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La pesada carga de poseer la verdad

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Cuando paso frente a un McDonald’s. Cuando en la verdulería veo a alguien poner cada fruta por separado en bolsas de plástico. Cuando le dan paracetamol a sus hijos apenas tiene 38 °C de fiebre. Cuando escucho al vecino sintonizar Masterchef. Cuando salgo de hacer yoga y veo a todo el mundo abarrotando las tiendas de ropa… En estas ocasiones, y en muchas más, claro, me siento superior, conocedor de una verdad que la mayoría ignora. Y no puedo negar que, para el ego, la sensación es agradable, al menos por un rato… hasta que estar siempre en posesión de la verdad se convierte en una especie de carga.

El lugar, la época y las circunstancias cambian pero, como dice el yogui Sri Dharma Mittra, “al final todos pasamos por las mismas cosas”, sobre todo si hablamos de las emociones, sensaciones y pensamientos básicos. Evidentemente estar en “posesión de la verdad” no es exclusividad mía, pues muchas (o quizás todas las) personas sienten lo mismo en su contexto. Quienes creen en la homeopatía sentirán superioridad ideológica sobre quienes descreen y viceversa; quienes escuchan Iron Maiden sentirán superioridad estética sobre los oyentes de David Bisbal y viceversa; quienes saben disfrutar del buen vino sentirán superioridad dietaria sobre los abstemios y viceversa…

Sin decretar cuál de todas las verdades es la fuente de sabiduría última, sí creo que las “verdades espirituales” muchas veces son un caldo de cultivo más propicio para sentirse superior a los demás. De hecho, las “verdades religiosas”, muchas veces dogmáticas, han creado a menudo en la historia ese fenómeno de superioridad y separación que, además de generar problemas y enfrentamientos, es la gran crítica que los laicos o ateos suelen hacerle a las religiones. El hecho de estar fundadas, muchas veces, en libros sagrados, en sabios iluminados, en santos o en enseñanzas milenarias es un elemento de pedigrí que puede ser usado para colocar la propia visión en una posición superior.

Las “verdades espirituales”, aunque cambien de etiqueta, están influidas principalmente por aquellas mismas “verdades religiosas”, algunas manteniéndose fieles, otras adaptándose y otras, ya lo sabemos, distorsionándolas. Sin entrar a juzgar esto, lo cierto es que el resultado es similar: si soy una persona “espiritual” puedo caer en la tentación de sentirme superior a quienes no lo son.

Creo que todos podríamos estar de acuerdo en que la visión que subyace a los – llamémoslos así – “valores espirituales” es la unidad, o sea, la idea de que todos los seres compartimos una misma esencia que va más allá de lo físico-material o, al menos, que todos tenemos (o podemos tener) una relación directa y especial con el cosmos. Con estos presupuestos, cualquier idea de superioridad es contradictoria, pues nos remite a la clásica dicotomía nosotros vs. ellos, los poseedores de la verdad y los errados. Esto no quiere decir que uno no pueda tener la visión correcta, solo quiere decir que el sentimiento de superioridad, especialmente en espiritualidad, no es justamente un signo de evolución espiritual.

En un texto del maestro jamaiquino Mooji la idea queda claramente expresada:

“Si crees que es más ‘espiritual’ andar en bicicleta o utilizar el transporte público para moverse, eso está bien, pero si te encuentras juzgando a alguien que conduce un coche, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ no ver la televisión porque te arruina el cerebro, eso está bien, pero si te encuentras juzgando a quienes todavía la ven, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ evitar leer cotilleos, periódicos o noticias, pero te encuentras juzgando a aquellos que leen estas cosas, entonces estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ escuchar música clásica o relajantes sonidos naturales, pero te encuentras juzgando a aquellos que escuchan música comercial, estás en una trampa del ego.

Si crees que es más ‘espiritual’ practicar yoga, hacerse vegano, comprar todo orgánico, comprar cristales sanadores, hacer reiki, meditar, usar ropa hippie o de segunda mano, visitar ashrams y leer libros sobre iluminación espiritual, pero luego enjuicias a quien no hace esto, entonces estás atrapado en una trampa del ego.

Estate siempre atento al sentimiento de superioridad. La idea de que tú eres superior es la indicación más grande de que estás en una trampa del ego. Al ego le encanta escabullirse sin que te des cuenta. Tomará una idea noble, como empezar a practicar yoga, y luego la distorsionará para su propósito de hacerte sentir superior a otros. Empezarás a menospreciar a aquellos que no están siguiendo tu recto camino “espiritual”. Superioridad, juicio y condena. Estas son las trampas del ego”

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En su clásico libro Be here now, el exprofesor de Harvard y desde hace años guía espiritual, Ram Dass, habla de los choques entre hippies y policías en los años 1970 y dice en relación a las polaridades:

“Solo puedes protestar de manera efectiva cuando amas a la persona, de cuyas ideas estás manifestándote en contra, tanto como te amas a ti mismo”.

Por tanto, en el plano espiritual, tener la razón (o al menos creer tenerla) no implica odio ni menosprecio hacia las demás personas. Hace poco escribí sobre la paz emocional desde la perspectiva de los Yoga Sūtras, donde se recomienda “ecuanimidad ante los no virtuosos”, en lugar de irritación. Cuando, por ejemplo, Donald Trump autoriza las perforaciones petrolíferas en el Ártico, a uno le genera mucho enfado o tristeza y la solución, dice Patañjali, es cultivar la indiferencia.

En el caso del sentimiento de superioridad, yo creo que no alcanza con la indiferencia (que ya es un paso), sino que veo necesario cultivar un sentimiento de aceptación y quizás de respeto. No lo digo como una forma de mantener la armonía social ni porque sea moralmente correcto, sino porque eso demostraría un entendimiento del funcionamiento del mundo en que cada ser sigue su propio curso. Para profundizar en el tema qué mejor que citar las palabras de Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) en la Bhagavad Gītā (III.29):

“El hombre de conocimiento perfecto no debe perturbar al necio que tiene un conocimiento imperfecto”

O esta otra forma de decirlo:

“¡Que quien sabe el todo no perturbe a aquellos insensatos que saben solo una parte!”

Sobre esto explica Swami Vijoyananda:

“El proceso de la evolución mental debe ser continuo, pero jamás debe ser forzado e ir contra la tendencia natural de cada aspirante espiritual. No todos tienen el mismo grado de comprensión, ni la misma capacidad de transformación; por ello, las instrucciones espirituales deben ser aplicadas, con mucho cariño y paciencia, individualmente para cada caso. Cada hombre ve, interpreta y comprende la Verdad, según su ambiente y su prejuicio”.

Al respecto, el indólogo Fernando Tola agrega:

“Consciente de la imposibilidad de modificar la conducta de los otros, el sabio debe aprobar esa conducta, aunque él mismo se comporte en forma diversa”.

Es decir que la persona sabia (o que al menos quiere llegar a serlo) no debería juzgar ni subvalorar a los “ignorantes”, ya que están en el punto del camino donde deben estar e intentar modificarlo es, en cierta forma, actuar en contra el plan cósmico. Por ello Tola también dice:

“Una doctrina, excelente en sí, impartida a personas cuya mente no esté preparada para recibirla, al ser malinterpretada, puede serles perjudicial”.

¿Se imaginan a un fanático del heavy metal subiendo al escenario en el estadio donde David Bisbal da su concierto, agarrar el micrófono, distorsionar su guitarra y predicar: “¡niñas, dejad de escuchar estas ñoñerías y aprended lo que es bueno!”? La evangelización no es fácil y probablemente no muy eficiente. Como dijo el Dalai Lama: “Pienso que en estos tiempos la conversión está pasada de moda”.

Por ende, aceptar que cada uno está donde tiene que estar es, por un lado, fluir con el plan universal y, por otro lado, entender que cada uno de nosotros ha estado (o estará) en esa misma etapa y que situarse en la posición de superioridad es, simplemente, falta de visión global.

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Todo esto lo escribo para decírmelo a mí mismo porque tengo tendencia a caer en la arrogancia y, aunque al ego eso le genere cierta satisfacción temporal (“yo soy mejor”; “yo sé la verdad”), he descubierto que creerse en posesión de la verdad y juzgar desde ese punto de superioridad es una pesada carga. Por un lado, no otorga nada de paz mental porque uno se la pasa criticando a la mayoría del resto del mundo y, por otro, intensifica la sensación de separación con los demás generando así un sentimiento de diferenciación que no me parece puro ni pleno.

Esto no significa que yo ya no considere tener la verdad en muchos aspectos (sobre todo en las enseñanzas espirituales recibidas), sino más bien un cambio de actitud para intentar aceptar el mundo como es y, sobre todo, a los otros seres como son. Esto es: como yo.

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Aśvattha, el árbol con las raíces arriba

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La figura del árbol está presente en todas las culturas, con diversos simbolismos como estabilidad, firmeza, generosidad, antigüedad y, ampliando más el abanico y dándole un giro algo inesperado, en la tradición hindú se habla de un árbol muy particular que tiene las raíces arriba y las ramas abajo. Su nombre sánscrito es aśvattha (ashvattha) y la primera referencia textual de este árbol invertido aparece en la Kaṭha Upaniṣad (6.1):

“Con las raíces arriba (ūrdhva-mūlaḥ), con las ramas hacia abajo (avāk-śākha), así es el eterno aśvattha. Eso en verdad es lo puro. Eso es el brahman, al cual llaman el inmortal. En él descansan todos los mundos. No hay nada que lo trascienda. Esto es eso, en verdad”.

De esta forma, el aśvattha designa metafóricamente el saṃsāra, “el devenir empírico”, “la totalidad de la manifestación”, que posee múltiples ramificaciones pero que está enraizado en el ser supremo (brahman), que se considera situado “arriba”, es decir en un plano superior.

Al respecto, dice la Śvetāśvatara Upaniṣad (III.9):

“No hay absolutamente nada más alto que el puruṣa, nada más grande o más pequeño que él. Él está presente como árbol (vṛkṣa) afincado en el cielo. El puruṣa llena el mundo entero”.

La descripción de la manifestación cósmica como un árbol invertido, que a la vez sería idéntico a brahman, ha dado lugar a numerosas interpretaciones, no siempre coincidentes, aunque está claro que la idea principal es que la existencia empírica nace de un principio superior.

Uno de los simbolismos que ofrece el árbol es su rol de conector entre la tierra y el cielo, “la unión de dos planos”, y de hecho en muchas culturas un árbol representa el axis mundis, un punto de conexión entre reinos superiores e inferiores. Por ello el erudito filósofo y político indio S. Radhakrishnan compara el aśvattha con el Yggdrasil de la mitología escandinava, que es “el árbol de la vida”, del cual este mundo es solo una rama, aunque en este caso las raíces siempre están abajo.

Siguiendo con terminología latina, también se dice que el aśvattha sería un imago mundi, es decir una posible “representación del universo”, en este caso un árbol que representa el mundo cuya particularidad es que se nutre de una consciencia superior que figuradamente tiene las raíces arriba.

En la Bhagavad Gītā (XV.1), cuya composición es posterior a las upaniṣad citadas, Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) da más detalles de este árbol:

“Dicen que existe un aśvattha imperecedero,
con sus raíces arriba,
con sus ramas abajo,
y cuyas hojas son los himnos védicos:
quien lo conoce, conoce el Veda”.

Así como las hojas protegen a un árbol, el conocimiento vertido en los textos védicos protege al hombre (que lo pone en práctica). Si el árbol es toda la manifestación, incluyendo al brahman en su raíz, conocerlo implica que ya no queda nada por conocer y, por tanto, uno sería omnisciente.

El problema es que uno, en general, se va por las ramas que “se alimentan de la savia de los guṇa” y que “tienen como brotes a los placeres de los sentidos”. En la Gītā se explica que, como consecuencia, de las ramas del árbol también nacen raíces que, en este caso, sí van hacia abajo y atan al hombre mediante sus acciones (que en general son egoístas, en el sentido de que se espera un fruto de ellas). Estas raíces secundarias son las que crean los patrones de acción egoísta que hacen que nuestra vida sea cada vez menos libre internamente.

ashvattha

Es muy evocador que de este árbol con las raíces arriba surjan nuevas y secundarias raíces hacia abajo, pues nos remite inevitablemente a una especie de árbol indio del cual crecen lianas hacia la tierra. En realidad nos remite a dos árboles, pues los traductores y comentaristas discrepan al respecto.

La versión más difundida diría que es la que homologa el aśvattha al ficus religiosa, a veces traducido como “higuera sagrada”, y que en India generalmente se conoce como pippala. Este árbol es sagrado también en el budismo con el nombre de bodhi, debajo del cual el Buddha histórico alcanzó la iluminación. El árbol pippala posee lianas aéreas pero no son especialmente gruesas ni llegan al suelo para crear raíces de soporte.

árbol pippala

La otra traducción para aśvattha es “árbol baniano”, lo cual corresponde al ficus indica o benghalensis, que es muy vistoso por, justamente, sus raíces aéreas que una vez que llegan al suelo se arraigan y se convierten, digamos, en soporte que permiten que el árbol siga creciendo.

árbol baniano

Los dos árboles, pippala y baniano, son considerados sagrados y en ocasiones se los confunde entre sí, aunque yo diría que para la alegoría del árbol del samsāra sería más adecuado el baniano porque gracias a sus raíces secundarias se va ramificando y creciendo cada vez más.

A nivel etimológico, también hay dos versiones, pues para algunos aśvattha es el “sitio donde residen (sthā) los caballos (aśva)”, ya que debajo de esos grandes árboles eran atados los equinos para que descansasen a la sombra. Otra versión dice, en cambio, que la palabra significa “transitorio” en referencia al mundo que siempre está cambiando. Como pasa muchas veces en la tradición hindú, una definición no invalida a la otra.

Por tanto, este mundo sería un árbol enorme e invertido del cual no somos capaces de ver “donde comienza ni donde acaba”; a la vez, todo lo que vemos es ese principio supremo en forma manifiesta, pero también hay unas raíces que no vemos y que son la esencia.

La Bhagavad Gītā dice que para cortar este árbol que no para de crear raíces secundarias y nos ata hacia abajo hay que usar la “poderosa hacha (śastra) del desapego (asaṅga)”. Es decir no actuar esperando ciertos resultados ni buscar el interés personal con nuestras acciones…

El tema del desapego es complejo y no voy a profundizar en él hoy. Mi objetivo era simplemente compartir la representación del universo como un árbol al revés, pues me pareció una imagen muy sugerente para explicar este mundo que todos vivimos y que, a veces, es difícil de comprender.

Sólo se trata de vivir / Enjoy the problem

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En la famosa Autobiografía de un yogui, Paramahansa Yogananda relata una “experiencia de la conciencia cósmica” que le fue dada por su maestro y en la que “todo el cosmos, saturado de luz como una ciudad vista a lo lejos en la noche, fulgía en la infinitud de su ser”. Al acabar la experiencia su maestro le dijo:

“No debes embriagarte con el éxtasis. Todavía hay mucho trabajo para ti en el mundo. Ven, vamos a barrer el suelo del balcón…”.

En una línea similar, Jack Kornfield, ex-monje y conocido escritor budista, tiene un libro titulado Después del éxtasis la colada, en que a partir de la prosaica tarea de lavar la ropa sucia reflexiona sobre cómo vivir la vida cotidiana una vez alcanzada la iluminación (o al menos, vislumbres de iluminación).

Yo, que últimamente estoy bastante lejos de esas experiencias cósmicas, me encontraba cortando zanahorias para la comida familiar, con mi exploradora hija de nueve meses por el suelo intentando chuparme las pantuflas, cuando me llamaron de la radio para pedirme que hablara de turīya, el cuarto estado de la consciencia según la filosofía hindú, que a falta de una descripción más certera se puede decir que es la pura trascendencia, el Ser en estado puro, la Consciencia suprema (para más detalles, se puede escuchar – la mayor parte en catalán – el programa aquí, con la participación estelar del monje Swami Satyānanda Saraswatī y del filósofo y escritor Vicente Merlo).

La cuestión es que enfrascado en tareas tan domésticas y cotidianas como cocinar y criar hijas, me hizo reír que me consultaran sobre un estado que, si ya de por sí me es lejano, me parece inalcanzable en mi ajetreada vida hogareña.

Luego, analizando el tema, pensé que las experiencias de Yogananda y Kornfield son las de alguien que, después del samādhi, debe hacer un esfuerzo para volver los pies a la tierra y llevar una vida “normal”. En mi caso, por el contrario, metido hasta las rodillas en el barro de la cotidianeidad, el esfuerzo sería el de encontrar un destello de claridad que me mantenga elevado, o al menos no me permita hundirme más…

Una primera – y obvia – conclusión que saqué es que todos, ya sea con experiencias trascendentales o no, tenemos que vivir la vida, lo cual incluye en casi todo momento acciones cotidianas, pequeñas, banales si se quiere, y muchas veces no placenteras en sí mismas. El maestro Sri Dharma Mittra dice que mantener “este cuerpo” implica “un montón de trabajo”: hay que alimentarlo, peinarse cada día, lavarse los dientes, hacer ejercicio…

Al mismo tiempo, como dijo una amiga hace poco, esa serie de actividades diarias y no necesariamente apetecibles (cocinar, lavar, limpiar la casa y, por supuesto, trabajar) es “vivir”, o al menos es un parte insoslayable del vivir, que en la balanza de la existencia es igual de pesada que las vacaciones, ver la tele, descansar, tener sexo o hacer yoga…

Para colmo, algunos maestros dicen que no está bien que otros laven tu ropa y, en general, también hay consenso en que, empezando por el nivel energético, no es bueno que tu comida la prepare cualquier persona (esto incluye chefs de restaurante), a menos que sea alguien con una conciencia elevada. Entonces, si tengo que pasarme toda la vida lavando y cocinando, y tampoco puedo disfrutar realmente de los placeres de la vida porque son efímeros, ¿cómo voy a ser feliz? O dicho de otro modo, ¿qué sentido tiene vivir así?

En la antigua filosofía Sāṃkhya se dice que el objetivo del mundo material (prakṛti) es servir de campo, de teatro, donde el ser/espíritu (puruṣa) pueda experimentar (bhoga) tanto el placer como el dolor de la multiplicidad material, para finalmente darse cuenta de que dicha experiencia no genera plenitud y así volver la mirada hacia sí mismo, es decir, el sujeto que experimenta, donde la conciencia se reconoce y encuentra la liberación (kaivalya) de las identificaciones materiales.

Desde otra escuela filosófica hindú muy diferente, la tradición tántrica Śrīvidyā, existe un texto llamado Tripurā Rahasya, en que se ensalza a la Diosa como Madre del universo diciendo, por ejemplo:

“Yo soy la Conciencia de la que se origina el universo, en la que éste florece y en la que se acabará disolviendo. El universo se refleja en mí como una imagen en un espejo. Los ignorantes me ven como el mero universo material, mientras que los sabios me conocen como el Conocimiento puro, como el ātman libre de pensamientos, semejante a un océano profundo e inmóvil.”

En la visión tántrica, hablando ahora de forma genérica, se considera que todo en este mundo es sagrado o divino y, por tanto, puede ser usado para ser disfrutado pero, sobre todo, como herramienta de trascendencia hacia la conciencia suprema.

Es en el contexto de las diferentes visiones citadas que a veces se dice que para alcanzar yoga hay que pasar por bhoga, que puede ser “experimentar”, aunque tiene una connotación más bien de “disfrutar”. De la misma forma que se dice que para llegar a mukti, la liberación, hay que pasar por bhukti, que también es el “disfrute” del mundo y sus objetos.

Cuando se trata del placer, todos podemos concordar en que este mundo merece la pena ser vivido, pero cuando hablamos de dolor es probable que sean menos los que se suban al carro de la vida al completo. La visión del legendario yogui Sri Dharma Mittra al respecto es pertinente:

“La vida sin yoga = el sufrimiento es sufrimiento.
La vida con yoga = el sufrimiento es una puerta que nos lleva a conocer más el Ser y a cambiar la conciencia hacia un nivel superior, para darnos cuenta de que somos solo el observador de nuestro cuerpo y mente. Disfruta todo con este cuerpo y esta mente, pero no te aferres a ello”.

Si la semana tiene siete días, de los cuales sábado y domingo son solo dos, eso significa que la mayor parte del tiempo, en general, uno está involucrado en actividades que, a priori, no son las más placenteras ni apetecibles. Por tanto, uno puede tener el imperioso deseo de escaparse de las obligaciones de este mundo o de aquello que “no le gusta”. Entendiendo por “escaparse”, tanto el hecho de no llevarlo a cabo como el hecho de hacerlo a desgano, ergo sufriendo.

Sobre esto, en la Bhagavad Gītā, Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) dice que “no es correcto renunciar a los deberes prescritos” (XVIII.7), y dando ejemplo inspirador agrega, hablando en su rol de Ser Supremo (III.22):

“En los tres mundos
yo no tengo nada que realizar,
nada no alcanzado
que yo tenga que alcanzar,
y, sin embargo, yo permanezco en la acción”.

Si el mismo Dios actúa aunque no le haga falta, ¿qué queda para mí? De hecho, en este contexto la enseñanza más relevante a nivel existencial es el hecho de que, en este mundo, la acción es algo ineludible. Al decir de Kṛṣṇa (III.5):

“Ni por un solo momento permanece alguien sin actuar”.

Obviamente, quedarse tirado en el sofá todo el día también es una forma de acción, aunque quizás muy cercana a la actitud de no-acción que Kṛṣṇa condena en la Gītā (III.8). Por tanto, es uno el que decide cómo afrontar eso que llaman “vivir”.

Este hartazgo que producen los quehaceres cotidianos más el sufrimiento de tener que hacer “lo que no me gusta” me recuerdan una anécdota de mi maestro Swami Premananda, relatada por una de sus discípulas renunciantes, que en ese momento tenía a cargo una sección comercial del áshram en que se vendían y exportaban productos.

La historia cuenta que la sección comercial y toda su mercancía habían sido cambiadas de sitio a un nuevo almacén con el techo roto, donde habitaban murciélagos, no había electricidad ni aire acondicionado, con todo el material desordenado y sin suficiente mano de obra para acomodarlo. Entonces, la monja fue a ver a Swamiji y durante un buen rato estuvo enumerando la retahíla de obstáculos, quejándose amargamente. Al acabar, Swami, que había escuchado todo pacientemente, la miró y sonriendo dijo: “Enjoy the problem” (“Disfruta del problema”).

Este sabio consejo me ha quedado grabado, pues he comprobado (algunas veces, no siempre claro) que si en el fragor de la cotidianeidad uno logra tomar distancia para situarse en el rol del observador, a la vez que se sumerge sin resistencia en la “acción prescrita”, entonces el sufrimiento se reduce e incluso uno puede “disfrutar del problema” o también reírse de la situación.

La imagen puede contener: una persona, barba y primer plano

Yendo quizás un paso más allá y poniéndolo en las poéticas palabras de Joan Mascaró, cuando habla de karma yoga:

“Cada pequeña acción en la vida puede convertirse en un acto de creación y, por tanto, en medio de salvación… El gozo de la acción es por tanto el gozo de Dios”.

Tengo a las nenas con conjuntivitis, el tubo de la aspiradora roto y varias remolachas para hervir (que demoran un buen rato). También, como Kornfield y Yogananda, tengo que lavar la ropa y barrer el balcón. Eso sí, de experiencias cósmicas ni hablar… pero curiosamente hay veces que en medio de este mundanal ajetreo encuentro inspiración o paz o mucha gratitud y entonces todo cobra sentido. Quizás sólo se trata de vivir.

Desde un registro totalmente diferente al hindú, acabo este texto con dos antiguas canciones de rock argentino que incluyen la sintética frase que da título a este post catártico:

y

1 definición larga de Yoga en la Bhagavad Gītā

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Hace un año escribí el post titulado 3 breves definiciones de Yoga en la Bhagavad Gītā, en donde prometía hablar también en algún momento de las definiciones largas que aparecían en el sagrado texto hindú. Pues, ese momento ha llegado, y me quiero concentrar en una definición que me ha interesado por su juego de palabras y, más importante, su descripción de los beneficios de la práctica yóguica.

De hecho, gran parte del capítulo VI de la Gītā, conocido como Dhyāna Yoga, es de particular interés para los haṭha-rāja yoguis, ya que en la descripción del “sendero de la meditación” Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna) incluye detalles sobre la postura correcta, los hábitos idóneos, la metáfora de la vela o cómo controlar la mente. Sin detenernos hoy en toda esa valiosa información y llegando directamente al śloka 23, Śrī Kṛṣṇa dice:

taṁ vidyād duḥkhasaṁyogaviyogaṁ yogasaṁjñitam

Es decir:

“Sabe que ese estado en que hay separación (viyoga) de la unión (saṃyoga) con el dolor (duḥkha) es llamado Yoga”.

O dicho más directo:

“Yoga es la separación de la unión con el dolor”.

Obviamente, en este verso hay un juego de palabras con el término yoga, casi como si en español, y con mucha menos gracia, uno dijera:

“La unión es la desunión de la comunión con el dolor”.

Es curioso que la definición actualmente más difundida de Yoga tenga que ver con la “unión” entre cuerpo, mente y espíritu (o entre el ser individual y el Ser universal) y en este pasaje, en cambio, se haga hincapié en la “separación”, una idea muy arraigada en la antigua filosofía Sāṃkhya, de la que los Yoga sūtras de Patañjali beben grandemente y también, en parte, la misma Bhagavad Gītā. De todos modos, aquí se habla de separarse del dolor, lo cual implica estar en contacto directo con la dicha, que al final no es otra cosa que identificación o “unión” con la Realidad.

Según la traducción, el verso puede encontrarse como “liberación de la cadena del dolor” (Fernando Tola); “liberación de las cadenas del sufrimiento” (J. Arnau); “liberación frente a la opresión del dolor” (Mascaró); “ningún contacto con el pesar” (Swami Vijoyananda); “el estado que quita el dolor” (Jean Riviere)… Justamente, lo que más nos interesa de esta definición es la descripción de ese estado que nos “separa del contacto con el dolor” (Swami Nikhilananda). Y aquí es cuando la definición se pone larga…

En una traducción posible basada en diferentes fuentes, así lo explican los ślokas VI.20-22:

“Aquel estado en que la mente, controlada por la práctica del Yoga, consigue la quietud;
y en que viendo el Ser (ātman) a través del Ser, se está satisfecho en el propio Ser;
aquel estado en que uno conoce una dicha infinita que está más allá de los sentidos y que solo el intelecto (buddhi) puede comprender;
aquel estado en el que, estando establecido, uno ya nunca se separa de la realidad;
aquel estado que una vez obtenido genera el pensamiento de que no puede haber logro superior;
y en el que, una vez establecido, no es conmovido ni por el más intenso de los dolores”.

La filosofía hindú plantea que este mundo, en esencia, ofrece sufrimiento. La forma de separarse de ese sufrimiento es la práctica del Yoga, que en sentido amplio sería cualquier camino o método hacia la liberación. En el capítulo dhyāna yoga de la Gītā el método que se explica tiene que ver con la meditación (“el cultivo de la mente” o “la contemplación del ser” también traducen algunos autores), con aquietar la mente, controlar los sentidos y encontrar la fuente de toda satisfacción en uno mismo.

Por supuesto, la meta ofrece una perspectiva tentadora y, como no puede ser de otra manera, el camino es esforzado, ¿pero acaso no es la vida esforzada en general?

Para alentarnos, Śrī Kṛṣṇa dice al final de esta larga definición:

“Este Yoga debe ser practicado con determinación (niścaya) y sin que la mente se desaliente (anirviṇṇa)”.

Que así sea.

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La lotería de Navidad y la libertad

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Cuando se acerca Navidad, en España hay una difundida tradición popular de comprar billetes y sobre todo “décimos” de lotería para el llamado Gordo de Navidad, el gran premio que, desde hace más de cien años, se sortea el 22 de diciembre. Cada año el renovado anuncio publicitario del sorteo, siempre muy emotivo, sale en las noticias; se arman largas colas para comprar un billete en los establecimientos con buena estadística ganadora; los padres le regalan décimos a los hijos; los bares y las tiendas los venden a sus clientes; los compañeros de trabajo los compran en conjunto (con la esperanza de abandonar a su jefe, claro) y, cuando llega el día, las expectativas de todo un país están puestas en los niños de un famoso colegio de Madrid que son los encargados de cantar cándidamente los números premiados.

Por supuesto y como es esperar, el 22 al mediodía hay unos pocos españoles eufóricos y una mayoría frustrada. Así es el azar. Pero hasta ese momento fatídico (excepto para esa minoría) nadie nos quita la ilusión y las consiguientes elucubraciones de “¿qué harías si ganaras el Gordo?” o, al menos, un décimo, que pueden ser 400.000 euros. No sé si por no ser español, ser yogui o simplemente por pura casualidad yo vivo un poco ajeno a esta vorágine y me entero muy de refilón (obviamente el sorteo nunca me toca).

Las palabras de J.L. Borges en su cuento La Lotería en Babilonia son pertinentes:

“Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad: hasta el día de hoy, he pensado tan poco en ella como en la conducta de los dioses indescifrables o de mi corazón”.

Al despedirse de mí la semana pasada, una alumna de haṭha yoga se quedó un momento dubitativa y dijo: “pues sí que nos vemos, porque aunque me toque la lotería vendré a clase”. Debo haber puesto cara de perplejidad porque entonces ella agregó: “uno suele decir, ‘si me toca la lotería aquí no vuelvo’, pero a yoga sí que volvería”. Yo, poco inspirado, simplemente dije: “claro, el dinero no cura el cuerpo ni la mente”.

Por un lado, la reflexión de mi alumna me alegra porque significa que tiene claras algunas prioridades. Por otro lado, es un síntoma de que toda una sociedad pone sus esperanzas en el sorteo para cambiar o mejorar sus vidas.

En la tradición de la India el juego de azar está muy mal considerado. En algunas corrientes vaishnavas no jugar es un principio básico junto al vegetarianismo, no tomar sustancias intoxicantes o incluso el celibato. En la gran épica del Mahābhārata (Mahabhárata) encontramos la ilustradora historia del recto rey Yudhiṣṭhira (Yudhishthira), cuya única debilidad era jugar a los dados (epítome del juego de azar para los indios) y justamente esa afición le cuesta a él y su familia unos años de exilio y grandes penurias.

La significancia del juego de azar en la tradición india se pone de manifiesto en un verso de la Bhagavad Gītā en que Śrī Kṛṣṇa (Shri Krishna), enumerando parte de sus “divinas manifestaciones” dice ser lo más destacado de cada ámbito (“soy el poder de los poderosos”; “entre los ríos soy el Ganges”; “soy la tesis de los que discuten”…) y en una debatida línea agrega:

“Soy el juego de los truhanes” (dyūtaṁ chalayatām asmi)

Me parece entender que el hinduismo, que no tiene un enfoque moralista del mundo, rechaza el juego de azar no porque sea “impío”, sino porque es una acción que nos aleja de la raíz de nuestra insatisfacción.

Por un lado, apelar a una solución fácil, sin esfuerzo, para cambiar un destino que no nos gusta se podría juzgar como falta de compromiso o coraje. Por otro lado, podría representar la codicia o el deseo de tener más de lo que uno necesita. Lo que es seguro es que jugar a la lotería explicita una carencia de lo que en yoga se llama saṁtoṣa (‘santosha’), es decir “contentamiento”, que vendría a ser: estar satisfecho con lo que uno tiene ahora.

Ya sé que hay personas que realmente no tiene suficiente dinero para vivir y puedo entender que la lotería sea “su única esperanza”. De todos modos es una esperanza bastante improbable, como lo confirma este ominoso titular de un periódico español: “Es 24 veces más probable que te atropellen que ganar el Gordo de Navidad”. Y bajo esas líneas una profesora de matemáticas advierte: “Si guardásemos en una alcancía el dinero de toda una vida destinado a la lotería, tendríamos más rentabilidad que si apostamos en ella” (siempre y cuando no la ganemos, supongo).

Por tanto, la esperanza (válida o no) de millones de personas y su deseo de cambiar su vida de un golpe es una variable fundamental para mantener el negocio en marcha.

En realidad, lo que uno espera ganar con la lotería es libertad: Si yo ganara le diría unas cuantas cosas a mi jefe; si yo ganara no viajaría más en metro; si yo ganara no lavaría más mi ropa; si yo ganara me cambiaría de casa y sobre todo de vecinos; si yo ganara haría las vacaciones cuando quisiera; si yo ganara solo cocinaría cuando tuviera ganas…

Y entonces me cae del cielo una cita de E.F. Schumacher que acabo de encontrar en el libro El científico y el santo, de Avinash Chandra, que estoy leyendo con fruición:

“Preguntar si el ser humano tiene libertad es como preguntar si el hombre es millonario. No es millonario, pero puede llegar a serlo. Puede fijarse el objetivo de llegar a ser rico; de forma similar, puede proponerse llegar a ser libre. Puede desarrollar un centro de fuerza en su ‘espacio interior’, de manera que el poder de su libertad exceda el poder de su necesidad”.

Tengo la suerte de tener dos manos, dos pies, un techo, comida y todavía más. Por supuesto puedo entender que para otras personas sus necesidades no estén cubiertas y no tengo intención de criticar a nadie en particular. Solo me parece sintomático de estos tiempos materialistas y hedonistas en que vivimos que tantos millones de personas elijan focalizar su “centro de fuerza” en algo externo, azaroso, extremadamente improbable y puramente monetario.

El jueves por la tarde cuando toda ilusión se desvanezca, ¿qué haremos? ¿Pensar en la comida de Navidad? ¿O que quizás el próximo año hay más suerte? ¿Qué nos hará libres además de los ensueños que cíclicamente acaparan nuestra mente?

Yo creo que nunca compré un décimo en mi vida, aunque sí que los hay en casa, ya sea porque nos los regalan parientes amorosos o porque en el despacho de mi esposa comprarlo es una tradición grupal. ¡Imaginen que me toca! Sería injusto, lo sé. Pero así es el azar.

El yogui y la copa de vino

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Yo hace muchos años que no bebo alcohol y no es ningún esfuerzo porque en general no me gusta su sabor, ya sea vino, cerveza, champagne u otras bebidas espiritosas. De hecho, el único interés que alguna vez – especialmente en la adolescencia – tuve en el alcohol era por su capacidad de alterar (alegrar, liberar) la mente y fue justamente ese factor alterador lo que me hizo dejarlo por completo: no quería condicionantes externos para encontrar mi felicidad interna.

En esta decisión seguramente influyó que mis padres no tomaran bebidas alcohólicas y quizás también el hecho de que para la tradición de la India la droga peor considerada sea el alcohol, pues se le supone una cualidad netamente tamásica, es decir de “inercia, torpeza, confusión”. De hecho, es conocido que muchos sādhus indios fuman cannabis y, aunque sea con fines espirituales un tanto debatidos, se lo acepta como una ayuda para liberar la mente. El alcohol como herramienta espiritual, en cambio, está reservado únicamente a algunos ascetas radicales que rompen todas los tabúes sociales como una forma de destruir y trascender el ego individual. De allí que para su whisky utilicen como copa, por ejemplo, un cráneo humano salvado del crematorio. En este contexto beber alcohol sería lo de menos, claro…

Volviendo a Occidente y a nuestras vidas encuadradas en reglas sociales y culturales, he notado que muchos yoguis beben alcohol, especialmente vino, y en copas de cristal. Este hábito que, según mi tradicional escala de valores, es impropio de un yogui, me generó sensaciones encontradas a medida que fui conociendo a personas que considero genuinos buscadores espirituales y que, con mayor o menor frecuencia, bebían su copita de vino. Cuando digo vino también podría decir cerveza o mojito, aunque supongo que por influencia cultural beber vino tiene un mayor pedigrí que otras bebidas y por ello es lo más difundido.

Entre los nuevos yogas (eso que Ramiro Calle gusta en llamar “pseudo-yogas”) hace tiempo que existe, especialmente en USA, un popular “estilo” llamado yoga & wine que conjuga los beneficios del yoga con el disfrute sensual de beber vino (en general después de la clase de yoga). El vino tiene buena prensa, es antiquísimo, es bastante natural (uva fermentada) y, en teoría, requiere cierto paladar para ser degustado. Quizás por ello son pocos los yoguis que se jactan por ahí de beber cerveza, que para muchos da la idea de estar tirado en el sofá mirando TV, aunque en Alemania ya hayan inventado el infame Bier Yoga.

wine

Para mí sería fácil ridiculizar o enjuiciar la ingesta de alcohol, así que después de investigar y conversar con diversas fuentes, he decidido ampliar un poco mi perspectiva en busca de respuestas para un fenómeno muy actual. En general todos los yoguis parecen estar de acuerdo en que el alcohol (o mejor dicho, el etanol) es una neurotoxina, es decir una sustancia que afecta adversamente al tejido nervioso, pero que bebido con moderación no es grave. Evidentemente, uno estaría mejor sin él porque “impiden el trabajo de purificación que se hace con la práctica de yoga” y también porque el alcohol “no te permite focalizarte bien en las sensaciones/emociones que en ese momento estás viviendo”, o sea es una “distracción”.

Si el yogui busca tener una mente y un cuerpo sanos el vino no ayuda, de acuerdo, pero claramente beber una copa a la semana no debería ser tan terrible para el sistema nervioso o, en realidad, es similarmente terrible que beber Coca-Cola o café. Incluso el té negro es considerado un estimulante no siempre bien visto por los yoguis, ni qué decir de los meditadores. De hecho, si el vino me relaja y aliviana la mente, el café/té me estimula, me despierta o me activa. ¿No es esa también una “distracción”? ¿Una forma de alterar la propia conciencia?

Obviamente hay yoguis estrictos que prescinden del café, alcohol y en general cualquier placer sensorial, fieles a la tradición más ascética del yoga. Si la idea es controlar los sentidos, mejor no darles cuerda con chocolate y otros manjares. En este punto entra el azúcar, el gran infiltrado de todas nuestras comidas (incluso las “saladas”), y al que muchos recurrimos periódicamente para “alterar” nuestras emociones, es decir, para sentirnos más satisfechos, más alegres y completos. Chocolate, galletas, helado, dátiles, yogures… cada uno sabe de lo que hablo. Si para sentirme bien cada noche yo tengo que comer “algo dulce” antes de ir a la cama, ¿qué diferencia esencial hay con beber una copa de vino?

Puede que el vino y hasta el café afecten más la mente, mientras el azúcar vaya más al cuerpo, pero al final sus razones de consumo son las mismas: placer del paladar; hábito psicofísico; intolerancia de las propias sensaciones…

coffe

Si empezamos a hilar fino en lo que uno ingiere, cada alimento tiene sus cualidades y ayuda a generar ciertos tipos de pensamientos. Cualquiera que haya hecho algún tipo de ayuno o dieta desintoxicante habrá notado que la parte psicológica y emocional es mucho más difícil que la parte física, pues el solo pensamiento de que uno no va a comer nada (o “eso” que le gusta) ponen a la mente en un estado de ansiedad desconocido. Solo haciendo ayuno uno se da cuenta de cuánto rato nos pasamos pensando en lo que comemos y bebemos.

Pero yendo más allá, la necesidad de mirar los mensajes del móvil cada diez minutos o una serie televisiva de moda por la noche, ¿no son también formas de escapar a nuestras sensaciones? ¿No son también parte de lo que los yoguis llaman “apegos”?

Ya ven que esto se está complicando, así que vuelvo al inicio, a la vida de los yoguis que beben vino sin cráneos y comen azúcar cada tanto. Si una posible definición de yoga es “aquietar la mente”, reprimirse de forma muy forzada va a llevarme, en general, a producir más actividad mental (vṛtti en la jerga yóguica). Es decir, si me niego a comerme el helado de chocolate porque tiene azúcar, pero toda mi meditación gira en torno a ese sabroso cacao tropical, su frescura y su crujiente cucurucho, quizás es mejor comerse el helado y meditar en paz. De la misma forma, con el vino.

A este respecto (no del vino, sino de los deseos reprimidos), habla la Bhagavad Gītā (3.6):

karmendriyāṇi saṁyamya ya āste manasā smaran /
indriyārthān vimūḍhātmā mithyācāraḥ sa ucyate //

O sea (en traducción de Fernando Tola):

“Aquel que permanece sentado controlando sus órganos de la acción, pero recordando con su mente los objetos de los sentidos /
con su ser sumido en el error, aquél es llamado un hipócrita”.

No hay que olvidar que el ser humano, por más yogui que sea, necesita disfrutar. Eso no es malo. El objeto de disfrute de un yogui puede ser, en algún momento, una copa de vino, aunque quizás con la práctica y los años ese mismo disfrute lo pueda encontrar en algo más sáttvico, es decir un objeto cuya cualidad principal sea la luminosidad, el balance y la pureza.

Con su particular humor, el gran maestro Sri Dharma Mittra dice que si uno toma heroína debe pasarse a la cocaína, si toma cocaína a la marihuana, si fuma marihuana al tabaco… gradualmente con la práctica los hábitos cambian. Asimismo, Dharmaji dice que practicar la respiración alternada (nadī śodhana) – un tipo de ejercicio respiratorio (prāṇāyāma) – durante media hora es como un “porro espiritual”. Y lo mejor, agrega, “es que estás a salvo de la policía”.

nadi

Buscando alguna conclusión, me gustaría agregar algo clave que, como explican algunos yoguis, tiene que ver con la actitud a la hora de reprimir o permitir esos deseos. Hace poco vi en Facebook a alguien que pensaba asistir a un curso de la Bhagavad Gita “aplicada a la vida” y que para hacérselo saber a sus contactos decía:

“¿Algún plan mejor para desconectar de toda la semana trabajando?
Luego, unas cañas (cervezas) juntos!”

Para algunos esta frase representa irreverencia, para otros ignorancia, para otros naturalidad. En general, después de escuchar la enseñanza espiritual de Kṛṣṇa, la sed que se despierta no se calma con cervezas. Quizás después de hacer el curso esa persona escriba cosas diferentes. Pero eso es algo que cada uno debe experimentar por sí solo.

Lo importante, parece ser, es que si al consumir ese producto (alcohol, café, azúcar, TV), sea el que sea, uno está establecido en o conectado con su “centro”, su conciencia plena o su “corazón espiritual”, entonces podrá saber por qué lo hace, para qué le sirve y, además, cuándo parar.

Para acabar, el ocurrente y difundido vídeo de Yoga para amantes del vino, que es una simple parodia y, por supuesto, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Como la llama de una vela en un lugar sin viento

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En el haṭha yoga o “yoga físico” hay una postura muy importante llamada sarvāṅgāsana, cuya traducción literal podría ser “postura de todas las partes [del cuerpo]”, ya que, al decir de Sri Dharma Mittra, es “buena para todo”. Justamente por su beneficio integral se la considera como la “madre” o “reina” de todas las poses. Por hábito o búsqueda de simplicidad, muchas escuelas y profesores traducen (yo incluido) sarvāṅgāsana como “postura sobre los hombros”, pero también es muy difundida la traducción de “la vela”.

Durante varios años, escuchando esta definición mientras la practicaba, yo estaba convencido de que se refería a la vela de un barco, supongo que porque la postura completa con las piernas juntas hacia arriba, en una línea recta con el tronco, me hacía pensar de alguna forma en el mástil del barco y en sus lonas al viento… Finalmente, en una conversación hogareña fue mi esposa quien me habló del otro punto de vista, el de vela como “candela”, y entonces empecé a prestarle atención a ese aspecto aunque sin convencerme del todo.

sarvangasana

Hace poco, practicando sarvāṅgāsana con el yogui Sri Andrei Ram, él indicó que la postura, una vez lograda, debía mantenerse inmóvil “como la llama de una vela en una habitación sin viento”. Por primera vez el sentido de “vela” me tocó la fibra.

Supongo que por el hecho de que la forma de la pose deja las piernas libres es muy común ver que los practicantes mueven sus piernas y especialmente sus pies sin razón evidente. A la vez, al tratarse de una postura que incluso muchos principiantes pueden hacer (de forma aproximativa) en su primera clase, quizás no se valora demasiado su obtención (a diferencia de la “postura sobre la cabeza” por ejemplo). Esta aparente facilidad implica, en contraste con las posturas de equilibrio por ejemplo, que no haya especial concentración en las fases iniciales y que el estudiante con frecuencia mueva “la llama de la vela”.

Las enseñanzas del yoga clásico dejan muy claro que aquietar el cuerpo es fundamental para aquietar la mente. Por tanto, la razón última de cualquier movimiento dentro del āsana es inquietud mental y, por ello, los beneficios de la práctica de posturas van más allá del cuerpo físico. Todo esto (más la lista de la compra y el destino de las vacaciones…) lo pienso cada vez que estoy en esa postura, intentando no moverme, y entonces hoy abro la Bhagavad Gītā (VI.19) y encuentro un śloka que siempre estuvo ahí pero que ahora me llama:

yathā dīpo nivātastho neṅgate sopamā smṛtā
yogino yatacittasya yuñjato yogam ātmanaḥ

O sea (en traducción de Swami Nikhilananda):

Como una lámpara que en un lugar sin viento no tiembla”: esa es la imagen usada
por la mente disciplinada del yogui que practica concentración en el Ser.

En el estado ordinario los procesos o modificaciones mentales están siempre funcionando y, como todos experimentamos, cuesta mucho encontrar la unidireccionalidad de la mente, poner la atención fijamente en una única cosa por un periodo más o menos largo de tiempo. La concentración en el ātman, o más literalmente, el “yoga del ātman”, dice la Gītā, es el método para permanecer “al abrigo de las corrientes del aire”, al decir del filósofo Juan Arnau.

Para algunos esa esencia es un punto de luz en el centro del pecho, para otros el silencio interno, para otros el Absoluto, el universo, para otros una flor roja… pero siempre es un único objeto.

¿Y para qué quiere uno estar quieto y no ser movido por el viento?, puede esgrimir el estudiante que hace spinning en sarvāṅgāsana y, con razón, anhela la libertad. La respuesta, muy simple, la da Sri Dharma Mittra: en cuanto la mente deja de estar en un punto, “uno se vuelve consciente de sus problemas y entonces las emociones cambian” y, por ende, el estado mental se agita.

En este sentido, concentrarse en el entrecejo durante la “postura sobre los hombros” es mucho más importante que lograr la perfección técnica del āsana. Después de lo visto, otra posible forma de concentración durante la postura es visualizarse como una llama, imperturbable, en una habitación sin viento.

vela

Practicando esto, como dirían los Yogasūtras (I.14), durante “largo tiempo, sin interrupción y con seriedad”, sin dudas la llama de la mente vacilará cada vez menos y entonces puede que también se empiece a mantener inalterable en lugares con viento, como la calle, el trabajo y la familia, uno de los verdaderos objetivos de todo yoga.

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