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Servicio – 1ra Parte

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Cuando camino por las callejuelas del Ashram, me pasa que al ver una nueva construcción terminada donde antes no había nada o al sentir el atávico sonido del dialecto Tamil, me llegan a la mente otras visitas, otras experiencias que se hilan de manera natural con el presente.
Sobre todo me pasa cuando entro en la oficina a realizar alguna traducción o cuando llega a mis manos un nuevo tarro de pintura; es decir, me pasa cuando me dispongo a realizar alguna tarea de servicio.

Servicio (seva en sánscrito) se le llama a cualquier trabajo o función que uno realiza de manera desinteresada, es decir no por interés o provecho personal, sino por el de otros. En el caso del Sri Premananda Ashram uno hace servicio principalmente para el Gurú, es decir, para Swami Premananda, quien a la vez se encarga de hacer un valioso servicio para muchas otras personas; en este caso no sólo los niños del orfanato y la escuela sino muchos otros devotos y amigos espirituales que piden su consejo y ayuda.

El servicio es una práctica espiritual muy recomendada porque ayuda a olvidarse del propio ego, es decir, para pensar menos en uno mismo, abriendo así el corazón y la mente a las necesidades del prójimo.

Cada vez que me adentro en el vivero del ashram, recuerdo aquellos primeros días de mi primer visita, cuando mi padre y yo nos dedicamos a ayudar en el mantenimiento del espacio verde.

Apenas llegados, y dominados por el entusiasmo, agarramos un pico y una pala y nos dispusimos a cavar una larga fosa para las mangueras de riego. La falta de entrenamiento y el inclemente calor nos hicieron desistir a los quince minutos.

De ahí en más nos dedicamos a tareas más blandas como quitar la maleza, trasladar macetas y limpiar el recinto. Para las tareas más arduas, el ashram generalmente contrata obreros, no sólo porque ellos están más capacitados sino porque a través de ello se genera una fuente de trabajo para las poblaciones vecinas, cuyo distrito es uno de los más pobres de la provincia.

Mi madre, en cambio, merced a sus dotes pictóricas recaló en el departamento artístico, donde se dedicó a pintar láminas con deidades hindúes para ser vendidas con el fin de recaudar fondos para el orfanato. Más tarde, y como no podía ser de otra manera, ella terminó ayudando en la cocina del ashram.

Trabajar a cambio de nada

Respecto al servicio desinteresado Swami Premananda dice: “No hay mejor manera de utilizar el cuerpo que la de trabajar a cambio de nada”.

Está claro que esta idea es enteramente contraria a la concepción acerca del trabajo que se tiene en el mundo, sobre todo en Occidente. En un mundo basado cada vez más en la acumulación de capital, en la alta productividad laboral y en los beneficios tangibles e inmediatos, es muy interesante sopesar la enseñanza de “trabajar a cambio de nada”. Es difícil no soltar una sonrisa de indulgencia ante este concepto tan “inocente” ¿no es cierto?

Hay una relación directa entre este concepto y la enseñanza principal del Bhagavad Gita, la escritura sagrada del Hinduismo que compendia los deberes de toda persona en esta vida, los diferentes caminos espirituales y la esencia de la filosofía antigua de la India.

La enseñanza principal que subyace en el Bhagavad Gita es: “Tienes derecho al trabajo pero no a sus frutos”; es decir, se explica que todas las acciones han de ser cumplidas de la mejor manera posible sin importar el beneficio que podamos o no sacar de ellas. Lo que significa hacer lo correcto simplemente porque es correcto y no porque traiga alguna recompensa.

Esta corrección, sin embargo, es relativa, en el sentido de que no hay leyes fijas, sino que se define como correcto en términos espirituales a “aquello que nos acerca a la verdadera felicidad”, y es un hecho que para cada persona el camino que lleva a dicha meta puede diferir; por ende lo que es “correcto” para una persona podría no serlo para otra.

Esta idea no va necesariamente unida a lo que conocemos como “moral” sino a las necesidades individuales y esenciales de cada persona para ser más feliz. Pero ser feliz en términos espirituales implica tanto no depender de recompensas externas como tampoco desentenderse de las necesidades ajenas.

Para justificar la constante complacencia y atención a nuestros propios intereses, tendemos a decir que “estamos muy ocupados” o que “nuestro tiempo vale”. Al mismo tiempo, todas las personas nos quejamos del individualismo extremo de nuestra sociedad, y mientras algunos esperan que “alguien haga algo para cambiarlo”, otros han perdido las esperanzas y se resignan a un mundo que se encierra sobre sí mismo como un erizo.

A este respecto Swami Premananda dice: “las personas no saben entregarse y darse. Sienten que si dan pierden algo. Tienen miedo que si dan a los demás pueden perder todo y quedarse sin nada. Este estado de la mente se extiende hasta sus relaciones. Son económicos también en dar amor”.

Esta última sentencia puede parecer graciosa, pero hacer servicio no es sólo el loable hecho de visitar enfermos en el hospital o donar ropas viejas a la parroquia, es además adoptar una actitud positiva frente a la vida, tratando de esparcir buena energía en todas direcciones.

Yo mismo me pregunto: “Con los problemas que tengo cómo quieres que tire buena onda!”.

Cada vez que tengo ese estado de ánimo en que me quejo de todo, inevitablemente recuerdo unas palabras de Swami: “Vosotros mismos habéis escogido vuestro estilo de vida y no obstante vuestras acciones cotidianas se han convertido en una lucha para vosotros. Todo en la vida se ha vuelto un problema. No os gusta despertar, no queréis levantaros, no queréis ir a trabajar, estáis cansados de vuestra pareja, los hijos os vuelven locos, etc. Habiendo puesto en marcha todos estos proyectos voluntariamente, de repente vuestro corazón los rechaza y empiezan los problemas. Primero deseabais todo esto y luego cambiasteis por vuestro miedo y desgano. ¡Abandonad estas negatividades! La vida mejorará de inmediato”.

No es que siempre me agrade pensar en estas palabras pues con mucha frecuencia me gustaría poder echarle la culpa de todo lo que me pasa al mundo que me rodea, pero ya es tarde, ya escuché la versión espiritual y no puedo hacerme el distraído.

Introducción a la pintura

En nuestra estadía en el ashram en el año 2003, como ya dije, mi padre y yo ayudamos esporádicamente en el vivero o en cualquier otra actividad que se requiriera. Sin embargo, nuestro servicio más importante fue pintar el templo del ashram, llamado Puya Hall (puya es la palabra sánscrita para ritual)

Cada cierto tiempo es necesario pintar el recinto, como así también cambiar el techo de hojas de palmera. Como mis habilidades no dan para tanto el cambio del techo se lo dejé a los lugareños y me incliné por la pintura, ya que hay que saber mantener los pies sobre la tierra.

De todos modos la tarea no era tan sencilla, pues entre otras cosas, había que rasquetear las paredes para sacar las antiguas capas de pintura. En realidad, se trataba de los procesos lógicos que se utilizan para pintar, pero teniendo en cuenta que mi experiencia en tal rubro era casi nula, el nivel de complejidad era mayor.

Realizar las fases más gruesas del trabajo nos llevó cuatro o cinco días en los que rasqueteamos, lijamos y pintamos. Para mí, ese tipo de trabajo era algo inusual, por lo tanto mi cuerpo empezó a sufrir el desgaste. Varias horas por día nos ocupamos en ese servicio y lo hicimos con entusiasmo.

Al final de la semana de trabajo más arduo, yo tenía un molesto dolor en las clavículas de tanto realizar el movimiento de lijar, mientras que a mi papá le dolía el ciático (los años no vienen solos).

Aquí es donde debería insertar la frase: “Estábamos cansados pero contentos”.

Y es verdad, esa sería una forma de decirlo, pero lo que más me marcó es el hecho de que estábamos tan entregados a nuestro trabajo “a cambio de nada”, sin esperar un fruto, que fue placentero, pasó rápido y una vez finalizado nos dio mucha satisfacción.

De hecho, fue una de las más lindas experiencias que nos trajimos de aquella visita a la India.

Para mí no hay dudas de que el servicio desinteresado siempre da más satisfacciones, a los demás y a nosotros mismos, que el trabajo egoísta y especulador. A pesar de esta comprobación empírica mi tendencia sigue siendo la de escatimar, entonces para evitarlo, muchas veces debo hacer un trabajo racional que consiste en auto-recordarme cuanto más feliz y liviano me siento cuando logro olvidarme, aunque sea un ratito, de mí mismo.

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  1. Caro Militello

    Que bueno si antes de preguntarme ¿es correcto hacer o pensar o etc. tal cosa? pudiera deir en cambio ¿es CORRECTO ESPIRITUALMENTE….?¿me acerca más a la verdadera felicidad?….
    (Na cada vez escribís mejor, no sólo por la profundidad, sino tu sintaxis perfecta y tus bellas y acertadas descripciones).
    Te abrazo.

    Responder
  2. Señor Naren, creo que todos seguimos viajando en la nave de sus palabras y agradecemos que nos lleve a la grupa con usted.
    Tal como es mi naturaleza de odiosa detallista, disiento de la opinión anterior en relación con su sintaxis, pero alabo su estilo y la simplicidad con la que transmite entreveradas imágenes y disímiles sentires.
    Aunque callada, siempre visito sus huellas desde el reducto formado por los silencios de mi mirada (puaffffff, ¡delirio a pleno!), y continuaré haciéndolo hasta contar con la grata oportunidad de escucharlo en un próximo encuentro.

    Dicho todo esto, se vemo caésa, ta hiriente el “Hijo ‘e vecino” y ia vamo a ve si nos encontramo’ en el mésenyer. Jajajajaja.

    Cariños, Naren

    Mar(ce) Olmos

    Responder

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