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‘El científico y el santo’, una experiencia personal

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En diciembre 2016 se publicó El científico y el santo (Olañeta Editor) del escritor indio Avinash Chandra y en cuanto el libro llegó a casa me lo metí en la mochila para leerlo en la pausa de 20′ que tenía entre mis clases de yoga, pues las 780 páginas y el kilogramo que pesa el libro no eran nada en comparación a la ilusión que me hacía la perspectiva de su lectura. Ya sabía yo de buenas fuentes y por el subtítulo – Los límites de la ciencia y el testimonio de los sabios – que el tema me iba a interesar. Un mes más tarde, habiendo leído el texto concienzudamente quiero compartir mi experiencia y mi opinión.

Como dice al autor en la Introducción:

“Este libro quiere mostrar (no demostrar, pues ninguna visión del mundo se puede demostrar) que el mundo es mucho más que lo que se puede descubrir de él científicamente, que el universo es mucho más que su parte visible y mensurable, que la consciencia es mucho más que la actividad del cerebro. Y que este ‘mucho más’ no es un algo desconocido más allá para siempre del alcance del ser humano, sino que puede ser ‘conocido’, y que siempre a lo largo de la historia, ha habido unos cuantos hombres que lo han sabido”.

Por tanto, el libro es una crítica al paradigma materialista y cientificista que predomina en el mundo moderno, en que lo cuantitativo es más importante que lo cualitativo, en que la razón es más valorada que la consciencia, y en que los grandes avances tecnológicos nos encandilan al punto de hacernos olvidar la gran pregunta de todas las épocas: ¿cuál es el sentido de la vida? Para encontrar la respuesta, el autor postula  “la visión espiritual” que subyace a todas las grandes tradiciones y de la cual los sabios de todos los tiempos han dado cuenta.

Para fundamentar su punto, al autor presenta una cantidad formidable de citas de pensadores, científicos, filósofos y santos que incluyen los antiguos textos védicos, los neoplatónicos, el Corán, los Evangelios, los místicos cristianos, enseñanzas del judaísmo, estudios médicos, expertos en física y biología, monjes budistas, mahātmas hindúes e incluso intelectuales ateos. Sobre esto, alguien ha dicho que el libro es en sí mismo una “biblioteca” y en eso recuerda al famoso Lámparas de fuego de Joan Mascaró, aunque El científico y el santo tiene una línea argumental mucho más elaborada y la presencia del autor es más tangible. Solo teniendo en cuenta la gran cantidad de trabajo y dedicación para compilar y ordenar el material del libro, este merece un elogio.

Si bien yo soy, al decir de Umberto Eco, “lector modelo” para este libro y, por tanto, muy receptivo a su perspectiva, lo que más me ha sorprendido al leer las primeras dos secciones (Visiones del mundo y La visión científica del mundo) es cuan arraigado estoy, sin ser consciente de ello, en el paradigma materialista, especialmente con ideas consideradas irrevocables como el Big Bang, la teoría de la evolución o la implícita desvalorización de “pseudo-ciencias” como la parapsicología (por más que uno crea en los siddhis yóguicos, curiosamente).

Desde este punto, el libro ha sido para mí muy útil generando reflexión y ofreciéndome un espejo para darme cuenta de mis creencias, muchas de ellas subrepticias y ¡contrarias a la opinión – “espiritual”- que yo tengo de mí mismo! Imagino que para otros lectores este efecto también es muy posible y, por ende, el libro ya justifica su kilogramo de papel.

Justamente, más que de ciencia el libro pretende hablar de filosofía de la ciencia, es decir, de la base filosófico-metafísica en que se basa (muchas veces inconsciente y axiomáticamente) la ciencia. Aunque los profanos como yo no lo sepamos o no lo veamos, muchos de los paradigmas aceptados como dogmas científicos (incluida la “física newtoniana” por ejemplo) no son más que especulaciones cambiantes (de ahí que la física cuántica sea el paradigma emergente).

Lo grave es que se trata de paradigmas materialistas que, por ejemplo, reducen la existencia del ser humano “a la conducta electroquímica de las neuronas y sus conexiones” o el papel del planeta al de un objeto sin vida que debe ser explotado. Sin darse cuenta, uno muchas veces participa y alimenta estos dogmas que están bien infiltrados en la educación, los medios de comunicación y la cultura modernas.

Al mismo tiempo, la mayoría de conceptos que se ofrecen en el texto sobre la “visión espiritual” me son familiares y entonces el gran beneficio que me aporta el libro es proveerme de herramientas argumentativas y teóricas para justificar dicha visión desde una base sólida, “científica” si se puede decir así, y con fuentes rigurosas.

Hablando de argumentos, los temas más técnicos del ámbito científico, relacionados con física o biología por ejemplo, están muy claramente explicados para profanos como yo, haciéndolos muy sencillos, con citas y ejemplos transparentes; a la vez que creo que dejan muy patente cuáles son las fallas o virtudes de cada una de las teorías tratadas y el porqué de su necesidad, o no, de cambio.

La sección tercera del libro – La consciencia – en que se explica la existencia de la consciencia como una entidad separada de la mente y de los procesos cerebrales es vital para entender el libro y su perspectiva y también para comprender, en realidad, la existencia humana y universal en general. Esa sección es el eje del libro y creo que la información que allí aparece puede ser, para quien aún no la sepa o no la tenga integrado, una experiencia reveladora o, como dicen en inglés, a life-changing experience.

Cuando se entra en la sección titulada La consciencia en el pensamiento indio, para mí el libro se convierte en un deleite pues me siento en mi salsa, y aunque es posible que a los lectores pocos familiarizados con la filosofía índica les pueda parecer algo técnico yo creo que está explicado de forma clara e impecable.

Más adelante, en el capítulo La religión, las religiones me pareció muy valiente y lúcida la reivindicación que hace Avinash Chandra de la existencia de la religión y su rol positivo. Obviamente su exposición se contrapone al discurso más difundido actualmente que achaca a la religión todos los males (como las guerras y el fundamentalismo, por ejemplo) y que se inclina hacia la dicotomía de espiritualidad versus religión y justamente por ello es bienvenida y estimulante.

Para el autor, la religión bien entendida (donde prevalece “el espíritu antes que la letra” o “el fondo sobre la forma”) “es el caldo de cultivo de la espiritualidad, y a falta de esta la espiritualidad puede quedar, o bien en un espejismo vacío o, en el mejor de los casos, coja”. Me parece bien que alguien serio muestre todo lo positivo que ha aportado y puede aportar la religión y que, sobre todo, lo haga con argumentos rigurosos, de forma que si uno quiere puede usarlos para explicar su visión – que muchas veces es intuitiva – ante un interlocutor escéptico.

La sección final del texto – El Laberinto – me ha gustado especialmente. El capítulo La muerte es más que interesante, ya que tocar el tema de la vida después de la muerte es fundamental desde una visión espiritual. El autor nos adentra en las famosas pero ni siempre prestigiosas Experiencias Cercanas a la Muerte desde una perspectiva científica y aparte de ofrecer datos muy reveladores, me agrada el hincapié que hace en la idea de que la muerte no es siempre bella (ni siempre horrible) sino que depende de la vida que uno haya vivido.

Luego, el capítulo titulado El mal es un tema bien actual y universal que es muy pertinente de abordar ya que es el argumento más usado por los ateos para explicar la inexistencia de una Inteligencia superior. Lo bueno es que el texto despeja dudas para esas preguntas que todos nos hacemos (o nos hemos hecho) sobre la aparente injusticia del mundo o las ideas de un Dios imperfecto.

El último capítulo – Salir del laberinto – es muy bueno e inspirador. Un gran cierre para el libro en donde, además de comprometerse del todo dejando muy clara la línea editorial, Avinash ofrece, sin aires de maestro espiritual, algunas soluciones o ideas generales sobre qué hacer para salir de la situación actual en la que algunos dogmas de la ciencia nos impiden girar la mirada hacia la consciencia que todo lo impregna.

Mi conclusión es que, primero, El científico y el santo es un recurso muy valioso de conocimiento sobre ciencia y espiritualidad que cubre un amplio rango de tradiciones. Su lectura, además de proveer muy buen conocimiento teórico, tiene el efecto – al menos esa es mi experiencia – de promover la reflexión sobre las propias creencias y entender de forma más amplia y argumentada el rumbo materialista y hedonista que ha tomado el mundo.

A la vez, el libro ofrece cuantioso material fiable sobre la Verdad o filosofía perenne, que es la base de una vida humana con sentido y que, aunque uno ya sepa del tema, le sirve para reconectar y fundamentar mejor su punto de vista espiritual, religioso o incluso científico. Para leer esta obra no hay que ser científico ni necesariamente ser alguien “espiritual”, aunque ambos casos se sentirán muy aludidos con el texto, pues se ofrecen argumentos muy firmes para afianzar en sus creencias a las personas espirituales, a la vez que se presenta la visión espiritual de forma racional.

La intención del autor es, además, hacer pensar a quienes intuyen que “hay algo más” pero que necesitan buenos argumentos para así torcer la balanza hacia el lado espiritual.

Como detalle extra, la imagen de portada me parece hermosa. Felicito grandemente a Avinash Chandra por tan arduo trabajo y por haber llevado a término este proyecto de muchos años, que tiene un objetivo desinteresado y loable: el de hacernos reflexionar sobre la forma en que vivimos como sociedad y el de hacernos volver la mirada a las verdades eternas que los grandes hombres y mujeres de la historia siempre han conocido de primera mano.

Espero realmente que este libro sea beneficioso para muchas personas y que contribuya a mejorar la visión de nuestra sociedad moderna.

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La SGAE y su destino en Kali Yuga

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En todos los países hay asociaciones que se encargan de velar por los derechos de autor de los artistas, en sus diferentes modalidades. En Argentina existe SADAIC y Argentores, por ejemplo, en Estados Unidos ASCAP y en España la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores). Por lo que recuerdo, siempre ha habido pequeños conflictos con estas entidades, pues su función es cobrar por la utilización del contenido creado por sus afiliados. De esta forma, si uno organiza una boda y pone música para bailar es casi seguro que estará utilizando el contenido de algún miembro de la asociación pertinente y, por tanto, deberá pagar.

Con la masificación de internet, las posibilidades de descargar y copiar contenidos artísticos se ha incrementado y el antiguo sistema basado en el copyright y su cobro, se tambalea. Cada país y cada entidad idean las soluciones que les parecen más convenientes ante este cambio de paradigma y, a este respecto, en los últimos años la SGAE es noticia en España por su defensa a ultranza de los derechos de autor. Una defensa que muchos juzgan excesiva, sobre todo teniendo en cuenta hechos, no aislados, como la intención de cobrar derechos a peluquerías por tener la radio encendida y, por tanto, utilizarla con fines de lucro para mejorar el nivel de su negocio.

La impopularidad de la SGAE en España ha crecido al mismo ritmo vertiginoso de la tecnología digital y de las redes sociales, sumado a las declaraciones poco felices que hacen con frecuencia sus directivos y también a acciones discutibles como, por ejemplo, pretender cobrar el 10% de la recaudación de un concierto a beneficio de las víctimas del terremoto de la localidad murciana de Lorca.

Dada la complejidad del tema y en busca de alguna pista, yo me pregunto, ¿cómo se han de juzgar los derechos de autor y la SGAE bajo la lupa de las enseñanzas espirituales?

Dinamismo

Hay variadas posturas sobre el tema de la propiedad intelectual, y entre los que abogan por la ‘libre circulación de contenidos’ hay un cierto consenso en que los autores de dicho material deben ser remunerados de alguna forma. No se discute tanto el derecho de autor sino la forma en que este se aplica, a través de unas leyes que están quedando anacrónicas con las nuevas tecnologías y cuya aplicación busca más el beneficio de las compañías intermediarias (discográficas, editoriales, distribuidores de cine…) que de los artistas en sí.

Parece innegable que, al igual que siempre ha sucedido, los tiempos están cambiando y, como es natural, muchos nos negamos a aceptarlo. Cuando los telares mecánicos reemplazaron los telares manuales, los antiguos operarios se quejaron por miedo al futuro, cuando apareció la televisión, la radio creyó que moriría; cuando apareció el VHS, los cinematógrafos auto-declararon su apocalipsis; cuando apareció internet, el papel vio su inminente final… En algunos casos las reacciones fueron exageradas, en otros, efectivamente, un elemento nuevo reemplazo al antiguo, una forma nueva reemplazo a otra que quedó obsoleta.

Al parecer esta es la ley del universo y de la naturaleza, que son dinámicos y están en continuo movimiento. ¿Por qué, entonces, no pasaría lo mismo con los hábitos sociales y culturales? ¿Qué sentido tiene negarse a lo inevitable? Al respecto, conocemos ejemplos llenos de clichés, como que el idioma español (y otras lenguas románicas) era considerado en su momento una deformación del latín, algo ante lo que se retorcían los puristas, y sin embargo ahora es considerada una lengua en toda ley ante la que, por supuesto, los puristas de hoy se retuercen al sopesar las posibles modificaciones del lenguaje canónico.

Según se desprende de la historia y de los hechos, el mundo es cambiante y por tanto es inútil intentar aferrarse a una imposible permanencia de las ‘cosas’. De todos modos, como es sabido, todos lo intentamos, yendo en contra del cauce natural de la vida. Sin adentrarme más en cuestiones existenciales, ¿podría ser este un argumento suficiente para que la SGAE cambie su punto de vista?

Modelo de negocio

Evidentemente, los ‘autores de contenidos’ deben ser remunerados si uno pretende seguir disfrutando de arte profesional (sobre todo música y películas, los ámbitos más ‘amenazados’), pues me parece justo que cada uno cobre por lo que sabe hacer, incluso si se trata de un bien inmaterial y colectivo como la ‘cultura’. De todos modos, lo que está cambiando es la forma en que se sostiene económicamente ese negocio de la cultura y el arte.

En el pasado muchos artistas eran mantenidos por un mecenas; con la masificación de la cultura en el siglo XX entraron en escena los intermediarios entre el artista y el público y así aparecieron compañías discográficas, estudios de cine, empresas editoriales; con la aparición y difusión de internet los intermediarios empiezan a perder peso y se impone la necesidad de cambiar el modelo de negocio.

Muchos artistas, sobre todo músicos, optan por poner su material en la web, al alcance de todos, facilitando un proceso que, en todo caso, es inevitable. Sobre todo los artistas emergentes aprovechan internet para darse a conocer, confiando en la ley física que dice que toda acción tiene una reacción equivalente y, por ende, si uno da, recibe.

Esta ley newtoniana no es más que un reflejo de una verdad espiritual que tiene muchas variantes (‘se recoge lo que se siembra’; ‘todo lo que va, vuelve; ‘ley kármica’), pero que de todos modos no siempre es tenida en cuenta. La espiritualidad hace hincapié en que para obtener más, hay que dar más. Y esta idea no se basa únicamente en el aspecto de la ‘satisfacción espiritual’, es decir, en que uno se siente más lleno cuando da o cuando ayuda.

No es sólo eso. La ley espiritual también repercute en cuestiones prácticas, y no es difícil buscar ejemplos en la vida propia que demuestren que cuando uno da, recibe. Y con más razón, cuando no da, pierde.

Yugas

En la cosmología hindú se habla de cuatro yugas, es decir de las diferentes ‘eras’ que estructuran el universo. Se trata de un proceso cíclico que tiene diferente duración según cual sea la fuente consultada. Algunos textos hablan de 12.000 años de duración ascendente y otros 12.000 años descendentes, entendiéndose por esto que las cualidades y virtudes de los seres que habitan el mundo pasan del estado más inferior al superior y viceversa. Según otras fuentes, quizás las más aceptadas a día de hoy, la duración de todo un ciclo ascendente o descendente es de 4.320.000 de años, o sea, un número que es más difícil de asimilar.

Dejando de lado la duración, es importante entender que hay cuatro yugas, a saber: Satya yuga (también llamada Krita yuga), que es la más elevada, equiparable a la ‘edad de oro’, donde los seres viven por cientos de años y donde la virtud es absoluta. Le sigue, en orden descendente, Treta yuga, donde la virtud decae en parte y comienzan a surgir pecados como la falsedad y el fraude. Equivaldría a una ‘edad de plata’. Luego llega Dvapara yuga, donde la virtud ocupa sólo la mitad del panorama, compartiendo lugar con las malas cualidades. La vida de los seres es cada vez menor. Equivale a la ‘edad de bronce’.

Finalmente, tenemos Kali yuga, donde la virtud ocupa apenas una cuarta parte del total. Los seres humanos viven menos, su altura es menor y sus opciones de salvarse de la eterna rueda de reencarnación (samsara) son bajas. Sería el equivalente a la ‘edad de hierro. ¿Alguien se atreve a adivinar en qué era nos encontramos actualmente?

Acertaron, estamos en Kali yuga, que literalmente quiere decir la ‘edad oscura’. Pero no desesperen, pues incluso en el peor de los tiempos hay prácticas que sirven para elevar espiritualmente al ser humano y recordarle su naturaleza esencial.

Código de Manu

El Manavadharmasastra, también conocido como Código de Manu o Leyes de Manu, es un antiguo texto sánscrito de la India que explica las reglas a seguir para la sociedad y sus diferentes clases de individuos. A Manu se le considera, además de un sabio, como el progenitor de la humanidad (una especie de Adán). Gran parte de lo que se explica en el texto sigue teniendo vigencia en la India actual, ya que el punto central de la enseñanza es el dharma, o la ley universal.

De esta forma, en un pasaje del código, Manu habla de las cuatro yugas y enumera cuáles prácticas son las adecuadas para cada yuga en particular:

tapah param krtayuge tretāyām jñānam ucyate                                                                                                                                        dvāpare yajñaevāhurdānamekam kalau yuge (1.86)

Haciendo traducción muy libre se podría decir que en Krita yuga la principal virtud a realizar es tapas, es decir la realización de austeridades, de prácticas ascéticas.

En Treta yuga se dice que es jñanam (o guianam), el sendero del conocimiento.

En Dvapara yuga, por su parte, se dice que es la realización de sacrificios, en el sentido de oblaciones y rituales.

Finalmente, en Kali yuga, la virtud a llevar a cabo es únicamente la liberalidad.

A primer golpe, esta palabra ‘liberalidad’ no me deja un significado tan claro, aunque buscando en la RAE, la definición es contundente: “Virtud moral que consiste en distribuir alguien generosamente sus bienes sin esperar recompensa”. Asimismo, entre los sinónimos de la palabra se encuentran ‘generosidad’ y ‘desprendimiento’.

Liberalidad

Se dice que cuando el Señor Krishna abandonó esta Tierra luego de la batalla que se cuenta en el poema épico del Mahābhārata, ese fue el final de Dvapara y el inicio de Kali yuga. Coincidentemente, la gran enseñanza de Krishna, expresada en la Bhagavad Gita, y destinada a ser útil durante Kali yuga, trata de cómo actuar sin esperar los frutos, de cómo cumplir el propio deber sin importar la recompensa.

Es verdad que en la ‘era oscura’ en la que al parecer nos encontramos, muchos maestros espirituales han dado recetas para elevar al ser humano. La devoción a lo Divino es una de las fórmulas más difundidas, por considerarse más plausible para una sociedad que está muy identificada con su cuerpo y sus emociones.

Por otra parte, el cumplimiento del propio rol, por el deber en sí mismo, sin esperar el fruto, es también otro camino. El dar de manera desprendida, de acuerdo a la ley natural, aceptando que intentar aferrarse a lo impermanente es de necios, es otra forma de explicar lo mismo.

Dicho todo esto, si hemos de juzgar a la SGAE según el antiguo Código de Manu, podemos intuir, sin ser grandes filósofos, que en esta Kali yuga lo tienen bastante complicado para salvarse. Aunque siempre están a tiempo, claro.

La práctica espiritual de Omkār

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En un post de hace dos años expliqué, con mi finito entendimiento y de manera poco académica, algunas aspectos de la vibración de la sílaba sagrada OM, también conocida como Aum. Por otro lado, hace poco, en clase de sánscrito, supe de un verso del Chandogya Upanishad (uno de los más antiguos Upanishad, que son textos sagrados que explican la filosofía espiritual contenida en los Veda) que habla de Om:

“omkāra evedam sarvamomkāra evedam sarvam” (2.23.3)

El verso, uno entre muchos que define el Om en las antiguas escrituras hindúes, repite la misma simple sentencia: ‘Om ciertamente (es) este todo’.

Por ‘este todo’ se entiende el mundo entero, o más bien el universo. El término omkār, por su parte, se utiliza como sinónimo de Om, pues etimológicamente significa ‘la realización de Om’.

La explicación filosófica de cómo el universo surge de un sonido primordial (Divino dirán algunos) no es única del hinduismo, como lo muestra el clásico ejemplo del Evangelio de San Juan en el cristianismo:

“En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios (…) Todo llegó a ser por medio de ella; y sin ella nada se hizo de cuanto fue hecho”. (1:1-3)

Más allá de estas cosmogonías sonoras, lo que me interesa resaltar en esta crónica es la posible utilización práctica de Omkār, es decir, su uso cotidiano, una idea que me vino a la cabeza después de leer un antiguo discurso de Swami Premananda.

Shakti

Decir que se me ocurrió una idea es pecar de exagerado, ya que simplemente leí el discurso de Swami y decidí ponerlo en el blog para que todos puedan leerlo, aunque, eso sí, con un mínimo de contextualización de mi parte. En el libro Premananda satsangs Vol. I, encontramos este fragmento de un discurso titulado ‘Shakti’, dado por Swami en 1995:

“En la antigüedad se meditaba repitiendo OM, la sílaba sagrada que representa el sonido primordial de la creación. Así como esta fuerza es llamada Adi Para Shakti (la energía suprema original), también es llamada Om Shakti“.

En la filosofía espiritual de la India, por shakti se entiende la energía dinámica que se encarga de dar forma a todo lo que percibimos en este mundo; o sea, es el aspecto femenino de la energía que pone en acción el poder latente y absoluto de la energía masculina. Es en este sentido que Swami relaciona el Om con la shakti suprema original.

A un nivel más físico, Swami continúa:

“Cuando uno repite OM para sus adentros, o bien externamente, despierta la shakti conocida como kundalini en nuestros cuerpos. Esta energía duerme en la base de la espina dorsal. Repitiendo OM con sentimiento verdadero y profunda concentración podemos despertar las fuerzas divinas en nuestros cuerpos y traerlas hacia arriba hasta la cima de la cabeza. Este proceso debe llevarse a cabo con sumo cuidado y sólo bajo la guía de un Maestro genuino”.

Aquí, Swami hace referencia al despertar de la energía Divina que hay dentro de cada ser humano, una energía (llamada kundalini) que se dice yace en el mūlādhāra chakra, el punto energético en la base de la columna y que, con la práctica espiritual, asciende gradualmente hasta el sahasrāra chakra, en la cima de la coronilla. Swami agrega:

“Con la continua práctica espiritual sincera de esta manera, el sonido de OM y su extraordinaria vibración se mezclarán con la sangre de nuestros cuerpos. A través de la respiración lenta que se requiere para realizar Omkār, la divinidad circula con la sangre por el cuerpo. Llega al corazón y lo hace palpitar con una vibración divina. OM debe circular dentro de ti. Es por ello que no debes repetir OM deprisa. La profunda y prolongada respiración entre cada repetición de OM es sumamente importante sin duda”.

Esto me recuerda al encuentro que tuvimos mis padres y yo con Swami, en que hablando del Gayatri mantra nos dijo que “el mantra debe tener OM”, refiriéndose no sólo a la sílaba sagrada, sino a la vibración de su correcta repetición.

De la misma, en los cursos de meditación Prema Dhyanam, es decir la meditación basada en las enseñanzas de Swami, también se hace hincapié en ese breve lapso que separa cada Om, donde se puede sentir toda la energía despertada por la repetición previa.

9 veces

En el Sri Premananda Ashram de la India cada mañana, a las 5am, se realiza un abishekam al Señor Ganesha. Una vez finalizado el ritual, la persona a cargo se dirige afuera del templo para lanzar contra el suelo uno de los cocos ofrecidos a la deidad. Se trata de una tradición antigua, que se aplica al dios con cabeza de elefante, y que se resume en que en cuantos más trozos sea partido el coco, más auspicio será considerado el ritual (o lo que se haya pedido en él).

Durante el tiempo que lleva a la persona correspondiente salir del templo, partir el coco y regresar, los asistentes hacen una práctica de Omkār, repitiendo en voz alta y conjuntamente la sílaba Aum nueve veces. De todos modos, sin necesidad de hacerlo a las 5am o de romper cocos, cualquier persona puede probar esta práctica espiritual en su casa y ver si algunas de las palabras citadas de Swami se aplican a su caso personal.

En lo relativo a cuantas veces se ha de repetir el Om, según el hinduismo hay varios números propicios, pero algunas de las opciones clásicas son 3, 9, 21 o 108. Yo diría que es mejor empezar por un número bajo y hacer la prueba.

Está claro que no hay nada que perder (más allá de algún retazo de pudor), aunque sí varias opciones por ganar, entre ellas, aclarar la garganta, vibración Divina, mejor circulación sanguínea y paz interior. Nada mal.

Los vericuetos del apellido Gandhi

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En este blog he hablado repetidas veces de Mahatma Gandhi, la última de ellas en relación a las manifestaciones ‘indignadas’ de España. Todas las veces que he citado a Gandhi, a lo largo de los 3 años que lleva esta bitácora digital, ha sido con un objetivo espiritual más bien que enciclopédico; es decir, resaltando sus enseñanzas espirituales y su ejemplo de vida para argumentar alguno de mis relatos.

La validez del pensamiento gandhiano (como la de cualquier otro pensamiento) no reside en dónde nació, qué estudió o cuándo murió, sino en la visión actualizada y empírica que presentó al mundo sobre el triunfo del amor sobre el odio. Siempre se debate si la vida y la obra de cualquier gran personalidad deben juzgarse de forma separada o no. En el caso de Gandhi, no hay polémica: su vida y su obra van de la mano, en armonía, haciendo en ocasiones difícil diferenciarlas.

De todos modos, como es normal, todas las personas nos interesamos, en cierta manera, por los detalles más ‘superficiales’ de los demás, sobre todo si son personalidades. Es por ello que, acicateado en mis propias dudas, e intentado desmontar algunas creencias generalizadas, he pensado en hacer unas simples y resumidas aclaraciones sobre Gandhiji, su nombre y su linaje.

Cuatro varones

Mohandas Karamchand Gandhi nació en 1869 y, junto a su esposa Kasturbai, tuvo cuatro hijos, todos ellos varones. Por ende, no tuvo ninguna hija. Ya sé que lo que estoy diciendo es una conclusión obvia, pero hago la aclaración porque probablemente a muchos les suena el nombre de Indira Gandhi.

Indira Nehru, tal era su nombre original, nació en 1917 y era hija de Jawaharlal Nehru, una de las figuras políticas principales del movimiento independentista indio, líder del Partido del Congreso y amigo cercano del Mahatma. Por su parte, en 1947, Nehru padre se convirtió en el primer primer ministro (perdón por la cacofonía) de la India independiente hasta su fallecimiento en 1964.

Para entonces, su hija Indira ya había entrado en el mundo de la política y su apellido había cambiado. Debo decir que, hasta hace poco, yo creía que ese cambio se debía a una especie de homenaje que había hecho Nehru padre al Mahatma. Pues nada de eso. Los hechos son mucho más prosaicos. Resulta que la joven Indira Nehru se casó con un político y periodista indio llamado – nada más ni nada menos – Feroze Gandhi. Feroze era de ascendencia parsi y su familia no tenía (ni tiene) ningún vínculo sanguíneo con la familia del Mahatma.

Ante esta precisa conjunción del destino uno se pregunta, ¿no es demasiada casualidad?

Fragante

Siempre gracias a mis clases de sánscrito me enteré de que la raíz gandh significa ‘perfumar’, y por tanto la palabra gandhi es un adjetivo que se puede traducir como ‘perfumado’ o mejor aún, ‘fragante’.

Como es sabido, en todas las lenguas encontramos el fenómeno de que el significado original y literal que podían tener ciertos apellidos se pierda en detrimento de su nueva función ‘etiquetadora’. De todos modos, es verdad que apellidarse ‘fragante’ no está nada mal, sobre todo en el caso del Mahatma, que quedaría como ‘gran alma fragante’.

Más allá de esta feliz coincidencia en la traducción, al parecer, en la India, el apellido Gandhi es mucho más normal de lo que me imaginaba. Puede que no sea el más común, pero tampoco se trata de un apellido raro y, por tanto, es normal que existan varias personas con este ilustre nombre de familia, sin tener relación sanguínea con los linajes Nehru o Gandhi, en las dos vertientes ya vistas.

Teniendo en cuenta que Indira fue la única hija de Jawaharlal Nehru, el apellido del patriarca quedó fuera de los focos gubernamentales de la India, aunque no su sangre. Indira (cuyo esposo ya había fallecido en 1960) fue la primera y única mujer elegida como primer ministro de la India, cargo que ostentó entre 1966 y 1977, para luego regresar, después de una serie de altibajos político-judiciales, al mismo puesto entre 1980 y 1984, año en que murió asesinada por dos miembros de su guardia personal.

Al morir, Indira ya había dejado como heredero en la arena política a uno de sus dos hijos, de nombre Sanjay Gandhi.

Indira Gandhi con su hijo menor, Sanjay

Saga

Sanjay, el menor de los dos hijos, empezó a participar activamente en política a mediados de los ’70, coincidiendo con la crisis que enfrentaba el gobierno presidido por su madre. En 1980, ya miembro del Parlamento, Sanjay murió en un accidente aéreo, cuando el avión que él mismo tripulaba se estrelló durante una sesión de prueba, en Nueva Delhi.

Fue entonces cuando el primogénito, Rajiv Gandhi, que había decidido hacer una vida alejada de la política y era, irónicamente, piloto profesional de Indian Airlines, se convirtió en el reemplazante de su hermano en el entramado del Partido del Congreso. Eventualmente, cuando Indira fue asesinada en 1984, Rajiv se erigió como el candidato natural para reemplazarla al frente del Gobierno. De esta forma, ganó las elecciones y con 40 años se convirtió en el más joven primer ministro de la India post-colonial, ejerciendo entre 1984 y 1989.

Fiel a la aciaga suerte de la familia, Rajiv Gandhi murió en 1991 asesinado por una extremista suicida de los Tigres de la Liberación Tamil, una organización que reclamaba un estado tamil independiente en Sri Lanka, como reacción a la mayoría cingalesa. Por otra parte, esta especie de guerra civil que se inició a fines de los ’70 en Sri Lanka, llena de disturbios étnicos, fue el motivo principal de que Swami Premananda se trasladara a la India en 1983, como alguna vez relaté aquí.

Rajiv Gandhi

Cuando Rajiv Gandhi murió, el Partido del Congreso invitó a su esposa, Sonia Gandhi, a liderar el partido.

La historia peculiar de Sonia Gandhi reside en que su nombre de nacimiento es Edvige Antonia Albina Maino, y sobre todo, en que es italiana. Ella conoció a Rajiv en Inglaterra en los años ’60 mientras ambos eran estudiantes (y ella, además, camarera). Se casaron en 1968 y Sonia siempre mantuvo un perfil bajo alejado de la política, incluso cuando su esposo era primer ministro.

Sólo en 1997, ante el repetido pedido del partido, decidió dedicarse por completo a la política como líder del Partido del Congreso, puesto que todavía ocupa.

Al mismo tiempo, el primer hijo que tuvieron con Rajiv, llamado Rahul Gandhi, de 40 años, también está involucrado en política, continuado así con una saga de gobernantes que comparten la misma sangre y la militancia en el Partido del Congreso, la facción política que ha gobernado la India de forma casi permanente desde la independencia, con sólo tres intervalos (1977-80 / 1989-1991 / 1996-2004).

Sonia Gandhi

Caprichos

El Partido del Congreso, dirigido por Mahatma Gandhi a inicios de los años ’20, símbolo fundamental de la independencia de la India, también ha sufrido el paso de los años y su prestigio ya no es el de antaño. El hecho de que la dirección del partido haya estado, durante estos 65 años de la era post-independencia, siempre bajo un miembro de la familia Nehru-Gandhi es uno de los motivos.

Más allá de si uno está de acuerdo o no con las iniciativas políticas de Sonia Gandhi y su partido, lo seguro es que poco queda, más allá de lo simbólico, de aquella relación estrecha con el Mahatma Gandhi, inspirada en la no-violencia, la renuncia y la Verdad.

Qué caprichoso es el destino, pienso nuevamente, que eligió darle a esta dinastía gubernativa el apellido del hombre más reconocido de la India. ¿O es que quizás habrá algo más? ¿Alguna razón kármica?

No tengo la respuesta. Insondables son los vericuetos del destino, supongo.

Violencia es mentir

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Esta mañana encendí mi ordenador y vi la noticia de que la policía catalana (los Mossos d’esquadra) estaba desalojando la Plaça Catalunya de Barcelona, centro de operaciones de la acampada de los ‘indignados’, con la excusa de ‘motivos de salubridad’. Lo que más me impactó del evento fue la violencia con que la policía se dirigía a los manifestantes (vídeo aquí), incluso cuando estos últimos se resistían a abandonar la plaza de forma pacífica.

Si bien es verdad que estas imágenes de choques entre manifestantes y policías las había visto cientos de veces en los medios, la cercanía geográfica y emotiva de las protestas barcelonesas me afectó con mayor fuerza. Una vez más, lo que sobre todo me impactó es el hecho de que la policía golpeara a manifestantes que no hacían nada, más que estar con los brazos en alto o simplemente gritar consignas contra la acción policial.

Más allá de que uno pueda estar a favor o en contra de esta manifestación y sus razones, más allá de que (según dicen algunos, lo cual es muy debatible) todas esas personas sean hippies, holgazanes, okupas o anti-sistemas, no entra en mi cabeza que la policía, que se supone debería proteger a los ciudadanos, golpee sin vergüenza con sus porras a personas que están en el suelo indefensas, o que simplemente hacen ‘resistencia pasiva’.

Nuestro amo juega al esclavo

Cuando era adolescente me hice fanático de la popular banda argentina de rock Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, que amén de su peculiar nombre, fue el grupo de rock más masivo de los años ’90, convirtiéndose en un mito después de la separación de sus miembros. Los Redondos se caracterizaban, entre otras cosas, por sus letras crípticas y bastante profundas (en la medida en que uno pudiera descifrarlas, claro), y hubo muchas frases que hicieron mella en mi mente juvenil.

De todos esos mensajes, hay uno que me gusta mucho y que me vino a la cabeza, una vez más, al ver los eventos tristes de la acampada en Barcelona: ‘Violencia es mentir’.

Este aforismo se encuentra en la canción Nuestro amo juega al esclavo, del disco Bang! ¡Bang!! .. Estás liquidado, y no soy yo el primero en utilizarlo para explicar la dinámica de ‘patas cortas’ que tiene la violencia en todos los ámbitos.

Si bien el debate sobre las enigmáticas letras ‘ricoteras’ está todavía vigente en Argentina, la trasparencia de la idea ‘violencia es mentir’ es, para mí, absoluta. Y no sólo eso, sino que se trata de un pensamiento muy profundo, al menos desde el punto de vista védico.

As / Sat

Es bueno recordar que los Veda, las escrituras sagradas del hinduismo, fueron compuestos en lengua sánscrita y todas las palabras ‘técnicas’ que se utilizan a día de hoy para explicar la filosofía espiritual y la religión de la India mantienen ese origen.

A este respecto, el vocablo sánscrito sat es traducido, de manera generalizada, como ‘verdadero’. En lengua sánscrita, la raíz verbal as significa ‘ser, existir’. De esta forma, asmi, por ejemplo, es ‘yo soy’.

Yo, que gracias a María Elena Sierra, mi profesora de sánscrito, he aprendido muchas nuevas cosas, puedo ahora decir que sat es el participio presente de as, y por tanto significa, literalmente, ‘existente’.

¿Por qué, entonces, se traduce como verdadero? Pues, desde el punto de vista de la filosofía espiritual védica se considera existente únicamente a aquello que no es perecedero, ergo eterno. Todo aquello que muere, que perece, que tiene un final, es considerado falso, ya que forma parte del llamado velo de maya, de la ilusión cósmica, del mundo fenoménico que se pone frente a nuestros ojos espirituales para hacernos creer que la materia es más que el espíritu.

Por tanto, sólo aquello que es eterno, duradero, que no tiene nacimiento ni muerte (como el alma o, para los que quieran decirle así, la Divinidad), puede considerarse verdadero.

Si desde esta perspectiva la mayoría de lo que experimentamos superficialmente en el Universo es falso, entonces, con más razón, la violencia es claramente falsa. La violencia es impermanente y, por ende, una mentira, porque sólo puede considerarse verdadero aquello que nos da felicidad permanente e incondicionada.

Puede haber discusiones y debates filosóficos sobre qué es lo que otorga esta felicidad permanente (algunos lo llaman Dios, otros ‘encontrarse con uno mismo’, otros Amor universal…), pero lo seguro es que la violencia, de cualquier índole, no entra en esta categoría.

Resistencia pasiva

En su lucha por la independencia de la India, y salvando las distancias, Mahatma Gandhi utilizó tácticas similares a las utilizadas por los manifestantes indignados de Barcelona, es decir, desobediencia civil y resistencia pasiva y pacífica. A Gandhi y a sus seguidores también les pegaron y les encarcelaron, ya que parece que no siempre alcanza con ser pacífico para evitar la violencia.

Sobre esto, Gandhi siempre sostuvo que la fuerza del amor puede vencer a la del odio, y llevando su tesis de amor a la humanidad al extremo dijo: “Si la pérdida de la vida se hace necesaria en una batalla justa, uno debe estar preparado para derramar su propia sangre, y no la de otros. De ese modo, finalmente habría menos derramamiento de sangre en el mundo”.

Con esto no quiero insinuar que haya que perder la vida por la acampada de Barcelona, sino que la historia demuestra que no siempre es tan sencillo como levantar los brazos en son de paz para así tranquilizar a las fieras.

Pero eso no significa, nunca olvidarlo, que la violencia sea verdadera.

La ‘indignación’ espiritual

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Probablemente han leído que en la última semana, en España, se puso en marcha un movimiento social denominado como 15-M (en referencia al día de la primera manifestación) o de los ‘indignados’. Se trata de personas que reclaman y protestan ante el status quo político, económico y social en todas sus facetas, con el entramado político y bancario como las cabezas más visibles de un sistema que beneficia a muy pocos en perjuicio de la mayoría.

Se dio la coyuntura de que hubiera elecciones autonómicas y municipales el 22-M, motivo por el cual la ‘indignación’ popular tomó mayor protagonismo en los medios masivos de comunicación, que por cierto son otros de los grandes cuestionados por los manifestantes. Las elecciones en España pasaron y no hubo grandes cambios en los resultados que ya se preveían desde hace semanas, pero las voces de protesta no tenían una intención directa y particular sobre las votaciones, sino que buscan despertar algún tipo de consciencia en el ‘pueblo’.

El ‘pueblo’ (esa palabra tan amada por lo revolucionarios, que ahora casi carece de sentido) es heterogéneo y por tanto tiene muchas demandas, muchas preocupaciones, con frecuencia difíciles de congeniar entre sí, pero en esta Spanish revolution se ha logrado una unidad esencial con el objetivo de expresar una idea popular fundamental: Basta.

Plaça

Entre los asistentes que vi personalmente en la Plaça Catalunya de Barcelona este fin de semana, había de todo, incluyendo diferentes edades, colores y motivaciones. Más allá de cada interés personal, la consigna popular es la de reclamar a quienes gobiernan y deciden (es decir, el poder político y económico) que cumplan su rol de forma ética, correcta y digna.

Salvo un periodo de mi época universitaria, yo nunca he tenido interés en la cuestión política, basado, más que nada, en la idea que sostiene que la propia felicidad no depende de otros, y mucho menos de quien gobierna o no, mi país o ciudad. La extendida práctica de culpar a los gobernantes de todos los males, siempre me ha parecido un simplismo, y en muchos casos una forma generalizada de dar la culpa ‘a los demás’, sin utilizar la autocrítica o la voluntad de cambio personal.

Todo lo anterior lo sigo pensando, y no creo que un gobierno u otro puedan cambiar esencialmente mi vida, sobre todo a nivel interno, que es lo que realmente me interesa. De todas formas, sí me parece que los límites aceptables de desvergüenza, impunidad y manipulación fueron cruzados hace bastante por la clase de política en general (en todas partes) y me parece justo reclamar porque las “cosas sean como deberían ser”.

A su vez, creo que cada persona tiene un rol y que aquellas que son líderes (en este caso políticos) tienen que reunir, a priori, ciertas características que no poseen todas las personas, y por tanto es erróneo el difundido pensamiento de “cualquiera podría hacerlo mejor”. No cualquiera puede ser líder, porque ser un buen líder implica muchas obligaciones y responsabilidades.

Rey

Hasta su independencia en 1947, en la India siempre había existido la figura de los reyes (también llamados rajas o maharajas). En una sociedad articulada alrededor de una fuerte segmentación social, en la que cada individuo cumple un rol muy específico, la figura del rey no se cuestionaba. De la misma forma, en una sociedad basada en el cumplimiento del dharma, del ‘deber universal’, cada persona intenta cumplir su rol de la mejor manera posible.

En la tradición india (que tranquilamente podría extrapolarse a otros sitios), el mayor dharma de un rey es, claramente, el bienestar y el desarrollo de su pueblo. A medida que uno asciende en el sistema de castas es verdad que goza de más privilegios, pero también tiene muchas más obligaciones. El sacerdote brahmán es, en ocasiones, considerado sagrado, pero en contrapartida él no puede aceptar comida de cualquiera, no puede cobrar dinero por sus servicios y debe realizar rituales diarios de forma estricta.

De manera similar, el rey goza de las riquezas y, si lo desea, de la opulencia, pero su deber más sagrado es su pueblo. Si alguien de la casta más baja deja de cumplir alguna de sus pocas obligaciones no es tan grave como si un rey, con todas sus responsabilidades, va en contra de su dharma.

Basado en razonamientos afines, Mahatma Gandhi convirtió la lucha política en su propia práctica espiritual, como una defensa del dharma, como una forma de buscar la Verdad.

Pancarta

Sopesando todos estos motivos, viendo cuan populosas se tornaban las plazas, y sintiendo que es mejor salir a alzar la voz que quedarse en casa quejándose, fuimos con Nuria (también conocida como Hansika) a pasar algunas horas en la acampada de Barcelona. No fuimos solos, sino con amigos y con una pancarta que rezaba un mensaje extraído de la Autobiografía de un Yogui, de Paramahansa Yogananda:

“Un buen líder tiene que tener el deseo de servir, no de dominar”

Seguramente nuestro mensaje no ganó el concurso de los más ingeniosos, pero cada pancarta carga con la visión de mundo de su dueño, y nuestra intención era la de ‘indignarnos’, pero siempre desde la perspectiva espiritual.

La noche del sábado 21 hubo una cacerolada masiva, y durante 1h 30hs estuvimos, junto a unos cuantos miles, haciendo mucho ruido; Nuria con sus improvisados platillos de tapa de olla y yo con mi silbato de entrenador de fútbol.

Revolución

En Argentina, hace casi diez años, también hubo una manifestación social espontánea al grito de ‘Que se vayan todos’. Una década más tarde no parece que aquello haya traído un cambio radical en la forma de hacer política y de cumplir el dharma por parte de los gobernantes argentinos.

De la misma forma, descreo que esta actual e incipiente revolución española pueda modificar ostensiblemente los malos hábitos de la clase política. Sin embargo, eso no implica que deje de reclamar un cambio.

Esta ‘indignación’ masiva, de todos modos, es para mí un complemento revolucionario. De diferentes maestros espirituales, incluyendo Swami Premananda, he aprendido que la única forma de cambiar el mundo es cambiándose a uno mismo. Ya sé que suena a poco y algunos dirán que así nunca habrá cambios a gran escala, pero es la única revolución que considero duradera y cien por ciento efectiva.

En cierta forma, la presencia de tantas personas durante la última semana, en diferentes plazas de España y el mundo, es la suma de personas que quieren aportar al cambio desde sus pequeñas revoluciones individuales. En ese sentido, sí que me pongo político y grito ¡Viva la revolución!

Todas las fotos son de Nuria Parera (menos la que aparece tocando los platillos, claro), y se pueden ver más en: http://on.fb.me/ingDg6

El Maestro Bob

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En Mandiram, la escuela de yoga a la que asisto regularmente, tienen un ‘muro de la inspiración’ en el que cuelgan imágenes de personas que, justamente, consideran inspiradoras, sobre todo desde el punto de vista espiritual. Debo admitir que desde el primer día me provocó gran sorpresa que entre las imágenes de reconocidas ‘personalidades’ espirituales como Amma, el Dalai Lama, Swami Sivananda y la Madre Teresa, se encontrara una fotografía de Bob Marley.

Quizás no se trataba de uno de los grandes misterios de mi vida, pero sí es verdad que me intrigaba sobremanera porqué un cantante de reggae jamaiquino compartía muro junto a la diosa Saraswati, la Virgen de Guadalupe y el sabio Patañjali.

Pasaron más de dos años desde aquella sorpresa inicial, y sólo de forma reciente conocí de primera mano los motivos de las directoras de Mandiram para poner la imagen de Marley entre sus referentes.

30

Esta semana se cumplen 30 años de la muerte de Bob Marley y sin rendir especial culto a los números redondos, más bien utilizándolos como buena excusa, pensé en escribir sobre el tema. De hecho, hace ya algunos meses que empecé a interesarme en profundidad en la vida del cantante y hasta me compré un libro en Amazon (Catch a fire: The life of Bob Marley de Timothy White) que demoró más de la cuenta en llegar y ahora estoy leyendo.

De todos modos, antes de leer cualquier libro ya había algo que intuía: si uno escucha únicamente los grandes éxitos de Marley y se deja llevar por las imágenes del jamaiquino que pululan masivamente en camisetas y pósters, más como un símbolo estético (o de moda) que artístico, sin duda se queda con una parte pequeña de todo el cuadro. De la misma forma que la imagen del Che, paradigma revolucionario del siglo XX, ha sido readaptada y asimilada por el sistema consumista y la estética pop, perdiendo así todo su carácter socialista original, la imagen actual y popularizada de Bob Marley tiene apenas un dejo de rebeldía, nada de espiritualidad, y mucho humo de cannabis a su alrededor.

Como con muchos otros personajes de la historia (incluso actuales), la ‘cultura de masas’ tiende a simplificar los hechos y a focalizar la atención en una o dos cualidades puntuales que sirven para etiquetar fácilmente a esa persona, dejando de lado sus posibles matices, complejidades y motivaciones. Hitler quiso conquistar el mundo porque era un pintor fracasado; Yoko Ono causó la separación de The Beatles; Freud era cocainómano o Woody Allen se casó con su propia hija, son algunos ejemplos que me vienen a la mente (haciendo abuso de la simplificación, claro).

En este imaginario popular simplificado, Bob Marley, por su parte, se la pasaba fumando marihuana y cantando ‘everything will gonna be alright’ en la playa.

Rasta

Antes que nada Bob Marley era un rastaman, un practicante del rastafarismo, y toda su vida (incluida su muerte) estuvo determinada por esa creencia religiosa. Por lo tanto, su música y sus letras, también.

El rastafarismo es, ni más ni menos, una religión. Una religión muy joven, nacida a principios del siglo XX entre la población negra de Jamaica, descendiente de esclavos africanos en su mayoría. Su lema original era el de ‘regresar a África’, especialmente a Etiopía, tierra sagrada fundada por el emperador Melenik I, hijo de la reina de Saba, que era negra, y del famoso rey israelita Salomón.

Melenik I se llevó consigo a Etiopía la doctrina abrahámica (tanto judaica como cristiana) y también, según algunas versiones, la desaparecida Arca de la Alianza de los textos bíblicos. De esta forma, la población negra de Etiopía se consideraba, en parte, descendiente del pueblo de Israel. Si bien las prácticas religiosas eran más cercanas al judaísmo, la religión etíope derivó en una forma de cristianismo, y en un libro sagrado – Kebra Nagast – que narra la gloria de los reyes de la dinastía salomónica en Etiopía.

En 1931 el ras (príncipe) Tafari Makonnen subió al trono como emperador de Etiopía (luego conocido como Haile Selassie I), considerado descendiente directo de Salomón y, además, el Mesías negro que venía a liberar a África y la población negra mundial (mucha en el éxodo) de la opresión de ‘Babilonia’. Para todo el rastafarismo, Haile Selassie era considerado Dios en la tierra.

Robert Nesta Marley nació el 6 de febrero de 1945, hijo de una joven jamaiquina negra de 18 años – Cedella Booker – y de un oficial jamaiquino blanco (de ascendencia inglesa) de la marina – Norval Sinclair Marley -, de 50 años. Si bien era un ‘mestizo’, lo cual le trajo burlas y comentarios en la Kingston de los ’50, él siempre se consideró un negro y, por supuesto, un rasta, con todos los derechos y obligaciones que eso implicaba.

Haile Selassie I

Jah

Las reivindicaciones religiosas rastafaris nacieron muy ligadas a los reclamos políticos y sociales de la población negra, que también abogaba por retornar a África y por liberarse de la opresión. De esta forma, para el movimiento rastafari, la opresión social sobre el negro, su éxodo y su lucha por regresar a África es la versión tangible y material del camino espiritual en el que “todo hombre sufre y se esfuerza por la liberación”, ya que “ese viaje refleja la migración mística del alma hacia la tierra y luego de regreso a Jah” (el nombre que dan a Dios los rastafaris, una abreviación del bíblico Yahvé).

Por lo tanto, siendo un rastafari, el aspecto religioso y el político-social están, en origen, estrechamente ligados. Una ideología que Bob Marley difundió a nivel mundial, llevando su música a los cinco continentes y no únicamente a l mundo occidental o ‘civilizado’.

Evidentemente, el paso de los años modifica las tradiciones y las nuevas generaciones adaptan a su manera el legado cultural que les toca. De todos modos, es bueno saber que si uno se llama sí mismo rastafari, en principio, está declarando su adhesión a una religión. De hecho, es difícil leer la biografía de Bob Marley, e incluso entender algunas de sus letras, sin tener una Biblia a mano.

Sin ir más lejos, la norma en la cual se basan los rastafaris para no peinar ni cortar sus cabellos se encuentra en Levítico 21:5:

“No se raparán la cabeza, ni se cortarán el borde la barba, ni se harán incisiones en el cuerpo”.

En cuanto a la ganja, el nombre rastafari que recibe la marihuana, se la considera una hierba sagrada porque se dice que creció en la tumba del rey Salomón. Aunque esto último parece no estar comprobado, sí hay algunos pasajes bíblicos que los rastafaris utilizan como argumento, entre ellos Salmos 104:14:

“Tú haces germinar la hierba para el ganado y las plantas usadas por los hombres, de forma que del suelo saquen pan”.

A este respecto, Bob Marley explica que fumar ganja (como cigarrillos o en pipas de agua, estilo narguile) sirve para “ayudar a las personas en sus meditaciones en la verdad”. Al leer estas palabras, inevitablemente me vienen a la cabeza los sadhus de la India, esas personas que han dejado todo para peregrinar por el país o habitar en los lugares sagrados, relacionados con Shiva, el señor de los yoguis, y que tienen el cabello largo, con grandes ‘rastas’ (a veces al punto de arrastrarlas al caminar). Entre muchos de ellos, el consumo de ganja es una práctica habitual, siempre con fines ‘místicos’.

Más allá de si uno está a favor o no de esta práctica, y teniendo en cuenta que la filosofía espiritual tradicional de la India no fomenta el consumo de drogas, lo que está claro es que el uso que dan los sadhus a la marihuana y el que, en la teoría, explica Marley, no tienen mucho que ver con el uso ‘recreacional’ que le da la mayoría de las personas en la actualidad.

Cáncer

En 1977, durante su gira europea, en Inglaterra, Bob Marley se hizo una herida en el dedo gordo del pie derecho jugando al fútbol. Al poco tiempo, esa herida derivó en una forma maligna de melanoma, pero el cantante no quiso cancelar sus actuaciones ni someterse a tratamiento. Durante cuatro años la herida fue empeorando claramente, y a cierto punto la única solución era amputar el dedo.

Marley, siempre fiel a su religión, declaró: “El rasta no acepta la amputación. Yo y mis hermanos no aceptamos que un hombre sea desmantelado. Jah me curará con las meditaciones de mi cáliz de ganja (…) o Él me llevará como un hijo a Su Reino. Ningún bisturí rayará my carne”.

De la misma forma, tampoco aceptó tratamiento médico, excepto en la recta final de su enfermedad, pero ya era demasiado tarde y con su salud deteriorándose y el cáncer difundiéndose por su cuerpo de 36 años, Marley murió el 11 de mayo de 1981.

Paradoja

Probablemente muchos lo desconocen, pero no hay disco de Bob Marley que no contenga, al menos, un par de canciones sobre Jah, o sea, sobre Dios. Asimismo, y esto es un poco más conocido, no hay discos suyos sin canciones reivindicativas por los oprimidos del mundo, sobre todo los negros. De hecho, Marley tiene algunos discos que son casi totalmente ‘políticos’ como Catch the fire (1973) y Survival (1979), este último cantándole a la independencia de Zimbawe y a un África unida, por ejemplo.

Volviendo a mi idea inicial de que la imagen masiva y de consumo de Bob Marley está simplificada y ‘vaciada’ de su sentido original, hay sin embargo algo paradójico. A pesar de esta ‘ignorancia’ sobre la vida y obra de Marley, su música parece poder llegar a casi todo el mundo, y no sólo de forma superficial, sino tocando algunas capas más profundas.

White lo explica en su libro: “Quizás lo más increíble sobre el ascenso de Marley a la fama es cuan poco sus fans alrededor del mundo necesitaron saber acerca del trasfondo temático de su música, de los diferentes niveles en que su mensaje era emitido, y de los roles que el rastafarismo y la cultura tradicional jamaiquina jugaron en todo esto”.

Efectivamente, sin saber nada de todo esto, incluso sin hablar inglés y sin entender sus letras (y aún sabiéndolo no garantiza nada, pues muchas letras tienen partes en lengua patois, es decir inglés con palabras africanas o inglés jamaiquino), personas de los cinco continentes encuentran un tipo de satisfacción en la música de Marley. Y por más que en la historia haya habido grandes estrellas de la música, no estoy seguro de cuantos otros hayan llegado a tantos lugares y personas. ¿Cuán famosos eran The Beatles en Eritrea en los ’70, por ejemplo?

¿Qué tiene, entonces, la música de Bob Marley que, en general, le guste a todos y además trasmita una sensación de tranquilidad, de calma, de alegría, de ensoñación, y otros adjetivos positivos según a quien se consulte?

Rollo

En Mandiram me lo resumieron con una expresión: “Buen rollo”.

El motivo para que Bob Marley comparta muro inspiracional con Pattabhi Jois y Jesucristo es así de simple. Cada vez que uno escucha una canción de Marley, o ve una fotografía suya, sostienen en Mandiram, le genera energía positiva, ‘buena onda’ y otras cualidades positivas, que a fin de cuentas son esencialmente espirituales.

Si bien, en un nivel estricto, colocar a Bob Marley a la altura de maestros espirituales, encarnaciones de Dios en la tierra y deidades, puede sonar algo herético (en mi caso así fue), creo entender el razonamiento que me explicaron, que no tiene que ver con jerarquías o etiquetas, sino con la difusión de las cualidades positivas que, considero, sin duda tiene Bob Marley (más allá de que pueda tener otras negativas).

Antes de bucear en la vida de Marley ya intuía (y obviamente no sólo yo) su sustrato espiritual, después de leer sobre su historia las piezas encajan mejor, y todavía me parece muy fuerte que vayamos cantando sus canciones sin saber que, en muchos casos, son loas a Dios.

Además, cuando no le canta directamente a Jah, sus letras contienen, por lo general, un mensaje espiritual universal. En Redemption song, una de sus canciones más conocidas y quizás la más emblemática, Marley dice, por ejemplo: “Emancipaos de la esclavitud mental, nadie más que nosotros puede liberar nuestras mentes”. Visto desde la perspectiva espiritual de la India, no puede estar más acertado.

Ahora, habiendo investigado un poco en la vida de Marley, habiendo analizado sus letras, habiendo confirmado con argumentos ‘tangibles’ mi intuición sobre la vibración espiritual de su música, no me extraña que en la escuela lo llamen el Maestro Bob.

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