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La enseñanza que es difícil de escuchar

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He sido padre recientemente (por segunda vez) y eso explica la ausencia de actualizaciones en el blog durante las últimas dos semanas. A la vez este evento me ha hecho pensar, entre otras cosas, en el extraordinario fenómeno de que un alma llegue, una y otra vez, a este mundo. Ya se sabe que cuando uno dirige la atención a una idea todo el entorno parece confabularse para darnos más señales…

Y así fue como caminando por los pasillos de la maternidad con nuestra primera hija, de casi 3 años, vimos una mosca chocando contra el cristal de una ventana que no se podía abrir. Más tarde, el cuerpo inerte de la mosca yacía en el suelo y tuve que decir que estaba “muerta”.

Al día siguiente, el cuerpo de la mosca ya no estaba y ante las nuevas inquisiciones decidí explicarle a mi hija que probablemente lo habrían barrido durante la limpieza para llevarlo a la tierra a que se disuelva, pero que aunque el cuerpo desaparezca “todas las moscas” tienen dentro algo que nunca muere:

– “¿Qué es?”, preguntó expectante.
– “Un alma”, dije..
– “Y nosotros también tenemos un alma”, agregó ella con toda normalidad y un poco inesperadamente para mí.

Este diálogo y ser partícipe de haber traído un alma a este mundo me retrotrajeron a la visita que hice hace poco a una clase de Textos Sánscritos en la Universitat de Barcelona, donde se estaba traduciendo un fragmento de la Kaṭha Upaniṣad, un texto conocido e importante para la tradición hindú, en que el dios de la muerte, Yama, da enseñanza a Naciketas (Nachiketas), un joven noble que rechaza todos los deseos y placeres terrenales con tal de saber qué pasa cuando una persona muere.

Al principio, Yama se niega a dar detalles acerca de esta “sutil doctrina”, sobre la que “incluso los dioses tienen dudas”, pero ante la insistencia y pureza de Naciketas, accede y le habla de ese “tránsito” (sāṁparāya) que permanece “oculto” para las personas irreflexivas y engañadas que piensan que “este es el mundo y que no hay otro”. Y entonces Yama explica acerca del ātman, esa porción divina que reside en el corazón de todos los seres, que es eterna y que no muere cuando el cuerpo muere.

Justamente por la sutileza de esta doctrina de la inmortalidad del alma, la Muerte hace una aclaración inicial, que de hecho es el verso (2.7) que se traducía aquella tarde en clase de sánscrito:

śravaṇayāpi bahubhir yo na labhyaḥ
śṛṇvanto ’pi bahavo yaṁ na vidyuḥ
āścaryo vaktā kuśalo ’sya labdhā
āścaryo ’sya jñātā kuśalānuśiṣṭaḥ

Una traducción posible sería:

“Pocos llegan a escuchar sobre esto;
e incluso cuando lo escuchan, la mayoría no lo entiende.
Extraordinario es aquel que habla sobre ello; afortunado aquel que lo comprende.
Extraordinario es aquel que lo conoce; afortunado aquel que es instruido”.

Sin dudas hace 3000 años, cuando se compuso el texto, esta enseñanza era mucho más difícil de oír que ahora, cuando Swami Googleananda, como le gusta decir a Sri Dharma Mittra, hace accesible toda la información. De todos modos, sigue siendo una doctrina poco difundida que puede ser hasta terapéutica. Conozco el caso de una persona que desde pequeña tenía tanatofobia (fobia a la muerte), al punto de ir a terapia, y que cuando en una formación de profesores de yoga, debatiendo la Bhagavad Gītā, escuchó que el alma es inmortal, su miedo patológico desapareció de una vez y para siempre.

Hablando de la Bhagavad Gītā, en su capítulo II se habla bastante del ātman (traducido como el “ser” o a veces como “alma” o “espíritu”) y fue leyendo la reciente edición del filósofo Juan Arnau (Atalanta, 2016) que encontré un verso (2.29) con una traducción llamativamente parecida al verso en cuestión de la Kaṭha Upaniṣad. Traduce Arnau en su versión en prosa:

“Difícilmente uno puede verlo, difícilmente uno puede oírlo o declamarlo, ni siquiera habiéndolo escuchado lo comprendería”.

Quizás esta traducción no es tan literal como otras, pero la idea que me interesa resaltar hoy es la dificultad de escuchar la enseñanza y, no nos olvidemos, de comprenderla.

En su académica traducción de este mismo verso, Fernando Tola explica que este śloka señala la incomprensibilidad del ātman, una característica “propia de todo lo divino o sagrado o absoluto que se manifiesta”.

Por tanto, comprender esta doctrina trasciende lo intelectual y entra en el terreno de la intuición y la vivencia personal. Pero para eso, primero y por fácil que parezca, hay que tener la fortuna de escucharla. No en vano en grandes tradiciones espirituales de la India se considera la escucha (śravaṇa) como el primer paso necesario para el camino de cualquier aspirante.

Por otro lado, de la inmortalidad del ser se deduce uno de los grandes fundamentos de la religión hindú: la reencarnación. Ya dice la Gītā que el ātman abandona los cuerpos viejos y entra en otros nuevos como si cambiara sus ropajes gastados. En el hinduismo dicha creencia está muy arraigada y va de la mano con la ley del karma, la ley universal de causa y efecto. Ambas teorías son muy útiles para explicar muchas cuestiones que, a primera vista, son consideradas “injustas” o “incorrectas” de este mundo.

En una entrevista le preguntaron al maestro Dharma Mittra cuál era su secreto para estar siempre feliz, y lo primero que respondió fue: “Esta cualidad de contentamiento se deriva de la comprensión de las leyes del karma y de que existe reencarnación”.

Según Dharmaji, si uno tiene un fuerte deseo de liberación comienza a hacerse ciertas preguntas como “Si me muero hoy, ¿adónde voy?” o “¿Existe la reencarnación?”. A lo que agrega, con cierta sorna, “¿Cómo puedes descansar si no lo sabes?”. Dharmaji siempre cuenta que en el momento en que escuchó sobre karma y reencarnación por primera vez el aparente sinsentido del mundo tuvo, de repente, lógica y orden.

Yendo más lejos, dice Dharmaji: “Comprende que debes ponerte feliz de hacerte viejo. Te estás acercando a un nuevo cuerpo, así que no te aferres… El yogui que tiene el conocimiento, o que al menos cree, en el Ser, no se ve afectado por la vejez o por nada”.

Claramente, la reencarnación puede tener una utilidad práctica y puede explicar algunos cabos sueltos de la existencia, pero en realidad no es imprescindible creer en ella para apreciar la vital enseñanza que hay en la doctrina de la inmortalidad del ser. Los grandes sabios no-dualistas dicen que “todo es el Ser” y que el karma, la reencarnación y la supuesta evolución de la conciencia son una forma simplificada de explicar una realidad muy difícil de asir por la mente limitada.

Incluso si no hubiera reencarnación, el ser es inmortal y eterno, y eso es lo que importa. Desde el punto de vista puramente espiritual, las implicancias prácticas no radican tanto en el hecho de volver o no a encarnarse, sino en entender que no somos este cuerpo físico, ni estos cinco sentidos, ni esta mente, ni mis emociones, ni mi familia… y que en realidad somos, como dice el poema, “conciencia y dicha”.

Pero claro, primero hay que tener la fortuna de escuchar esta enseñanza. Y eso no es poco.

De ladrón a santo pasando por 8.400.000 āsanas

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En La lotería de Babilonia, un famoso cuento de Jorge Luis Borges, el autor presenta una sociedad en que el azar (y otros tejemanejes misteriosos) determinan el destino de cada individuo, haciendo que cada tres meses una misma persona cambie su rol y pueda pasar de “esclavo a procónsul o de condenado a muerte a miembro del concilio de magos”. De esta forma, una persona pasaría por casi todos los escalafones sociales, oficios y estados psicológicos disponibles, viviendo cientos de vidas en una sola.

En la Gheranda Saṁhitā, un manual de haṭha yoga de alrededor del 1700 d.C., se dice que hay tantos āsanas (posturas) “como especies de seres vivientes”. Y se especifica que Śiva enseñó ni más ni menos que 8.400.000 āsanas, dando a entender que cada manifestación de este universo es, en cierta forma, una postura, una posición que adopta lo divino para expresarse.

Trazando una relación con la teoría de la reencarnación, se suele explicar que un alma, antes de nacer como ser humano, debe pasar por millones de “encarnaciones” que incluyen el reino animal (con insectos incluidos), el vegetal y hasta el mineral. Al parecer, tal como recoge el Maha-sihanada Sutta, el Buddha dijo al respecto: “Es imposible encontrar un reino en la rueda [de reencarnaciones] por el que yo no haya pasado en este largo viaje”.

Cuando uno nace como humano, y más teniendo en cuenta que hay otros miles de millones de humanos, el hecho no le parece nada especial y mucho menos lo ve como una gran fortuna. Lo ve, más bien, como un derecho natural, incluso fruto del azar, pero no como el resultado de cientos, miles o millones de vidas previas de aprendizaje y quizás sufrimiento. De la misma forma, si uno es una persona relativamente “buena”, que cumple de forma aceptable con los códigos morales de la sociedad, no se le ocurre pensar que en otra vida (incluso en otro momento de esta vida) uno no cumplía esos estándares.

Así como los ancianos se molestan por la algarabía de los jóvenes, los abstemios revolean los ojos ante los bebedores y los ciclistas desprecian a los motoristas, todos observamos y juzgamos el mundo desde nuestro estado actual, como si fuera inmodificable y el único correcto. Por el contrario, la filosofía espiritual de la India explica que para ser un santo primero hay que haber sido, entre otras cosas, un asesino, un ladrón y también el vecino que pone la lavadora a las once de la noche.

Si bien el alma o la chispa interna de cada ser es siempre divina, el nivel de conciencia puede ser muy bajo y debe ser pulido y mejorado con el paso de la(s) vida(s). Es en este sentido que Sri Dharma Mittra habla de “almas viejas” para referirse a las personas que, después de muchas encarnaciones, empiezan a tener interés por temas espirituales y por el bienestar del mundo en general.

Sri Dharma Mittra

Incluso suponiendo que uno mismo fuera un “alma vieja”, uno en realidad solo puede imaginar lo que ha hecho en vidas previas (y dicen que es mejor ni saberlo) y, especialmente, no sabe qué le falta por pasar para evolucionar, por tanto es un tanto osado colocarse en una posición de “superioridad” por la situación actual. De hecho, es muy posible que a uno le queden varios estadios para llegar a la meta.

Volviendo a los 8.400.000 āsanas “enseñados” por Śiva, y retomando el concepto de la infinitud de roles que adopta un alma, si aceptamos la idea de que cada āsana tiene un estado de conciencia, uno puede comprender que, en el ámbito del haṭha yoga, una postura física bien hecha, durante el tiempo suficiente, puede comunicarnos y darnos la experiencia de, por ejemplo, “el arado” o “la cobra” a nivel universal.

Esto viene a cuento porque el gran maestro Sri Dharma Mittra creó, en 1984, un famoso póster con 908 posturas de yoga como ofrenda a su guru. Esta “obra de arte” fue montada a partir de 1350 fotografías que Dharmaji se tomó a sí  mismo haciendo variaciones de posturas, de las cuales más de 300 fueron creadas directamente por él, aunque él siempre dice que las variaciones simplemente llegaron por “intuición divina”.

En el linaje de Dharma Mittra se dice que si uno pudiera hacer algunas de estas posturas (muchas de ellas tan complejas que Dharmaji tuvo que ayunar 30 días para lograrlas) de forma plena, entonces se ahorraría vidas (o al menos periodos de vidas) porque ya estaría pasando por esas experiencias y estados ahora mismo.

Es decir, si uno pudiera entrar plenamente en la conciencia de coraje, determinación y fuerza de una postura de guerrero (vīrabhadrāsana), quizás se ahorraría una encarnación como soldado.

Asimismo, y de forma menos lineal, si uno puede experimentar de forma real la conciencia del árbol (vṛkṣāsana) o del lagarto (pṛṣṭhāsana), no necesariamente se ahorraría esas encarnaciones (por las que quizás ya pasó) pero quizás si lograría conectar con el reino vegetal o el de los reptiles de forma no-mediada, como si fueran verdaderamente parte de uno mismo o, al menos, manifestaciones igual de importantes de ese gran todo del que uno se considera parte (al menos en la teoría).

Desde esta perspectiva, en que uno entiende, experimenta o al menos cree que cada ser (móvil o inmóvil) de este universo es una expresión divina – una postura de Śiva – nada ni nadie puede ser subvalorado. Si además uno acepta que hay un proceso general de evolución de conciencia, no puede considerar su estado actual como superior a otros, pues en esencia todos somos iguales y uno mismo ha estado entre los anónimos granos de arena del desierto, durante eones.

Como dice la Bhagavad Gītā (V.18):

 “Los sabios miran con iguales ojos al brāhmaṇa dotado de saber y virtudes, a la vaca, al elefante, al perro o al hombre que se alimenta de perros”

Sabiendo que todas las manifestaciones son divinas y que Dios está de igual forma en todas ellas, las diferencias que puedan existir entre los seres solo son el resultado de factores relativos, contingentes. Por eso el sabio no es capaz de menospreciar a nadie.

Y toda esta reflexión de hoy viene porque cuanto más “espiritual” se considera uno, más con derecho se cree a juzgar lo que es correcto e incorrecto, lo que está bien y lo que está mal, como si por hacer yoga o ser vegetariano uno hubiera alcanzado el pináculo evolutivo.

Y en realidad, nos dicen los maestros, la única cúspide y la gran prueba de santidad es ver al Uno en todos y, además, aceptarlo, mirarlo y tratarlo con verdadero amor, más allá de cualquier apariencia externa.

Hoy vi un vídeo de cómo reciben a palazos a los refugiados sirios, familias con niños incluidas, en las fronteras de Europa, bajo la lluvia y el frío, y se me caían las lágrimas. Si como seres humanos no podemos identificarnos con el hambre y el frío y el miedo del prójimo solo porque ahora no tenemos (o tenemos otro tipo de) hambre frío o miedo, entonces tenemos que hacer un esfuerzo mayor por cultivar la compasión, ponerse en el lugar del otro.

Entender que uno ya estuvo y quizás estará en ese mismo lugar, millones de veces, es una forma de empezar a ablandar el corazón.

La canción ‘Like a river’ y sus mensajes espirituales

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Llevo tres semanas escuchando con deleite el disco Like a river to the sea de la artista y cantante británica de kīrtan, Jahnavi Harrison, que se crió en una comunidad espiritual Hare Krishna y que lleva la devoción en la sangre. De las ocho canciones publicadas, la que le da nombre al disco es la que me interesa desgranar hoy pues, además de parecerme hermosa, tiene muchas referencias intertextuales y también mensajes espirituales.

La canción Like a river to the sea (“Como un río hacia el mar”) tiene varias estrofas y un estribillo en inglés, aunque también tiene otro estribillo en sánscrito. La letra principal fue escrita por Jahnavi Harrison en una visita a Vrindavan, la sagrada ciudad india donde el Señor Kṛṣṇa (Krishna) pasó su niñez y juventud, en que ella cuenta que le costó mucho ver “la esencia espiritual detrás de la contaminación, el tráfico y la comercialización”. A orillas de Vrindavan discurre el sagrado río Yamunā, que al igual que el sagrado Ganges, lleva años soportando el maltrato ambiental y la indiferencia del Gobierno indio.

En cierta forma, Yamunā Mā está peor que Gangā Mā porque el escaso torrente que llega a Vrindavan es solo “aguas residuales que salen de las cloacas de Delhi”, que es donde el río original pierde casi todo su cauce. Existe una campaña para salvar al río Yamunā y cada tanto el Gobierno da alguna señal o promesa alentadora (como hace con el Ganges), pero por ahora es una batalla que se está perdiendo y, por tanto, en una cultura que honra tanto a sus ríos, es de gran relevancia ambiental, espiritual, religiosa y cultural seguir luchando.

La cuestión es que, usando el río y Vrindavan como metáfora, Jahnavi describe el confuso panorama exterior y mundano, a la vez que insta a buscar más allá de lo que nuestros limitados ojos físicos pueden ver, para poder así reconocer la esencia espiritual. Su desconcierto se expresa, por ejemplo, en frases como:

“Veo el caos y los árboles estériles, quizás estoy ciega /
multitudes de personas arrodillándose; ¿es este sitio divino?”

Cualquiera que haya estado en la India entiende esta ambivalente sensación en que el ruido y la suciedad exterior del país parecen contraponerse directamente a la quietud y sacralidad interna de esa tierra. En relación a la protección del medioambiente, el mensaje no es para nada mirar más allá de la polución y despreocuparse de ello, sino proteger el mundo y su sacralidad tanto externa como internamente, con la mirada espiritual.

La citada “ceguera” de los sentidos que nos impide ver la esencia es aludida poéticamente a través de una parte del estribillo sánscrito de la canción:

govinda dāmodara mādhaveti

Se trata del estribillo del Śrī Govinda Dāmodara Stotram, un himno de alabanza compuesto por Śrī Bilvamaṅgala Ṭhakura, un poeta y devoto del siglo XIII, que relata cómo todos los habitantes de Vrindavan, sin importar las diferentes situaciones en que se encuentren, no pueden hacer otra cosa que cantar los nombres de Kṛṣṇa. Específicamente: Govinda, Dāmodara (Damódara) y Mādhava (Mádhava).

La gracia de elegir este verso en particular es que el poeta Bilvamaṅgala era, efectivamente, ciego, ya que él mismo se arrancó, quizás drásticamente, los ojos para detener su excesiva atracción hacia las mujeres y dedicar toda su visión a la búsqueda de Dios. Para quien quiera más detalles, la historia completa ya la conté aquí.

La segunda línea del estribillo sánscrito es también una invocación a Kṛṣṇa:

“he kṛṣṇa he yādava he sakheti”

Literalmente:

“¡Hey Kṛṣṇa! ¡Hey Yādava! ¡Hey Amigo!”

Este verso, tal cual, se encuentra en la Bhagavad Gītā (XI.41) cuando Arjuna, recibiendo la gracia de ver la forma universal del Señor Kṛṣṇa, se da cuenta de quién es en realidad su primo, cochero, consejero y amigo y entonces le pide perdón por haberlo llamado de forma informal, “por descuido o por cariño”, Kṛṣṇa, Yādava (Yádava, en cuanto descendiente del linaje del rey Yadu) o simplemente “amigo”.

Este verso, otra vez, puede entenderse en relación a la incapacidad que tiene la percepción basada en los sentidos (incluyendo los establecidos hábitos de la mente y del ego individual) de ver más allá de las apariencias materiales. Así como Arjuna “bromeaba sin respeto cuando jugaba, reposaba, se sentaba o comía” con Kṛṣṇa, ignorando su grandeza, de la misma forma Jahnavi Harrison intenta transmitir que la limitada visión de los ojos materiales puede verse ampliada siguiendo la guía espiritual de los grandes maestros.

Para más datos, las dos líneas del estribillo sánscrito, con los seis vocativos a Kṛṣṇa, también aparecen en alguna canción popular y anónima en hindi que tiene la misma idea del stotram original de Śrī Bilvamaṅgala: hagan lo que hagan, los habitantes de Vrindavan entonan los nombres de Dios en su forma de Kṛṣṇa.

El estribillo en inglés de la canción tiene también mucho jugo. Traducido al español diría algo así como:

“Mi corazón fluye como un río hacia el mar / Que siempre sea así
Un río de gracia fluye a través de mí / Que siempre sea así”.

Los versos, como explica Jahnavi, aluden a la plegaria que la reina Kuntī, la madre de los Pāṇḍava, dirige al Señor Kṛṣṇa cuando éste, una vez acabada la trágica guerra relatada en el Mahābhārata, informa que se marcha para regresar a su reino de Dwarka. Estas palabras aparecen en el Śrīmad Bhāgavatam (Canto 1.8.42) y dicen, en sánscrito:

tvayi me ’nanya-viṣayā
matir madhu-pate ’sak
t
ratim udvahatād addhā
ga
gevaugham udanvati

Una posible traducción semi-literal sería:

“Oh, Señor de Madhu (o sea, Kṛṣṇa), permite que mi atención
esté siempre atraída hacia ti de forma pura,
así como el río Ganges fluye hacia el mar
sin desviarse”.

Si bien el verso clásico habla del Ganges, el río sagrado por excelencia, y Jahnavi Harrison hace referencia al Yamunā, quizás el segundo río sagrado por excelencia, la relevancia del río como entidad sagrada es la misma.

En cuanto a pedidos, el que le hace Kuntī a Kṛṣṇa es el gran objetivo de todo devoto: tener la mente siempre en Dios.

La palabra sánscrita original, mati, se puede traducir como “pensamiento, mente o intención” y, quizás no curiosamente, Jahnavi la traduce por “corazón”.

De hecho, el diccionario Monier-Williams le da buena razón, ya que la primera acepción del término es “devoción, plegaria, adoración” y, en realidad, para un devoto (bhakta) el gran objetivo es, más que la mente, tener el corazón en Dios. Un propósito que, según creo, cumple la canción del día de hoy.

Para que juzguen (y disfruten), aquí está el vídeo oficial, filmado a orillas del Yamunā:

he kṛṣṇa he yādava he sakheti

Ākāśa o el quinto elemento hindú

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Quizás algunos cinéfilos recuerden la película de ciencia ficción El quinto elemento (1997) con Bruce Willis y Mila Jovovich, cuya trama básica era la búsqueda de un excepcional quinto elemento que, unido a los cuatro elementos materiales por todos conocidos (agua, tierra, fuego y aire), podría salvar al mundo de las fuerzas del mal. En la película ese raro elemento era – este espóiler tiene casi 20 años de retraso así que no es grave – el amor, y más allá del loable mensaje y del éxito de taquilla del film, la filosofía hindú tiene antiguos argumentos para ampliar ese punto de vista.

Para empezar, en la tradición hindú los mahābhūta o elementos materiales son cinco: los cuatro clásicos ya nombrados y el ākāśa (akasha) que según el caso se traduce como éter, espacio o hasta cielo. Se explica que de los cinco elementos, ākāśa es el más sutil y también el primero en manifestarse (en estrecha relación con el sonido) siendo así la base de los otros cuatro. Sus atributos son que lo penetra todo, que es invisible y que sirve de sostén a los demás elementos.

¿Difícil de entender? En su último libro, Felicidad, manual de instrucciones, el escritor y yogui Javier Salinas dice al respecto: “En yoga existe el concepto de akasha, o espacio; quizá te suene. Quizá pienses que no te dice nada. ¿Espacio? Quizá pienses que ya sabes lo que significa, pero si piensas eso es que no sabes lo que significa. Y no es que me quiera poner misterioso… El caso es que con lo que tiene relación este concepto es con el espacio dentro del espacio, y con tu espacio interior”.

Yo, que realmente no entiendo el concepto, me he puesto a investigar y he visto que los antiguos griegos también habían planteado la existencia de un quinto elemento – la “quinta esencia”- en la composición del universo y especialmente en la formación de las estrellas y cuerpos celestes, que se consideraba no podían estar hechos de materiales “terrenos”. De ahí que ellos le dijeran “éter” (aithēr en griego), cuya etimología está relacionada con el brillo de los astros y, por tanto, con el firmamento.

Por su parte, la palabra sánscrita ākāśa deriva de la raíz verbal √kāś que también tiene una acepción de “brillar, resplandecer” y aunque siempre es mejor usar el término original sánscrito es entendible que se haya elegido la traducción de “éter”, pues hay ciertas similitudes.

De hecho, la ciencia ha aceptado hasta hace poco la idea del éter como un “fluido sutil, invisible y elástico que llenaba todo el espacio y que transmitía la luz”. Quizás hayan escuchado frases del tipo “las ondas radiales viajan por el éter” y aunque la ciencia moderna parece haber abandonado en parte esta teoría, la palabra se sigue usando a nivel “poético” en referencia a la “esfera aparente que rodea la Tierra”.

La palabra éter, creo, no es fácil de aprehender (y la palabra “aprehender” tampoco, la verdad…), por ello me inclino hacia la traducción de ākāśa como “espacio”, cuya ambigüedad nos aporta, curiosamente, más claridad que confusión. Por un lado, el término espacio hace referencia a la idea de “atmósfera, cielo” o a expresiones como “espacio exterior” que generan una imagen mental de infinitud que es coherente con la omnipresencia del ākāśa. No hay sitio en el universo en que no haya ākāśa.

Esto nos lleva a la segunda acepción de “espacio” (muchas veces en dupla con la categoría de “tiempo”), simplemente como “la parte de espacio que es ocupado por cada objeto/ser material”. O sea que no tiene que ser necesariamente en los cielos, sino que también es en la tierra y, quizás principalmente, dentro de nosotros mismos. Dice Alain Daniélou: “los filósofos indios definen el espacio vacío absoluto, al que llaman ākāśa, como un continuo sin límites, indiferenciado e indivisible, en el que se construyen las divisiones imaginarias del espacio relativo”.

Es decir, en la base de toda manifestación material existe ākāśa, o con mis palabras, se necesita espacio (sostén) para manifestar el universo y la única diferencia entre un planeta, una casa y mi cabeza es el material del que están hechas sus divisiones aparentes, no su espacio interior. Como explican los maestros: el espacio que hay adentro de una burbuja es el mismo que hay afuera, solo que está separado, diferenciado, por una fina capa de jabón ¿Qué pasa cuándo explota la burbuja? Se acaba la diferenciación pero el “espacio vacío absoluto”, el sustrato, continúa idéntico.

La Bhagavad Gītā, que tiene ejemplos y respuestas para todos los casos, ofrece un śloka (IX.6) sobre el tema, que me parece muy relevante:

yathākāśasthito nityaṁ vāyuḥ sarvatrago mahān /
tathā sarvāṇi bhūtāni matsthānīty upadhāraya

En una traducción posible, el Señor Kṛṣṇa dice:

Así como el poderoso viento soplando por doquier reposa eternamente en el espacio (ākāśa) /
así también debes tú saber que todos los seres reposan en Mí.

En esta analogía vemos, por una parte, la idea más “física” de que el ākāśa (“vastedad del espacio etéreo” traduce Mascaró por ejemplo) es sostén y vehículo incluso de algo tan inasible como el viento; y por la otra, la enseñanza trascendental de que la esencia de nuestra manifestación, aunque invisible, es la misma para todos.

A esa esencia, “quinta esencia”, algunos le dicen vacío, otros prefieren Dios, otros energía y otros amor, dándole la razón a los guionistas de El quinto elemento.

Para activar ese quinto elemento, los protagonistas de la película eligen como “espacio físico” un antiguo templo egipcio, y siguiendo con las analogías, los grandes maestros explican que el espacio/ubicación (físico y espiritual a la vez) donde buscar la quinta esencia de nuestro ser está en la “cueva del corazón”, donde residen la conciencia, el amor y, por supuesto, el ākāśa y todos los universos que son sostenidos y englobados por ese espacio interior.

3 breves definiciones de Yoga en la Bhagavad Gītā

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Con el auge y la popularización del yoga “físico” en Occidente, la mayoría de personas quizás diría, de forma simplificada, que yoga es hacer posturas o, incluso, sentarse con los ojos cerrados a cantar OM. Como muchos intuyen, esto es solo la punta del iceberg o, como dicen los yoguis, “la punta del loto”. Y si bien la palabra sánscrita yoga tiene una difundida etimología de “unión” sus connotaciones son muy variadas según quién la use, pues el término (y sus implicancias prácticas) han recorrido un largo y curioso camino desde la Kaṭha Upaniṣad hasta el Flamenco Yoga.

Sin la intención de hacer un muestrario exhaustivo y también estimulado por mi reciente asistencia a una charla introductoria sobre la Bhagavad Gītā en el Curso de Profesores de Mandiram Yoga, me ha parecido iluminador presentar tres conocidas y diferentes definiciones de yoga en ese texto tan importante y tan universal. Dichas definiciones tienen la particularidad de ser breves (las largas las abordaré en otra ocasión) y aunque en apariencia sean diferentes, es factible encontrar un hilo común que las une y que, sobre todo, brinda pautas para una vida yóguica.

La primera gran definición que me interesa es:

samatvam yoga

Esta frase, dentro del śloka II.48, se puede traducir como:

“Yoga es ecuanimidad”

La palabra ecuanimidad no siempre es bien interpretada y también es buena, creo, la traducción:

“Yoga es equilibrio mental”

Algunos autores traducen samatva como “serenidad” e incluso como “indiferencia”, que suena mal en español porque parece que al yogui no le importara nada, en el mal sentido. Poniendo en contexto la definición, el Señor Kṛṣṇa dice en la Gītā que esa indiferencia, en todo caso, es “ante el éxito y el fracaso” y que eso se logra también “renunciando al apego”.

Por tanto, ese equilibrio consistiría en mantenerse igual o constante tanto ante lo que me agrada como ante lo que me desagrada, superando la natural tendencia humana a buscar el placer/el elogio/el confort y a rechazar el dolor/la crítica/la incomodidad, intentando así no verse afectado por los inevitables “pares de opuestos” de este mundo siempre dual. El indólogo peruano Fernando Tola, por ejemplo, compara este samatva con la ataraxia o imperturbabilidad de ánimo propuesta por antiguos filósofos griegos.

Es decir que el yogui consumado acepta con la misma disposición de ánimo el verano y el invierno; el camión de la basura triturando desechos bajo su ventana a las 23h y el canto matutino de los pájaros;  la lenta cola del supermercado y la generosa hospitalidad de su tía preferida. Esto no significa que el yogui deje de buscar las situaciones y entornos que le son más propicios para su vida, sino que ha entendido que si solo busca lo “agradable” se pasará, con suerte, la mitad del tiempo disfrutando y la otra mitad del tiempo luchando contra lo “desagradable”, es decir, sufriendo.

A nivel de práctica espiritual, la ecuanimidad es básica para la meditación, ya que se trata simplemente de “observar sin reaccionar” todos los procesos físicos y, sobre todo, mentales que van ocurriendo en el meditador. De allí que se diga que el objetivo final del yoga no es tanto dominar la mente como poder observar sus tendencias y sus fluctuaciones sin identificarse con ellas y sin verse afectado por ellas.

equilibrio

Dos estrofas más abajo (II.50) aparece en el texto otra famosa definición de Yoga:

yogaḥ karmasu kauśalam

Una posible y bastante difundida traducción sería:

“Yoga es la destreza en las acciones”

¿Qué sería actuar de forma diestra o hábil? Pues, en el plano filosófico, el texto indica que se trata de actuar sin apego a los frutos de las acciones, es decir actuar solo por el deber de actuar, lo cual no crea consecuencias kármicas en el futuro.

En un plano de interpretación más “moderno”, la habilidad en la acción sería actuar haciendo lo mejor que uno puede, según el momento, lugar y circunstancia, con plena conciencia.

De hecho, otra acepción de la palabra sánscrita kauśala es “bienestar” y, por ende, el yoga así definido también representaría aquellas acciones que son fuente de bienestar (para uno mismo, claro, y también para los demás seres).

La tercera definición de hoy, en el śloka VI.2, es:

yaṁ saṃnyāsam iti prāhur yogaṁ tam

O sea:

“Aquello que se denomina renunciamiento, eso es yoga”

O menos literal:

“Yoga es renunciamiento”

¡Cuidado! No se trata (necesariamente) de irse a vivir a una cueva y de abandonar los objetos externos sino que es más difícil: se trata, como dice Swami Satyānanda Saraswatī, de “renunciar a nuestro mundo mental”, que también es decir a nuestro yo individual, en el sentido de todo lo que yo creo ser, mi personalidad, o como dice elegantemente Fernando Tola: “las ilusiones forjadas por la mente”.

En este sentido el verso también se puede traducir  simplemente como “renunciamiento a los pensamientos” (Swami Sivananda), poéticamente como “abandonar la voluntad terrena” (Joan Mascaró) o, más sutil, renunciar al “deseo por el fruto de las acciones” (Swami Vijoyananda), que también es un tipo de actividad mental, ya que actuar esperando un resultado es poner la mente en el futuro utilizando la imaginación (en mal sentido), dejando así de estar en el momento presente o en “mi centro”.

Por supuesto que sería duro abandonar mi casa, mi coche o mi pareja, pero sería probablemente más difícil abandonar la idea de quién soy (mi nombre, mi familia, mi profesión, mi estatus…) y aún más arduo sería soltar mis intereses (el cine, el esquí, los libros…), mis ideales (el vegetarianismo, la democracia asamblearia, las ciudades sin coches…) y mi visión del mundo (“cada uno tiene lo que se merece”, “el hinduismo es lo mejor”, “el silencio es salud”…) y todavía seguir considerándome “yo mismo”.

Esta concepción la relata muy bien una famosa escena de la galardonada película argentina El secreto de sus ojos, diciendo que una persona puede cambiar todo pero no su pasión, ejemplificada prosaicamente con la fidelidad a un equipo de fútbol. ¿Si en lugar de hinchar por el Barça lo hiciera por el Madrid, yo seguiría siendo el mismo? ¿Si votara a Rajoy y no a Podemos, cambiaría mi esencia? ¿Si me hiciera católico de repente, perdería algo intrínseco a mi ser?

krishna

Como es natural, uno cree ser lo que percibe, lo que piensa o lo que siente, y la Gītā nos dice lo contrario y nos invita a abandonar ese personaje, esa máscara, para encontrar lo que hay más abajo, aquello que realmente no cambia.

Algo, que puede tener muchos nombres o ninguno, y que la enseñanza afirma es estable, siempre quieto, ecuánime, y que solo acarrea bienestar.

El Yoga y la gestión del tiempo

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En la calle, en la oficina, en el bar (de zumos verdes, claro) y hasta en la escuela de yoga se oye mucho, entre suspiros, la frase: “necesitaría que el día tuviera más horas”. Como padre de una niña, marido, practicante de yoga, escritor, fregador de platos diario y limpiador de baños (muy) esporádico, yo soy el primero en emitir la gran queja moderna: “no hay tiempo”. Curiosamente, cuando no tenía hija también tenía esa queja y también cuando no tenía trabajo. Lo cual me lleva a la pregunta, ¿si el día tuviera 25 horas sería suficiente o siempre necesitaría más?

Durante varios días he tenido en la cabeza la canción de un grupo pop argentino que resume, de forma simple, mis reflexiones:

“Ya sé que es irreal esto de que no hay tiempo / pero es lo que siento”.

Como todos supuestamente sabemos, el tiempo es relativo e incluso puede ser un fenómeno psicológico, pero la verdad es que ya estamos a jueves y no he hecho mi prāṇāyāma, tengo que ir al súper a por agua, solucionar la mancha de humedad del salón, contestar ese mail importante, leer ese manual, pensar los regalos de Navidad, ingresar el IVA, escribir otro libro y, por supuesto, iluminarme…

reloj

Por estas fechas pre-navideñas, aunque hace dos años, leí el mensaje mensual de la yoguini Sharon Gannon, cofundadora de Jivamukti Yoga, sobre el tema “gestión del tiempo” y me pareció revelador. Dos años más tarde, habiendo puesto en práctica algo de esas enseñanzas y todavía pasando (con éxito relativo) por la prueba de fuego de la paternidad, me veo inspirado a profundizar en la cuestión.

Para empezar, Sharon propone que como yogui uno busque el “origen de su insatisfacción” y de sensaciones como “si yo hubiera estado listo el timing hubiera sido bueno; si hubiera tenido más tiempo lo hubiera hecho mejor; no hay tiempo suficiente para hacer todo…”. Según ella, el problema subyacente es siempre “decepción y desprecio hacia uno mismo por pensar que no somos lo suficientemente buenos, que nos falta algo o que deberíamos lograr más”.

Y sigue: “Si teñimos nuestros esfuerzos con un sentimiento constante de no haber hecho lo suficiente, de que nos fallamos a nosotros mismos, de que hay una forma mejor y de que si la supiera o si alguien pudiera ayudarme todo estaría bien, entonces experimentamos el sufrimiento del tiempo”.

Evidentemente la culpa y la auto-exigencia juegan un rol importante en este sufrimiento, pero igual de relevantes son, según mi experiencia, las largas listas de propósitos y temas pendientes que uno nunca llega a cumplir. En una sociedad que pregona el “progreso” y los “logros” incesantes como sinónimo de felicidad es casi inevitable sentirse un desgraciado al final de cada jornada, no importa cuánto hayas hecho. Por ello es tan normal que las personas no puedan quedarse quietas y a veces ni siquiera cerrar los ojos en śavāsana, la postura de relajación por excelencia del haṭha yoga, en la que no hay que hacer absolutamente nada.

Una vez leí el consejo de un gurú zen que decía que en tu lista de tareas diarias no hay que poner más de tres cosas, primero para poder cumplirlas y, segundo, para alivianar un poco la mente. Esto es útil desde el punto de vista práctico externo, aunque el enfoque yogui que me interesa es mucho más profundo y transformador.

De manera simple, Sharon explica la solución al problema de la falta de tiempo: “Lo que estamos haciendo en este mismo momento y cómo lo estamos haciendo es exactamente lo que deberíamos estar haciendo; no hay ninguna otra cosa que hacer ni ninguna otra forma de hacerla”.

Supongamos que uno llega a ese punto de aceptación y satisfacción con uno mismo y sus propias acciones, la pregunta que puede surgir es ¿qué pasa entonces cuándo uno hace todo bien pero no cumple con sus objetivos por “culpa de los demás”? Quizás debido a un atasco de tráfico, un despertador que no sonó, la imprevista gripe de tu pareja o ese pedido de última hora de tu jefe…

Pues la respuesta es la misma y por si acaso me la repito: “lo que estás haciendo en este mismo momento y cómo lo estás haciendo es exactamente lo que deberías estar haciendo”.

yoga-reloj

En todos los casos, como es natural, la premisa es hacer siempre lo mejor que uno pueda, incluso sabiendo que eso puede, quizás en la mayoría de casos, no ser suficiente para cumplir las expectativas. ¡Ajá! Aparecieron las famosas “expectativas” o, como diría la Bhagavad Gītā, los “frutos de la acción”.

Durante este último tiempo, ya después de leer el texto de Sharon, he estudiado un poco el mensaje de la Gītā y allí también he encontrado grandes enseñanzas que me ayudan en la vida diaria.

En uno de los ślokas más famosos de la Gītā empieza la clave (II.47):

karmaṇy evādhikāras te mā phaleṣu kadācana
mā karma-phala-hetur bhūr mā te saṅgo ’stv akarmaṇi

Es decir:

“Sólo tienes derecho al trabajo, no a sus frutos.
Que esos frutos jamás sean el motivo de tu acción, ni te quedes aferrado a la inacción”.

Como dice Swami Vijoyananda en su clásica traducción de la Gītā al español: “Cualquier trabajo que se hace movido por el deseo, es muy inferior al que se hace con la mente no perturbada por los esperados resultados. Refúgiate en esta tranquilidad. Desdichados son los que trabajan ansiando los resultados”.

Ante la incesante lista de tareas cotidianas, hace meses que me repito las palabras de Śrī Kṛṣṇa: “en verdad, nadie puede permanecer sin actuar ni un momento” (III.5); y aceptando los hechos también me digo que debo hacer lo mejor que puedo porque, como también enseña Kṛṣṇa, “yoga es la destreza en la acción” (II.50). La cuestión es, ¿cómo mantener esa actitud yóguica y de contentamiento ante los obstáculos de cada día y las tendencias negativas de la mente?

Sharon Gannon ofrece una idea: “Tenemos que encontrar alguna manera que nos funcione para que cada mañana, o al menos en algún momento del día, nos ofrezcamos como instrumentos de la voluntad Divina, porque si nosotros – en el sentido de nuestra limitada personalidad individual – pensamos que tenemos que hacerlo todo, se vuelve agobiante y estamos destinados a fracasar”.

Es decir, en lugar de pensar que yo soy el “hacedor”, asumo el rol de alguien que realiza acciones por un bien superior o simplemente, como dice Sri Dharma Mittra, “porque deben ser hechas”. Por eso Sharon cita otro verso relevante de la Gītā (IV.20):

“Renunciando al apego a la acción y a sus frutos, siempre contento, sin depender de nadie, el sabio, aunque esté ocupado en la acción, en realidad no hace nada”.

Ante la dificultad filosófica para entender esta enseñanza y la dificultad práctica para ejecutarla, mi método es el de (intentar) ofrecer mis acciones a una causa superior e inspiradora, generalmente Dios o el guru.

De esta forma, ese paso a paso de cada acción, además de mantenerme en el presente y no dejarme agobiar por lo-que-falta-por-hacer, me fomenta la devoción y la conexión interior.

Evidentemente, el tictac del mundo continúa, la vida es corta y hay que practicar mucho, pero al final lo que tenemos ahora es solo este momento, esta acción, y si pudiéramos poner todo el corazón en ella no importaría nada más, nunca llegaríamos tarde aunque las agujas del reloj dijeran lo contrario.

Lo que me pide el cuerpo…

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Cada vez que como patatas fritas me vienen fuertes deseos de beber Coca-Cola. No es un acto reflexivo, sino que es algo que, dicho en lenguaje popular, “me pide el cuerpo”. Aunque hace tiempo que dejé la famosa bebida cola, años de fiel consumo crearon en mi cuerpo esa “necesidad” que todavía repica en mi interior, tanto física como mentalmente. Si bien la sabiduría popular tiene buena prensa, en este caso la mayoría estará de acuerdo en que darle Coca-Cola al cuerpo no es, en general, el consejo ideal, ya que más que un pedido fisiológico natural es un reflejo condicionado por hábitos del pasado.

Un ejemplo menos extremo y muy común es el de las mujeres embarazadas que sienten antojo de chocolate y, según explican los médicos, se trata en realidad de necesidad de magnesio, un mineral presente en el cacao. Por tanto, en este caso el cuerpo sí pide algo que le haría bien pero los condicionantes hacen que ese pedido se exprese en la forma de un deseo sensorial que no es tan “sano”.

¿Cómo saber entonces cuándo “lo que pide el cuerpo” es realmente bueno para uno y cuándo es el reflejo de un hábito condicionado? Y yendo más allá del cuerpo, ¿cuándo saber si un pensamiento, una idea, una decisión, son puras y beneficiosas para uno o más bien el resultado de preconceptos, costumbres o, como dicen los yoguis, surcos mentales que solo refuerzan el ego individual?

pareja

Para intentar resolver el dilema me gustan las palabras del yogui Sri Andrei Ram-Om, que explica que hay una gran diferencia entre la “intuición” y la “intención” que, como indica la palabra, no surge naturalmente sino que tiene una motivación subyacente. La intención, que también se podría equivaler al instinto, viene siempre de la mente, del cuerpo o de los sentidos y está “polucionada” por la información previa, la fuerza del hábito y la satisfacción del interés personal. De hecho, toda idea o acción que surge de la intención lleva al ego.

La intuición, en cambio, no tiene relación con mente, cuerpo o sentidos y proviene de la comprensión y experiencia interna directa (“realización” en la jerga espiritual moderna). Su gran ventaja es que una idea/acción que surge de la intuición lleva a la “alineación con el universo”, es decir que respeta el orden cósmico y el bienestar colectivo (o sea, propio y ajeno). Entonces, dice Andrei Ram, está bien analizar, en el momento que tomamos una decisión, si se trata de una intuición real o de un reflejo que viene de la mente.

Yogui Sri Andrei Ram-Om

Obviamente, la mayoría de decisiones que cualquier hijo de vecino toma cada día están guiadas por la mente y su fuerte identificación con el cuerpo y los sentidos. Modificar esa tendencia lleva mucha práctica y mucho esfuerzo, pero como comienzo está bien ser conscientes de que ese desesperado deseo por un helado no es, necesariamente, una condición vital para la trascendencia espiritual.

A la vez, me parece pertinente decir que todas las personas podemos tener deseos, impresiones subconscientes o impulsos que, por banales que parezcan, pueden considerarse “necesidades verdaderas”, en el sentido de que es mejor cumplirlas para no tener la mente perpetuamente pensando en eso.

Siguiendo con los helados, si uno decide no comerlos porque es un pedido meramente corporal pero a nivel mental los está degustando en cada meditación, cada āsana y cada vez que se cepilla los dientes, entonces quizás es mejor pedir un cucurucho de tres bolas y satisfacer esa “intención” para bien. Obviamente, y como siempre dicen los maestros, hay que usar el discernimiento para saber identificar qué deseo es necesario y cuál no; cuándo es intuición y cuándo es instinto.

O como dice un popular dicho indio:

“El cuerpo es como un niño: hay que darle todo lo que necesita, pero no todo lo que pide”.

A este punto surge, con probabilidad, la pregunta de cómo hacer para diferenciar, sin error, entre intuición e intención. Para empezar, con un poco de sincero auto-análisis es fácil agudizar ese discernimiento porque todos tenemos dentro la llamada “voz de la conciencia” que nos guía de alguna forma. De la misma forma, la meditación y el silencio son grandes ayudas para aquietar y observar los reflejos condicionados y, como a muchos nos ha pasado, en meditación llegan, sin esfuerzo consciente alguno, ideas o soluciones que se podrían calificar de “intuitivas”.

De todos modos, las conductas y tendencias del cuerpo y la mente, alimentadas durante años, son fuertes y con frecuencia estamos tan identificados con ellas que las consideramos, erróneamente, necesidades reales o hasta intuiciones en toda regla. Por tanto, una gran ayuda y guía externa son las enseñanzas de los textos sagrados. La Bhagavad Gītā (XVI.23) dice:

yaḥ śāstra-vidhim utsṛjya
vartate kāma-kārataḥ
na sa siddhim avāpnoti
na sukhaṁ na parāṁ gatim

Es decir:

“Aquel que hace a un lado los preceptos de las Escrituras
y permanece actuando según sus deseos
no alcanza la perfección
ni la felicidad ni la meta suprema”.

Por tanto, en la tradición hindú es importante seguir las Escrituras, que son una autoridad fiable para todos los buscadores.

Asimismo, como explicaba Swami Satyānanda Saraswatī en un reciente seminario sobre la sabiduría de la Gītā, la primera fuente de consulta debe ser, si es posible, el guru, ya que la Escritura también necesita capacidad de interpretación y uno no siempre es capaz de interpretar como corresponde, un poco por ignorancia y otro poco porque las circunstancias de cada persona son diferentes. El ejemplo clásico es la enseñanza de ahiṁsā o no-violencia, que si bien es correcta y universal, probablemente no sería bien interpretada por un soldado en medio de la batalla.

En cualquier caso, el maestro genuino siempre se basa en la Escritura y si uno no tiene la suerte de tener un maestro personal, también puede pensar en los grandes sabios y plantear la pregunta: “¿Qué haría esa gran alma (rellenar con el sabio a elección) en esta situación?”. Después del guru y de la Escritura llega lo que Satyānanda llamó la pregunta del “último recurso”, es decir: “¿Qué dice mi mente?”. De la respuesta, dijo el Swami, no hay que fiarse mucho…

altar

Recapitulando, los caminos y ayudas para fomentar la intuición son, por ejemplo, el auto-análisis, la meditación, el silencio, la enseñanza del maestro y los textos sagrados.

A esto, Sri Andrei Ram agrega un detalle importante: “La práctica de la compasión es la que hace desarrollar la intuición, porque es ponerse en el lugar del otro” y así empezar a estar en armonía con el orden cósmico. Por tanto, con el surgimiento de la compasión hay desarrollo de la propia conciencia y, a partir de ahí, se desarrolla la intuición.

Dicho todo esto, y con el calor que hace en Barcelona, me voy a buscar mi helado de rigor, aunque “intuyo” que es más bien un arraigado hábito veraniego que una necesidad profunda de mi ser.

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