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Trenes y llantos

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Desde la ciudad de Chennai, todavía en el sur, emprendí mi ruta hacia el norte y con ella la particular vida a bordo de un tren en la India.

Hay que tener en cuenta que la India es el séptimo país más grande del mundo (el octavo es Argentina para que se den una idea), por lo que trasladarse allí no es fácil. Más allá de las grandes extensiones, el estado de las carreteras no es óptimo, los vehículos no son modernos y el tránsito en general es caótico.

Ante estos obstáculos, el tren se erige como una solución, que de hecho es motivo de orgullo para el país. Construido por los ingleses en la época colonial, el tren es el mejor medio de transporte de la India.

Su nivel de puntualidad es alto, su higiene es aceptable y las instalaciones son cómodas; todo esto teniendo en cuenta que estamos hablando de la India.

Eso sí, debido a las largas distancias que ha de cubrir, el tren con frecuencia se convierte en escenario de vida cotidiano donde se duerme, se come y, sobre todo, se interactúa con muchas nuevas personas.

Quizás viajar en avión sea más rápido, pero la verdadera experiencia de la India incluye el viaje en tren.

Por otra parte, es también una forma de ver diferentes paisajes y formas de vida pasearse por la ventanilla, nuestra personal pantalla a este único mundo.

Asimismo, el mundo del tren incluye incesantes vendedores que se pasean de una punta a otra del convoy voceando “Chaia, chaia”, el típico té indio, hecho con leche, especias y mucho azúcar; también ofrecen “Coffe” o bebidas frías que con el clima caluroso son siempre bienvenidas.

En viajes largos el tren tiene su propio servicio de comidas, que está muy bien y es barato. De todos modos, siempre hay vendedores de comida trajinando los pasillos, desde los que ofrecen snacks como somosas y pakoras (especie de frituras de verdura), pasando por plátanos o helados derritiéndose de manera ineluctable, hasta galletas dulces y sopa de tomate.

No sólo hay ofertas de alimentos, también hay vendedores de juguetes (para los más pequeños, claro); vendedores de periódicos, revistas y crucigramas; vendedores de candados y cadenas para asegurar las maletas durante la noche; mendicantes que canturrean canciones religiosas; mendicantes que hace sonar una lata semi-vacía de monedas, y más…

Para los que se preguntan como son los baños, pues bien, son bastante higiénicos para ser la India (durante el trayecto, en ciertas estaciones grandes se los lava con mangueras) y consisten en letrinas que no desilusionan esa idea que todos tenemos: un simple hueco por el que se ven pasar las vías y por el que enviamos al vacío, refugiados en el anonimato, nuestras necesidades fisiológicas.

Interacciones

En el tren hay distintos tipos de vagones, pero la categoría más típica es la segunda clase con literas. Se trata de compartimentos para 6 personas, abiertos al pasillo, que durante el día son asientos y por la noche, justamente, se convierten en literas.

Con tantas horas compartiendo viaje es normal que se establezcan relaciones entre los pasajeros, en cualquier parte sería relativamente normal, pero con la capacidad de interacción social de los indios, aquí esta interacción, digamos que está incluida en el billete.

Lo que comienza como un diálogo casual muy frecuentemente termina en un intercambio de comida o haciéndose una foto todos juntos.

Por supuesto, entre los mismos indios se generan situaciones de este tipo, pero si uno es extranjero se convierte automáticamente en un imán para las miradas, las preguntas típicas (“¿De dónde eres?”; “¿Te gusta la India?”) y, como decía, la foto con los hijos de la familia, pues les encanta retratarse con un occidental, también llamado “hombre blanco”, lo cual me da risa porque mi color de piel no es precisamente claro.

En cierta ocasión llegué a compartir un compartimiento con una familia de 16 miembros, que si bien dormían desperdigados por el tren, a la hora de la tertulia habían optado por “mi” vagón como su cuartel general.

Depende el día, estoy  más dispuesto a entablar estas interacciones; muchas veces, cansado de contestar las mismas preguntas miro insistentemente por la ventanilla, con la mayor indiferencia posible para con mis compañeros de compartimiento. Sin embargo, es difícil; un mínimo descuido, una media sonrisa o un cruce de miradas ya es suficiente para que nuestros acompañantes inicien un nuevo diálogo.

Con el tiempo me voy dando cuenta de que es mejor no resistirse, que si hay algo que hay que tener en la India es flexibilidad, tolerancia y paciencia.

Mi viaje, del sur hacia el norte, recién empezaba, y también las lecciones de aprendizaje.

Puri

Después de un viaje de diez horas me encontraba en Puri, una ciudad pequeña a orillas de la Bahía de Bengala en el estado de Orissa. Puri es una de las cuatro Moradas Divinas del Hinduismo, ya que allí se encuentra el famoso templo de Jagannath.

En este templo, como en muchos otros de la India, la entrada a los no hindúes está prohibida.

Según el Hinduismo, ser de la religión hindú no es una cuestión de decisión sino una cuestión de nacimiento, y por ende no es posible convertirse al hinduismo. Este dogma, que tiene su relación con el sistema social de castas, no es seguido a rajatabla por todos los maestros espirituales, pues las enseñanzas espirituales esenciales están disponibles para todos, más allá de la religión de nacimiento.

De todos modos, en el templo de Jagannath Puri no hay relativismo que valga, la entrada para un extranjero es imposible.

Es por eso que alrededor del templo hay personas ofreciendo la opción de subir al techo de alguna terraza vecina para al menos tomarse una fotografía con el inaccesible templo.

Después de regatear el precio, un acompañante indio me sacó un par de fotos desde una terraza de la que no se veía demasiado y, la verdad, fue más para tener la prueba de haber estado allí que por el placer de ver el templo.

De hecho, la única razón de mi visita a Puri era visitar el samadhi (la tumba) de Swami Sri Yukteswar, el querido Gurú del famoso Paramahansa Yogananda.

Recordatorio: Paramahansa Yogananda es el autor de aquel libro que tan fuertemente introdujo a mi tío y a mis padres en la filosofía espiritual de la India. Además, Yogananda fue uno de los grandes difusores de esa filosofía espiritual y del yoga en Occidente.

Su Gurú, Swami Sri Yukteswar, está hermosamente retratado en las páginas de sus escritos y mi deseo de ver el escenario de tantas anécdotas de la juventud de Yogananda me llevaron a detenerme en esta ciudad.

Una vez llegado, y luego de varias vueltas encontré un buen hotel, barato y limpio, a dos calles del mar.

Aquí, como en Chennai y en la mayoría de la India, la gente va a la playa vestida. En algunas playas de la India, en zonas de turismo extranjero, se pueden ver a occidentales con bañadores y bikinis, pero en el resto del país el pudor tradicional se extiende hasta las playas.

Los hombres tienen más flexibilidad en esto y puede que se los vea con el torso desnudo estando en el agua, pero las mujeres van envueltas en sus saris (largas telas que se enroscan de abajo a arriba del cuerpo e diversos estilos) y se me hace extraño ver a las personas pasearse a la orilla del mar con atuendos que son más bien de calle. Da como la sensación que deben tener calor.

Puri, además de una ciudad sagrada, es también un puesto turístico muy visitado por los indios. Esto les da la posibilidad de combinar el viaje religioso con el paseo turístico.

Este hecho motiva que los vendedores estén al acecho constante de los turistas, con mucha más razón si son occidentales.

Este recibimiento no era de mi agrado, pues yo no quería comprar ni negociar nada. Por ende, andar por las calles podía ser un martirio, pues debía negarme continuamente a todo tipo de ofertas.

Los más insistentes son los moto-taxis, llamados rickshaws, una especie de motocicleta de tres ruedas con un carro detrás con espacio para tres o cuatro personas.

También hay ciclo-rickshaws, es decir una bicicleta que tira una especie de carroza pequeña. De hecho, me sentí un poco culpable de ir así como un gran señor, mientras el conductor, un menudo indio, pedaleaba.

Luego pensé que ese era su trabajo y era mejor para ellos que la gente los use. Tiempo después me enteré que Gandhi estaba en contra de ese sistema.

De todos modos, en uno de los viajes el hombre se bajó a empujar un par de veces, como si estuviera muy cansado para pedalear. Sin embargo, los otros ciclo-rickshaws pasaban a nuestro lado nuestro cargando tres personas sin problema alguno.

¿Pesaré más que tres indios? o ¿era puro teatro para darme lástima y que le pague más? Por ese entonces, me incliné a pensar lo segundo.

Y es que debo admitir que mi humor no era el mejor; una vez más me sentía abrumado por el acoso comercial de los indios y hubiera preferido andar sin ser perturbado por nadie.

Paradójicamente yo debía preguntar a cada paso para encontrar el ashram donde estaba el Samadhi de Sri Yukteswar. Lo curioso es siendo un pueblo tan pequeño nadie supiera nada o al máximo me daban informaciones contradictorias.

Los rickshaws me ofrecieron llevarme a mil lugares distintos asegurando que sabían la dirección pero nunca era adonde yo quería.

Finalmente desistí de la búsqueda.

Llanto al atardecer

La cuestión es que el día terminó y me sentía intranquilo y desamparado.

Subí a la terraza del hotel con la intención de sentarme un rato a meditar, entonces mientras miraba el atardecer me largué a llorar de angustia. No soy de llorar mucho pero esa tarde lloré copiosamente.

No sólo por no haber encontrado el ashram, razón de mi viaje, sino porque mi forma de ser me estaba arruinando el viaje y la vida.

Esa tesitura huraña que me impedía socializar y disfrutar de las particularidades de una cultura diferente, me estaba arruinando los días.

Lloraba por lo que no puedo ser.

Y mientras lloraba también le pedía a Sri Yukteswar que me guiara hasta su samadhi.

El llanto sirvió de descarga y al día siguiente salí renovado a seguir mi búsqueda. Recuerdo que fui a un cyber-café a chequear mis e-mails y encontré unos cuantos mensajes de buenos amigos que se alegraban de mi viaje y me daban aliento. Recuerdo eso porque fue un momento bisagra en cuanto a mi consideración de la amistad. Me pareció increíble que unas cariñosas líneas desde la distancia pudieran traer tanto alivio y alegría.

Desde entonces he tratado de nunca menospreciar la amistad.

En cuanto a mi excursión, seguí los datos del conserje de mi hotel, caminé al rayo del sol, pregunté más de una vez, y finalmente, en pleno centro de la ciudad, escondido en una callejuela, di con el pequeño Karar Ashram.

Le agradecí al conserje, claro, pero sobre todo a las bendiciones de Sri Yukteswar, que me habían dado una ayuda en la búsqueda de algo que estaba tan cerca, tan a la mano, y que nadie había sabido indicarme.

Pienso ahora que quizás con aquel estado de intolerancia del día anterior no era adecuado llegar a un lugar santo; sólo después de la descarga del llanto, con el ánimo en paz, me fueron dadas las coordenadas correctas.

Fue así como visité el samadhi de Sri Yukteswar, medité un rato y le agradecí su guía.

Esa misma noche, con mi misión en Puri ya cumplida, abandoné la ciudad con la intención de empezar a cambiar mi forma de ser; entonces partí, lleno de ilsuiones, hacia la famosa ciudad de Calcuta.

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