es decir al que van los indios.

Esta clase de restaurantes se encuentran principalmente en el sur del país, y son estrictamente vegetarianos en su mayoría. Para mi desconcierto, no tienen nada que ver con los que conocía y fue una experiencia novedosa.

En primer lugar, se trata de locales de paso, donde la gente se va apenas termina de comer, y si no, los camareros traen la cuenta, aunque uno no se la pida. Lo que sucede es que los restaurantes casi siempre están llenos y se necesitan nuevos asientos. Es por ello que en ciertas ocasiones los recién llegados se acomodan donde encuentran cualquier silla libre. Es así que más de una vez he compartido la mesa con lugareños desconocidos que, evidentemente, tratan de sacar un poco de conversación.

En la India, la forma tradicional y difundida de comer es con la mano, siempre la mano derecha, y sólo se usan cucharas para las sopas.

Es todo un aprendizaje poder hacer una perfecta bola de arroz y llevársela a la boca, sin que se caiga la mitad en el camino.

Otro detalle es que para tomar agua, los indios no tocan el borde del vaso o de la botella con la boca, y manteniéndolo lejos dejan caer el líquido como en cascada. No hace falta que diga cuantas camisetas empapé experimentando con este sistema.

En los restaurantes típicos, es decir los que no están preparados para el turismo, se pone como plato una hoja de plátano y allí se sirve la comida.

En lugar de pan hay una masa chata, cocinada a la plancha, que tiene distintas variaciones. La más conocida en Occidente es el chapati, pero dependiendo del grosor, los ingredientes o la consistencia, adquiere otros nombres como puri, dhosa, naam, parotha, etc. Esto es usualmente acompañado de salsas y aderezos, por supuesto, muy picantes.

Personalmente, yo me acostumbré a ese sabor, aunque siempre que vuelvo a la India trato de hacerlo gradualmente, ya que la primera vez tuve que pasar por una semana de acidez constante. Además, aquel exceso de confianza me jugó una mala pasada, ya que probé una especie de ají en aceite, que me ardió más que nada en la vida y me hizo transpirar varios litros. Fue como si me hubiera lastimado la garganta, así que me quedé quieto un rato sentado en el restaurante, hasta que el ardor-dolor fue disminuyendo.

De todos modos, también probé muchas cosas raras que resultaron muy ricas, como el kashmiri pulao, un arroz con verduras que además tiene banana, manzana, ananá, castañas de cajú y papaya!

Y así iba yo, dejando mi mente errar por los callejones de los recuerdos y las elucubraciones, mientras el tren cruzaba la incansable tierra de la India y se acercaba, arropándome, a la esperada ciudad de Calcuta.

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