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Sólo se trata de vivir / Enjoy the problem

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En la famosa Autobiografía de un yogui, Paramahansa Yogananda relata una “experiencia de la conciencia cósmica” que le fue dada por su maestro y en la que “todo el cosmos, saturado de luz como una ciudad vista a lo lejos en la noche, fulgía en la infinitud de su ser”. Al acabar la experiencia su maestro le dijo:

“No debes embriagarte con el éxtasis. Todavía hay mucho trabajo para ti en el mundo. Ven, vamos a barrer el suelo del balcón…”.

En una línea similar, Jack Kornfield, ex-monje y conocido escritor budista, tiene un libro titulado Después del éxtasis la colada, en que a partir de la prosaica tarea de lavar la ropa sucia reflexiona sobre cómo vivir la vida cotidiana una vez alcanzada la iluminación (o al menos, vislumbres de iluminación).

Yo, que últimamente estoy bastante lejos de esas experiencias cósmicas, me encontraba cortando zanahorias para la comida familiar, con mi exploradora hija de nueve meses por el suelo intentando chuparme las pantuflas, cuando me llamaron de la radio para pedirme que hablara de turīya, el cuarto estado de la consciencia según la filosofía hindú, que a falta de una descripción más certera se puede decir que es la pura trascendencia, el Ser en estado puro, la Consciencia suprema (para más detalles, se puede escuchar – la mayor parte en catalán – el programa aquí, con la participación estelar del monje Swami Satyānanda Saraswatī y del filósofo y escritor Vicente Merlo).

La cuestión es que enfrascado en tareas tan domésticas y cotidianas como cocinar y criar hijas, me hizo reír que me consultaran sobre un estado que, si ya de por sí me es lejano, me parece inalcanzable en mi ajetreada vida hogareña.

Luego, analizando el tema, pensé que las experiencias de Yogananda y Kornfield son las de alguien que, después del samādhi, debe hacer un esfuerzo para volver los pies a la tierra y llevar una vida “normal”. En mi caso, por el contrario, metido hasta las rodillas en el barro de la cotidianeidad, el esfuerzo sería el de encontrar un destello de claridad que me mantenga elevado, o al menos no me permita hundirme más…

Una primera – y obvia – conclusión que saqué es que todos, ya sea con experiencias trascendentales o no, tenemos que vivir la vida, lo cual incluye en casi todo momento acciones cotidianas, pequeñas, banales si se quiere, y muchas veces no placenteras en sí mismas. El maestro Sri Dharma Mittra dice que mantener “este cuerpo” implica “un montón de trabajo”: hay que alimentarlo, peinarse cada día, lavarse los dientes, hacer ejercicio…

Al mismo tiempo, como dijo una amiga hace poco, esa serie de actividades diarias y no necesariamente apetecibles (cocinar, lavar, limpiar la casa y, por supuesto, trabajar) es “vivir”, o al menos es un parte insoslayable del vivir, que en la balanza de la existencia es igual de pesada que las vacaciones, ver la tele, descansar, tener sexo o hacer yoga…

Para colmo, algunos maestros dicen que no está bien que otros laven tu ropa y, en general, también hay consenso en que, empezando por el nivel energético, no es bueno que tu comida la prepare cualquier persona (esto incluye chefs de restaurante), a menos que sea alguien con una conciencia elevada. Entonces, si tengo que pasarme toda la vida lavando y cocinando, y tampoco puedo disfrutar realmente de los placeres de la vida porque son efímeros, ¿cómo voy a ser feliz? O dicho de otro modo, ¿qué sentido tiene vivir así?

En la antigua filosofía Sāṃkhya se dice que el objetivo del mundo material (prakṛti) es servir de campo, de teatro, donde el ser/espíritu (puruṣa) pueda experimentar (bhoga) tanto el placer como el dolor de la multiplicidad material, para finalmente darse cuenta de que dicha experiencia no genera plenitud y así volver la mirada hacia sí mismo, es decir, el sujeto que experimenta, donde la conciencia se reconoce y encuentra la liberación (kaivalya) de las identificaciones materiales.

Desde otra escuela filosófica hindú muy diferente, la tradición tántrica Śrīvidyā, existe un texto llamado Tripurā Rahasya, en que se ensalza a la Diosa como Madre del universo diciendo, por ejemplo:

“Yo soy la Conciencia de la que se origina el universo, en la que éste florece y en la que se acabará disolviendo. El universo se refleja en mí como una imagen en un espejo. Los ignorantes me ven como el mero universo material, mientras que los sabios me conocen como el Conocimiento puro, como el ātman libre de pensamientos, semejante a un océano profundo e inmóvil.”

En la visión tántrica, hablando ahora de forma genérica, se considera que todo en este mundo es sagrado o divino y, por tanto, puede ser usado para ser disfrutado pero, sobre todo, como herramienta de trascendencia hacia la conciencia suprema.

Es en el contexto de las diferentes visiones citadas que a veces se dice que para alcanzar yoga hay que pasar por bhoga, que puede ser “experimentar”, aunque tiene una connotación más bien de “disfrutar”. De la misma forma que se dice que para llegar a mukti, la liberación, hay que pasar por bhukti, que también es el “disfrute” del mundo y sus objetos.

Cuando se trata del placer, todos podemos concordar en que este mundo merece la pena ser vivido, pero cuando hablamos de dolor es probable que sean menos los que se suban al carro de la vida al completo. La visión del legendario yogui Sri Dharma Mittra al respecto es pertinente:

“La vida sin yoga = el sufrimiento es sufrimiento.
La vida con yoga = el sufrimiento es una puerta que nos lleva a conocer más el Ser y a cambiar la conciencia hacia un nivel superior, para darnos cuenta de que somos solo el observador de nuestro cuerpo y mente. Disfruta todo con este cuerpo y esta mente, pero no te aferres a ello”.

Si la semana tiene siete días, de los cuales sábado y domingo son solo dos, eso significa que la mayor parte del tiempo, en general, uno está involucrado en actividades que, a priori, no son las más placenteras ni apetecibles. Por tanto, uno puede tener el imperioso deseo de escaparse de las obligaciones de este mundo o de aquello que “no le gusta”. Entendiendo por “escaparse”, tanto el hecho de no llevarlo a cabo como el hecho de hacerlo a desgano, ergo sufriendo.

Sobre esto, en la Bhagavad Gītā, Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) dice que “no es correcto renunciar a los deberes prescritos” (XVIII.7), y dando ejemplo inspirador agrega, hablando en su rol de Ser Supremo (III.22):

“En los tres mundos
yo no tengo nada que realizar,
nada no alcanzado
que yo tenga que alcanzar,
y, sin embargo, yo permanezco en la acción”.

Si el mismo Dios actúa aunque no le haga falta, ¿qué queda para mí? De hecho, en este contexto la enseñanza más relevante a nivel existencial es el hecho de que, en este mundo, la acción es algo ineludible. Al decir de Kṛṣṇa (III.5):

“Ni por un solo momento permanece alguien sin actuar”.

Obviamente, quedarse tirado en el sofá todo el día también es una forma de acción, aunque quizás muy cercana a la actitud de no-acción que Kṛṣṇa condena en la Gītā (III.8). Por tanto, es uno el que decide cómo afrontar eso que llaman “vivir”.

Este hartazgo que producen los quehaceres cotidianos más el sufrimiento de tener que hacer “lo que no me gusta” me recuerdan una anécdota de mi maestro Swami Premananda, relatada por una de sus discípulas renunciantes, que en ese momento tenía a cargo una sección comercial del áshram en que se vendían y exportaban productos.

La historia cuenta que la sección comercial y toda su mercancía habían sido cambiadas de sitio a un nuevo almacén con el techo roto, donde habitaban murciélagos, no había electricidad ni aire acondicionado, con todo el material desordenado y sin suficiente mano de obra para acomodarlo. Entonces, la monja fue a ver a Swamiji y durante un buen rato estuvo enumerando la retahíla de obstáculos, quejándose amargamente. Al acabar, Swami, que había escuchado todo pacientemente, la miró y sonriendo dijo: “Enjoy the problem” (“Disfruta del problema”).

Este sabio consejo me ha quedado grabado, pues he comprobado (algunas veces, no siempre claro) que si en el fragor de la cotidianeidad uno logra tomar distancia para situarse en el rol del observador, a la vez que se sumerge sin resistencia en la “acción prescrita”, entonces el sufrimiento se reduce e incluso uno puede “disfrutar del problema” o también reírse de la situación.

La imagen puede contener: una persona, barba y primer plano

Yendo quizás un paso más allá y poniéndolo en las poéticas palabras de Joan Mascaró, cuando habla de karma yoga:

“Cada pequeña acción en la vida puede convertirse en un acto de creación y, por tanto, en medio de salvación… El gozo de la acción es por tanto el gozo de Dios”.

Tengo a las nenas con conjuntivitis, el tubo de la aspiradora roto y varias remolachas para hervir (que demoran un buen rato). También, como Kornfield y Yogananda, tengo que lavar la ropa y barrer el balcón. Eso sí, de experiencias cósmicas ni hablar… pero curiosamente hay veces que en medio de este mundanal ajetreo encuentro inspiración o paz o mucha gratitud y entonces todo cobra sentido. Quizás sólo se trata de vivir.

Desde un registro totalmente diferente al hindú, acabo este texto con dos antiguas canciones de rock argentino que incluyen la sintética frase que da título a este post catártico:

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¿De qué sirve enfadarse? por Swami Premananda

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Hace poco, una alumna de yoga me dijo que no podía imaginarme enfadado, pues en clase soy siempre sereno y calmado. Y cómo no voy a estarlo si en clase todos hacen lo que yo digo y además estamos respirando juntos y practicando una disciplina que aquieta la mente. Al hilo de esta reflexión, este fin de semana en la Formación de profesores de Mandiram Yoga surgió el tema – más bien en “modo queja” – de que, por ser practicante de yoga, todos esperan que uno sea equilibrado y calmo y lúcido en toda situación. Efectivamente, los yoguis también se enfadan (incluso a veces les duele el cuerpo, aunque no lo crean).

En mi caso, y sin dar detalles, soy propenso a enfadarme, curiosamente por pequeñas cosas (o quizás acumulación de pequeñas cosas). La cuestión es que el enojo/enfado es un tema que me interesa mucho, pues lo considero un punto débil de mi carácter. Por tanto, siempre me viene muy bien leer enseñanzas espirituales al respecto, como este discurso de Swami Premananda titulado directamente La ira es inútil. Lo comparto completo porque estoy seguro de que también se pueden beneficiar de él muchos lectores.

Swami Premananda dice:

“La vida en el mundo en estos días se mueve de un modo muy particular. Estamos siempre con prisa y tratamos de acabar con nuestro trabajo lo más rápidamente posible. Esta actitud de estar siempre apresurados nos pone tensos. Esta tensión lleva al enfado y este enfado luego nos afecta de manera adversa. Debemos erradicar esta ira, pero nunca hacemos ningún esfuerzo real para erradicarla. Nada puede lograrse sin hacer un esfuerzo.

Encontrar causas donde no las hay, crear problemas sin razón alguna, afligirse innecesariamente, sufrir de un complejo de inferioridad originado por ideas imaginarias acerca de nosotros mismos, fingir que lo sabemos todo: todas estas son actitudes que nos impulsan a tomar decisiones tercas y a recurrir a acciones injustificables. El resultado final será la desilusión y la ira.

¿Cuál es el origen de la ira? La causa principal de la ira es la duda. Si las cosas no suceden del modo que esperamos que lo hagan, surgen dudas que conducen a la ira. Nunca reflexionamos sobre lo que es verdaderamente necesario para nosotros en esta vida y en su lugar pensamos en cosas innecesarias y luego esperamos que ocurran, pero cuando las cosas no suceden como esperamos nos agitamos y confundimos y tenemos dudas.

Cuando estos sentimientos continúan, llegamos a la conclusión que nuestras expectativas nunca se cumplirán. Estas dudas son innecesarias; las expectativas pueden o no llegar a cumplirse. ¿Por qué tienes prisa? No tengas prisa. Piensa, ¿has hecho algún esfuerzo para alcanzar tus expectativas? ¿Cómo puedes esperar que las cosas sean como deseas cuando no haces ningún esfuerzo? ¿En qué te beneficias con enfadarte y enfurecerte cuando las cosas no resultan de la manera que esperabas? ¿De qué sirve tener seis sentidos? No estás usando tu inteligencia. ¿De qué sirve tener inteligencia, buena educación, buena conducta y buenas cualidades si no puedes controlar tu enojo? ¿Te das cuenta de las consecuencias de tu ira? ¿Has sentido el dolor y la angustia de aquellos que se han encontrado con tu ira? ¿Qué has ganado hiriendo a otros?

Los malentendidos entre las parejas y las consecuentes separaciones, las relaciones inarmónicas entre padres e hijos y entre parientes, la ruptura de amistades, las perturbaciones en el ámbito del trabajo… estos son algunos de los resultados de la ira. La ira nunca estimula el desarrollo y no obstante, algunas personas creen que uno debe expresar su enfado para que algo llegue a suceder. Sin embargo, esta es solo una excusa de quienes no pueden controlar su ira.

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Cuando una persona se enfada, se incrementa la corriente sanguínea y sube su presión. Eso le afecta tanto físicamente como mentalmente. Por lo tanto, comprende esto y trata de evitar enfadarte ¿Hay formas de evitar el enfado? Ego, arrogancia, celos, egoísmo, difamar a otros, una actitud competitiva: estas son algunas de las impurezas arraigadas en nosotros y un día, a causa de nuestras expectativas, todas estas malas cualidades están destinadas a levantar sus horribles cabezas. Más tarde, nuestras expectativas no cumplidas se convierten en deseos y los deseos conducen a frustraciones y enfado.

Si quieres liberarte de la ira, debes primero deshacerte de todas tus malas cualidades. Una vez que seas libre de ellas, vivenciarás la felicidad y el gozo. No pienses que es difícil deshacerte de malas cualidades. Si te las ingenias para eliminar la causa raíz de todas las impurezas, entonces serás una persona cambiada. ¿Y cuál es la causa raíz? Desde el día en que empieces a decir la verdad, tus impurezas empezarán a esfumarse y comenzarán a surgir pensamientos nobles y buenos desde tu interior. Este será el inicio de un nuevo amanecer en tu vida.

¡Piensa! ¿Qué edad tienes ahora? ¿Con qué frecuencia has intentado evitar enfadarte? ¿Puede ocurrir algo sin que hagas un esfuerzo? Los días están pasando rápidamente; no pierdas el tiempo. Abre tu corazón, implora, derrama lágrimas y rézale sinceramente al Sin Nombre y Sin Forma: ‘Por favor, ¡quítame toda la ira!’ Si quieres vivir una vida feliz y en paz, erradica la ira y vivirás con gozo por siempre”

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Swami Premananda y la inevitable naturaleza de juzgar

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Esta semana se cumple el 65º aniversario del nacimiento de Swami Premananda, que abandonó su cuerpo en 2011 a los 59 años, pero cuyas enseñanzas siguen inspirándome y también sorprendiéndome. Como forma de honrar a Swamiji estoy publicando fragmentos de un texto suyo titulado El juzgar es natural y que creo merece una lectura detenida. Tal como dice el título, se trata de un texto sobre los juicios y las opiniones, propias y ajenas.

Dice Swami:

“Muchos grandes santos han señalado muchas verdades valiosas y el modo en que estas verdades se contraponen a cómo vive la sociedad actualmente. Ellos han dado su consejo, criticando y reprochándonos que no pongamos en práctica estas verdades en nuestras vidas. Las palabras y las formas de expresarse que usaron pueden parecer ásperas e hirientes, pero hablaron de esta manera sin esperar elogios de nadie. Ya sea que elijamos aceptar o no su consejo, ellos no cambiarán su postura. Simplemente tomarán nuestra respuesta como la opinión de otra persona. Pero podéis estar seguros de que va a haber algo en lo que dicen estos santos, pues como lo expresa el dicho: ‘No hay humo sin fuego’.

El juicio que una persona emite sobre algo es lo que llamamos ‘su opinión’. Los juicios de las personas buenas y aquellos juicios de quienes son malos difieren. Las personas que son dañinas para nosotros siempre nos alaban, a pesar de que tal vez cometamos errores, y esto nos alentará a seguir en el camino incorrecto… Nuestra sociedad moderna está preparada para creerles a tales personas y escuchar lo que dicen. Después que el futuro haya sido afectado negativamente, la sociedad se arrepentirá de sus juicios equivocados; se arrepentirá de haber escuchado a las personas equivocadas”.

Tomamos un respiro para digerir. Uno sabe que hablar dulcemente es una buena cualidad, pero Swami dice que quienes nos critican o dicen la cruda verdad en realidad nos ayudan. Obviamente que si un mahātmā me critica puedo estar dispuesto a escucharlo y a quizás intentar aplicar su consejo ¿Pero qué pasa si quien me critica es alguien que no considero elevado o sabio? Uno espera solo alabanzas o buenas palabras de todos, incluso de los grandes maestros, en realidad.

Swami sigue poniendo el dedo en la llaga:

A quienes les importa nuestra prosperidad venidera no nos hablan con dulzura. Quizás nos dan su opinión usando palabras duras, pero si escuchamos y seguimos sus consejos, definitivamente tendremos un futuro brillante. Estas personas no esperan ningún elogio de nuestra parte. Solo quieren que corrijamos nuestros errores. Desean mostrarnos el sendero correcto para que podamos convertirnos en personas buenas y nobles, respetadas por la sociedad.

Sin embargo, nuestras mentes no comprenden a este tipo de personas. Nos mantenemos alejados de ellas, sin entender por qué nos hablan con tanta severidad, aparentemente sin benevolencia. Al hacer esto, nos perdemos una oportunidad única”.

Me gusta lo de “aparentemente sin benevolencia”. ¿Qué pasa si un padre solo alaba a sus hijos y no les muestra sus errores? En el plano espiritual, es sabido que un guru, en general, es amable y atento con quienes llegan a él/ella de forma esporádica pero que es realmente riguroso con sus círculo íntimo de discípulos, pues mostrándoles sus faltas y siendo muy estricto es la forma de aniquilarles el ego y de hacerlos progresar espiritualmente.

Más de Swamiji:

“El juzgar es esencial para todos. Aún si un niño de diez años expresara un juicio correcto sobre nosotros, deberíamos tener la madurez de admitirlo y aceptarlo. Los juicios existen siempre en todos los niveles de la sociedad”.

Por ello Swami dice que cuando alguien emite una opinión sobre nosotros, debemos escucharla abiertamente y analizar con honestidad si hay algo de verdad en ella. Si es así, entonces aceptarlo y tratar de modificar o mejorar lo que corresponda. Si no hay verdad en esa crítica, simplemente la dejamos ir, sin ofuscarnos.

Y finalmente Swami habla de lo más difícil de hacer en este ámbito; o sea, saber cuándo y cómo emitir la propia opinión:

“Para progresar en la vida debes usar tu discernimiento, debes tomarte tu tiempo y no apurarte en formar juicios”.

Y Swami termina su enseñanza con una bucólica comparación que me parece muy llamativa:

“Sin un juicio apropiado
no puede haber acciones apropiadas, ni gozo.
Sin un juicio apropiado
no puede haber visión apropiada.

La acción sin el juicio apropiado
es como pastar comiendo tan solo las puntas de la hierba.
¡Así que júzgate apropiadamente y abre los ojos!”

Por tanto, como dice Swami, juzgar es natural en el ser humano y es inevitable. Aprender a escuchar la crítica ajena y filtrar lo que es verdad y lo que no, como herramienta para mejorar nuestro carácter, es un signo de madurez espiritual.

Luego, ser capaces de frenar nuestros propios juicios sobre los demás y solo emitirlos desde la compasión, la aceptación y el discernimiento es ir un paso más allá en el camino del auto-conocimiento. En el fondo, la forma en que uno juzga a los demás es como uno se juzga a sí mismo.

Māriyamman y el final de Navarātri

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Hoy, 11 de octubre 2016, finaliza el festival otoñal de Navarātri, después de nueve noches de adoración a diferentes aspectos de la Madre Divina. En el décimo día, y en la forma de Durgā Devī, se celebra el triunfo final de la energía (śakti) femenina universal sobre la ignorancia, la oscuridad y la falta de rectitud. Después de diez días de ritual, canto, ayuno o meditación el devoto está listo para que la Madre “aniquile” sus malas tendencias y le ayude a seguir el, a veces arduo, camino del auto-conocimiento.

Personalmente, de todos los festivales hindúes, Navarātri es mi favorito. Es cierto que presto mucha importancia a Mahāśivarātri y a Guru Pūrṇimā pero. quizás por ser celebraciones de solo un día, no logro el mismo nivel de absorción que cuando paso diez días adorando, de una u otra forma, a la Madre Divina. En mi caso, este amor por el aspecto femenino de lo divino fue espoleado por las enseñanzas de mi maestro Śrī Swami Premananda, que más allá de los rituales, ya en su Ashram del sur de la India dio un rol preponderante a las mujeres en la administración y difusión de su misión espiritual.

En mi visita a su Ashram (junto a mis padres), en 2003, Swami Premananda me regaló una pequeña estatua (mūrti) de Gaṇeśa, que era mi deidad favorita, pero también nos dio una bolsa con varias estatuillas de la Madre para nosotros y para repartir entre los devotos argentinos que no habían viajado a la India. Sin pensarlo mucho, yo elegí una imagen de la Madre que destacaba por tener sobre la cabeza  una “capucha” formada por cinco serpientes cobra.

Con el tiempo supe que mi mūrti era Māriyamman, muy popular en el sur de la India, por ser la diosa que tradicionalmente protege de enfermedades como viruela, sarampión, varicela y que, sobre todo, se encarga de aliviar las fiebres altas ya que tiene una “mirada refrescante”. Con la misma función, pero con nombres diferentes, este aspecto de la diosa existe en toda la India y su análoga norteña sería Śītalā, “la fresca”.

Como ya he dicho, lo que distingue iconográficamente a Māriyamman es la capucha de cinco cobras que cubre su cabeza. En sus manos, que suelen ser cuatro, porta atributos relativos a la śakti, como la daga o el tridente (triśūla) y también el tambor (ḍamaru) que se puede relacionar con Śiva ya que, en cierta forma, Māriyamman se considera un aspecto de Pārvatī, la energía femenina de Śiva.

A pesar de que la viruela se considera erradicada oficialmente de la India desde 1980, el culto a Māriyamman no ha decrecido, especialmente en el estado de Tamil Nadu donde es muy popular. Si bien su función de curadora de viruela está obsoleta, las personas que le rinden culto buscan aliviar otras enfermedades y sufrimientos o simplemente recibir alguna bendición, ya sea material o espiritual.

En mi caso, la devoción por Māriyamman nace de mi amor por Swami Premananda que fue quien me regaló la mūrti. En el altar de casa, la figura de Māriyamman ocupa un modesto lugar, relegada por varias mūrtis de Gaṇeśa, śivalingams, fotos de maestros y más objetos de adoración. Además de una foto de Bhuvaneśvarī, la estatua de Māriyamman es la única referencia a la Madre Divina que tenemos en el altar familiar principal y, sin embargo, cada año cuando llega Navarātri, se activa la devoción interior a la Madre y la pequeña estatua se convierte en protagonista por diez días.

Admito que lo canónico sería adorar una imagen de Durgā, que realmente me gusta mucho, pero las vueltas de la vida me han puesto frente a Māriyamman, a quien adoro hace ya muchos años con devoción. Si su rol de protectora contra la viruela está obsoleto y, de todos modos, su gracia se “reactualiza” con diferentes sentidos (y sus devotos siguen creciendo), en mi caso Māriyamman se ha reconvertido en la deidad de Navarātri por excelencia y desde su pequeña forma coronada por serpientes yo vislumbro todos los otros aspectos de la Madre Universal.

Para que la conozcan, dejo una imagen de estas festividades:

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¡Jaya Śrī Ma!

Guru Pūrṇimā 2016 y el sabio como objeto de meditación

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Hay una canción infantil que estamos cantando mucho en casa estos días, que empieza “ya está aquí, ya llegó…”, y que podría aplicarse a llegada del tan esperado día anual del guru o preceptor espiritual, conocido en sánscrito como Guru Pūrṇimā, ya que es la luna llena (pūrṇimā) del guía espiritual (guru). Cada año trato de hablar de esta celebración, aunque los posts sean breves o repetitivos, porque para un buscador espiritual la existencia del maestro es fundamental.

Por si hace falta recordarlo, aquí lo explica Swami Premananda:

“El gurú conoce el camino hacia el Ser y él o ella puede mostrarte el camino hacía allí. Él ya ha estado allí muchas veces, así que es como instintivo para él. A pesar de que la semilla de la energía divina está dentro de ti, puede suceder que no seas capaz de percibir su luz y que estés luchando en la oscuridad. La gran luz que es el maestro espiritual ciertamente te mostrará el sendero correcto. Esto es necesario porque te identificas grandemente con la mente y el cuerpo. Hasta que pierdas tu actitud de apego a la mente y al cuerpo, el maestro es muy necesario.”

Sobre esta idea y los conceptos de confianza, fe y obediencia al guru ya he hablado, como así también sobre como en la tradición india el guru es considerado la relación más importante para cualquier persona, o incluso como Dios mismo. Hoy, aprovechando que estoy leyendo la excelente versión de los Yogasūtra de Patañjali a cargo de Òscar Pujol (que, de hecho, presenta en Casa Asia de Barcelona este martes 19 de julio), quería compartir un sūtra pertinente al maestro espiritual.

Dice Patañjali (1.37), hablando de las formas de concentrar la mente en un objeto para calmar sus famosas fluctuaciones (vṛtti) y así eliminar los obstáculos mentales:

vītarāgaviṣayaṃ vā cittam

Es decir, en la traducción de Pujol:

“O bien mediante una mente que tiene por objeto a los que están libres de pasión”.

O sea, como comenta Pujol, que “es posible conseguir paz mental mediante la identificación empática con la mente de los que están libres de pasiones, como los sabios y los santos”. Es decir que la concentración, contemplación o meditación en personas santas es un aquietador de la mente.

Me acuerdo hace varios años, en mi primer viaje a la India, cuando todavía se usaban los tickets aéreos de papel en un talonario que te cortaban entrando al avión, perdimos el billete de una escala de vuelta y nos dimos cuenta ya en el pueblo de Puttaparthi, en el ashram de Sathya Sai Baba. Así que tuve que tomarme un bus hasta Bangalore para arreglar los papeles, con tal inquietud mental que no podía soportarme a mí mismo y hubiera saltado sin pausa durante el viaje. Lo que hice fue seguir el consejo de los maestros y puse la mente en el hermoso rostro de mi guru, una y otra vez, hasta que de forma sorprendente mi mente se calmó.

Por supuesto, también lo dice Patañjali, si uno logra poner la mente en un único objeto, cualquiera mientras sea agradable, entonces las fluctuaciones se aquietan. La ventaja de meditar en sabios y maestros es, por un lado, que este proceso puede ser más rápido por tratarse de seres plenamente conscientes que dirigen la atención hacia aquél que la dirige hacia ellos. Por otro lado, los sabios son inspiradores en sí mismos y también fuente de enseñanza continua, por lo que si uno medita en el sabio de forma constante terminará por tomar parte de su sabiduría, aunque solo sea por imitación.

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Sobre esto, Sri Dharma Mittra suele decir que uno de los grandes secretos para hacer “rápido progreso espiritual” es copiar al maestro física y mentalmente. Como comenta Òscar Pujol (siguiendo a Hariharānanda Āraṇayaka), la concentración en los sabios puede hacerse mediante la meditación o también “frecuentando la compañía de santos y observando sus reacciones y estados mentales”.

El maestro B.K.S. Iyengar dice, en su comentario al sūtra, que “si el sādhaka reflexiona en el estado puro y sereno de esas personas divinas y emula sus prácticas, obtiene confianza, logra estabilidad y desarrolla un estado mental carente de deseos”. De hecho, el sūtra hace hincapié en la cualidad desapasionada (vītarāga) del sabio, es decir en su ausencia de apego como aquello que queremos también adquirir.

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La conclusión es que meditar o contemplar en los sabios, incluso más allá de sus enseñanzas, es una gran práctica. De allí el famoso mantra que sale en la Guru Gītā y afirma:

dhyānamūlaṁ gurumūrtiḥ 

O sea:

“La forma del maestro es la raíz de la meditación”

Este año 2016, Guru Pūrṇimā cae el martes 19 de julio. A celebrarlo entonces meditando en los sabios.

La duda como obstáculo espiritual

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Uno de los grandes motivos por los que la práctica de āsana o yoga físico es tan popular actualmente es porque aporta progresos evidentes y rápidos a nivel de flexibilidad y fuerza física. Por tanto, con pocos meses de práctica regular (quizás dos veces por semana) la mayoría de personas en general nota una gran “evolución”, al menos desde el punto de vista de realizar las posturas en su forma externa. Sin hablar de otros beneficios como verse más relajado, aliviar dolores de espalda o sentirse mejor con uno mismo por dedicar tiempo y esfuerzo a estar sano. Al obtener una prueba tangible de los beneficios de la práctica, uno la mantiene con entusiasmo e incluso la incrementa.

Hasta aquí muy bien, pero ¿qué pasa cuando – al menos en apariencia – ese progreso se estanca? Sobre todo en prácticas con resultados menos inmediatos como la meditación, la aplicación de yamas y niyamas, la oración, la auto-indagación… O yendo más allá, ¿qué pasa cuando mi cosmovisión y mi estilo de vida que incluyen, entre otras cosas, la actitud positiva, el ver lo divino en todos los seres, andar en bicicleta, comer ecológico o la aceptación de la ley del karma, no parecen darme beneficios?

De esta encrucijada pueden salir muchos caminos, pero hoy solo quiero centrarme en uno: el de la duda. La duda sobre el camino elegido y quizás recorrido ya por varios años; o también la indecisión sobre la eficacia de ese camino que me impide entregarme a él plenamente.

En el Yogasūtra, Patañjali deja claro que hay nueve obstáculos o impedimentos (antarāya) para el aquietamiento de la mente y el tercero de ellos es justamente saṁśaya (samshaya), la duda. El antiguo comentario de Vyāsa a los sūtras dice que la duda es “un pensamiento que oscila entre dos extremos, por ejemplo: ‘esto podría ser así, o podría no ser así’”. A pesar de lo simple de la definición, uno sabe por experiencia propia que esta sensación de indecisión mental puede ser insoportable, una “gran tortura”, como dice Swami Sivananda.

No casualmente, en la Bhagavad Gītā (IV.40) el Señor Kṛṣṇa (Krishna) también habla de la duda y en términos muy taxativos. En la traducción de Swami Sivananda:

 “El ignorante, el que carece de fe, el que duda, camina hacia su destrucción. Para el que duda no hay felicidad ni este mundo ni en el otro”.

El śloka habla por sí solo, aunque para contextualizar se puede agregar que la duda específica sobre la que se está hablando es sobre la verdadera naturaleza de este mundo y cómo actuar en él. El antídoto contra la duda, dice la Gītā, que es también el antídoto contra todo sufrimiento, es el conocimiento. El conocimiento experiencial de la Realidad, por supuesto, pero mientras tanto también sirve el conocimiento intelectual de las enseñanzas espirituales.

Cuando uno escucha una enseñanza genuina, y está preparado, entonces la recibe con aceptación y naturalidad. Otras veces tiene que rumiarla poco a poco hasta hacerla propia. En ambos casos, y aunque creamos tenerlo todo muy claro, “dominados por nuestras inclinaciones” la duda puede volver. Ante esto, hay un primer método para juzgar con el intelecto la validez de una enseñanza, que se resumen en unas palabras del santo bengalí Narottama Dāsa Thākura:

“sādhu śāstra guru vākya, cittete kariyā aikya”.

Es decir:

“Uno debe aceptar algo como genuino después de estudiar las palabras de los sādhus, las Escrituras y el guru”.

Por ende, cualquier enseñanza válida debería verse corroboradas por las Escrituras sagradas, por las palabras de otras personas santas y por el ejemplo de vida del maestro particular que imparte dicha enseñanza.

Como es de esperar, hay ocasiones en que la duda abarca las Escrituras, los santos, los maestros y toda la tradición espiritual, por lo que el método arriba citado no es suficiente. ¿Cómo puede uno entonces obtener o recuperar la fe y la convicción interior? Como ya vimos, la forma más directa es experimentando por uno mismo la verdad de la enseñanza a través de sus frutos, pero cuando no vemos frutos nos decaemos y dudamos… o sea un círculo vicioso.

Siguiendo la lista de Patañjali, lo que genera la duda es la apatía mental (styāna), que B.K.S Iyengar traduce también como falta de interés. El yogui Sri Dharma Mittra dice que es muy importante desarrollar gran entusiasmo por la vida y que para ello la práctica es fundamental. Dharmaji dice que “descuidar la práctica hace que uno se sienta deprimido”. Por tanto, es importante seguir practicando aún cuando no haya resultados ni ganas, porque el abandono de la práctica trae peores resultados. De ahí que se diga que la duda lleva a la “destrucción”.

Si uno tiene un maestro espiritual, entonces es más fácil porque solo tiene que hacer lo que el maestro le dice, basado en la confianza. Si uno no tiene maestro (o lo tiene pero duda de él, lo cual también es posible y, claro, muy terrible para la paz mental) entonces tiene que mirar dentro de uno mismo con honestidad y atención. El cantante de kīrtan Krishna Das dice:

“La cosa más importante que puedes aprender es a confiar en ti mismo. Parte de practicar estar atento es escucharte a ti mismo y tratar de estar en armonía con lo sientes que es correcto. Puede que no sea la forma más fácil, pero si sientes que es correcto, entonces estás en el camino correcto”.

Sobre esto, Swami Premananda es muy claro cuando dice:

“Tener fe en ti mismo es el primer requisito para la evolución espiritual. Primero elimina toda duda sobre ti mismo. Rehúsate a ser vencido. Sé audaz, valeroso y fuerte… Aférrate con fuerza a los pies de loto del Señor, dondequiera que estés y hazlo con determinación. Alcanzarás tu meta espiritual”.

Siguiendo en esta línea, en un antiguo documental le preguntan a Swami Premananda “¿cómo encontrar el camino para el auto-conocimiento y la liberación?” y él dice:

“Para buscar esa libertad, para buscar esa verdad dentro de tu mente, inicialmente, lo que necesitas dentro tuyo es auto-confianza, creer en ti. Si no tienes fe en ti mismo, no puedes buscar la verdad, no puedes encontrar la verdad”.

Y ante el difundido miedo de ser engañados por gurús inescrupulosos, Swamiji da una respuesta muy poco “victimista”:

“Puede que vayas por el camino equivocado porque cuando te falta auto-confianza hay una gran posibilidad de tomar el camino errado. Si tienes auto-confianza no irás por el camino equivocado y serás capaz de encontrar verdad en esa otra persona y descubrir verdad en ella”.

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Finalmente, unas inspiradoras palabras de Swamiji para cuando nos asaltan las dudas:

“Algunos tienen mucho miedo de iniciar la marcha en el sendero. También hay otros que se sienten vencidos y abandonan el sendero si encuentran demasiadas dificultades. Si sigues adelante sin importar lo que suceda ni que pruebas se presenten, superando los problemas y los obstáculos en virtud  de tu fe y sinceridad, entonces lo Divino derramará su gracia sobre ti para darte aliento cuando te sientas desanimado. Esencialmente, primero necesitas tener fe en ti mismo y fe en lo Divino. Recuerda que tu meta es muy grande. Es la felicidad eterna. El gozo sin límites puede ser tuyo, te lo prometo”.

Ante tal perspectiva uno recobra el entusiasmo, el interés, y por tanto de alguna forma incrementa su práctica, su esfuerzo, su anhelo y sigue adelante…

El delfín mágico y cómo controlar la ira

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A nuestra hija mayor le regalaron un delfín “mágico” para la bañera, que cambia de color cuando toca el agua. Se llama Micky. Hasta aquí todo muy bien, si no fuera porque el delfín no flota (no me pregunten por qué…) y eso trajo una primera decepción para nuestra pequeña. Entonces decidimos enfocarnos en el cambio de color, pero resulta que el delfín solo cambia de azul a violeta con agua muy fría, que no suele ser la temperatura con que uno baña a los niños. Por tanto, para hacerlo cambiar de color tengo que montarme un sofisticado sistema de trasvases térmicos que me inunda todo el baño y casi me sería más práctico comprar un delfín de verdad.

No quiero criticar al inventor del juguete, pero sí que es entendible que nuestra hija, que tiene tres años, se haya enfadado mucho con el delfín y lo haya tirado al suelo llorando. Yo también lo hubiera hecho con gusto, pero como ahora debo asumir el rol de padre ejemplar le dije palabras muy sabias: “Te entiendo, pero enfadarse es inútil, no cambia nada y te hace perder la calma…”

Como es de esperar, mis exhortaciones no fueron exitosas hasta que puse a Micky debajo de un gélido chorro de agua del grifo, hasta convertirlo en violeta. Pero eso no quita que yo tuviera razón en mi argumento, totalmente basado en las enseñanzas espirituales y también un poco en la propia experiencia. Veamos…

El enojo, enfado o ira tiene dos momentos: antes y después, es decir, su causa y sus consecuencias. Quizás la forma más difundida de controlar la ira es centrarse en la consecuencia, casi siempre negativa. Tal como lo explica la filosofía hindú, cuando una persona está encolerizada se obnubila, pierde la capacidad de discernir, y realiza acciones de las que se arrepiente. Al saber esto, quizás por experiencia, uno muchas veces refrena un poco su furia, sabiendo que el resultado sería desastroso. Yo, por ejemplo, una vez estando enfadado pateé una pelota con rabia y rompí un paragüero de vidrio. Ahora, cuando me enfado, trato de no patear nada (al menos si hay algo de vidrio cerca).

El Dalai Lama cuenta una anécdota divertida en que un antiguo conductor a su servicio estaba debajo de su viejo coche arreglando una avería y, haciendo esto, se golpeó accidentalmente la cabeza contra la base del automóvil, lo cual le dio tanta rabia que, ofuscado, empezó a golpearse él solito una y otra vez la cabeza contra el coche. Todos hacemos esto, de una u otra forma, pero en cuanto vislumbramos lo negativo de las consecuencias, sobre todo para nosotros mismos, buscamos maneras más suaves de descargar el enojo, aunque solo sea por instinto de supervivencia.

Ahora, si uno quiere de verdad cortar de cuajo la ira tiene que mirar, como explican los maestros, el otro extremo: la raíz del enfado.

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Swami Premananda lo explica muy claro:

“La ira viene cuando eres un prisionero de los deseos… Cuando la ira surja, pregúntate: ‘¿Por qué  me estoy enfadando? ¿Cuál es la razón de mi enfado?’ Quizás es porque lo que querías que sucediera no sucedió. O quizás no te gustó lo que sucedió. Quizás te sentiste decepcionado y molesto porque lo que esperabas y querías no tuvo lugar. Entonces, por ende, te enfadaste porque tus expectativas y deseos no fueron cumplidos. O quizás no estás feliz con la situación en que te encuentras y esa es la razón por la que te sientes enfadado. Cuando sea que te sientas enfadado, hazte la pregunta: ‘¿Por qué estoy tan enfadado?’. Trata de encontrar la respuesta a esa pregunta.

Ya en la Bhagavad Gītā (3.37), cuando Arjuna le pregunta a Kṛṣṇa (Krishna) cuál es la fuerza que impele al hombre a cometer el mal incluso contra su voluntad, Kṛṣṇa va al grano: el deseo.

Swamiji ahonda en el tema:

“Te molestas y perturbas porque alguien o alguna situación te impide conseguir lo que quieres o alguna persona no hace las cosas de acuerdo con tu forma de pensar… La razón por la que te enojas tanto es porque deseas y esperas que la vida sea de acuerdo con tu manera de pensar. En lugar de tratar coléricamente de cambiar al mundo, un aspirante espiritual tiene que cambiarse a sí mismo”.

A esta altura, creo, ya todos sabemos que el secreto consiste en cambiarse a uno mismo antes que a los demás. La pregunta es ¿cómo? Swami nos da consejos prácticos:

“Cuando sientas que surge la ira, sugiero que vayas a un sitio tranquilo a solas, te aísles de los demás y te sientes en silencio. No hables. Respira profundamente y rastrea la causa de tu enojo”.

Continúa:

“Sé amo de la ira, no dejes que te domine. Oponte a ella y combátela en lugar de pelearte con los que te rodean. Destrúyela con la serenidad. Conquístala con opuestos pero nunca des lugar a la ira… Borra la ira abrumándola con tus otras cualidades innatas que parece que estuvieras resuelto a minimizar: saca a la luz tu verdadero amor, tu compasión y tu afecto en lugar de ocultarlos. Alentando estas cualidades y desarrollándolas a un nivel elevado, no encontrarás sitio en tu mente para la ira porque estará colmada de pensamientos amorosos”.

Más consejos:

“Como siempre, las prácticas devocionales y recurrir a la ayuda divina te darán la fe y la valentía necesarias para ser exitoso. El controlar la ira es otra gran sādhana (sádhana). El primer paso es controlar tus palabras. Detén las formas incorrectas de hablar. Cuando abras la boca, asegúrate de que de ella solo salgan palabras amables. Piensa cuidadosamente antes de responder a los demás”.

Swami Premananda

Para acabar, un punto interesante. Como quizás todos hemos experimentado, uno es capaz de enfadarse más (y de maltratar más) a un miembro de su propia familia antes que a un extraño. Esta extraña paradoja en que a mayor afecto (y confianza, claro) mayor enfado y palabras duras. El yogui Andrei Ram dijo una vez que para saber si una persona está iluminada de verdad, hay que preguntarle a su pareja. Todo lo demás es fachada.

Sobre este tema concluye Swami Premananda:

“Para las personas de familia aconsejo pensar en vuestros cónyuges e hijos como hijos de Dios… Espiritualmente la vida de familia es de gran importancia y significación. Es solo a través de vuestros seres queridos que realmente aprendéis a mostrar amor, compasión, afecto e interés. Es a través del sagrado sistema de familia que el hombre aprende y entiende los sentimientos de los demás. Los niños seguirán vuestro ejemplo. No os enojéis y les enseñéis vuestras malas cualidades. Mostradles vuestra bondad, amabilidad e inteligencia. Entonces ellos también pueden aprender estas cualidades útiles de vosotros”.

Mientras tanto, el delfín Micky sigue sin flotar. Ahora, durante el baño, jugamos a que le enseñamos a nadar y parece que progresa.

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