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Sólo se trata de vivir / Enjoy the problem

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En la famosa Autobiografía de un yogui, Paramahansa Yogananda relata una “experiencia de la conciencia cósmica” que le fue dada por su maestro y en la que “todo el cosmos, saturado de luz como una ciudad vista a lo lejos en la noche, fulgía en la infinitud de su ser”. Al acabar la experiencia su maestro le dijo:

“No debes embriagarte con el éxtasis. Todavía hay mucho trabajo para ti en el mundo. Ven, vamos a barrer el suelo del balcón…”.

En una línea similar, Jack Kornfield, ex-monje y conocido escritor budista, tiene un libro titulado Después del éxtasis la colada, en que a partir de la prosaica tarea de lavar la ropa sucia reflexiona sobre cómo vivir la vida cotidiana una vez alcanzada la iluminación (o al menos, vislumbres de iluminación).

Yo, que últimamente estoy bastante lejos de esas experiencias cósmicas, me encontraba cortando zanahorias para la comida familiar, con mi exploradora hija de nueve meses por el suelo intentando chuparme las pantuflas, cuando me llamaron de la radio para pedirme que hablara de turīya, el cuarto estado de la consciencia según la filosofía hindú, que a falta de una descripción más certera se puede decir que es la pura trascendencia, el Ser en estado puro, la Consciencia suprema (para más detalles, se puede escuchar – la mayor parte en catalán – el programa aquí, con la participación estelar del monje Swami Satyānanda Saraswatī y del filósofo y escritor Vicente Merlo).

La cuestión es que enfrascado en tareas tan domésticas y cotidianas como cocinar y criar hijas, me hizo reír que me consultaran sobre un estado que, si ya de por sí me es lejano, me parece inalcanzable en mi ajetreada vida hogareña.

Luego, analizando el tema, pensé que las experiencias de Yogananda y Kornfield son las de alguien que, después del samādhi, debe hacer un esfuerzo para volver los pies a la tierra y llevar una vida “normal”. En mi caso, por el contrario, metido hasta las rodillas en el barro de la cotidianeidad, el esfuerzo sería el de encontrar un destello de claridad que me mantenga elevado, o al menos no me permita hundirme más…

Una primera – y obvia – conclusión que saqué es que todos, ya sea con experiencias trascendentales o no, tenemos que vivir la vida, lo cual incluye en casi todo momento acciones cotidianas, pequeñas, banales si se quiere, y muchas veces no placenteras en sí mismas. El maestro Sri Dharma Mittra dice que mantener “este cuerpo” implica “un montón de trabajo”: hay que alimentarlo, peinarse cada día, lavarse los dientes, hacer ejercicio…

Al mismo tiempo, como dijo una amiga hace poco, esa serie de actividades diarias y no necesariamente apetecibles (cocinar, lavar, limpiar la casa y, por supuesto, trabajar) es “vivir”, o al menos es un parte insoslayable del vivir, que en la balanza de la existencia es igual de pesada que las vacaciones, ver la tele, descansar, tener sexo o hacer yoga…

Para colmo, algunos maestros dicen que no está bien que otros laven tu ropa y, en general, también hay consenso en que, empezando por el nivel energético, no es bueno que tu comida la prepare cualquier persona (esto incluye chefs de restaurante), a menos que sea alguien con una conciencia elevada. Entonces, si tengo que pasarme toda la vida lavando y cocinando, y tampoco puedo disfrutar realmente de los placeres de la vida porque son efímeros, ¿cómo voy a ser feliz? O dicho de otro modo, ¿qué sentido tiene vivir así?

En la antigua filosofía Sāṃkhya se dice que el objetivo del mundo material (prakṛti) es servir de campo, de teatro, donde el ser/espíritu (puruṣa) pueda experimentar (bhoga) tanto el placer como el dolor de la multiplicidad material, para finalmente darse cuenta de que dicha experiencia no genera plenitud y así volver la mirada hacia sí mismo, es decir, el sujeto que experimenta, donde la conciencia se reconoce y encuentra la liberación (kaivalya) de las identificaciones materiales.

Desde otra escuela filosófica hindú muy diferente, la tradición tántrica Śrīvidyā, existe un texto llamado Tripurā Rahasya, en que se ensalza a la Diosa como Madre del universo diciendo, por ejemplo:

“Yo soy la Conciencia de la que se origina el universo, en la que éste florece y en la que se acabará disolviendo. El universo se refleja en mí como una imagen en un espejo. Los ignorantes me ven como el mero universo material, mientras que los sabios me conocen como el Conocimiento puro, como el ātman libre de pensamientos, semejante a un océano profundo e inmóvil.”

En la visión tántrica, hablando ahora de forma genérica, se considera que todo en este mundo es sagrado o divino y, por tanto, puede ser usado para ser disfrutado pero, sobre todo, como herramienta de trascendencia hacia la conciencia suprema.

Es en el contexto de las diferentes visiones citadas que a veces se dice que para alcanzar yoga hay que pasar por bhoga, que puede ser “experimentar”, aunque tiene una connotación más bien de “disfrutar”. De la misma forma que se dice que para llegar a mukti, la liberación, hay que pasar por bhukti, que también es el “disfrute” del mundo y sus objetos.

Cuando se trata del placer, todos podemos concordar en que este mundo merece la pena ser vivido, pero cuando hablamos de dolor es probable que sean menos los que se suban al carro de la vida al completo. La visión del legendario yogui Sri Dharma Mittra al respecto es pertinente:

“La vida sin yoga = el sufrimiento es sufrimiento.
La vida con yoga = el sufrimiento es una puerta que nos lleva a conocer más el Ser y a cambiar la conciencia hacia un nivel superior, para darnos cuenta de que somos solo el observador de nuestro cuerpo y mente. Disfruta todo con este cuerpo y esta mente, pero no te aferres a ello”.

Si la semana tiene siete días, de los cuales sábado y domingo son solo dos, eso significa que la mayor parte del tiempo, en general, uno está involucrado en actividades que, a priori, no son las más placenteras ni apetecibles. Por tanto, uno puede tener el imperioso deseo de escaparse de las obligaciones de este mundo o de aquello que “no le gusta”. Entendiendo por “escaparse”, tanto el hecho de no llevarlo a cabo como el hecho de hacerlo a desgano, ergo sufriendo.

Sobre esto, en la Bhagavad Gītā, Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) dice que “no es correcto renunciar a los deberes prescritos” (XVIII.7), y dando ejemplo inspirador agrega, hablando en su rol de Ser Supremo (III.22):

“En los tres mundos
yo no tengo nada que realizar,
nada no alcanzado
que yo tenga que alcanzar,
y, sin embargo, yo permanezco en la acción”.

Si el mismo Dios actúa aunque no le haga falta, ¿qué queda para mí? De hecho, en este contexto la enseñanza más relevante a nivel existencial es el hecho de que, en este mundo, la acción es algo ineludible. Al decir de Kṛṣṇa (III.5):

“Ni por un solo momento permanece alguien sin actuar”.

Obviamente, quedarse tirado en el sofá todo el día también es una forma de acción, aunque quizás muy cercana a la actitud de no-acción que Kṛṣṇa condena en la Gītā (III.8). Por tanto, es uno el que decide cómo afrontar eso que llaman “vivir”.

Este hartazgo que producen los quehaceres cotidianos más el sufrimiento de tener que hacer “lo que no me gusta” me recuerdan una anécdota de mi maestro Swami Premananda, relatada por una de sus discípulas renunciantes, que en ese momento tenía a cargo una sección comercial del áshram en que se vendían y exportaban productos.

La historia cuenta que la sección comercial y toda su mercancía habían sido cambiadas de sitio a un nuevo almacén con el techo roto, donde habitaban murciélagos, no había electricidad ni aire acondicionado, con todo el material desordenado y sin suficiente mano de obra para acomodarlo. Entonces, la monja fue a ver a Swamiji y durante un buen rato estuvo enumerando la retahíla de obstáculos, quejándose amargamente. Al acabar, Swami, que había escuchado todo pacientemente, la miró y sonriendo dijo: “Enjoy the problem” (“Disfruta del problema”).

Este sabio consejo me ha quedado grabado, pues he comprobado (algunas veces, no siempre claro) que si en el fragor de la cotidianeidad uno logra tomar distancia para situarse en el rol del observador, a la vez que se sumerge sin resistencia en la “acción prescrita”, entonces el sufrimiento se reduce e incluso uno puede “disfrutar del problema” o también reírse de la situación.

La imagen puede contener: una persona, barba y primer plano

Yendo quizás un paso más allá y poniéndolo en las poéticas palabras de Joan Mascaró, cuando habla de karma yoga:

“Cada pequeña acción en la vida puede convertirse en un acto de creación y, por tanto, en medio de salvación… El gozo de la acción es por tanto el gozo de Dios”.

Tengo a las nenas con conjuntivitis, el tubo de la aspiradora roto y varias remolachas para hervir (que demoran un buen rato). También, como Kornfield y Yogananda, tengo que lavar la ropa y barrer el balcón. Eso sí, de experiencias cósmicas ni hablar… pero curiosamente hay veces que en medio de este mundanal ajetreo encuentro inspiración o paz o mucha gratitud y entonces todo cobra sentido. Quizás sólo se trata de vivir.

Desde un registro totalmente diferente al hindú, acabo este texto con dos antiguas canciones de rock argentino que incluyen la sintética frase que da título a este post catártico:

y

1 definición larga de Yoga en la Bhagavad Gītā

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Hace un año escribí el post titulado 3 breves definiciones de Yoga en la Bhagavad Gītā, en donde prometía hablar también en algún momento de las definiciones largas que aparecían en el sagrado texto hindú. Pues, ese momento ha llegado, y me quiero concentrar en una definición que me ha interesado por su juego de palabras y, más importante, su descripción de los beneficios de la práctica yóguica.

De hecho, gran parte del capítulo VI de la Gītā, conocido como Dhyāna Yoga, es de particular interés para los haṭha-rāja yoguis, ya que en la descripción del “sendero de la meditación” Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) incluye detalles sobre la postura correcta, los hábitos idóneos, la metáfora de la vela o cómo controlar la mente. Sin detenernos hoy en toda esa valiosa información y llegando directamente al śloka 23, Śrī Kṛṣṇa dice:

taṁ vidyād duḥkhasaṁyogaviyogaṁ yogasaṁjñitam

Es decir:

“Sabe que ese estado en que hay separación (viyoga) de la unión (saṃyoga) con el dolor (duḥkha) es llamado Yoga”.

O dicho más directo:

“Yoga es la separación de la unión con el dolor”.

Obviamente, en este verso hay un juego de palabras con el término yoga, casi como si en español, y con mucha menos gracia, uno dijera:

“La unión es la desunión de la comunión con el dolor”.

Es curioso que la definición actualmente más difundida de Yoga tenga que ver con la “unión” entre cuerpo, mente y espíritu (o entre el ser individual y el Ser universal) y en este pasaje, en cambio, se haga hincapié en la “separación”, una idea muy arraigada en la antigua filosofía Sāṃkhya, de la que los Yoga sūtras de Patañjali beben grandemente y también, en parte, la misma Bhagavad Gītā. De todos modos, aquí se habla de separarse del dolor, lo cual implica estar en contacto directo con la dicha, que al final no es otra cosa que identificación o “unión” con la Realidad.

Según la traducción, el verso puede encontrarse como “liberación de la cadena del dolor” (Fernando Tola); “liberación de las cadenas del sufrimiento” (J. Arnau); “liberación frente a la opresión del dolor” (Mascaró); “ningún contacto con el pesar” (Swami Vijoyananda); “el estado que quita el dolor” (Jean Riviere)… Justamente, lo que más nos interesa de esta definición es la descripción de ese estado que nos “separa del contacto con el dolor” (Swami Nikhilananda). Y aquí es cuando la definición se pone larga…

En una traducción posible basada en diferentes fuentes, así lo explican los ślokas VI.20-22:

“Aquel estado en que la mente, controlada por la práctica del Yoga, consigue la quietud;
y en que viendo el Ser (ātman) a través del Ser, se está satisfecho en el propio Ser;
aquel estado en que uno conoce una dicha infinita que está más allá de los sentidos y que solo el intelecto (buddhi) puede comprender;
aquel estado en el que, estando establecido, uno ya nunca se separa de la realidad;
aquel estado que una vez obtenido genera el pensamiento de que no puede haber logro superior;
y en el que, una vez establecido, no es conmovido ni por el más intenso de los dolores”.

La filosofía hindú plantea que este mundo, en esencia, ofrece sufrimiento. La forma de separarse de ese sufrimiento es la práctica del Yoga, que en sentido amplio sería cualquier camino o método hacia la liberación. En el capítulo dhyāna yoga de la Gītā el método que se explica tiene que ver con la meditación (“el cultivo de la mente” o “la contemplación del ser” también traducen algunos autores), con aquietar la mente, controlar los sentidos y encontrar la fuente de toda satisfacción en uno mismo.

Por supuesto, la meta ofrece una perspectiva tentadora y, como no puede ser de otra manera, el camino es esforzado, ¿pero acaso no es la vida esforzada en general?

Para alentarnos, Śrī Kṛṣṇa dice al final de esta larga definición:

“Este Yoga debe ser practicado con determinación (niścaya) y sin que la mente se desaliente (anirviṇṇa)”.

Que así sea.

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Si te gustó este post o te interesan estos temas, te cuento que el 25 de febrero (2017) comenzaré a dar en Barcelona el curso Filosofía y Yoga en colaboración con Introyoga. Para más detalles puedes clicar aquí o escribirme a hijodvecino@gmail.com

La lotería de Navidad y la libertad

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Cuando se acerca Navidad, en España hay una difundida tradición popular de comprar billetes y sobre todo “décimos” de lotería para el llamado Gordo de Navidad, el gran premio que, desde hace más de cien años, se sortea el 22 de diciembre. Cada año el renovado anuncio publicitario del sorteo, siempre muy emotivo, sale en las noticias; se arman largas colas para comprar un billete en los establecimientos con buena estadística ganadora; los padres le regalan décimos a los hijos; los bares y las tiendas los venden a sus clientes; los compañeros de trabajo los compran en conjunto (con la esperanza de abandonar a su jefe, claro) y, cuando llega el día, las expectativas de todo un país están puestas en los niños de un famoso colegio de Madrid que son los encargados de cantar cándidamente los números premiados.

Por supuesto y como es esperar, el 22 al mediodía hay unos pocos españoles eufóricos y una mayoría frustrada. Así es el azar. Pero hasta ese momento fatídico (excepto para esa minoría) nadie nos quita la ilusión y las consiguientes elucubraciones de “¿qué harías si ganaras el Gordo?” o, al menos, un décimo, que pueden ser 400.000 euros. No sé si por no ser español, ser yogui o simplemente por pura casualidad yo vivo un poco ajeno a esta vorágine y me entero muy de refilón (obviamente el sorteo nunca me toca).

Las palabras de J.L. Borges en su cuento La Lotería en Babilonia son pertinentes:

“Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón”.

Al despedirse de mí la semana pasada, una alumna de haṭha yoga se quedó un momento dubitativa y dijo: “pues sí que nos vemos, porque aunque me toque la lotería vendré a clase”. Debo haber puesto cara de perplejidad porque entonces ella agregó: “uno suele decir, ‘si me toca la lotería aquí no vuelvo’, pero a yoga sí que volvería”. Yo, poco inspirado, simplemente dije: “claro, el dinero no cura el cuerpo ni la mente”.

Por un lado, la reflexión de mi alumna me alegra porque significa que tiene claras algunas prioridades. Por otro lado, es un síntoma de que toda una sociedad pone sus esperanzas en el sorteo para cambiar o mejorar sus vidas.

En la tradición de la India el juego de azar está muy mal considerado. En algunas corrientes vaishnavas no jugar es un principio básico junto al vegetarianismo, no tomar sustancias intoxicantes o incluso el celibato. En la gran épica del Mahābhārata (Mahabhárata) encontramos la ilustradora historia del recto rey Yudhiṣṭhira (Yudhishthira), cuya única debilidad era jugar a los dados (epítome del juego de azar para los indios) y justamente esa afición le cuesta a él y su familia unos años de exilio y grandes penurias.

La significancia del juego de azar en la tradición india se pone de manifiesto en un verso de la Bhagavad Gītā en que Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna), enumerando parte de sus “divinas manifestaciones” dice ser lo más destacado de cada ámbito (“soy el poder de los poderosos”; “entre los ríos soy el Ganges”; “soy la tesis de los que discuten”…) y en una debatida línea agrega:

“Soy el juego de los truhanes” (dyūtaṁ chalayatām asmi)

Me parece entender que el hinduismo, que no tiene un enfoque moralista del mundo, rechaza el juego de azar no porque sea “impío”, sino porque es una acción que nos aleja de la raíz de nuestra insatisfacción.

Por un lado, apelar a una solución fácil, sin esfuerzo, para cambiar un destino que no nos gusta se podría juzgar como falta de compromiso o coraje. Por otro lado, podría representar la codicia o el deseo de tener más de lo que uno necesita. Lo que es seguro es que jugar a la lotería explicita una carencia de lo que en yoga se llama saṁtoṣa (‘santosha’), es decir “contentamiento”, que vendría a ser: estar satisfecho con lo que uno tiene ahora.

Ya sé que hay personas que realmente no tiene suficiente dinero para vivir y puedo entender que la lotería sea “su única esperanza”. De todos modos es una esperanza bastante improbable, como lo confirma este ominoso titular de un periódico español: “Es 24 veces más probable que te atropellen que ganar el Gordo de Navidad”. Y bajo esas líneas una profesora de matemáticas advierte: “Si guardásemos en una alcancía el dinero de toda una vida destinado a la lotería, tendríamos más rentabilidad que si apostamos en ella” (siempre y cuando no la ganemos, supongo).

Por tanto, la esperanza (válida o no) de millones de personas y su deseo de cambiar su vida de un golpe es una variable fundamental para mantener el negocio en marcha.

En realidad, lo que uno espera ganar con la lotería es libertad: Si yo ganara le diría unas cuantas cosas a mi jefe; si yo ganara no viajaría más en metro; si yo ganara no lavaría más mi ropa; si yo ganara me cambiaría de casa y sobre todo de vecinos; si yo ganara haría las vacaciones cuando quisiera; si yo ganara solo cocinaría cuando tuviera ganas…

Y entonces me cae del cielo una cita de E.F. Schumacher que acabo de encontrar en el libro El científico y el santo, de Avinash Chandra, que estoy leyendo con fruición:

“Preguntar si el ser humano tiene libertad es como preguntar si el hombre es millonario. No es millonario, pero puede llegar a serlo. Puede fijarse el objetivo de llegar a ser rico; de forma similar, puede proponerse llegar a ser libre. Puede desarrollar un centro de fuerza en su ‘espacio interior’, de manera que el poder de su libertad exceda el poder de su necesidad”.

Tengo la suerte de tener dos manos, dos pies, un techo, comida y todavía más. Por supuesto puedo entender que para otras personas sus necesidades no estén cubiertas y no tengo intención de criticar a nadie en particular. Solo me parece sintomático de estos tiempos materialistas y hedonistas en que vivimos que tantos millones de personas elijan focalizar su “centro de fuerza” en algo externo, azaroso, extremadamente improbable y puramente monetario.

El jueves por la tarde cuando toda ilusión se desvanezca, ¿qué haremos? ¿Pensar en la comida de Navidad? ¿O que quizás el próximo año hay más suerte? ¿Qué nos hará libres además de los ensueños que cíclicamente acaparan nuestra mente?

Yo creo que nunca compré un décimo en mi vida, aunque sí que los hay en casa, ya sea porque nos los regalan parientes amorosos o porque en el despacho de mi esposa comprarlo es una tradición grupal. ¡Imaginen que me toca! Sería injusto, lo sé. Pero así es el azar.

El yogui y la copa de vino

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Yo hace muchos años que no bebo alcohol y no es ningún esfuerzo porque en general no me gusta su sabor, ya sea vino, cerveza, champagne u otras bebidas espiritosas. De hecho, el único interés que alguna vez – especialmente en la adolescencia – tuve en el alcohol era por su capacidad de alterar (alegrar, liberar) la mente y fue justamente ese factor alterador lo que me hizo dejarlo por completo: no quería condicionantes externos para encontrar mi felicidad interna.

En esta decisión seguramente influyó que mis padres no tomaran bebidas alcohólicas y quizás también el hecho de que para la tradición de la India la droga peor considerada sea el alcohol, pues se le supone una cualidad netamente tamásica, es decir de “inercia, torpeza, confusión”. De hecho, es conocido que muchos sādhus indios fuman cannabis y, aunque sea con fines espirituales un tanto debatidos, se lo acepta como una ayuda para liberar la mente. El alcohol como herramienta espiritual, en cambio, está reservado únicamente a algunos ascetas radicales que rompen todas los tabúes sociales como una forma de destruir y trascender el ego individual. De allí que para su whisky utilicen como copa, por ejemplo, un cráneo humano salvado del crematorio. En este contexto beber alcohol sería lo de menos, claro…

Volviendo a Occidente y a nuestras vidas encuadradas en reglas sociales y culturales, he notado que muchos yoguis beben alcohol, especialmente vino, y en copas de cristal. Este hábito que, según mi tradicional escala de valores, es impropio de un yogui, me generó sensaciones encontradas a medida que fui conociendo a personas que considero genuinos buscadores espirituales y que, con mayor o menor frecuencia, bebían su copita de vino. Cuando digo vino también podría decir cerveza o mojito, aunque supongo que por influencia cultural beber vino tiene un mayor pedigrí que otras bebidas y por ello es lo más difundido.

Entre los nuevos yogas (eso que Ramiro Calle gusta en llamar “pseudo-yogas”) hace tiempo que existe, especialmente en USA, un popular “estilo” llamado yoga & wine que conjuga los beneficios del yoga con el disfrute sensual de beber vino (en general después de la clase de yoga). El vino tiene buena prensa, es antiquísimo, es bastante natural (uva fermentada) y, en teoría, requiere cierto paladar para ser degustado. Quizás por ello son pocos los yoguis que se jactan por ahí de beber cerveza, que para muchos da la idea de estar tirado en el sofá mirando TV, aunque en Alemania ya hayan inventado el infame Bier Yoga.

wine

Para mí sería fácil ridiculizar o enjuiciar la ingesta de alcohol, así que después de investigar y conversar con diversas fuentes, he decidido ampliar un poco mi perspectiva en busca de respuestas para un fenómeno muy actual. En general todos los yoguis parecen estar de acuerdo en que el alcohol (o mejor dicho, el etanol) es una neurotoxina, es decir una sustancia que afecta adversamente al tejido nervioso, pero que bebido con moderación no es grave. Evidentemente, uno estaría mejor sin él porque “impiden el trabajo de purificación que se hace con la práctica de yoga” y también porque el alcohol “no te permite focalizarte bien en las sensaciones/emociones que en ese momento estás viviendo”, o sea es una “distracción”.

Si el yogui busca tener una mente y un cuerpo sanos el vino no ayuda, de acuerdo, pero claramente beber una copa a la semana no debería ser tan terrible para el sistema nervioso o, en realidad, es similarmente terrible que beber Coca-Cola o café. Incluso el té negro es considerado un estimulante no siempre bien visto por los yoguis, ni qué decir de los meditadores. De hecho, si el vino me relaja y aliviana la mente, el café/té me estimula, me despierta o me activa. ¿No es esa también una “distracción”? ¿Una forma de alterar la propia conciencia?

Obviamente hay yoguis estrictos que prescinden del café, alcohol y en general cualquier placer sensorial, fieles a la tradición más ascética del yoga. Si la idea es controlar los sentidos, mejor no darles cuerda con chocolate y otros manjares. En este punto entra el azúcar, el gran infiltrado de todas nuestras comidas (incluso las “saladas”), y al que muchos recurrimos periódicamente para “alterar” nuestras emociones, es decir, para sentirnos más satisfechos, más alegres y completos. Chocolate, galletas, helado, dátiles, yogures… cada uno sabe de lo que hablo. Si para sentirme bien cada noche yo tengo que comer “algo dulce” antes de ir a la cama, ¿qué diferencia esencial hay con beber una copa de vino?

Puede que el vino y hasta el café afecten más la mente, mientras el azúcar vaya más al cuerpo, pero al final sus razones de consumo son las mismas: placer del paladar; hábito psicofísico; intolerancia de las propias sensaciones…

coffe

Si empezamos a hilar fino en lo que uno ingiere, cada alimento tiene sus cualidades y ayuda a generar ciertos tipos de pensamientos. Cualquiera que haya hecho algún tipo de ayuno o dieta desintoxicante habrá notado que la parte psicológica y emocional es mucho más difícil que la parte física, pues el solo pensamiento de que uno no va a comer nada (o “eso” que le gusta) ponen a la mente en un estado de ansiedad desconocido. Solo haciendo ayuno uno se da cuenta de cuánto rato nos pasamos pensando en lo que comemos y bebemos.

Pero yendo más allá, la necesidad de mirar los mensajes del móvil cada diez minutos o una serie televisiva de moda por la noche, ¿no son también formas de escapar a nuestras sensaciones? ¿No son también parte de lo que los yoguis llaman “apegos”?

Ya ven que esto se está complicando, así que vuelvo al inicio, a la vida de los yoguis que beben vino sin cráneos y comen azúcar cada tanto. Si una posible definición de yoga es “aquietar la mente”, reprimirse de forma muy forzada va a llevarme, en general, a producir más actividad mental (vṛtti en la jerga yóguica). Es decir, si me niego a comerme el helado de chocolate porque tiene azúcar, pero toda mi meditación gira en torno a ese sabroso cacao tropical, su frescura y su crujiente cucurucho, quizás es mejor comerse el helado y meditar en paz. De la misma forma, con el vino.

A este respecto (no del vino, sino de los deseos reprimidos), habla la Bhagavad Gītā (3.6):

karmendriyāṇi saṁyamya ya āste manasā smaran /
indriyārthān vimūḍhātmā mithyācāraḥ sa ucyate //

O sea (en traducción de Fernando Tola):

“Aquel que permanece sentado controlando sus órganos de la acción, pero recordando con su mente los objetos de los sentidos /
con su ser sumido en el error, aquél es llamado un hipócrita”.

No hay que olvidar que el ser humano, por más yogui que sea, necesita disfrutar. Eso no es malo. El objeto de disfrute de un yogui puede ser, en algún momento, una copa de vino, aunque quizás con la práctica y los años ese mismo disfrute lo pueda encontrar en algo más sáttvico, es decir un objeto cuya cualidad principal sea la luminosidad, el balance y la pureza.

Con su particular humor, el gran maestro Sri Dharma Mittra dice que si uno toma heroína debe pasarse a la cocaína, si toma cocaína a la marihuana, si fuma marihuana al tabaco… gradualmente con la práctica los hábitos cambian. Asimismo, Dharmaji dice que practicar la respiración alternada (nadī śodhana) – un tipo de ejercicio respiratorio (prāṇāyāma) – durante media hora es como un “porro espiritual”. Y lo mejor, agrega, “es que estás a salvo de la policía”.

nadi

Buscando alguna conclusión, me gustaría agregar algo clave que, como explican algunos yoguis, tiene que ver con la actitud a la hora de reprimir o permitir esos deseos. Hace poco vi en Facebook a alguien que pensaba asistir a un curso de la Bhagavad Gita “aplicada a la vida” y que para hacérselo saber a sus contactos decía:

“¿Algún plan mejor para desconectar de toda la semana trabajando?
Luego, unas cañas (cervezas) juntos!”

Para algunos esta frase representa irreverencia, para otros ignorancia, para otros naturalidad. En general, después de escuchar la enseñanza espiritual de Kṛṣṇa, la sed que se despierta no se calma con cervezas. Quizás después de hacer el curso esa persona escriba cosas diferentes. Pero eso es algo que cada uno debe experimentar por sí solo.

Lo importante, parece ser, es que si al consumir ese producto (alcohol, café, azúcar, TV), sea el que sea, uno está establecido en o conectado con su “centro”, su conciencia plena o su “corazón espiritual”, entonces podrá saber por qué lo hace, para qué le sirve y, además, cuándo parar.

Para acabar, el ocurrente y difundido vídeo de Yoga para amantes del vino, que es una simple parodia y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Como la llama de una vela en un lugar sin viento

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En el haṭha yoga o “yoga físico” hay una postura muy importante llamada sarvāṅgāsana, cuya traducción literal podría ser “postura de todas las partes [del cuerpo]”, ya que, al decir de Sri Dharma Mittra, es “buena para todo”. Justamente por su beneficio integral se la considera como la “madre” o “reina” de todas las poses. Por hábito o búsqueda de simplicidad, muchas escuelas y profesores traducen (yo incluido) sarvāṅgāsana como “postura sobre los hombros”, pero también es muy difundida la traducción de “la vela”.

Durante varios años, escuchando esta definición mientras la practicaba, yo estaba convencido de que se refería a la vela de un barco, supongo que porque la postura completa con las piernas juntas hacia arriba, en una línea recta con el tronco, me hacía pensar de alguna forma en el mástil del barco y en sus lonas al viento… Finalmente, en una conversación hogareña fue mi esposa quien me habló del otro punto de vista, el de vela como “candela”, y entonces empecé a prestarle atención a ese aspecto aunque sin convencerme del todo.

sarvangasana

Hace poco, practicando sarvāṅgāsana con el yogui Sri Andrei Ram, él indicó que la postura, una vez lograda, debía mantenerse inmóvil “como la llama de una vela en una habitación sin viento”. Por primera vez el sentido de “vela” me tocó la fibra.

Supongo que por el hecho de que la forma de la pose deja las piernas libres es muy común ver que los practicantes mueven sus piernas y especialmente sus pies sin razón evidente. A la vez, al tratarse de una postura que incluso muchos principiantes pueden hacer (de forma aproximativa) en su primera clase, quizás no se valora demasiado su obtención (a diferencia de la “postura sobre la cabeza” por ejemplo). Esta aparente facilidad implica, en contraste con las posturas de equilibrio por ejemplo, que no haya especial concentración en las fases iniciales y que el estudiante con frecuencia mueva “la llama de la vela”.

Las enseñanzas del yoga clásico dejan muy claro que aquietar el cuerpo es fundamental para aquietar la mente. Por tanto, la razón última de cualquier movimiento dentro del āsana es inquietud mental y, por ello, los beneficios de la práctica de posturas van más allá del cuerpo físico. Todo esto (más la lista de la compra y el destino de las vacaciones…) lo pienso cada vez que estoy en esa postura, intentando no moverme, y entonces hoy abro la Bhagavad Gītā (VI.19) y encuentro un śloka que siempre estuvo ahí pero que ahora me llama:

yathā dīpo nivātastho neṅgate sopamā smṛtā
yogino yatacittasya yuñjato yogam ātmanaḥ

O sea (en traducción de Swami Nikhilananda):

Como una lámpara que en un lugar sin viento no tiembla”: esa es la imagen usada
por la mente disciplinada del yogui que practica concentración en el Ser.

En el estado ordinario los procesos o modificaciones mentales están siempre funcionando y, como todos experimentamos, cuesta mucho encontrar la unidireccionalidad de la mente, poner la atención fijamente en una única cosa por un periodo más o menos largo de tiempo. La concentración en el ātman, o más literalmente, el “yoga del ātman”, dice la Gītā, es el método para permanecer “al abrigo de las corrientes del aire”, al decir del filósofo Juan Arnau.

Para algunos esa esencia es un punto de luz en el centro del pecho, para otros el silencio interno, para otros el Absoluto, el universo, para otros una flor roja… pero siempre es un único objeto.

¿Y para qué quiere uno estar quieto y no ser movido por el viento?, puede esgrimir el estudiante que hace spinning en sarvāṅgāsana y, con razón, anhela la libertad. La respuesta, muy simple, la da Sri Dharma Mittra: en cuanto la mente deja de estar en un punto, “uno se vuelve consciente de sus problemas y entonces las emociones cambian” y, por ende, el estado mental se agita.

En este sentido, concentrarse en el entrecejo durante la “postura sobre los hombros” es mucho más importante que lograr la perfección técnica del āsana. Después de lo visto, otra posible forma de concentración durante la postura es visualizarse como una llama, imperturbable, en una habitación sin viento.

vela

Practicando esto, como dirían los Yogasūtras (I.14), durante “largo tiempo, sin interrupción y con seriedad”, sin dudas la llama de la mente vacilará cada vez menos y entonces puede que también se empiece a mantener inalterable en lugares con viento, como la calle, el trabajo y la familia, uno de los verdaderos objetivos de todo yoga.

La duda como obstáculo espiritual

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Uno de los grandes motivos por los que la práctica de āsana o yoga físico es tan popular actualmente es porque aporta progresos evidentes y rápidos a nivel de flexibilidad y fuerza física. Por tanto, con pocos meses de práctica regular (quizás dos veces por semana) la mayoría de personas en general nota una gran “evolución”, al menos desde el punto de vista de realizar las posturas en su forma externa. Sin hablar de otros beneficios como verse más relajado, aliviar dolores de espalda o sentirse mejor con uno mismo por dedicar tiempo y esfuerzo a estar sano. Al obtener una prueba tangible de los beneficios de la práctica, uno la mantiene con entusiasmo e incluso la incrementa.

Hasta aquí muy bien, pero ¿qué pasa cuando – al menos en apariencia – ese progreso se estanca? Sobre todo en prácticas con resultados menos inmediatos como la meditación, la aplicación de yamas y niyamas, la oración, la auto-indagación… O yendo más allá, ¿qué pasa cuando mi cosmovisión y mi estilo de vida que incluyen, entre otras cosas, la actitud positiva, el ver lo divino en todos los seres, andar en bicicleta, comer ecológico o la aceptación de la ley del karma, no parecen darme beneficios?

De esta encrucijada pueden salir muchos caminos, pero hoy solo quiero centrarme en uno: el de la duda. La duda sobre el camino elegido y quizás recorrido ya por varios años; o también la indecisión sobre la eficacia de ese camino que me impide entregarme a él plenamente.

En el Yogasūtra, Patañjali deja claro que hay nueve obstáculos o impedimentos (antarāya) para el aquietamiento de la mente y el tercero de ellos es justamente saṁśaya (samshaya), la duda. El antiguo comentario de Vyāsa a los sūtras dice que la duda es “un pensamiento que oscila entre dos extremos, por ejemplo: ‘esto podría ser así, o podría no ser así’”. A pesar de lo simple de la definición, uno sabe por experiencia propia que esta sensación de indecisión mental puede ser insoportable, una “gran tortura”, como dice Swami Sivananda.

No casualmente, en la Bhagavad Gītā (IV.40) el Señor Kṛṣṇa (Krishna) también habla de la duda y en términos muy taxativos. En la traducción de Swami Sivananda:

 “El ignorante, el que carece de fe, el que duda, camina hacia su destrucción. Para el que duda no hay felicidad ni este mundo ni en el otro”.

El śloka habla por sí solo, aunque para contextualizar se puede agregar que la duda específica sobre la que se está hablando es sobre la verdadera naturaleza de este mundo y cómo actuar en él. El antídoto contra la duda, dice la Gītā, que es también el antídoto contra todo sufrimiento, es el conocimiento. El conocimiento experiencial de la Realidad, por supuesto, pero mientras tanto también sirve el conocimiento intelectual de las enseñanzas espirituales.

Cuando uno escucha una enseñanza genuina, y está preparado, entonces la recibe con aceptación y naturalidad. Otras veces tiene que rumiarla poco a poco hasta hacerla propia. En ambos casos, y aunque creamos tenerlo todo muy claro, “dominados por nuestras inclinaciones” la duda puede volver. Ante esto, hay un primer método para juzgar con el intelecto la validez de una enseñanza, que se resumen en unas palabras del santo bengalí Narottama Dāsa Thākura:

“sādhu śāstra guru vākya, cittete kariyā aikya”.

Es decir:

“Uno debe aceptar algo como genuino después de estudiar las palabras de los sādhus, las Escrituras y el guru”.

Por ende, cualquier enseñanza válida debería verse corroboradas por las Escrituras sagradas, por las palabras de otras personas santas y por el ejemplo de vida del maestro particular que imparte dicha enseñanza.

Como es de esperar, hay ocasiones en que la duda abarca las Escrituras, los santos, los maestros y toda la tradición espiritual, por lo que el método arriba citado no es suficiente. ¿Cómo puede uno entonces obtener o recuperar la fe y la convicción interior? Como ya vimos, la forma más directa es experimentando por uno mismo la verdad de la enseñanza a través de sus frutos, pero cuando no vemos frutos nos decaemos y dudamos… o sea un círculo vicioso.

Siguiendo la lista de Patañjali, lo que genera la duda es la apatía mental (styāna), que B.K.S Iyengar traduce también como falta de interés. El yogui Sri Dharma Mittra dice que es muy importante desarrollar gran entusiasmo por la vida y que para ello la práctica es fundamental. Dharmaji dice que “descuidar la práctica hace que uno se sienta deprimido”. Por tanto, es importante seguir practicando aún cuando no haya resultados ni ganas, porque el abandono de la práctica trae peores resultados. De ahí que se diga que la duda lleva a la “destrucción”.

Si uno tiene un maestro espiritual, entonces es más fácil porque solo tiene que hacer lo que el maestro le dice, basado en la confianza. Si uno no tiene maestro (o lo tiene pero duda de él, lo cual también es posible y, claro, muy terrible para la paz mental) entonces tiene que mirar dentro de uno mismo con honestidad y atención. El cantante de kīrtan Krishna Das dice:

“La cosa más importante que puedes aprender es a confiar en ti mismo. Parte de practicar estar atento es escucharte a ti mismo y tratar de estar en armonía con lo sientes que es correcto. Puede que no sea la forma más fácil, pero si sientes que es correcto, entonces estás en el camino correcto”.

Sobre esto, Swami Premananda es muy claro cuando dice:

“Tener fe en ti mismo es el primer requisito para la evolución espiritual. Primero elimina toda duda sobre ti mismo. Rehúsate a ser vencido. Sé audaz, valeroso y fuerte… Aférrate con fuerza a los pies de loto del Señor, dondequiera que estés y hazlo con determinación. Alcanzarás tu meta espiritual”.

Siguiendo en esta línea, en un antiguo documental le preguntan a Swami Premananda “¿cómo encontrar el camino para el auto-conocimiento y la liberación?” y él dice:

“Para buscar esa libertad, para buscar esa verdad dentro de tu mente, inicialmente, lo que necesitas dentro tuyo es auto-confianza, creer en ti. Si no tienes fe en ti mismo, no puedes buscar la verdad, no puedes encontrar la verdad”.

Y ante el difundido miedo de ser engañados por gurús inescrupulosos, Swamiji da una respuesta muy poco “victimista”:

“Puede que vayas por el camino equivocado porque cuando te falta auto-confianza hay una gran posibilidad de tomar el camino errado. Si tienes auto-confianza no irás por el camino equivocado y serás capaz de encontrar verdad en esa otra persona y descubrir verdad en ella”.

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Finalmente, unas inspiradoras palabras de Swamiji para cuando nos asaltan las dudas:

“Algunos tienen mucho miedo de iniciar la marcha en el sendero. También hay otros que se sienten vencidos y abandonan el sendero si encuentran demasiadas dificultades. Si sigues adelante sin importar lo que suceda ni que pruebas se presenten, superando los problemas y los obstáculos en virtud  de tu fe y sinceridad, entonces lo Divino derramará su gracia sobre ti para darte aliento cuando te sientas desanimado. Esencialmente, primero necesitas tener fe en ti mismo y fe en lo Divino. Recuerda que tu meta es muy grande. Es la felicidad eterna. El gozo sin límites puede ser tuyo, te lo prometo”.

Ante tal perspectiva uno recobra el entusiasmo, el interés, y por tanto de alguna forma incrementa su práctica, su esfuerzo, su anhelo y sigue adelante…

La enseñanza que es difícil de escuchar

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He sido padre recientemente (por segunda vez) y eso explica la ausencia de actualizaciones en el blog durante las últimas dos semanas. A la vez este evento me ha hecho pensar, entre otras cosas, en el extraordinario fenómeno de que un alma llegue, una y otra vez, a este mundo. Ya se sabe que cuando uno dirige la atención a una idea todo el entorno parece confabularse para darnos más señales…

Y así fue como caminando por los pasillos de la maternidad con nuestra primera hija, de casi 3 años, vimos una mosca chocando contra el cristal de una ventana que no se podía abrir. Más tarde, el cuerpo inerte de la mosca yacía en el suelo y tuve que decir que estaba “muerta”.

Al día siguiente, el cuerpo de la mosca ya no estaba y ante las nuevas inquisiciones decidí explicarle a mi hija que probablemente lo habrían barrido durante la limpieza para llevarlo a la tierra a que se disuelva, pero que aunque el cuerpo desaparezca “todas las moscas” tienen dentro algo que nunca muere:

– “¿Qué es?”, preguntó expectante.
– “Un alma”, dije..
– “Y nosotros también tenemos un alma”, agregó ella con toda normalidad y un poco inesperadamente para mí.

Este diálogo y ser partícipe de haber traído un alma a este mundo me retrotrajeron a la visita que hice hace poco a una clase de Textos Sánscritos en la Universitat de Barcelona, donde se estaba traduciendo un fragmento de la Kaṭha Upaniṣad, un texto conocido e importante para la tradición hindú, en que el dios de la muerte, Yama, da enseñanza a Naciketas (Nachiketas), un joven noble que rechaza todos los deseos y placeres terrenales con tal de saber qué pasa cuando una persona muere.

Al principio, Yama se niega a dar detalles acerca de esta “sutil doctrina”, sobre la que “incluso los dioses tienen dudas”, pero ante la insistencia y pureza de Naciketas, accede y le habla de ese “tránsito” (sāṁparāya) que permanece “oculto” para las personas irreflexivas y engañadas que piensan que “este es el mundo y que no hay otro”. Y entonces Yama explica acerca del ātman, esa porción divina que reside en el corazón de todos los seres, que es eterna y que no muere cuando el cuerpo muere.

Justamente por la sutileza de esta doctrina de la inmortalidad del alma, la Muerte hace una aclaración inicial, que de hecho es el verso (2.7) que se traducía aquella tarde en clase de sánscrito:

śravaṇayāpi bahubhir yo na labhyaḥ
śṛṇvanto ’pi bahavo yaṁ na vidyuḥ
āścaryo vaktā kuśalo ’sya labdhā
āścaryo ’sya jñātā kuśalānuśiṣṭaḥ

Una traducción posible sería:

“Pocos llegan a escuchar sobre esto;
e incluso cuando lo escuchan, la mayoría no lo entiende.
Extraordinario es aquel que habla sobre ello; afortunado aquel que lo comprende.
Extraordinario es aquel que lo conoce; afortunado aquel que es instruido”.

Sin dudas hace 3000 años, cuando se compuso el texto, esta enseñanza era mucho más difícil de oír que ahora, cuando Swami Googleananda, como le gusta decir a Sri Dharma Mittra, hace accesible toda la información. De todos modos, sigue siendo una doctrina poco difundida que puede ser hasta terapéutica. Conozco el caso de una persona que desde pequeña tenía tanatofobia (fobia a la muerte), al punto de ir a terapia, y que cuando en una formación de profesores de yoga, debatiendo la Bhagavad Gītā, escuchó que el alma es inmortal, su miedo patológico desapareció de una vez y para siempre.

Hablando de la Bhagavad Gītā, en su capítulo II se habla bastante del ātman (traducido como el “ser” o a veces como “alma” o “espíritu”) y fue leyendo la reciente edición del filósofo Juan Arnau (Atalanta, 2016) que encontré un verso (2.29) con una traducción llamativamente parecida al verso en cuestión de la Kaṭha Upaniṣad. Traduce Arnau en su versión en prosa:

“Difícilmente uno puede verlo, difícilmente uno puede oírlo o declamarlo, ni siquiera habiéndolo escuchado lo comprendería”.

Quizás esta traducción no es tan literal como otras, pero la idea que me interesa resaltar hoy es la dificultad de escuchar la enseñanza y, no nos olvidemos, de comprenderla.

En su académica traducción de este mismo verso, Fernando Tola explica que este śloka señala la incomprensibilidad del ātman, una característica “propia de todo lo divino o sagrado o absoluto que se manifiesta”.

Por tanto, comprender esta doctrina trasciende lo intelectual y entra en el terreno de la intuición y la vivencia personal. Pero para eso, primero y por fácil que parezca, hay que tener la fortuna de escucharla. No en vano en grandes tradiciones espirituales de la India se considera la escucha (śravaṇa) como el primer paso necesario para el camino de cualquier aspirante.

Por otro lado, de la inmortalidad del ser se deduce uno de los grandes fundamentos de la religión hindú: la reencarnación. Ya dice la Gītā que el ātman abandona los cuerpos viejos y entra en otros nuevos como si cambiara sus ropajes gastados. En el hinduismo dicha creencia está muy arraigada y va de la mano con la ley del karma, la ley universal de causa y efecto. Ambas teorías son muy útiles para explicar muchas cuestiones que, a primera vista, son consideradas “injustas” o “incorrectas” de este mundo.

En una entrevista le preguntaron al maestro Dharma Mittra cuál era su secreto para estar siempre feliz, y lo primero que respondió fue: “Esta cualidad de contentamiento se deriva de la comprensión de las leyes del karma y de que existe reencarnación”.

Según Dharmaji, si uno tiene un fuerte deseo de liberación comienza a hacerse ciertas preguntas como “Si me muero hoy, ¿adónde voy?” o “¿Existe la reencarnación?”. A lo que agrega, con cierta sorna, “¿Cómo puedes descansar si no lo sabes?”. Dharmaji siempre cuenta que en el momento en que escuchó sobre karma y reencarnación por primera vez el aparente sinsentido del mundo tuvo, de repente, lógica y orden.

Yendo más lejos, dice Dharmaji: “Comprende que debes ponerte feliz de hacerte viejo. Te estás acercando a un nuevo cuerpo, así que no te aferres… El yogui que tiene el conocimiento, o que al menos cree, en el Ser, no se ve afectado por la vejez o por nada”.

Claramente, la reencarnación puede tener una utilidad práctica y puede explicar algunos cabos sueltos de la existencia, pero en realidad no es imprescindible creer en ella para apreciar la vital enseñanza que hay en la doctrina de la inmortalidad del ser. Los grandes sabios no-dualistas dicen que “todo es el Ser” y que el karma, la reencarnación y la supuesta evolución de la conciencia son una forma simplificada de explicar una realidad muy difícil de asir por la mente limitada.

Incluso si no hubiera reencarnación, el ser es inmortal y eterno, y eso es lo que importa. Desde el punto de vista puramente espiritual, las implicancias prácticas no radican tanto en el hecho de volver o no a encarnarse, sino en entender que no somos este cuerpo físico, ni estos cinco sentidos, ni esta mente, ni mis emociones, ni mi familia… y que en realidad somos, como dice el poema, “conciencia y dicha”.

Pero claro, primero hay que tener la fortuna de escuchar esta enseñanza. Y eso no es poco.

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